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Sociedad Juana Conde

Hay cosas que de tan malas se vuelven buenas. Tal paradoja, presente en las cosmovisiones circulares del mundo, es la misma que la precisa sabiduría popular sugiere en la frase multiuso todo da vueltas. Su espiral sin fin ni comienzo, figura perfecta que se repite en las constelaciones y en las caracolas marinas, es la metáfora holística que da razón y sentido a una nueva sociedad secreta limeña, la Sociedad Oceanogastronómica Juana Conde.

Esta se reúne aleatoriamente una vez por semana, evitando muchedumbres y aspavientos que pudieran dar aviso sobre la necesaria discreción en torno a su existencia. Lo que aquí hago es una infidencia.

En un gesto indescifrable –no descartaba el error1– fui invitado a una de sus sesiones. Ilusamente pensaba que se trataba de un simple almuerzo para divagar sobre política, fervores nuevos y sueños truncos, como se acostumbra a ciertas alturas de la vida. Otra era la realidad. Fiel a su principio motor y a una voluntaria falta de tacto de sus miembros, que entiendo es la alambrada de púas que asegura la pureza de su aislamiento, la invitación no estaba exenta de complicaciones. Era en alta mar, con una marejada en ciernes y a propósito de una competición de cocina, tema en el cual, como otros tantos2, me declaré lego.

Esa es la idea, respondieron los cófrades al cursarme la invitación electrónica.

Había un requisito previo al convite, absurdo en demasía. Consistía en enviar una lista de sandwiches que no existían y que posiblemente nunca existirán. Por malos, deducí. En ese sentido mi lista fue breve y facilista3:

Sándwich de Arroz Chaufa
Mixto Caliente de Huevo y Tamal
Sándwich de Anticucho de Hígado de Pollo de El Rancho
Emparedado de Steak Tartare

Disparatados, sin duda, pero al cabo de estar un rato imaginándolos solo por curiosidad una honesta sensación de hambre y salivación me abordaron. Esa fue la epifanía que hacía vislumbrar el umbral de la filosofía de la Sociedad Oceanogastronómica Juana Conde. Lo fallido tiende a dar la vuelta en u.

Las propuestas de los otros miembros

de la Sociedad tampoco estaban lejos del bajo estándar requerido. Una de ellas, nutritiva sin duda, no era más que un zafio pan con pescado. La otra, el colmo de la vulgaridad, un sándwich de jamón y queso fácilmente adquirible en la sección de comida para borrachos de cualquier estación de gasolina. Eso me preocupó. Podía ganar una competencia cuyo premio desconocía. Tranquilamente podía ser la restitución quirúrgica del prepucio. No se puede confiar en nadie por Internet.

Estuve puntual en el muelle

de Pescadores de Chorrilos, 4:30 p.m. Ellos, adrede, embarcaron de un muelle vecino y a contraluz, auscultándome a lo lejos para confirmar si había acudido solo. Recién entonces enviaron por mí. Al abordar el esbelto y acogedor navío me encontré con tres viejos conocidos sobre los cuales no podría abundar sin contravenir el espíritu de la logia. Esto no fue impedimento sino más bien estímulo para recalcarles lo incongruente de la convocatoria: habemos personas que sí tenemos que hacer. Luego, ya en otra vena, les remarqué lo penoso de sus sánguches.

El chilcano

de pisco empezó a fluir con la misma suavidad con que el bote cortaba las aguas, viento norte, hacia la isla San Lorenzo. Ver convertirse lentamente a la histérica y cruel ciudad de Lima un día de semana cualquiera, de caos vehicular y alza de la delincuencia, en lejano renglón del océano Pacífico, desactivó todo mecanismo neurótico ante lo irresoluble, léase la realidad y sus anclas. Un celular sobre la cubierta empezó a timbrar adefesieramente. Nadie lo contestó.

La Sociedad Oceanogastronómica Juana Conde sonreía en silencio. Me uní a ellos. Así que de esto se trataba.

Pues no del todo.

La conversación redundaba en dos temas ejes e inconexos, que sumados daban cero: los ovnis y la fortuna de poder contar con tiempo libre. ¿Para dedicarse a sandeces como esta?, decía para mis adentros aún con amarras a tierra. Mi acritud empezaría a ceder ante las naúseas salvajes propiciadas por un mar que se tornó chúcaro y retador, maestro de humildad ante la propia insignificancia. Oscurecía y las estrellas gobernaban los cielos. Solo era cuestión de unir los puntos y ajustar la tráquea.

Dicen que los ovnis no existen, eso es debatible. El tiempo libre, me consta, definitivamente no es de este mundo. Hay que inventarlo. Esto supone la voluntad y el coraje de ponerle un dique a la inundación de necedades con que la vida diaria y algunos congéneres nos intoxican, e inadvertidamente, estupidizan. Lo importante no necesita ser obligatorio. Nótese la diferencia.

Importante era

estar en medio del mar encrespado evaluando sánguches imposibles. El ejecutor de los mismos, un socio del clan que siendo profesional culinario se mantenía al margen del evento, había hecho de lo pésimo un milagro. El pan con pescado había evolucionado en pejerreyes del mar de Ancón debidamente fileteados y desespinados, reposando sobre manto de lechuga, tomate y salsa criolla entre pan de hamburguesa. Cerveza Erdinger de trigo lo conducía dulcemente a su última morada.

El emparedado de grifo se transformó en elegante reunión de tres rodajas de jamón inglés, tres de jamón del país y tres de prosciutto, escoltados por dos rodajas de camberbert y estimulados por luminosos brotes de mostaza exasperados por pátina de Dijon sobre pan francés. Vino tinto lo cobijaría.

Y la tercera propuesta, cual oruga, mutó de barbárico refrigerio de Gengis Khan a finísimo lomo de cordero picado a mano y lujuriosamente lubricado en refinada orgía de mostaza dijon, ketchup, cebolla, perejil, aceite de oliva, sal, pimienta, tabasco, salsa Perrins, un huevo de codorniz frito y papitas al hilo, todo reunido en el compacto mini habitat de un Petit Pan cumpleañero. Piscollins fue su líquido elemento. El jurado calificador conformado por los marineros Gilbertiño do Brasil e filhio, si es que tales eran sus verdaderos nombres, lo dieron por ganador.

No hay que contar con un bote

para abrazar la filosofía Juana Conde. Posteriores reuniones de la Sociedad han acaecido en cantinas y parques públicos. En una de ellas me enteré del porqué de su nombre. Así se llamaba una cocinera tan desfavorecida por el talento culinario que sin saberlo impulsó a un niño que no podía tragar sus despropósitos a convertirse en chef; el mismo que a bordo transformara los sánguches imposibles en manjares. Honor a ella. Así como al buzo pijama, las películas malas, a los domingos en el Mini Mundo de la avenida Salaverry, a la Reventazón del Waikiki, a La Hora del 11, a las pichanguitas, a los moteros que se reúnen los miércoles en el Palermo, al chimichurri radioactivo del Pollón y al milagro inadvertido de perder el tiempo en cosas que ni dan dinero ni nadie obliga, pero que compartidas son un tesoro. Parafraseando a un emprendedor: no hay mejor negocio que perder el tiempo en ganar amigos.

Transacción, Que dicho sea de paso,

resultó siendo el primer premio a un modesto sánguche de carne cruda cinco kilómetros mar adentro.

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1 Regularmente recibo invitaciones para el reconocido crítico de cine Ricardo Bedoya.
2 Soy periodista.
3 Quedó en el tintero el Pan con Pan (Un baguette que lleva dentro un ciabatta que lleva dentro un francés que lleva dentro un petit pan). Y otro plato, la Ensalada Larry, a base de frutos marinos, que no amerita mayor explicación.


 


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