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Carta a Ollanta Humala

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Don Ollanta Humala,
Presidente electo de la República
Señor presidente:

EN una democracia como la nuestra, uno puede tutear a casi todo el mundo menos al Presidente. Siete días a partir de hoy usted pasará a ser el representante de nuestra república por los siguientes cinco años. Era difícil imaginarlo, ¿verdad? En la visión de los tácticos y los tahúres de la política, usted era un candidato importante, pero no para ganar sino para hacer que otros le ganen.

No había candidato que no deseara enfrentarlo. Se suponía que usted poseía un involuntario poder de embellecer al rival por contraste.

¿Recuerda cómo durante años todo el mundo le ganaba cómodamente en las simulaciones de segunda vuelta? En todas menos la última, la única que no fue simulación.

Esta elección resultó ser una historia fantástica, pero con una cadena de inesperados hechos del todo diferentes al guión que armaron los fallidos manejadores de la candidata derrotada. Lo que pasó es que los disfraces no fueron convincentes: las memorias revivieron, las alarmas se movilizaron y usted asumió el papel en el que muchos (me incluyo) no hubiéramos pensado encontrarlo poco tiempo atrás: defensor de la democracia.

Su juramento de defensa y fidelidad a la democracia fue el momento decisivo de la campaña. Determinó el apoyo enérgico de la sociedad civil, de buena parte de la intelligentsia, de Mario Vargas Llosa, Alejandro Toledo, entre otros; lo cual, sumado a su propia votación, definió una victoria no por apretada menos impresionante, pues era tenida casi como imposible.

Así que, señor presidente, si hurta algún momento para la reflexión el 28 de julio, en el camino del Congreso al Palacio de Gobierno, vale la pena pensar en el virtual milagro que fue su victoria.

Piense en ello entre otras razones porque no toda historia encantada es buena, ni termina bien.

Fue el caso, por ejemplo, del triunfo de Alberto Fujimori en 1990. Entonces se lo interpretó más bien en metáforas de oriente-occidente: jiu-jitsu contra fuerza bruta, acupuntura contra cirugía heroica.

Cinco años antes, el triunfo de Alan García en 1985 tuvo también un efecto de arrebatado entusiasmo, desborde de esperanzas que se sentían casi certezas.

Ya sabe lo que pasó después.

Es que la imagen que concitó el entusiasmo en ambos candidatos y que los llevó a la victoria, era esencialmente contradictoria e irreal. El encantamiento se hizo ilusionismo que se precipitó en disfraz, impostura, estafa.

Usted afronta también la probable maldición de las victorias taumatúrgicas. Las contradicciones implícitas hacen crisis apenas se pisa Palacio y a veces antes.

No hay manera de evitarlas por completo. Usted no tiene experiencia de gobierno y tampoco tiene los equipos suficientes de gente capacitada para asumir el manejo del Estado en forma fluida y articulada. Va a tener que adaptar, injertar e improvisar. En el proceso, va a perder eficiencia y en los problemas derivados de ello surgirán las primeras amenazas al cumplimiento de sus fines y sus objetivos.

Porque, ¿de qué sirve ser presidente, de qué sirve haber ganado, con tanto esfuerzo, una elección si se termina siendo un presidente mediocre o, en caso peor, un caudillo tóxico inflado de demagogia, confrontación y, al final, fracaso e infamia?

No vale la pena, de verdad que no. Pero de otro lado, pese a los peligros mencionados y a la travesía bachosa que ineluctablemente tendrá, es perfectamente posible lograr que la historia de su período presidencial termine bien. De repente hasta muy bien.

¿Cómo? Permítame repasar lo obvio, que es lo primero que se olvida. Para empezar debe tener claro que no va a poder contentar a todos los que están cerca de usted. En cambio, usted debe mantenerse fiel a sus propias virtudes.

En la campaña, cuando le preguntaron cómo un militar retirado, usted, podía ser un garante fiable de la democracia, dados los antecedentes nada democráticos de tantos comandantes de ayer y hoy (desde Sánchez Cerro hasta Daniel Ortega, pasando por Hugo Chávez y Fidel Castro), usted respondió mencionando como ejemplo a un militar decisivo en la historia de Francia: Charles de Gaulle.

Es una excelente referencia, siempre y cuando no se la tome literalmente. De Gaulle y Churchill, como sabe, se detestaban por múltiples incompatibilidades personales (y algunas nacionales). “Cuando tengo la razón, me enojo. Churchill se enoja cuando se equivoca. Por eso, estamos frecuentemente molestos el uno con el otro”, dijo en una ocasión el modesto general. Siga a De Gaulle los domingos y a Churchill los días de semana, señor presidente, y no se arrepentirá.

¿Peligros y tentaciones que evitar? De un lado, convertirse en un caudillo radical y populachero, que por tentador que sea cuando las cosas se ponen difíciles, es un camino cuesta abajo. En el otro extremo, convertirse en pituco asimilado o directivo honorario de la CONFIEP. No sé si eso es precipitarse cuesta abajo, pero parece que por lo menos engorda.

El excesivo voluntarismo es otro peligro al cual usted puede ser vulnerable. El estilo de liderazgo de estar constantemente en el campo, vigilando, inspeccionando, promoviendo y, sobre todo, escuchando, es quizá el mejor, pero en tanto ayude al mejor funcionamiento del Estado y no intente reemplazarlo con improvisaciones de caudillo.

Y, por supuesto, tendrá que limitar a su familia. Requiere fortaleza, pero no hay alternativa.

Aproveche las buenas cualidades de un comandante perfeccionadas en la función presidencial: el buen estado físico (que puede inspirar el desarrollo deportivo de la nación), la actitud pragmática ante los problemas, la empatía con la gente, la inspección y vigilancia para que las decisiones y tareas se concreten bien; la sencillez y honestidad en el ejercicio del cargo y la vida diaria. Esto es lo más difícil, pero lo hará o deshará como presidente. Viva solo de su sueldo, no acepte regalos, sea austero con alegría, como lo son tantos jóvenes oficiales y debieran ser todos los presidentes.

TRATE, por supuesto, de reclutar a la mejor gente en los puestos de mayor responsabilidad y déjelos trabajar. Una de las habilidades más necesarias en un gobernante es saber en qué escuchar y en qué no a los técnicos. En qué son necesarios y en qué no.

A la vez, en la lucha contra la corrupción evite las iniciativas rimbombantes y busque eficiencia y resultados: desarrolle una sólida capacidad de investigación interna. Esté alerta, en especial, a lo que hace la gente que decide o maneja el dinero de todos. Y actúe sin aspavientos pero con rapidez y eficacia. Es ocioso decirle que ahora, después de años de sostenido sabotaje, no hay lucha contra la corrupción sino complicidad con ella.

Si tiene éxito, su gobierno debiera haber podido demostrar el 2016 que el crecimiento es posible para todos, con libertad y con justicia. Que la democracia y el respeto por las libertades es perfectamente compatible con la eficacia.

Creo que a un periodista se le puede disculpar escribir un artículo como este cada cinco años. Le deseo lo mejor, señor presidente, porque deseo lo mejor para mi país. Usted ha cambiado mucho para bien, y por eso, muchos de quienes fuimos enemigos suyos el 2006 le dimos un firme apoyo el 2011. A partir del 28 le toca cumplir los objetivos y valores democráticos que ha jurado defender.

Y ahora, espero que no le moleste, vuelvo a tomar la distancia (por lo general irreverente) del periodista. Usted ha pedido ser fiscalizado y le prometo hacerlo, con usted y su gobierno. Por lo pronto hay varias personas que deben ser observadas de cerca e investigadas con prontitud. El periodismo de investigación, podemos estar seguros, no quedará ocioso en el tiempo venidero. Ojalá que eso lo ayude en su propia lucha contra la corrupción. (Gustavo Gorriti)

 


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