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Escándalo. Utilizamos tanto la palabra y, sin embargo, ésta se resiste al desgaste del tópico, el lugar común. Tenemos la costumbre y la inclinación para apreciar un buen escándalo, que en nuestra cultura de cortesanía colonial se convierte en el instrumento con que el destino dispensa reversibles desventuras.
Aunque la mayor parte de los escándalos y escandaletes cotidianos suelen dejar estelas pringosas o hedientes, los ha habido purificadores (por ejemplo el vladivideo Montesinos-Kouri). Es la fuerte emoción colectiva que provoca desde cacareos modulados hasta esas explosiones de indignación generalizada y de furioso reclamo por la virtud colectiva, en las que uno recupera, aunque sea por un tiempo, sus mejores sueños sobre el destino del país.