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Seguridad El Caso Fefer: Nuevos y extraños personajes aparecen en la escena del crimen. Los enigmas del sonado caso Fefer.

¿Un Asesino en Casa? (VER)

9 imágenes disponibles FOTOS 

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Myriam Fefer fue sorprendida en su propio dormitorio. Luchó con su asesino, pero fue estrangulada con un cordón de la computadora.

Todo indica que el asesinato de la empresaria Myriam Fefer Salleres, de 50 años, es uno de los más misteriosos de los últimos años. Cuarenta y cuatro días después de que su cuerpo fuera encontrado estrangulado en su residencia de San Isidro, aún no es identificado el asesino material, pero pistas hay y muchas. No era cuestión de mirar muy lejos. La Policía corroboró que Fefer Salleres tenía tantos enemigos como amigos, incluso en su propia familia. Un día después del crimen dos misteriosos amigos de los hijos herederos llegaron con sus valijas a la casa de San Isidro, lo que ha despertado la sospecha de los agentes. ¿Guarda esto alguna relación con el homicidio? Quizá. En todo caso, la única certeza que se tiene es que la víctima conocía a su asesino. Aunque más de uno deseaba su muerte.

El curtido policía se apoltrona en su destartalado sillón de cuero y prende un cigarrillo. Son aproximadamente las seis de la tarde y, a esta hora, la División de Homicidios luce particularmente lúgubre y desolada. –¿Quieres ver unas fotos?–, pregunta con voz aguardentosa, quebrando el silencio de la oficina. No espera la respuesta. De una gaveta de su escritorio saca un sobre manila en el que se lee “Caso Fefer” y, en un acto mecánico, extrae una por una las 80 imágenes a color de la escena del crimen.

Un cuerpo ensangrentado golpea la vista en la primera fotografía. El cadáver de Myriam Fefer Salleres aparece sobre el piso de su propio dormitorio, a un lado de la cama. Su pijama está cubierto de sangre, pero eso no es lo que impresiona. Dos surcos grises (de 34 x 0.4 centímetros) recorren su cuello producto del estrangulamiento con un cable de la computadora.

Sus uñas aún pintadas de rojo están quebradas porque se aferró, se aferró a la vida. El desorden del dormitorio, perennizado en esta serie de fotos nunca antes mostrada a la prensa, confirma que ella, una mujer fuerte y explosiva, luchó con su asesino en medio de la oscuridad y el pavor.

Una herida en el muslo, moretones en los brazos y sangre salpicada en las sábanas blancas completan el cuadro macabro. Los agentes de Homicidios han repasado estas imágenes una y otra vez desde el crimen, la madrugada del pasado 15 de agosto, y siempre arriban a una certeza perturbadora.

–Ella conocía a su asesino -, dictamina el agente soltando una bocanada de humo. El homicida, está claro, no forzó la puerta para ingresar a la residencia de Paul Harris, en San Isidro. Cruzó el jardín sin alertar a los perros e ingresó como un alma en pena al dormitorio de la empresaria. Sin mayor aspaviento. Si hubiese sido un criminal contratado (o experto), apunta el investigador, habría llevado consigo su propia arma homicida.

Aún así, los policías creyeron inicialmente que sería difícil hallar a algún sospechoso de su círculo íntimo que pudiese haberla odiado lo suficiente como para matarla. Con los días quedaría claro que estaban equivocados.

Habla el Esposo

–Pienso que puede haber sido alguien allegado a la casa. Alguien que durmió a los chicos, a los perros y a Simón, el mayordomo. Es extraño que ninguno de los perros ladrara. Además, Simón dormía en el segundo piso.

Lo dice Marcos Bracamonte, empresario trujillano y ex esposo de Myriam Fefer. Es la primera vez que decide contar sus sospechas a la prensa.

–No creo en la versión de que haya sido un amante, tal y como llegó a pensar la Policía (CARETAS 1940)–, insiste Bracamonte. Ella era coqueta, pero si hubiese tenido un encuentro romántico, no habría estado vestida con la ropa de cama que usaba siempre. Se hubiese arreglado.

Myriam Fefer, en efecto, era una mujer conocida por buscar la perfección. Su maquillaje debía estar siempre impecable, el atuendo provocativo, las uñas acicaladas y el perfume embriagante. Sólo algunas personas sabían de su operación de aumento de busto y aplanamiento de abdomen. Su vanidad era sólo comparable a su temperamento explosivo.

La Policía, en todo caso, es más cautelosa y no ha quitado de la mira a los amigos íntimos de la empresaria. Uno de ellos es Fernando Gordillo, un funcionario de la Municipalidad del Callao que habría sido el último en mantener un romance con la víctima, de acuerdo a versiones policiales.

Bracamonte, por cierto, tampoco da crédito a las sospechas que se ciernen sobre sus hijos ABF y Eva, de 17 y 18 años, respectivamente.

–Para mi es inconcebible pensar que ellos hayan tenido algo que ver con la muerte de su madre porque los tres eran muy unidos. Les gritaba y discutían mucho, pero al minuto ya estaban abrazándose otra vez.

Al equipo de Homicidios, sin embargo, le llamó la atención un hecho particular ocurrido un día después del asesinato: mientras la comunidad judía se reunía para sepultar a la empresaria, dos visitantes llegaron a la residencia de Paul Harris: Julio Moscol y Lily Castro Mannarelli.

Ambos, de 31 y 21 años respectivamente, son amigos de los hijos de Myriam Fefer. Lo curioso es que arribaron con unas valijas, como si pretendiesen quedarse a vivir allí ahora que la madre ya no está. Poco después una reunión en la casa extrañó a los vecinos: se escuchaban risas y bromas.

Marcos Bracamonte dijo a CARETAS que discutió con sus hijos por la presencia de los inesperados huéspedes, pero ellos insistieron en que sus amigos se quedarían allí por un tiempo. El padre tuvo que marcharse de la casa.

No fue el único en irse. Allegados a Myriam Fefer también se alejarían poco a poco. “Demasiadas cosas raras están pasando en ese lugar. No me gusta lo que está sucediendo allí”, sostuvo una amiga de la familia.

Con el correr de los días, Moscol y Castro Manarelli serían vistos disponiendo de las propiedades de los Fefer. “Esa chica, incluso, maneja el Mercedes Benz que perteneció a Enrique Fefer, padre de Myriam”, contó a esta revista una persona que acudió a la casa de San Isidro, la semana pasada.

Interrogado por la Policía, Julio Moscol dijo ser profesor de teatro y añadió que era sobrino de la actriz Denisse Moscol y amigo de Coco Marusix, además de trabajar en un programa de Frecuencia Latina.

Pero los agentes de Homicidios descubrieron que mentía. Moscol, quien se hace llamar ‘Giulius’, labora en el exclusivo bar gay Noxiz de la cuadra 1 de Manuel Bonilla, en Miraflores. Dicen que lee el tarot y que es conocido por su presunta inclinación a las conquistas rentables y al dinero fácil. Esta semana, dijo una fuente policial, volverá a ser interrogado y se le someterá también a una prueba psicológica para determinar su perfil.

Es probable, según la Policía, que Moscol haya conocido a ABF en ese local o en la discoteca miraflorina Downtown, donde el hijo menor de la empresaria asesinada fue visto el último sábado, día del Rosh Hashana o Año Nuevo judío.

Lily Castro Mannarelli, por otro lado, es sobrina del prontuariado Luis Mannarelli Rachitoff, ex miembro del llamado ‘Clan Calígula’, aquel grupo de chicos malos dirigido por Fernando de Romaña, cuyo asesinato en 1992 aún persiste en el misterio (CARETAS 1199). La muchacha también ha sido vista frecuentando las oficinas de la Inmobiliaria Sideral, empresa que tras la muerte de Myriam ha quedado en manos de su hija y heredera Eva Bracamonte.

El Testamento

–A ver, nómbrame un sospechoso, le pidió el policía a ABF durante uno de sus interrogatorios, la semana pasada. El muchacho no se tomó un segundo para responder: Félix Fefer, dijo. Él odiaba a mi madre.

El aludido es hermano del padre de Myriam, Enrique Fefer. Según su propio sobrino-nieto, “siempre maltrató e hizo daño a mi madre”.

Myriam Fefer y su tío andaban enfrascados en una pugna por acceder a una cuenta bancaria de Enrique Fefer en los EE. UU. Quien manejó la cuenta por años era Marco Fefer, otro tío de Myriam, pero el padre de la empresaria la nombró única beneficiaria, aunque la alegría le duraría poco.

En 1999, y convencido por sus hermanos, Enrique Fefer denunció a su esposa Clorinda Salleres y a su hija Myriam de intento de asesinato.

Enrique Fefer Rotstain, nacido en 1924 en Ostrowiec, Polonia, era un hombre robusto, fuerte e impetuoso, pero tenía una debilidad: una avanzada diabetes, lo que lo obligaba a cuidar su alimentación al milímetro.

Según la denuncia policial, ambas habrían intentado matarlo inyectándole un líquido azucarado para provocarle un coma diabético. El caso fue llevado a los tribunales, pero el padre ya había decidido tomar medidas preventivas: el 30 de mayo del 2002, modificó su testamento, escrito y registrado dos años antes, y desheredó a su hija Myriam.

En el primer testamento –del 20 de mayo de 1998– Fefer había dispuesto que su fortuna, avaluada en US$ 2’678,556.83, se dividiera en tres. Dos tercios serían repartidos entre sus cinco hijos, mientras que el otro tercio (US$ 892.852.27), se dividiría entre sus hijas Sonia Fefer Herrera y Myrian Fefer Salleres. A esta última le dejaba también la residencia de Paul Harris.

Pero en su modificación despojó a Sonia y Myriam del tercio de su fortuna y se lo entregó a su nieta Eva Bracamonte (18). También le obsequió la casa de San Isidro con una condición: que le permita vivir allí a su madre.

Enrique Fefer, mientras tanto, no cejó en su intento por llevar a su esposa e hija a la cárcel. En noviembre del 2003 estuvo a punto de lograrlo, pero enfermó y murió. Sus hermanos sostienen que Myriam lo habría asesinado.

–Myriam tenía muchos y cercanos enemigos–, dijo a la Policía el abogado Pinkas Flint Blanck. Era debido a su carácter, a su ambición.

El nombre de Flint Banck saltó a la prensa, cuando la Policía encontró en el dormitorio de la víctima una suerte de altar con velas, santería y fotografías recortadas, entre las que figuraba la del reconocido letrado.

Ambos eran viejos conocidos. Estudiaron juntos en el colegio judío León Pinelo, promoción 71. Pero era, en sí, una antigua relación familiar, añade Pinkas. No sólo eso: Enrique Fefer, en su testamento, nombró como albacea a Jacobo Flint Gross padre.

Tras la muerte de Fefer, el testamento pasó a manos de Pinkas. El romance entre la empresaria y el abogado, dicen allegados, prendió como el fuego, aunque se dice que en junio el propio Pinkas decidió apagarlo. Fue un duro golpe para Myriam Fefer del que no se habría recuperado nunca.

Homicidios aún aguarda los resultados del ADN recogido en las marcas del cuello de la empresaria, así como el reporte de su teléfono celular que, inexplicablemente, aún no llegan. Esto permitiría que las piezas calcen.

Brujería, amor, poder, odio. No deberían mezclarse, pero cuando lo hacen casi siempre acarrean consecuencias trágicas. La muerte rondaba en la residencia de los Fefer y no tardaría en mostrar su rostro decrépito. Amigos de la familia recuerdan que, poco antes de morir, Myriam andaba feliz porque había ideado un plan para recuperar su fortuna. Era cuestión de tiempo. Fue entonces cuando la estrangularon. (Américo Zambrano, Patricia Caycho).

 


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