“Pollastre El Kiko” reza el cartel horizontal pintado con letras amarillas, colocado sobre una entrada sin mampara. Adentro, cinco ó seis mesas ocupadas por gente que come apurada el menú de cuatro euros: caldo de gallina y un buen plato con ceviche y papa a la huancaína. La Inka Kola se cobra aparte pero con el menú viene un refresco hecho con cáscaras de manzana, nuestra impagable “agua de loco”. Hay Cusqueña y también, un pequeño pero contundente bufet para quienes desean mayor refuerzo y variedad: lomo saltado, cau cau, arroz con pollo, carapulcra, escabeche de pollastre. Además de los compatriotas, uno que otro catalán también almuerza pero eso sí, con una guapa paisana colgada del brazo, cabellos teñidos de color fuego y acento zezeoso castizo con su “vale” impajaritable. Los propietarios y gestores de este guarique de comida peruana en Barcelona prefieren no darme sus apellidos. Uno de ellos, un cuarentón de grandes manos y mirada mosca, recibe a sus comensales con un clásico, “qué te sirves papá”. Y actúa rápido. Una sobrina, huancaína (el tío es huanuqueño), con una sonrisa de oreja a oreja va entre las mesas derramando caldo de gallina desde unos recipientes grandes como bateas, con fideo tallarín y su huevo duro entero. No se identifican pero algo me cuentan. El restaurante lo abrieron hace cosa de siete meses pero aún no tienen la licencia, por lo cual los vecinos de arriba los paran denunciando porque entre otras razones, detestan el olor a fritura, sobre todo en una zona que sin llegar a ser residencial pituca, tiene su digno Jesús María. Igual, ellos insisten en mantener abierto el pollastre, que se llama así debido a una peruana mutación bastante frecuente allí donde he visto restaurantes peruanos populares fuera del Perú. Me refiero a que al mediodía se ofrece menú criollo pero por la noche desaparecen el arroz, los guisos y los pescados para ceder el lugar a los giratorios pollos a la brasa, con aderezo de siete sabores, papas fritas, ensalada y todas sus cremas. Yo pido un escabeche de pollo, me lo traen caliente (es invierno) y está muy bueno. Mi querido amigo Hernán se anota con el menú, meto tenedor a su ceviche y la verdad que pasa piola. El pescado es lo único que digrede, es un poco aguachento, puede que sea una merluza, pero igual, para adentro. El huanuqueño se lamenta de la crisis, debido a ella ahora no vende más de treinta menús al día, sin contar los pollos nocturnos del pollastre. Hago cuentas, si cierra los domingos, a ciento veinte euros por día… Claro, los alquileres son carísimos pero, ¿dónde no está jodida la vida? Debo admitir, hablando de jodiendas, que lo que más jode de ese almuerzo es la música que sale de un parlante, alguna Princesita Sally a decibeles incalificables que me hacen sospechar por dónde se encaminan más las protestas de los vecinos. Pero a nadie parece molestarle el asunto. El huanuqueño me pregunta de dónde soy, le respondo que peruano. “No pareces”. Qué voy a hacer, estoy harto de escuchar lo mismo cada vez que acá o en Madrid me han hecho la misma pregunta. “No pareces, tú debes ser argentino”. No se crea que no me molesta el tema, estamos en una sociedad –la española, la catalana- donde la vida cotidiana de la gente en mucho está organizada en torno a los prejuicios, la xenofobia y el racismo, quiero decir, en cómo evitarlos, en cómo buscar y encontrar formas de convivencia justas y cómodas para todos. Por eso, que me suelten un “no pareces” cargado de ideas preconcebidas basadas en el color de la piel, me hace regresar al Perú en segundos. Gran lugar el Pollastre El Kiko, pero también, gran muestrario del Perú, de sus sabores y sinsabores.
Jodido generalizar pero a veces vale. Los catalanes siempre me han dado la misma confianza que me generan los uruguayos, por similares motivos. Aprecio su distancia, su sobriedad y su rechazo al sentimentalismo y las emociones fáciles. Dicen que tienen mucho de ancestro judío, y puede ser porque siempre están buscando repartir, distribuir, negociar cosas en todos los planos, aunque ahora escribo fundamentalmente sobre la discusión política y el debate intelectual. Anoche estuve cenando con dos parejas de amigos muy cercanos, catalanes por nacimiento o por adaptación. Nos cagábamos de risa de la chulería madrileña, de la huachafería limeña y de las ridiculeces catalanas, repartiendo siempre de manera equitativa. Uno de ellos, Pep, había consultado recientemente este blog y estaba muy impresionado con mi relato sobre cómo metí la pata hasta el fondo haciendo un comentario grosero sobre una mujer norteña, solo por dármelas de literato. Entre todos me arrinconaron y me dieron de alma, sobre todo por un ángulo del caso que yo no había contemplado hasta ese momento pero que es absolutamente real. Me dijeron que lo más probable es que yo hubiera cometido esa estupidez sobre la certeza de que la mujer de los helechos en la caleta piurana jamás habría de enterarse, por la distancia social, ya que no la geográfica pues el Internet acabó con ésta. Eso es rigurosamente exacto y solo le añade molestia a la molestia. Pero también se comentó, y esta vez ya en general sobre las blogósferas de Perú, de España y de cualquiera otra conocida, el promedio de los comentarios que hacen los navegantes que quieren dejar sus huellas y opiniones. Se aludió al moralismo tan frecuente en estas notas, que demuestra cómo el lector quiere las cosas en blanco y negro, con premio y con castigo, con sanción y con perdón. Esa ética del común parece derivada de la televisión chismosa o quizás, forma parte con ella de lo que vienen a ser los fenómenos de expresión y conciencia de masa. Cuando uno escribe, digamos, literatura, para un lector que no va responderle pues preferirá llevar hacia dentro de sí sus comentarios, el autor puede seguir desarrollando sus dudas e incertidumbres sin la incomodidad de un reclamo de hierro: “no puedes hacer esto, tienes que hacer aquello, te felicito porque eres sincero, no tienes perdón, eres un viejo imbécil…” Muy bien, esa es la democracia del Internet y, como les dije a mis amigos esa noche, para soportarla hay que tener piernas fuertes, al menos al comienzo, que es cuando uno empieza a descubrir que ya nada se puede ocultar y que las relaciones entre emisor y receptor son intercambiables sin que la calidad se interponga entre ellas como un filtro. “¿No te duele que te insulten? ¿No te irrita que te halaguen?”, me preguntaban esa noche. Ahora ya no porque confío en que quien denosta o elogia está proyectando sus propios contenidos en mis textos y por tanto, se está juzgando a sí mismo y entonces eso ya pasa a ser su problema. Que hay gente mucho más abierta, cultivada y tolerante que otra es una regla de juego de las firmes en esta vida, y el Internet precisamente permite confirmarlo y no quedarse con ninguna imagen idealizada de una especie como la nuestra que en general es peor que mejor. Pero al menos para eso estamos, para consolarnos entre nosotros, pequeños animales abatidos (creo que ese era el título de una obra de teatro que vi alguna vez), haciéndonos los jueces, las víctimas, los jurados y los verdugos. Todo es mentira.
“La vieja Europa ya apagó las luces”. Dando un a chupada larga a su largo Marlboro, mi querida amiga Delia suelta el enunciado sin compasión ni nostalgia, es lo que hay, como se suele decir por acá. Delia es una sesentera de las de a verdad, luchadora catalana en los tiempos de Franco, intelectual cultísima, liberal en tiempos en los que España -salvo Cataluña- dormitaba en el pastiche más crudo de la pobreza y se miraba el ombligo entre curas y militares. Por eso su sentencia me alarma, me suena a desencanto y Delia no es una cínica ni nada que se le parezca, nadie con su cultura, sensibilidad y grado de información podría ser cínico: ya se habría dado un balazo. Pero en fin, el conejo asado estuvo muy bueno, la butifarra blanca inmejorable, la cuenta tampoco anduvo mal. Dejo a mi amiga y tomo un tren hacia Tarragona, me voy a Valls a pasar un par de días con otros amigos, gente linda entre catalana y tarapotina que junta lo mejor de las dos latitudes. Lluís me muestra orgulloso su pueblo, las callecitas de las juderías, las plazas llenas de leyendas, la arquitectura a veces sincrética a veces embutida por el tiempo. Nos detenemos en un pequeño palacete de piedra, hoy transformado en una entidad de cultura local promovida por el ayuntamiento. Entramos, en el patio una muestra de fotos ampliadas, retratos oficiales de grupos de escolares posando en conjunto frente a la cámara, pero de épocas muy distintas. Las hay de los años veinte del siglo que pasó, de los cuarentas, de la era a go go y de ahorita mismo. En algunas el profesor es un cura o la profesora una monja; en otras, gente de civil. Las expresiones de niños y niñas varían según la técnica del fotógrafo pero también – me parece- con la influencia de la tendencia política en el gobierno, aunque estas puedan ser tonterías mías. Este instituto ha hecho algo muy sencillo, de bajo costo y gran impacto en lo de integrar a un barrio, a un poblado, en tiempos de disgregación. Su personal ha recopilado los cuadernos con las listas de escolares de todos los colegios que existen en Valls desde hace cien años hasta hoy. Luego han convocado a los vecinos a enviar sus fotos oficiales de cuando ellos estudiaban en estos. La respuesta fue enorme, centenares de imágenes llegaron, fueron escaneadas y se exponen de manera rotativa. Mientras tanto al centro del espacio, sobre unas cómodas mesas, abren sus tapas unos grandes libros correspondientes a los colegios, con las listas de todas las promociones, con la idea de que la gente de Valls vaya y anote referencias de los que no están, de los que migraron, de los que se han muerto o simplemente, de aquellos sobre los que no se ha sabido nada, nunca más. Un par de ancianas anotan nombres en el cuaderno de un colegio de monjas, unos niños observan pasmados las fotos de sus padres cuando tenían quince años, o menos. Estoy allí, recuerdo a Delia y siento que por primera vez en mi vida discrepo radicalmente de una de sus brillantes ideas.
Cuando alguien se da de lo que no es, no solamente hace el ridículo sino que puede producir en otros daños venenosos. Acabo de probar de esa amarga pócima, precisamente por haberme creído algo que no soy. Hace unas semanas escribí un artículo para una revista local sobre el décimo aniversario de Tiempo de Viaje, respondiendo a la pregunta de cuáles son los lugares en los que la he pasado mejor en este largo tiempo. Reseñé varios y entre ellos, unos días transcurridos en una caleta piurana, alojado con las familias locales, pescando, divirtiéndome y comiendo delicioso. Relato también cómo conocí a una vecina, una mujer sola y muy guapa e independiente, que dejó la ciudad y se instaló en una casa que da al mar, donde cultiva plantas que los veraneantes de Máncora le compran para decorar sus jardines. Al momento de leer el texto terminado, sentí que le faltaba un toque, digamos, literario, que lo que estaba relatando era poca cosa y que si conseguía añadir algún detalle sugerente y de mayor impacto, mi artículo habría de pasar de nota periodística a nota antológica en la posteridad. Y cometí la estupidez de describir a esta amable mujer como una “prostituta retirada”. El texto salió publicado y nada, pasaron algunas semanas y recibo un correo de la hermosa piurana titulado “decepción”. En ese mensaje, con mucha clase, ella me dice que no está molesta ni indignada sino sorprendida, pues pensaba que yo era un hombre decente y respetuoso con el que había entablado una buena amistad y que entonces no podía entender por qué la difamaba así, sin pensar en el daño que le hacía a su familia y en la comidilla que había creado yo entre sus vecinos. Terminaba su dolido mensaje con una reiteración de amistad pero también, con un sutil y elegante reproche. Cuando leí ese correo yo estaba en Madrid y me vinieron náuseas. Tuve que abrir la ventana del cuarto de mi hotel y dejar que el aire congelado de las once de la noche inundara la habitación y me ayudara a digerir un momento tan desagradable. Insisto, y todo se debió a la pueril necesidad egotista e histérica de darle vestidura literaria a una descripción que sin esa grosería, habría sido simpática y objetiva. La retórica me mató, el protagonismo de la imagen hizo que cayera en el patetismo y que afectara la sensibilidad de una mujer más que íntegra. Y por supuesto, con una carga machista tipo tolva de camión. Porque, ¿qué podía ser literariamente más atractivo que relatar mi contacto con una prostituta que dejó el oficio para dedicarse a vender helechos babilónicos frente al mar? Esas cosas ocurren cuando uno deja de ser, cuando se desubica, cuando el dominio del falso yo se instala como si fuera la esencia de uno mismo y adultera la realidad en función de objetivos oscuros y subalternos en los que se juegan las agresiones contra el mundo y los cabes puestos a uno mismo. Desde acá, querida amiga piurana que vendes plantas con vista al mar, ya no te pido disculpas, porque estas de nada sirven. Te cuento que estoy muy triste por todo esto y que me gustaría poder explicártelo en persona comiendo un ceviche preparado por ti en Rica Playa, oliendo los palo santos del bosque seco de Amotape.
Un tubo, una serpiente, millones de seres moviéndose en una cópula mecánica que frota piel genital contra piel y como quien hace fuego, hace energía. No me quedo allí, observo y pienso a la vez, observar y pensar son ahora una sola cosa como antes lo fueron mis dos oídos. “Este tubo y su serpiente y todo lo demás, solo mueven la parte humana, la cultura, la civilización, la intervención de la mano del hombre en la transformación de la naturaleza. Por eso es un tubo trabajado pero tal cual una pastilla –trabajada- tiene en su origen siempre un elemento natural, la valeriana, la uña de gato, el tubo surge luego de la serpiente y esta capta y procesa la vibración de los cuerpos en coito. Eso es todo, ¿y la naturaleza? “Puedes quedarte acá, en la masa, y comprender como ya lo hiciste, el deux et machina, la puesta en escena cotidiana de esta grande y pequeña cosa que es el mundo, no el universo, apenas la Tierra porque en efecto, tienes razón, solo estamos ante la maquinación de la cultura. Pero también puedes ir por otro lado y vas a encontrar. No lo que estás buscando pues no lo estás haciendo ni sabes qué es, has llegado acá simplemente porque Stan separó la eficacia de tus dos oídos. De ti depende. Pero tienes que traspasar lo que más te gusta y menos te sirve”. Las imágenes, toneladas de cuadros de la Escuela Cusqueña como en un depósito sin precauciones, quintales de Jacson Pollock, de Caravaggio, la pornografía, los frescos de Huaro y del Giotto, los spots de televisión que tú mismo has creado, los espejos, las marcas, los íconos, las sombras reflejadas sobre el piso de tierra con la forma de una cruz coja, todas las películas que has visto, desde las basadas en novelas de Bernanos hasta las que sintonizas en el televisor para dormir, y Lassie y el Tío Jonny pero Bergman, Rohmer, Fellini, Free Cinema, la palabrería. Y luego, tú, tu trabajo, tus engaños y mentiras de veinticuatro minutos el capítulo y tú, salte de ahí, desmárcate y quédate sin nada de eso que si es o no verdad qué chucha. Y atisba, no llegarás a ver mucho pero tampoco te ilusiones, atisba, mira de reojo y poco a poco mira de frente con tus dos ojos bien abiertos y ahí está, contra el fondo verde indiferenciado de una mañana escampando, neblina, bosque y al centro entre tantos, confundido y diferenciado, el tronco de bambú, la guadua, no gira, girar no es lo suyo, lo suyo no existe: lo que ves es lo que es, el movimiento es tan constante que no lo ves, no tiene comienzo ni fin ni depende de nadie antes de sí y sin embargo, si se detuviera sería lo último que vieras. El bambú y tu oído. Y la planta, ¿no?
“Tengo dos oídos”, el sentido está compuesto por ambos configurados de una manera que integran la percepción sonora de una realidad, una y misma realidad para los dos. ¿Y si fuera posible separarlos y que cada oído escuchara un universo distinto de sonidos? Estoy fabulando pero me doy cuenta de que es así como se construyen las cosas, la percepción se me presenta más ilusoria que nunca antes, pero eso me hace sentir bien porque sé que no estoy hablando de una desconfianza en mi capacidad de captar lo real sino del mecanismo de (no) conocimiento que comparto con todos los seres humanos, nos demos o no cuenta de cómo (no) funciona. Estoy con los ojos cerrados, la maraca de Stanislao se acerca a mí, el icaro que canta Stanislao combina el llamado a los árboles amazónicos –la lupuna, el shihuahuaco- con la invocación a los cerros cusqueños, el Salcantay, el Pachatusan, Mamasimona, Ausangate el grande. Stan se me acerca, la maraca se me acerca, el impacto de las semillas dentro del mate de la maraca de Stan se me acerca. Stan se arrodilla hasta ponerse a mi altura, sopla sobre el centro de mi cráneo, en la mollera ya cerrada, y pasa la dura madre, entra, baja por dentro y por fuera al centro de mi corazón y allí, (en) (sin) contacto, aspira, absorbe y eructa, bota, eructa, se levanta, corre y llega con las justas al baño, lo escucho vomitar. El oído se queda con el sonido del vómito, el izquierdo, el derecho se va sin dar cuentas al otro ni al cúmulo de cosas que han venido escuchando juntos por casi sesenta años. Se va y no sé adónde hasta que es la vista la que descubre un patio mozárabe, quizás el Alhambra con surtidor al centro, Al Andaluz, es el golpeteo del agua como un collar de perlas que se va desgranando lo que me hace entrar al patio y ponerme frente a sus columnas delgadas de color oro terroso, siena seco. Sin que estén visibles, están los miles de millones de peregrinos que han llegado hasta acá a practicar su culto ¿a quién? Yo no lo sé, no soy uno de ellos pero tampoco dejo de darme cuenta de que hay un elemento distinto y en su diferencia, su sacralidad. Allí está, sin mayor ornamento ni arcano: un tubo de acero del ancho de un brazo grueso que va desde el piso hasta el techo pero perdiéndose hacia arriba porque ese techo de piedra es muy alto y oscuro, no hay nada mágico por descubrir ni asumir solo con la fe. El tubo está muy limpio, pulido como un espejo. Una serpiente se enrolla en su cuerpo plateado y bruñido. La serpiente es plana y de color tierra, carece también de todo encanto o de cualquier magnetismo esotérico o trascendental. Una vez aferrada la serpiente al tubo este comienza a girar sobre sí mismo y algo me dice que al hacerlo acciona un engranaje pequeño que está arriba y este a otro más grande y así, unos engranajes a otros hasta poner en movimiento el mundo. Tiene poca gracia el mecanismo. ¿Eso es todo? Carajo, el budismo es el vacío pero es la nada más honda y poética que hay, la tierra baldía sin palabras y esta huevada, ¿eso es todo? Peregrinos por millones para llegar a un tubo que bien podría estar sobre la barra de un bar de striptiseras, las tubo dance girls. Estoy frío y decepcionado pero sigo haciendo preguntas. El tubo, es obvio el dios, debe convocar a la serpiente para poder iniciar el movimiento, el inicial, que eche a andar el mundo. Para, stop, un dios que-debe-convocar-para, que necesita, ya no es pues, por más que la serpiente no pueda no aceptar ser convocada, la dependencia de ese tubo le quita un buen porcentaje de omnipotencia, es un cagadita de dios, un dios menor, y a eso vienen los millones de peregrinos, los practicantes, los creyentes, la grey, la feligresía, las mesnadas, las multitudes, el olor a pueblo a adorar a un dios que necesita. No me vengan, no me convence. ¿Y de dónde saca la serpiente la energía? Porque una necesidad se ata a la otra. “De los movimientos del coito que no cesan un solo instante en el campo extenso de la humanidad. Siempre hay masas de hombres y mujeres agitando sus cuerpos en la cópula, de mujer con hombre, de mujer con mujer, de hombre con hombre, de gente consigo misma. No lo saben pero con esa motricidad torpe y utilitaria generan la fuerza que una serpiente transforma en otra clase de fuerza, cuántica y discontinua, la transmite a un tubo de acero que diariamente, como en una fábrica de galletas que a las nueve en punto se comienzan a mezclar los ingredientes en una olla industrial de acero. Así que eso era, con razón no sabemos lo que hacemos, si es que dios es esto y nos lo vendieron arropado en oro, incienso y mirra, tres personas distintas y un solo dios verdadero y olores elevados y una humanidad dolida en la que se encarnó para darnos dignidad y grandeza. Y la planta, ¿no?
Si no existieran las vacaciones probablemente habría más locos declaradamente locos de los que hay. A condición, por supuesto, de saber usar ese tiempo libre que la trituradora de carne en la que vivimos, nos regala generosamente una vez cada año. Yo estoy en Cusco, con gente querida, íntima, ante la cual no hay que vender nada ni menos disimular: la primera condición para que las vacaciones lo sean de a verdad y además, que se expresen como un laboratorio de lo que es la vida continua, con o sin vacaciones. Quiero decir, la búsqueda de complicidad con la gente en la que de verdad uno confía debería ser una constante, de otro modo solo te queda esa humanidad ajena, descascarada, con la que tienes que competir o, lo peor, la que te está sin cesar ofreciendo, exhibiendo, on sale, vendiendo para que le compres algo, mercancía, cuerpo, afecto, brillo. Pamplinas. Bueno, ayer fui a un lugar llamado Quilla Rumilloc, un conjunto inca situado al norte de la ciudad, a cuarenta kilómetros en la ruta que va de Cusco a Abancay. Llovía temprano cuando dejamos la terrible “modernidad andina” de las periferias del ombligo del mundo, barrios siempre inconclusos y la enfermante contaminación sonora, visual, el smog, la confusión. Entramos a la pampa de Anta, ahora en enero verdísima con parches de flores moradas y amarillas, las papas, y los maizales, con los nevados –cada vez menos nevados- al fondo. Hemos tomado cactus hervido de San Pedro, la bondad azul del Pedrito empieza a ocupar nuestro espacio interior con una sensación no diré de paz tanto como de indiferencia o desapego, salvo a lo que uno quiera apegarse, por ejemplo a las andenerías gigantescas próximas a la ex hacienda de los Paliza, plataformas de más de un kilómetro de área cubiertas, otra vez, de flores color yema de huevo. Un desvío, el poblado de la comunidad de San Martín de Porres con sus casas de barro y teja y sus puertas de madera natural, muchas viviendas son nuevas, los graneros también, ha mejorado la economía de la zona, es evidente. Quilla Rumilloc significa algo así como Las Piedras de la Luna. Se conoce desde antiguo por la existencia de una roca muy voluminosa en cuyo dorso se ha tallado una suerte de corona formada por líneas en volumen que marcan tres bloques a cada lado, y que se unen al centro en un cuadrado de mayor tamaño. Esta forma limita la parte superior de una talla cóncava que a todas luces se asemeja a los captadores de luz solar que se emplean hoy en muchos lugares sobre todo para cocinar. Yo había estado en este lugar diez años atrás y solamente se apreciaba la roca trabajada y se decía que su función original fue la de congregar energías y operar como una huaca sanadora. Durante dos años recientes una entidad privada llamada Poqen Canchay estuvo haciendo trabajos arqueológicos en la zona en convenio con el INC Cusco, con la idea de crear un nuevo espacio para los viajeros interesados en la cosmovisión andina. En ese tiempo, con fondos también privados de entidades de afuera, se excavó, limpió y conservó una extensión de no menos de tres hectáreas, que se eleva hacia los Apus de la cordillera de atrás formando terrazas, muros de piedra de arquitectura imperial (la más importante entre los incas), un magnífico usno (plataforma ceremonial) construido con un granito que solo existe en Rumicollca, a setenta kilómetros de aquí. Caminos de piedra, huacas dispersas, rocas naturales de formas sugerentes, otras intervenidas para crear la maqueta o huayki (el igual, en quechua) de las grandes montañas del fondo, como si al remedarlas a escala humana, funcionaran como transformadores de energía para que los seres humanos podamos tocarlas y sentirlas. Arriba, caminando más de una hora ya sin lluvia, una caverna horadada en otra roca de grandes dimensiones y adentro, un enchapado completo en piedra tallada, un lugar ciertamente embriagado de fuerza y buena onda. Se escucha la caída de agua en una cascada que, según crónicas, era el lugar elegido por las parturientas para que esa música regular y relajante las ayudara con el trabajo de parto. Al pie de la cascada hay un ramo de gladiolos: una ofrenda nuevita, quizás de anoche. El San Pedro hace su trabajo, dibuja lo que alguna vez un italiano maestro de tai chi kun me dijo en un templo budista del Chirripó, en Costa Rica: la sonrisa del corazón. Es el fugaz e inasible momento en el que todo es presente y entonces, sin mirar para adelante ni sentir el peso del pasado, uno está en condiciones de hablar seriamente consigo mismo, con amor, y decirse las cosas que en otras circunstancias serían reproches. ¿Y qué me digo? “Límpiate de imágenes”. ¿Qué significa limpiarse de imágenes? Eso mismo, como si en la desesperada ciudad de la modernidad andina tú aplicaras un foto shop que elimine todo lo accesorio, lo circunstancial, lo banal y la gente se quedara con lo esencial, tal como ocurría con las construcciones de piedra que me rodean, la pureza de la abstracción y el vacío. Limpiarse de las imágenes publicitarias, del Internet, de la televisión y los diarios y las máscaras y todo lo que ya sabemos. Pero la imagen más urgente de sacar de en medio es la imagen de uno mismo, esa tortura que la psicología llama ego, esa misma que si uno la sabe modificar, quedará como un marco de espejo allí donde el espejo se rompió y a nadie le trajo siete años de mala suerte.
Del informe sobre la Comisión Bagua conozco apenas lo que nos han dado ciertas filtraciones del mismo días antes de su entrega, los comentarios de la prensa y lo vertido en entrevistas ofrecidas por algunos de sus integrantes, desde Manasés y la religiosa Gómez hasta Benza, de un extremo y el otro, y por ahí algún suelto sin demasiada sustancia de Susana Pinilla. Y por supuesto, los vociferantes bufidos de Alan García defendiendo algo que con seguridad no ha leído porque creo que el hombre ya está en una fase tal en la que le basta imaginar que ha hecho algo para estar seguro de que lo realizó. Mi opinión sobre el informe no tiene ninguna importancia porque, repito, no lo he consultado. No me cuesta ningún esfuerzo, sin embargo, imaginar la lógica que lo sustenta, un soporte que aparentemente cimentado en la manipulabilidad de los pobladores amazónicos del nor oriente, lo que hace es exculpar a los verdaderos responsables de la masacre, y con ello me refiero no solamente a una Cabanillas que sabía exactamente lo que estaba pasando y a un García que en medio de sus brumas maniaco depresivas, también, sino a una elite de poder político y económico que desde siempre ninguneó a los nativos y en esa mentalidad permitió que se dieran los decretos que detonaron el dolorosísimo baguazo. Hasta ahí, con todos los lugares comunes del caso, creo de antemano que el informe debe aportar poco y limpiar mucho a quienes tienen las manos sucias. Hay, sin embargo, un aspecto del mismo documento al que me quiero referir con todas las cautelas del caso porque hablar sobre estos temas es como comer pescado. Me refiero a la parte aquella en la que se señala a un grupo de congresistas nacionalistas como los responsables de haber azuzado a grupos de nativos en los días más calientes del conflicto. Yo no quier opinar sobre si los indígenas son más azuzables o no que los no indígenas, solo quier precisar que yo –como muchos- he visto un video grabado en una asamblea awajun en Huampame, en cuya mesa estaban los congresistas Yaneth Cajahuanca, José Maluscán, Rafael Vásquez y Marisol Espinoza, y que la primera de ellos, valiéndose de un intérprete, desplegó un discurso tan repugnantemente plagado de racismo, violentismo y necedad demagógica que al margen de la reacción de la audiencia, es de por sí una muestra de conducta política digna de ser juzgada de impropia y mucho más. Cajuahuanca (la misma que contrató como asesor a un vendedor de gas de Huánuco que además era su enamorado) decía cosas como, “mírenme compañeros, (se señalaba el brazo), el color de mi piel es oscuro como el de ustedes, y por eso he venido a hablarles de igual a igual, yo no soy uno de esos blanquitos que vienen acá a mentirles y a quitarles sus tierras…”, etc., etc. Todo esto con un agravante. Los congresistas mencionados se presentaron en estas asambleas, en Huampame, en Mamayaque, en Atalaya, como comisionados por el Legislativo para estar allí, es decir, irrogándose la representación de uno de los poderes del Estado falsa, mentirosa, esa sí manipuladora al máximo porque el supuesto estatus de comisionados les daba una legitimidad ante los nativos completamente distinta a si se hubieran presentado como los voceros de una bancada. Hay que diferenciar, pues, buscar los matices, cribar. Yo, por ponerme crítico frente al informe de Bagua, no podría colocarme en el mismo bando que los nacionalistas, ese tipo de lógica política nunca le he podido entender ni la practicaré. La verdad jamás está del todo en un bloque o en el otro, y buscar los fragmentos de verdad en los dos, es una tarea muy difícil pero imprescindible, pues una caso de la gravedad del de Bagua nos obliga precisamente a dejar de pensar en trincheras.
Yo no sé de ninguna civilización ni cultura derivada de los fundamentos judeo cristianos que sepa respetar el flujo natural de los estados de ánimo en el ser humano. La moral, entendida como una normatividad que también y básicamente es funcional al control social, aparece en los textos fundacionales de las grandes religiones institucionales como un conjunto de principios que deben ser cumplidos por todos y cada uno de los seres humanos no solamente para garantizar la pertenencia a la grey sino y sobre todo, para mejorar, para incrementar con el paso del tiempo y la suma de la experiencia, los bonos que a uno lo deben hacer cada día más cercano a la idea de la perfección. La caverna platónica tiene sus variantes y con todas ellas define la ontología de las grandes religiones como la cristiana (y sus derivadas), la judía, la musulmana, para no hablar de las modernas religiones norteamericanas que entre broma y broma, se acercan en feligresía a las viejísimas orientales y europeas. Se calcula, por ejemplo, que los mormones son en Estados Unidos ya prácticamente la segunda fuerza religiosa y no solo por el número de sus afiliados sino por el enorme poder económico que ostenta. Todo este rollo viene a cuento porque a finales del 2009, como si no pudiera escapar de un ritual de balance de año, yo he estado pensando mucho en que mi persistencia en buscar terapias –clínicas, de la palabra, alternativas, orientalistas, creativas, de introspección, etc- para desajustes emocionales y orgánicos, revela un apego ideológico mío a esos principios morales/religiosos según los cuales, cuando algo falla hay que repararlo en la tarea de ser cada vez más depurados seres humanos y así conseguir un buen asiento en el banquete de la otra vida. Pues nada, ahora que lo pienso con la cabeza fría, en días de vacaciones, con menos presión que en otros momentos de año, he llegado a la conclusión de que las personas somos estructuralmente lo que somos, algunas menos infelices que otras, otras mucho más desbaratadas, caóticas, desequilibradas e impredecibles. Digo “estructuralmente” aludiendo a una morfología quizás innata, quizás hereditaria, quizás atávica pero también, quizás deseada, que tiene como consecuencia en ciertas personas, un estado de espíritu y de psiquis bizarro y anómico, que si lo mira un médico o un psiquiatra, lo tratará de encasillar en algún diagnóstico que tendrá su correlación en un tratamiento. Y ahí empieza a desplegarse toda la ética/religiosa/clínica que nos tiene bajo la sombra de una maldición y una condena, la del confesionario, el diván, la meditación, la homeopatía, la botica, las restricciones con receta para pensar, soñar y actuar como se nos dé la gana en el entendido de que estamos enfermos y debemos cuidarnos y lo peor de todo, curarnos. ¿O no se han dado cuenta de que a todo el mundo se le ha dado por despedirse con un agorero “chau, cúidate”? Muy bien, llegó el momento de decirme y de decirle a quien quiera oír a través de este blog, que estoy decidido a dejar de ver y vivir la vida como si esta fuera una escalera que nos lleva al bienestar sobre la idea de que hay que acumular ya no solamente méritos sino hechos de salud: rectificaciones, curaciones, cambios, mejoras, sangujuelas e inyecciones. ¿Por qué no es legítimo pensar que uno es infeliz porque así es y no le canta en el forro dejar de serlo? ¿No es acaso la infelicidad un estado del que pueden salir creaciones extraordinarias, como la penicilina de la mierda de la vaca? Por supuesto, no me refiero a que yo vaya a ser el responsable de creaciones extraordinarias. Solo quiero ser como soy y no joderme a mí mismo con que debo cambiar y mejorar y buscar la tranquilidad, la paz de espíritu, la sensatez y el equilibrio que nunca tuve, no tengo ni tendré porque hacia atrás, muy atrás, llevo insignes historias de parientes locos y delirantes y porque al final de cuentas, no conozco otra forma de vivir que esta, y que viva, pues, que viva conmigo aunque me joda, porque joderse es uno de los diez mandamientos, quizás el décimo primero. Que tengan el año nuevo que quieran tener.
Caigo rendido ante la cultura popular mexicana, esa pátina profunda de vulgaridad, cinismo existencial, picaresca, mugre y genialidad que merece todo el despectivo desprecio de un grande como Monsiváis y una auténtica legión de cronistas más jóvenes como el no tan joven periodista regimontano Jaime Avilés, autor de una investigación sobre las mafias organizadas que se dedican a meter gente a los manicomios por encargo de parientes a los que de pronto esta gente comienza a incomodar, por temas de dinero, de honra pública o lo que sea. Adoro la forma tan brechtiana y descarnada con que se pactan los acuerdos más brutales, con compromisos de santos y vírgenes y códigos de honor que no terminan siendo incompatibles con decapitaciones, machetazos, violaciones sexuales y por supuesto, el sistema probablemente más corrupto del mundo, el que está conformado por un Estado gigantesco y una trama de organizaciones criminales que ya, para decirlo con claridad, forman parte de aquél. La cosa es que ese cóctel infernal de corrupción, maldad, primitivismo y zurradera general en la ley formal, trae como consecuencia un humor, a veces voluntario a veces no, clásico según los estudios de Bakthin, espléndido en su capacidad para insuflar aguante, complicidad, distancia y oportunismo en los ciudadanos (¿), pero también realismo y esperanza, una combinación dificilísima de conseguir. Valga todo este preámbulo para recomendarle al navegante que entre a Youtube y busque AhorroCel y dispóngase a dejar de lado todos sus buenos de criterios derivados de la insoportable corrección política y permítase reír, reír con la amargura que siempre trae la mala risa pero por ser mala no es menos risa. Se trata de la expresión de homofobia más salvajemente diseñada que cualquiera pueda haber visto en un medio de comunicación, específicamente en una campaña publicitaria. No adelanto el argumento, garantizo dicha y felicidad a quien se tome el trabajo de observar una y cien veces esta muestra de lo que en el fondo somos los seres humanos, y en la forma también: caca y astromelias, ajo y zafiros (Elliot dixit), basura y oropéndolas, querubines y marranos, risa buena y risa mala, la argumentación de Satán y las Meditaciones de Kempis, la belleza y lo que no es. Por supuesto que el spot que usted verá es reprobable aunque, ¿es tan reprobable? Claro que sí, pero es un cague de risa y la risa es el primero de los derechos humanos. Porque la risa es correa, es cintura, es respuesta a la agresión con un arma que hasta Selecciones calificaba de “remedio infalible”, ¿se acuerda? Por favor, entre ya a Youtube y deléitese con el spot de AhorroCel que se produjo y emitió en el Estado de Sonora, muy poco tiempo antes de la dación de la ley que permite los matrimonios entre personas del mismo sexo en todo el país. En la contradicción está la salsa de la vida. México y Perú, hermanos de sangre, de malinches, de felipillos, de panzones bigotudos y de surrealismo con olor a fritanga callejera. Porque seamos sinceros, ¿no resultaría perfectamente coherente y normal que el mismo spot se hubiera producido, por ejemplo, en Tarapoto para una televisora local? ¿O en Pucallpa? Goce con AhorroCel y por favor, escriba un comentario.
No hay cosa más fácil en este mundo que adquirir el sentido del absurdo. Bastan un par de palabras mal entendidas, un desborde de poder sobre alguien indefenso, un descalabro de timidez, un momento de desconexión. O las Navidades. Cuando yo estaba en edad de creer en las fiestas de fin de año, mi familia hacía tiempo que había dejado de hacerlo. La situación económica de mis padres era alarmante, más alarmante aún porque éramos miraflorinos y no podíamos dejar de vivir como los vecinos aunque ya no había cómo. Obviamente, tal cual suele ocurrir en situaciones así, el matrimonio de mis padres en lugar de afianzarse en una solidaridad que ayudara a remar juntos hacia algún lado, se escindía en un abismo de aburrimiento, cansancio y desesperanza. Cuatro hijos, ninguna satisfacción. O sí, quizás. Un tío mío bastante malogrado y desagradable, que hoy ya tiene ochenta años, me detestó desde que yo era un chibolo y un día me dijo algo que me tomó una década entender en toda su magnitud: “la única satisfacción que le has dado a Yolanda y a Abelardo fue nueve meses antes de que nacieras”. Mis padres: Yolanda y Abelardo. Pues ya no se querían, así era, pero en la Lima de los cincuentas era impensable que un matrimonio se disolviera y felizmente, porque de haberse disuelto el de mis padres, con el machismo que imperaba, probablemente hubiéramos terminado los hermanitos León hacinados en el cuarto de servicio de la casa de mi abuela materna y sin un real de pensión, y no porque mi padre haya sido más cabrón que el promedio de señores de su momento, sino porque así eran esos señores y había que atracar nomás. Vivíamos en una rancho miraflorino de fines del XIX sobre la avenida 28 de Julio, donde ahora hay un restaurante delivery de comida chatarra. Era muy bonito, con una veranda de madera pintada de celeste que daba a la avenida y en cuyas columnas de palo se enrollaban jazmines olorosos y madreselvas. Lo mal estaba adentro porque la casa se venía abajo y además, porque nadie nunca le metió un peso para modernizarla y entonces –como solía ocurrir con las casas de fines del XIX- la nuestra solo tenía un baño para un montón de gente y para llegar a éste había que pasar por la habitación de mis padres y bueno, era incómodo, garantizaba escena primaria a veces, porque abismo afectivo no implicaba necesariamente abismo marital. Las Navidades en unas circunstancias como las que describo parecían un chiste mal contado. Felizmente, como todo el mundo en mi familia era social realista y hablaba con la verdad, nadie se hacía ilusiones en cuanto a esperar un momento de intimidad entre nosotros, un abrazo de cariño, una taza de chocolate o un regalo que nos hiciera después recordarnos. Mi madre, sin embargo, algún corazoncito debió haber conservado entre los pliegues de la falda porque parece que un día de calor atosigante se fue a una trasversal de Larco donde vendían baratijas y nos compró lo que sus cuatro monedas le permitieron, a mi hermano, a mis hermanas y a mí. La noche del 24 nos acostamos como cualquier noche, a las nueve y sin pavo ni panteón. Nadie, la verdad, esperaba nada de nadie. Salvo mi madre y su corazoncito replegado en su falda de percala floreada. Parece que ella esperó a que nos durmiéramos, parece que decidió que Papá Noel algo nos iba poder llevar hasta a los míseros León. Parece que entró a nuestro cuarto y puso al pie de cada una de las cuatro camas el adefesio que nos había comprado. Parecía que por fin un pedazo de Navidad nos conectaba con la normalidad. Pero parece que no calculó mi madre y pisó uno de los carritos Dinky Toys que me había comprado. Se sacó la mierda, se cayó con todo. Prendimos las luces, la vimos ahí sentada en el suelo de tablones picados con cara de qué hacemos ahora. Se levantó, nos miró y nos dijo: “bueno, se acaban de enterar de que Papa Noel es una mentira”. Y salió, apagando la luz detrás de ella. Sobre la base de este recuerdo es que he pensado que a nadie le hace mal un poco de realismo en estas fiestas que bien miradas, siempre son un poco patéticas. Por eso es mejor imaginar que Papá Noel, en lugar de vestido de mink, gorro peludo, nieve y trineo, ahora mismo está en su cuatrimoto paseando por El Golf mientras se prepara para su jornada extra, la del 24 por la noche, por la que ganará un huevo de plata.
Ah pero claro que tiene una enorme virtud el ridículo en que han quedado los países desarrollados al finalizar la Cumbre de Copenhague, es que se les ha visto el fustán y muy limpio no estaba. Quiero decir, ha quedado clarísimo que ya ningún esfuerzo diplomático, multilateral; ninguna iniciativa que parta de un organismo tan devastado por sus propios integrantes como es la ONU, nada de eso se muestra capaz de ordenar la casa en función de una amenaza que hace tiempo llegó al planeta y sin que queramos darnos cuenta, termina ya de a pocos con las maneras habituales como se han venido manejando los recursos naturales por siglos. Acabo de estar en Amazonas y un campesino me decía que no entendía la razón por la cual hasta hace unos años, él y sus compañeros podían trabajar desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, con una interrupción para comer al mediodía y normal, volvían a su casas y a la mañana siguiente se retomaba la misma jornada. “Ahora, profe, a las doce del día tenemos que parar porque el sol nos mata en la cabeza. A veces ya es imposible seguir en la tarde, además la piel se nos pone roja y nos han dicho que nos puede dar cáncer”. Bueno, Telésforo puede que haya escuchado hablar del calentamiento global pero a diferencia de Angela Mekler o de Obama, él ya está afectado porque su productividad se está reduciendo y su cuerpo, resintiendo. Muy bien, la oportunidad que se abre ante el fracaso de la cumbre está en que el tema del calentamiento global pasará a ser el vertebrador de la política y así se va a expandir en los próximos años poniendo en cuestión de raíz el modelo de crecimiento de PBI que nos hemos venido chupando como una golosina desde mediados del siglo que pasó. Ahora, mal que bien, hay recursos internacionales para paliar la deforestación de los bosques, y eso trae muy buenas perspectivas políticas y económicas para los países que poseemos bosques primarios en grandes extensiones. La blandenguería de la posición norteamericana y la impresentable posición china que se niega a que auditen el cumplimiento de sus metas de reducción de gases, trasvasan la energía política a otros modelos, que no son los de Chávez y Evo sino quizás los que comienzan a surgir con un Lula que en la capital de Dinamarca se ha lucido a la altura de los grandes de la política internacional. Un líder que es capaz de decir que él no va a firmar unos acuerdos “que no valgan la pena” mientras que compromete a elevar a 40% la meta de reducción de dióxido en su país. Eso es lo interesante, la recomposición del paradigma político que se dará de inmediato ante la ineptitud y falta de voluntad de los “hot numbers” para encarar el problema. El calentamiento global nos hace pensar nuevamente en la pobreza, en la litoralización, en las migraciones forzadas, en los dramas demográficos, en la carencia de alimentos. En un mundo esencialmente injusto. Embriagados por el monetarismo y el desarrollismo que volvieron con los noventas, hemos caído bajo con la crisis financiera del año pasado pero caemos peor con lo de Copenhague… para comenzar a emerger con una nueva e implacable exigencia de revisarlo todo: ¿Dónde estamos? ¿Qué pasó? ¿Cuánto nos queda de vida? ¿Cómo hacer que el daño golpee lo menos posible?¿En qué museo colocamos a los gringos, a los chinos, a los indios, a los contaminadores europeos y asiáticos que siguen poniendo por delante del calentamiento, el planeamiento estratégico de las grandes transnacionales dispuestas a no renunciar un ápice a sus utilidades y a su poder? Y aquí, en el Perú, ¿quién toma el guante? Es obvio que el régimen actual con su perro y su hortelano, no va a salirse del molde. Pero estamos a puertas de un periodo electoral que será caliente, y lo será también por este asunto, frente al cual Ollanta y su ignorancia, nada tiene que decir. La derecha, se hará la mensa y apelará a las conclusiones de Dinamarca. Los fujimoristas seguirán pujando para liberar a su líder… ¿y quién queda? ¿No es un horizonte atractivo y promisorio para un hombre como el cura Arana? Piénselo, navegante y hable, que la vida se pasa demasiado rápido.
Si otro fuera el Presidente del Congreso y otra la artista, yo no habría dudado en pensar que los quince mil dólares que Alva Castro le dio a Fabiola de la Cuba para que financiara un show en Trujillo, era un asunto de trastienda y de calzón, expresión esta que me permito usar pues se la escuché decir en la televisión a un abogado que opinaba sobre las posibles motivaciones que habría tenido el espía Ariza para haber puesto en riesgo la seguridad de nuestro país: “ahí hay un tema de calzón”. Pero bueno, conociendo a ambos personajes, estoy convencido que acá no hay nada bajo la mesa que involucre las bajas pasiones de los bajos barrios. Para los malpensados, estoy asumiendo que Alva Castro (que dicho sea de paso, cada día se parece más al Gordo Cassareto) es un hombre incapaz de tramitar con una dama una jugada de un calibre tan grueso y desde luego, Fabiola de la Cuba es a todas luces una digna representante de nuestro más decente acervo criollo. Pero entonces, si no se dio lo que siempre suele darse para que un caballero arriesgue su prestigio y su carrera para favorecer a una mujer, ¿dónde buscar la explicación? Yo creo que no la hay porque no hace falta que la haya. Quiero decir, si el Presidente del Congreso un día se levanta de la cama y recuerda que su amiga Fabiola lo ha llamado a ver si la ayuda con un sencillo para montar su espectáculo, y esa mañana le funciona bien el estómago después del desayuno, está descansado y de buen humor, ¿por qué no va a tomar los quince mil dólares de la caja del Congreso y depositarlos en la cuenta de la empresa de Fabiola? ¿Qué fuerza humana puede detener a este trejo político para que se frene de ejecutar algo que le está saliendo de los contentos cojones esa mañana que amaneció tan luminosa con los pajaritos cantando? ¿Alguien se atrevió a decirle al congresista Alva Castro que lo que pretendía era una malversación inaceptable? ¿No hubo algún asesor que lo alertara sobre la posibilidad de que esto se diera a conocer a través de la prensa, con el predecible perjuicio no solamente a la figura del padre de la patria sino alimentando la peligrosísima imagen de prescindibilidad inminente que ya adquirió tan merecidamente el Legislativo, y que lo pone como blanco perfecto para cualquier proyecto totalitario? Si alguien se atrevió a advertir a Alva Castro sobre estos asuntillos, pues perdió la brillante oportunidad de quedarse callado, porque el congresista de cabello más y peor teñido de nuestra historia, seguramente se habrá zurrado en el consejo: “Toma Fabiolita, anda y haznos felices con tu canto”. Fabiola, por otro lado, no tiene por qué conocer las limitaciones del Congreso para que se le dé una aceitadita a su presupuesto. Pero, ¿no las conocía realmente? Yo sé que las leyes peruanas no eximen a nadie de su cumplimiento por haberlas ignorado; es decir, no es un derecho de nadie decir que recibió una plata pensando de buena fe que venía de una fuente formal y legal. Conozco el caso de dos editores que casi van presos por haber trabajado una revista institucional para una entidad estatal, y cuando cayó la Contraloría se descubrió que ellos habían tomado el encargo sin que hubiera mediado un concurso público. Ellos argumentaron que recibieron el contrato oleado y sacramentado confiando en que el contratante estaba asumiendo sus responsabilidades con corrección, pero no hubo tutías, el juicio duró años y realmente fue una pesadilla de la que salieron relativamente librados porque entre los honorarios de los abogados y los tiempos perdidos, ambos editores quedaron exhaustos de alma y de bolsillo. Entonces, si Alva Castro festinó y se sentó en la legalidad, Fabiola al aceptarlo es también corresponsable. Pero claro, cuando entre Alva y Fabiola, y el marco de la legalidad peruana se interpone el filtro del otoronguismo, solo nos queda irnos a sacar camote con el pie.
Dolor de oído. Me comenzó anoche cuando intentaba dormir en el bonito cuarto de una casona chachapoyana adaptada a hospedaje. Serían las once de la noche, yo leía un libro bastante idiota y facho de un periodista español sobre cómo son los cónclaves para elegir a los papas. Una nadería de ese bobo, Alfredo Urdaci, quien fuera la cara periodística de Aznar. Deben ser los años pero la intolerancia hacia la estupidez ajena se empareja con la intolerancia hacia la propia. Pensé que me iba a dormir con grima por culpa de ese Urdaci que cuando menciona al Opus Dei apunta que la mafiosa organización tiene mala fama debido al anticlericalismo español pero que en Italia se la mide hasta como una fuerza innovadora dentro de la iglesia. Sí, huevón, por atrás. De pronto, cuando ya la pastilla para dormir comenzaba a hacer su delicioso efecto, un clavo filudo comenzó a penetrar dentro de mi oído pero no a golpes de martillo sino más bien como un tornillo que se impone por presión sin respetar su espiral. La punzada parecía pasearse de un lado al otro de mi cabeza hasta que se estabilizó en el flanco izquierdo, detrás del globo del ojo y hasta el lugar donde alguna vez tuve una amígdala y un día me la sacaron. De ahí en adelante no ha dejado de lacerarme y ya van no menos de veinte horas. He hecho las seis horas que median entre Chachapoyas y Tarapoto con un amigo en su camioneta y traté de que él no se diera cuenta de mi malestar, no me gusta que la gente me hable de sus enfermedades y soy recíproco, pero por momentos estuve a punto de abrir la puerta de la camioneta y salirme a correr por los bosques nubosos dando los gritos que mi dolor me pedía dar. Ahora, en un rato, he de subirme a un avión para volar a Lima, me he puesto unas gotas en el oído, espero los efectos porque temo que en el vuelo el asunto empeore. ¿La causa? Lo que las señoras de Lima llaman “un resfrío mal curado”. Puede ser, porque desde hace más de dos meses, cuando regresé de un viaje largo al Manu y me traje una bacteria en el estómago, un malestar general me acompaña noche y día, la sensación de estar luchando sin luchar por mantener la vida en un cuerpo que quizás ya se cansó. Por supuesto que estoy dramatizando y lo que debo realmente hacer es ir mañana mismo a un médico. Tengo una tosecita que no me deja en paz ni un segundo, esa misma –creo- que recuerdan los pacientes de cáncer cuando se les pregunta por las razones que los llevaron a chequearse con un médico. La verdad, estoy aterrado, y no por la posibilidad de tener un cangrejo y morirme, ese es un tema que lo llevo resuelto desde hace varios años. Me asusta descubrir a estas alturas que un dolor como el que tengo pueda ser capaz de tirarse abajo mis expectativas, mis planes para mañana, las vacaciones que tengo programadas con mi mujer, el disfrute interminable de mis nietas trillizas y el que tendré cuando en mayo del año próximo nazca mi nieto Alejandro, el regalo que me darán mi hija Adriana y su esposo, el querido Nicolás. Me amosca, me oscurece mucho por dentro llegar ahora mismo a la conclusión de que los episodios espirituales que con frecuencia he tenido y que me han llevado a recuperar la idea de un dios pero no enmarcado en ninguna religión institucional, no hayan sido sino creaciones ilusorias para bandear el bien o el mal de ciertos momentos de mi vida. Aunque suene estúpido, nadie con un dolor como el que me está torturando ahorita podría ser un creyente. Acá no hay ni dios misericordioso ni dios justiciero que coincidan con lo que llevo metido dentro del cerebro. Supongo que va a pasar y que mañana, después de visitar al médico, tenga que empezar ese road show tan pesado que consiste en hacerse un chequeo general. Lo mío es solo un dolor de oídos, tengo amigos que han perdido hijos, conozco señoras judías que no pueden bañarse desnudas en la ducha por el remanente psíquico del campo de concentración, he visto en el Perú escenas de miseria humana en postas médicas que no podría imaginar el más apocalíptico. Pero todo, a escala. Hoy estoy lleno de dolor de oído y la expresión “dolor de oído” se parece demasiado a “dolor de odio”. Lo siento.
Que los políticos y los llamados “líderes de opinión” caigan en el lugar común, en la necedad y el sinsentido no me llama la atención, ya estoy –casi- seguro que es ese el rol que la sociedad actual les tiene reservado. Sí en cambio me sorprende hasta la alarma cuando voces independientes, críticas, de esas que nada le deben al poder ni al mismísimo sistema, patinen en las mismas canchas de la huevada institucionalizada. Me refiero a la argumentación que se viene usando en contra del ministro del Interior y su célebre caso de los pishtacos. Desde hace un par de semanas editorialistas inteligentes y con cerebro, sostienen en los medios que este señor cuyo nombre ni siquiera recuerdo, debería ser removido de su cargo “por haber permitido que se afecte de esa manera la imagen del Perú ante el mundo al habérsenos presentado como unos salvajes que matan gente para extraerles grasa y vendérsela a traficantes internacionales”. A ver, vamos por partes y cucharadas. El problema, a mi modo de ver, no es la imagen del Perú en el exterior sino la estúpida manera como el poder de García y su entorno nos quisieron meter el dedo en la boca –como en los mejores tiempos de Montesinos- para que no prestáramos atención a temas como los escuadrones de la muerte denunciado por Ricardo Uceda, el espionaje chileno, la concesión de Paita y una serie de gravísimos conflictos que se están cocinando en el interior del país, como Majaz, Abancay entre otros, y a los cuales el gobierno no tiene idea de cómo responder y correrá sangre, mucha, acuérdense de mí. Y en cuanto a la imagen, aquí viene mi pasmo frente a la opinión de analistas inteligentes y agudos. Valgan verdades pero el Perú es en mucho un país de salvajes. Por donde se le mire. Basta con manejar un auto durante un día en la ciudad de Lima para saber lo que es la competencia paleolítica casi pre verbal por delimitar un territorio. Observar el (inexistente) sistema del transporte público es para un foráneo algo de novela de terror. Esas unidades que se desplazan de un extremo al otro de las pistas, subiendo y bajando pasajeros en la mitad de la calle, conducidas por unos tipos malencarados que no pasan por agua y jabón porque no es de machos y con la ayuda de unos seres que viven con medio cuerpo fuera del vehículo gritando como primates nombres de rutas a la gente que espera impávida en las aceras, no es precisamente Ginebra en un día de fiesta. ¿Y nuestras autoridades? ¿Alguien podría sacar la cara por el rol de custodios de la imagen del Perú que estarían desempeñando? ¿Allison, Sasieta, el defenestrado Espinoza, Carlos Raffo, la espantosa manipuladora esa que contrató a un repartidor de gas en Huánuco para que le haga asesoría sociológica (y cuyo nombre ya ni pretendo recordar?), ¿un Giampietri recontra comprobadamente vinculado a la matanza de los penales tanto como al espionaje telefónico, y ahí está, de primer vicepresidente? ¿Y Alan García, por el amor de Dios, solo superado por Berlusconi en ordinariez y machismo? Por favor, ya el mismo concepto de imagen de un país es algo digno de revisión pues dependiendo de cómo se le vea, puede no ser sino un eufemismo para no nombrar las estrategias de ocultamiento o edulcoración de la realidad real del cómo somos. O cómo llamaríamos entonces a cualquier intento de obliterar las imágenes atroces de los accidentes que todos los días riegan de cadáveres nuestras pistas y nadie es ya capaz de hacer nada en contra de ello. Somos, en mucho, un país de mierda y no veo por dónde habría que sacarnos punta para que pudiéramos obtener la famosa imagen que todo el mundo ahora quiere preservar. Además, ¿imagen para quien? ¿Para el capital internacional? ¡Pero si ese es el que expolia al Congo extrayéndole coltran y sumiendo en la abyección y la brutalidad a millones de pobladores locales que viven y mueren peor que animales! Al capital internacional la imagen le preocupa un pepino pues el dinero es el dinero en todas partes del planeta y en los países con peor imagen es donde el dinero fluye con mayor facilidad para aceitar negocios y festinar procesos. ¿Los turistas? Puede ser, aunque el turista experimentado y baqueano sabe perfectamente que puede visitar un país de mierda que tiene una joya –como el Machu Picchu del Perú- y que se le brindará una cadena de servicios para que no se entere de lo que no quiera enterarse. De modo que dejemos de caer en la tontería esa de que lo de los pishtacos malogra la imagen del Perú ante la comunidad internacional. No hay peor imagen que la que se quiere ocultar.
Hace cuatro años publiqué con Aguilar una cosa titulada Viajes de perro, un relato entrecortado y caótico de experiencias –medio personales, bastante ficcionadas como es la vida misma- y bueno, presenté el libro y este pasó a los anaqueles de las librería sin pena ni gloria. No importa, a mí me pareció interesante el ejercicio, y el año que viene pienso tropezar otra vez con la misma piedra y publicar una segunda cosa, ahora orientada al maltrato al cuerpo que supone el paso de los años, pero también la falta de cariño hacia uno mismo. Y el maltrato al cuerpo que significa nacer hombre en una cultura donde tienes que demostrar tu masculinidad las veinticuatro horas del día ante los demás, y eso es también, qué duda cabe, una agresión brutal contra el cuerpo. Y nada, ahí van las primeras líneas de ese relato, cuando no tenga nada para postear como hoy me ocurre, iré añadiendo otros párrafos. El libro debería aparecer en julio de 2010 pero de pronto me llega al huevo y no lo hago.
“Duele a la hora en que me levanto de la cama como si los huesos se hubieran desencajado con el reposo de la noche. No amanezco hinchado, al contrario, la madrugada le devuelve a mi piel su tensión normal, el peso de mi cuerpo sobre la articulación se ha aliviado. Cuando orino, mientras el chorro amarillo salpica en el estanque del water, me doy cuenta que así como estoy me habré de quedar, o que en muy poco tiempo seré menos capaz de caminar y temo no volver a dormir, acorralado por la obsesión. Duermo, sin embargo, duermo hasta que amanece como amanece en Lima, con una marea lechosa que inunda las habitaciones y las hace oler con intensidad a sábana sudada, a funda de almohada llena de babas.
Mal momento para recordar. Aquí sigue, mientras que casi he olvidado la preparación de mi desayuno de hoy. Sigue al milímetro el aventón, el estrujado de latas contra mi cuerpo, mis lentes volando hasta estrellarse sobre el cemento al pie de la carretilla de chicharrones. Los domingos de verano cambian las reglas de la Panamericana en el tramo que une Lima con los balnearios del sur, por la mañana el tránsito es solo de bajada y a partir de las cuatro de la tarde se invierte. Los choferes que hacen lo contrario deben tomar la vieja carretera de una sola vía, abandonada, sin mantenimiento. Esa misma carretera es la que pasa por la fachada de un cementerio nuevo y empalma con el Santuario de Pachacamac, antes de meterse entre una hilera de puestos donde se vende chicharrones, ya en el distrito de Lurín. Desde que tengo memoria, Lurín es el lugar de los chicharrones. Una de esas tradiciones limeñas que se debía cumplir en los sesentas era la de ir hasta allá después de las fiestas de Año Nuevo a llenarse la barriga inundada de alcohol con esos trozos de carne de cerdo que se sirven al lado de rodajas de camote frito y una diadema húmeda de salsa de cebollas. Pasó el tiempo y se perdió esa costumbre pero quedaron las chicharronerías para surtir a quienes salen de la ciudad los fines de semana. Son dos o tres cuadras las que ofrecen los chicharrones, el aspecto del tramo allí es el mismo que encuentras en cualquier ciudad del Perú de hoy: casas inconclusas de cemento pintadas de azul celeste, rejas negras oxidadas, escaleras a la vista. Hay que ver los carteles que llaman la atención sobre cada puesto. Chanchas en bikini floreado con un plato humeante de carne gorda en las manos, cerdos vestidos de esmoquin hacen una venia de maître, un chanchito tierno mira con dulzura al automovilista, las patitas juntas y un gesto amariconado con la mano.
Habíamos terminado la última de las tomas del día en ese domingo trasegado de calor, era la hora en que todos los autos solo suben por la Panamericana, dejando en la vieja vía a los choferes que deben rutear hacia el sur, gente que no veranea sino trabaja, transporte público de pobres, camiones de carga. Las chicharronerías tienen sus propios enganchadores, muchachos y chicas que se avientan sobre los autos esgrimiendo un trinche que atraviesa la yapa de carne con sebo crocante. El trinche entra por las ventanillas de tu auto sin que lo pidas, un trinche, dos, varios a la vez. Los enganchadores se cagan de risa entre ellos, saben que te molesta tener que soportarlos, ellas con pantalonetas ajustadas como mallas y blusas sucias, ellos con pantalón negro y camisa blanca.
Terminaba una edición de mi programa de televisión…”
Una noticia de hace pocos días muestra un sano desfogue para un patológico actuar. El arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, pidió públicamente disculpas a los niños que fueron violados sexualmente en su arquidiócesis, y a sus familias, y expresó su "pesar y vergüenza" por el encubrimiento de estos abusos perpetrados por curas católicos. El antecedente es un informe oficial sobre el tema encargado por el gobierno de Irlanda en 2006, una iniciativa que demuestra la independencia y la laicidad del Estado como condiciones para que se traten con transparencia las barbaridades que ocurren en todas las iglesias institucionales bajo el manto cómplice de la confesionalidad mayoritaria de un país. Eso en el mundo ya se está acabando, esa conquista de la modernidad, que debería haber sido de las primeras –como ocurrió en Francia con la revolución- recién se está planteando con firmeza en los países más civilizados del planeta, entre lo que no se cuentan precisamente los musulmanes y los católicos del tercer mundo para abajo, entre los cuales ocupamos un destacado lugar. Pero volviendo al tema, en una rueda de prensa, informe en mano (700 páginas llenas de historias que dan náuseas) el ministro irlandés de Justicia, Dermot Ahern, afirmó que el documento le había provocado "repugnancia y cólera… Ofrezco a todos y cada uno de los supervivientes mis disculpas, mi pesar y mi vergüenza por lo ocurrido". Pero también, consciente de que un asunto de esta gravedad no se resuelve con retórica verbal, Ahern añadió, con dureza y escepticismo: "(soy) consciente de que ninguna palabra de disculpa va a ser nunca suficiente. El hecho de que los autores de los abusos fueran curas constituye al mismo tiempo una ofensa a Dios y una afrenta al sacerdocio". El informe da cuenta no solamente de centenares de casos de abuso sexual a niños por parte de curas entre los años 1975 y 2004 sino de algo mucho más grave aún: el encubrimiento de los hechos y de los culpables por parte de las máximas autoridades eclesiásticas irlandesas, cuatro arzobispos en cargo consecutivo que se callaron en todos los idiomas, que protegieron a los curas delincuentes, que los enviaron a diócesis alejadas de la prensa (donde podían seguir violando niños con mayor impunidad), y todo –según el informe que habla como se debe hablar- “(para) mantener el secreto, evitar el escándalo, proteger la reputación de la Iglesia y conservar sus bienes. Todas las otras consideraciones, incluido el bienestar de los niños y la justicia para las víctimas, estuvieron subordinadas a estas prioridades". Más claro, el agua bendita. Pero continuemos con esta lección de ciudadanía y civilización. El mismo ministro de Justicia comenta en la conferencia de prensa un ángulo especialmente delicado, la complicidad del Estado con la iglesia. El informe precisa, "las autoridades del Estado facilitaron este encubrimiento al no cumplir con sus responsabilidades de asegurar que la ley se aplicara de la misma manera a todos y permitir que las instituciones de la Iglesia estuvieran fuera del alcance de los procesos normales de aplicación de la ley". Como ejemplo se cita uno de los affaire investigados por la comisión que se creara ad hoc, "un cura admitió haber abusado de más de 100 niños, mientras que otro aceptó que había abusado cada 15 días a lo largo de su ministerio, que duró 25 años”. La iglesia dejó hacer y el Estado también. Pero dejaron de hacer bastante y desde harto tiempo atrás. En mayo de este año otra investigación conmocionó a la archí católica Irlanda. El juez Sean Ryan, quien había presidido un grupo dedicado a buscar los antecedentes de este tema que nadie sabe muy bien por qué azota con especial crudeza a este país, concluyó tras nueve años de investigaciones que “…miles de niños sufrieron abusos sexuales, físicos y emocionales, a veces ‘endémicos’, en ese país a partir de los años ´30”. La iglesia católica, qué duda cabe, pasa por uno de sus momentos más difíciles, producto de una secularización de la vida indetenible ya pero sobre todo, víctima de su propia incapacidad para ponerse en el nivel de diálogo, empatía y comprensión que los católicos de hoy están buscando. Hay que reconocer, sin embargo, que dentro de la jerarquía eclesiástica las hay de cal y de arena y que la institución todavía pareciera estar lo suficientemente fuerte como para soportar la discrepancia sin acercarse demasiado al cisma. Aunque cabe preguntarse también si es que el tal cisma ya se ha dado sin que tenga que mediar una ruptura oficial con bandos y trincheras, una especie de terremoto silencioso. Es que basta con observar el comportamiento del cura Cipriani en relación al sacerdote Arens, un cultísimo estudioso de la Biblia, progresista, abierto e inteligente, celebrante de unas misas en María Reina que eran verdaderas clases de humanismo y refinamiento intelectual y afecto. Pero a Cipriani le dieron celos, le molestaba que hubiera un jerarca realmente carismático frente al cual, la cara de raspadilla sin jarabe de nuestro cardenal queda reducida a una caricatura del poder medieval. Lo de Irlanda es una prueba muy interesante a la tolerancia de la iglesia católica. Quienes han salido a dar la cara son los más altos representantes de la iglesia y del Estado, pero en cuerdas separadas, como debe ser, aún que sea para denunciar una complicidad que los unió por tanto tiempo. Y acá, los curas que se rasgan la sotana ante la opción del aborto terapéutico, ¿qué dirán de los cientos de niños a los que les mataron buena parte de sus vidas, para siempre?
Ya quedó claro que lo de los pishtacos fue una maniobra absolutamente bananera creada por la policía –y estoy seguro que digitada desde lo más alto - para distraer la a la opinión pública de varios severos anticuchos del gobierno, como la denuncia de Ricardo Uceda en la revista Poder sobre los escuadrones de la muerte en Trujillo, o la total ineptitud de los servicios de inteligencia, puesta en evidencia a raíz del espía que llegó del frío, de la nada. Quiero sin embargo, tocar un punto relacionado con los pishtacos y con otro fenómeno medio fantasioso, medio real, que ocurre en ciertas zonas del altiplano peruano y boliviano, como son los sacrificios humanos. Yo no dudo de que algo parecido al pishtaco exista en ciertos lugares de los Andes y de las selvas altas. No hay mito ni leyenda que se sustente sobre la nada, la antropología sabe de más que cuando eso ocurre, la fantasía se fortalece y termina creando el referente real que le falta, para seguir actuando en el imaginario de la gente, para producir alguna actitud o comportamiento necesario para la sobre vivencia de un sector social o de un equilibrio cultural. La figura del pishtaco ha sido ya bastante estudiada y todos los investigadores coinciden en que se trata de una explicación, desde el espacio del marginado, de lo que ocurre en el resto del mundo, en una realidad que no se cansa de expoliar a los poseedores de recursos invalorables pero que son a la vez los más pobres de la sociedad. Esa ambivalencia es la que trabaja de manera extraordinaria el antropólogo Michael Taussig cuando analiza cómo desde la Colonia, los blancos dominantes en Colombia han deseado tener los poderes curativos atribuidos a los indígenas del pie de monte y de las selvas del Putumayo, y los han acosado para arrebatárselos, a las vez que despreciaban a esos seres a los que veían como sub humanos. Algo parecido ha ocurrido con los talentos y dimensiones sexuales de negras y negros, la envidia desesperada de los adefesios blancos pero que son a la vez quienes detentan el poder. Muy bien, el mito del pishtaco condensa esa ambivalencia, que se podría resumir en el siguiente enunciado: “no soy nada, soy pobre pero mi cuerpo tiene la grasa que se necesita para que funcionen las máquinas gringas, las naves espaciales y se produzcan los cosméticos que las platudas exigen para ser bellas y tener éxito”. Vistas las cosas así, desde la perspectiva del sometido a la sociedad oficial y al poder del pishtaco es una visión moderna enganchada con una vieja creencia. Moderna porque sitúa el acto de ataque y extracción de grasa en una secuencia diseñada por el capital: saqueo violento de materia prima, exportación, globalización. Quiero decir, nada ganamos tratando de explicar el mito del pishtaco como un remanente de una época casi prehistórica que subsiste diacrónicamente en el mundo actual, al lado de la cibernética y la biogenética. Es un tema de comercio, de capitalismo salvaje y en tanto tal, no parece estar demasiado alejado de lo que ocurre con el esquema del transporte público o de la inversión privada en zonas donde las comunidades oponen resistencia por temor a la contaminación, por ejemplo. Es la dialéctica del mercado la que delinea el trazo de un pishtaco que vende hoy la grasa humana a las fábricas de cremas faciales, aunque en la realidad nada lo compruebe. Pero hace mucho tiempo que la realidad dejó de existir. Lo mismo vale para los sacrificios humanos que se realizan regularmente en el altiplano. He tenidos noticias directas de casos recientes ocurrido en Juliaca, en la ciudad de Puno pero sobre todo, en Yunguyo. Y se habla de que en Bolivia es un tema que aumenta, no se sabe muy bien por qué. Cuando he indagado en un episodio del que estuve cerca, en el que se ofreció como ofrenda a un joven de veinte años al que se le sacó el corazón en una mesa nocturna en un cerro de los alrededores de Puno, he descubierto, primero, que la policía no interviene en estos delitos pues teme la venganza de los layka, que son brujos maleros y de los malos de verdad. Y segundo, que quienes encargaron al layka el sacrificio, lo hicieron no por ninguna creencia ancestral ni atávica ni religiosa ni cosmogónica. Eran contrabandistas, ricos, que querían aumentar sus ganancias en el año que venía. Y punto. Ese uso del ritual macabro, por arcaico y salvaje que aparente ser, pues no es sino otro recurso de la modernidad, tan válido como una asesoría contratada en el Club Empresarial con el fin de evaluar las condiciones para el lanzamiento de un nuevo negocio en el Perú, o unos focus group. O la misa, celebrada para que algo salga bien a quien la financia. De manera que no disociemos tanto la factibilidad y la eficiencia de mitos como estos, atribuyéndolos a fuerzas oscuras que regresan de un pasado de sombras. Insisto, son herramientas de la modernidad, y así somos, pues, esa es también nuestra modernidad.
Si alguien quiere burlarse de mí por el post que ahorita estoy escribiendo, tiene derecho y razones para hacerlo: yo en el lugar de muchos navegantes pensaría “y ahora qué le pasó a este cretino, se nos volvió espiritista”. Pero bueno, quiero igual contar un par de cosas raras y oscuras y que aquellos navegantes que crean tener algo que decir al respecto, me lo hagan saber porque de otro modo voy a terminar en el neurólogo esperando un diagnóstico de Alzheimer y la verdad, me gustaría que se tratara de algo un tanto más poético que ese terrible mal. Hace unos días tenía que viajar, apenas por 24 horas, a un lugar del interior del país donde se celebraba un encuentro nacional dedicado a un tema que me interesa mucho, relacionado con turismo y comunidades. Por suerte había conseguido que me incluyeran en una avioneta charteada para dos ministros y una serie de funcionarios y periodistas de alto nivel, con lo cual me ahorraba el tremendo trote de diez horas que me habría significado ir por tierra. El vuelo partía a las dos de la tarde, yo debía estar en el aeropuerto una hora antes. Me desperté esa mañana con malestar, una sensación desagradable, claramente viral, que me tiene encadenado a un profundo decaimiento corporal desde hace varias semanas y que yo sospecho que tiene que ver con que en mi último viaje al Manu tomé agua allí donde la encontraba y como sabemos, nuestros ríos ya son pocilgas. Pero bueno, igual me levanté, me fui al gimnasio y entré a mis rutinas, que consisten básicamente en sentarme frente a la computadora y escribir, tantas cosas. Lo cierto es que mientras yo creía que todo iba relativamente encausado en la normalidad, algo adentro mío me decía que mejor cancelara, que el virus, que la iba a pasar fatal si viajaba y que terminaría complicándoles la vida a los organizadores del encuentro, si es que caía en alguna situación de emergencia. Le hice caso a esa voz, a pesar de que no me sentía tan mal como para no embarcarme, pero así lo decidí. Hice llamadas, puse correos y me metí de nuevo a la cama. Muy bien, al día siguiente me entero de que la avioneta partió, el vuelo estaba programado para durar 45 minutos pero a los noventa uno de los ministros dijo, “y qué mierda está pasando acá”. Lo que siguió fue una tormenta de tarde que lanzó a la avioneta de nube en nube como si fuera una hoja seca en medio de un huracán. Los viajeros temieron por sus vidas y según uno de ellos me contó, la tripulación pensó lo peor. La avioneta estuvo sobrevolando Lima tres horas hasta que a punto de acabársele el combustible, aterrizó en Jorge Chávez y todo el mundo a su casa, calabaza. No hace mucho un chamán cusqueño me dijo que me veía, en ayahuasca, abordando el que sería el último vuelo de mi vida, en una avioneta. En algún post ya lo conté. Me sentí muy angustiado cuando me enteré de lo ocurrido ese día, y no sé por qué. No creo ni mucho menos, tener poderes paranormales pero tampoco puedo atribuir todo esto a la simple casualidad, hay una cosa intra psíquica en mi malestar y en mi decisión, que aún me inquieta. La noche del día siguiente yo dormía, soñaba con intensidad con la hija de una amiga, una de mis mejores amistades que murió hace unos meses. En el sueño conversábamos y reíamos hasta que apareció mi perra, Pocha, agonizando y revolcándose de dolor. Me desperté sumamente ansioso y sudando, decidí bajar a la cocina a tomar un poco de agua. Cuando abro la puerta de esa habitación, encuentro a Pocha revolcándose de dolor en medio de un mar de diarreas. Casi se muere, un medicamento a base de cortisona le había producido una reacción alérgica que pudo haber sido fatal, de no habérsela atendido a tiempo. Por la puta madre, ¿es Alzheimer? ¿Por qué a la vejez a uno se le puede dar por meterse en honduras complicadas? Estoy seguro que, aparte de los navegantes cachosos, no faltará alguno que quiera dialogar sobre estos episodios, raros, oscuros.
Jon Krakauer, periodista de investigación norteamericano autor de un magnífico trabajo sobre la poligamia actual entre los mormones fundamentalistas de los Estados Unidos, México y Canadá titulado Under the Banner of Heaven, sostiene que el libro de los mormones, el fundamento escrito por Joseph Smith a partir de sus revelaciones, es un texto que puede ser satirizado y juzgado de delirante y alucinatorio porque ha sido redactado recién en el siglo XIX. La Biblia y el Corán han tenido dos mil años en cambio para legitimarse y hacer que sus mitologías pasen a componer el acervo de la palabra divina para muchos creyentes cristianos, católicos y musulmanes. Lo cierto es que tanto mormones como judíos, cristianos y seguidores del Corán, comparten al menos en ciertas fases de sus textos básicos, una visión sobre la mujer absolutamente subordinante, que en gran medida se mantiene vigente entre los grupos más recalcitrantes de todas estas religiones hasta el día de hoy. Pero claro, una cosa es, como en el caso de los mormones, circunscribir el rol jerárquico de la enorme iglesia a los varones y otra un tanto más extrema, consiste en pensar que a una mujer que comete una falta que hiera el orgullo del marido, hermano, padre o pariente, se le puede rociar el rostro con ácido como un acto de justicia. Nicholas Kristof, periodista del New York Times, estuvo en Afganistán rastreando esta siniestra costumbre cimentada supuestamente en las palabras imbatibles del Corán y encontró más que lo que él ya suponía. Además de que la mujer es una cosa disponible como un mueble, es también un sujeto natural de las peores venganzas físicas y psicológicas en nombre de la supremacía del varón. A raíz de los informes de Kristof se ha acuñado un término, “terrorismo personal”, para designar aquellos casos en los que se ejerce el poder absoluto y total sobre un ser humano, sin que intervenga la justicia. Terrorismo personal es, pues, la práctica generalizada en Afganistán y Pakistán de rociar el rostro de las mujeres con ácido sulfúrico hasta dejarlo hecho un amasijo de carne deforme, sin contar con los espantosos dolores que ello implica. Irum, Shameem, Nayaf, Shehnaz, Shahnaz, Kanwal, Munira, Bushra, Memuna, Zainab, Naila y Saira, son los nombres de algunas de estas mujeres que han visto destrozar sus vidas para siempre porque se atrevieron a decirle al marido que ya no querían tener más hijos, o por una disputa doméstica menor, o por atreverse a protestar por haber sido violadas sexualmente. Reproduzco algunas fotos tomadas por Emilio Morenatti, de Associated Press, para una nota en Time de Jim Verhulst, que se puede consultar en
Todos los años por estos días en Lima se reedita la polémica en torno a las corridas de toros, un debate a estas alturas tan inútil y desgastado como el que se repite a finales de octubre en relación con el Halloween y el Día de la Canción Criolla. A veces me da la impresión de que fuéramos en el Perú 28 millones de jubilados de banca de esos que todos los días de la vida se reúnen para pelearse por las mismas necedades y sin llegar a acuerdo alguno porque la gracia está en la palabrería y en la energía que se despliega en el diálogo de sordos. Yo, desde que tengo memoria, escucho al pro taurino hablar de un arte y a los anti, de una salvajada y entre el arte y la salvajada no ocurre absolutamente nada. Los españoles, que muy afectos a los cambios de sus tradiciones no son y además estelarizan el tema, tampoco se ponen de acuerdo ni toman medidas salvo los catalanes, de hecho los ciudadanos más civilizados y cosmopolitas de la península Ibérica, que están pujando para que se legisle en contra de promover cualquier espectáculo que implique crueldad para con animales, como atractivo turístico. Es decir, por lo menos no se hará propaganda en Cataluña a las corridas de toros y así, de a pocos, los aficionados terminarán arrinconados en la esquina de la marginalidad, como en otro campo viene ocurriendo con los fumadores, víctimas absolutas de la presión social. Lo cierto es que entre nosotros, aparte de opiniones que se vierten en los medios de comunicación, no ha salido hasta ahora ninguna iniciativa, legal ni social, para comenzar a eliminar esa fiesta que no solamente no corresponde con los estándares de conciencia ambiental que dominan el mundo decente sino que en Lima es ocasión para un despliegue de frivolidad y huachafería neo colonial francamente empachante y de mal gusto. Salvo, claro está, la movilización que desde El Averno una serie de artistas y creadores vienen realizando desde hace unos años los días de corrida en Acho, pero que mayor trascendencia no agarra y ya incluso está formando parte del paquete de octubre. Hay que decir, además, que la afición taurina no es la única expresión de crueldad con los animales que practicamos en el Perú. Muchas, arcaicas, rurales, vienen con los mismos españoles que nos traen la “fiesta brava”, esos que en pleno siglo XXI siguen celebrando barbaridades como la fiesta de San Vicente, en Manganeses de la Polvorosa (Zamora), cuyo momento estelar ocurre cuando desde el campanario de la iglesia del pueblo se lanza una cabra hacia abajo –veinte metros- la que debe ser recibida por un grupo de jóvenes que extienden una manta. Por supuesto, los babosos estos siempre están borrachos a la hora que la cabra está cayendo y por lo general el pobre animal termina estrellado en el suelo de piedra de la plaza, reventado, para jolgorio y algarabía de los alegres fiesteros. De los ibéricos nos viene otro horror llamado el “jalapato”, que tiene su hinchada en diversas comunidades del centro andino, sobre todo en el Valle del Mantaro y en Huancavelica. En resumen, el jalapato es algo sí de brutal. El mayordomo de la fiesta patronal pone un pato vivo, adornado con serpentinas y luego, ya en grupo, la comunidad comienza a emborracharlo mientras los comuneros hacen lo propio. Cuando el animal está mareado, le dan vueltas y vueltas para aturdirlo más y luego lo atan y lo cuelgan boca abajo de una estructura alta. La fiesta arranca, el baile se anima, las parejas zapatean y se lucen en antiguos movimientos de estirpe mestiza. Comienza una ronda y cada vez que una pareja pasa al costado de pato, le jala el pescuezo. Esto se repite y va agarrando frenesí a medida que los tragos continúan circulando y la euforia identitaria también. El deber del mayordomo es dar más trago a los invitados para de ese modo aumentar también la violencia con que se tira de la cabeza al animal. La borrachera va alterando la percepción de realidad, los gritos y guapeos se vuelven expresiones pre verbales, la tensión crece. El pato elegido –lo había olvidado- debe ser viejo… para que su suplicio dure más pues los tejidos del pobre animal se resistirán por más tiempo a los tirones. Hasta que al fin, una pareja, suertuda, valiente, fortachona, termina por decapitar al pato y entonces ya hay mayordomo para el año entrante y que siga la fiesta hasta que los últimos en aguantar terminen durmiendo en el suelo hasta que el tiempo los haga volver en sí. Eso es el jalapato. Y tiene una variante, solo masculina, que se hace con jinetes a caballo. Hay también el Yawar Fiesta, tan defendido por antropólogos neo indigenistas, una muestra absolutamente aberrante del control maligno que ejerce el hombre sobre el animal cuando quiere demostrar su dominio sobre la naturaleza. Las peleas de gallos no son mejores, aunque hay que decir al menos que los gallos de riña constituyen una raza que lleva en los genes el impulso violento y que en la riña están parches, gallo contra gallo y no animal contra hombre protegido contra la agresión, como sí ocurre con la fiesta brava. En Arequipa son muy populares las peleas de toros pero en estas no corre sangre pues los animales se enfrentan cabeza contra cabeza hasta que uno corre y el otro triunfa. La desarmonía, sin embargo, sigue palpitando en este afán del ser humano por observar a los animales pelear, defenderse desesperadamente, morir. Creo que debajo de esto no hay sino cobardía, la cobardía del hombre que no se atreve a lidiar con sus propios impulsos de muerte.
Lo tribal es de corazón y sinrazón la unidad frente al enemigo común, la alianza no pensante entre todos los diferentes que ocupan un territorio, ante la amenaza de que otro, distinto, pretenda invadirlos: se vuelven iguales, un puño, un solo hombre. La psiquiatría llama a esa unidad gregaria “la estupidez de las pequeñas diferencias”, un síndrome humano muy recientemente alejado de nuestro ancestro animal mediante el cual los integrantes de un grupo disuelven sus identidades en una masa mental o ideológica cuando sienten que de manera individual no se sostienen. La esencia del nacionalismo es esa pérdida de la razón, esa suma masiva que enarbola tigres de papel porque las personas que conforman una sociedad no tienen ya capacidad para seguir siendo unos e indivisibles y requieren masa, consigna, orden, disciplina, unidad, y como parte imprescindible, un otro arbitrario y avasallante. La guerra es eso y nada más y nada menos. La violencia en defensa de un espacio geográfico y mental, religioso, cultural, étnico. Animal territorial, el hombre lleva en sus pulsiones la reacción contra la amenaza y la acción amenazadora, los dos componentes que en el fondo dan uno solo. La civilización, desde esa perspectiva, es la sofisticación de esa dialéctica, son los intentos de los sectores más y mejor preparados de la humanidad por regular los impulsos a matar y a morir por la propiedad, o por ritualizarlos. Los antiguos moche lo hicieron con maestría, de ahí los testimonios de batallas rituales en la huaca del Brujo, que remedaban en pequeño y de manera controlada, lo que había que evitar en grande. Hasta hoy en el chiariaje de Canas y Toqto, en Cusco, las comunidades que mantienen rivalidades ancestrales organizan una vez al año una lucha, festiva, con hondas y piedras, a caballo, entre los hombres jóvenes de ambas colectividades, y mientas beben, disparan y si no hay un muerto, la gran batalla que se quiere soslayar, no ha sido exorcizada. Antropológicamente el tema es muy interesante, pero sucede que no hay antropología capaz de dar cuenta de lo que estamos viviendo en relación con Chile. Debo decir que cuando encuentro un titular en un diario o un gorro en televisión anunciando una noticia sobre el tema, simplemente paso, dejo el periódico, cambio el canal o apago el televisor y me pongo a leer a Fernando Vallejo. Quiero decir que el conflicto que se está amasando entre Perú y Chile es algo me resulta absolutamente ajeno, lo lamento, aunque me digan traidor y vende patrias. Porque no es mi asunto y ni siquiera asunto de García ni de la Bachelet sino de los traficantes de armas y de los estrategas internacionales que están buscando un nuevo orden para la redistribución de los recursos naturales que le quedan al planeta, a favor de los grupos de poder económico más contundentes. No me pidan que me alíe con Velásquez Quesquén ni que odie a la magnífica revista de cultura chilena The Clinic. Y respecto al pobre diablo que espió. Que lo castiguen, claro, que pague pero según lo que indica el fuero. No empecemos a exigir pena de muerte porque si se la dan a Ariza se la darán a cualquier comunero que se defienda de una minera en algún lugar de los Andes, miserable y olvidado. Por último, y hablando de espías, ¿no tuvimos por diez años como pacificador en las sombras, a un hombre que había sido denunciado por espionaje, por vender información de nuestras fuerzas armadas a Ecuador? ¿Por qué la mayoría de los peruanos se sentían seguros sabiendo a que al inepto canalla de Fujimori lo nutría la sabiduría y la habilidad política de un ex capitán que, él sí, en su momento por ley debió haber sido fusilado en un paredón? Montesinos fue un espía convicto y confeso, que mereció la pena máxima que en ese entonces indicaba la ley, pero todo el mundo miró de costado o silbó hacia arriba, porque… el enemigo era la subversión y entonces había que unirse en un puño, como un solo hombre, para derrotarla. Poco hemos avanzado desde el hombre de Guitarrero, navegante, si es que no hemos retrocedido.
Desde que empecé a vincularme al mundo literario y periodístico próximo al llamado “humor”, he visto de todo y más. Hay que tener en cuenta que me inicio en el tema en plenos setentas cuando todas las prohibiciones se levantaron o si se quiere, fueron reemplazadas las tradicionales por otras nuevas. Revistas italianas anticlericales en las que el Papa aparecía caricaturizado metiéndose una bandera vaticana por el ano, fanzines de lesbianas radicales que hacían historieta hablando por sus vaginas llenas de pelos en fotografías hiper realistas, recreaciones del diccionario de Ambrose Bierce pero acercándolo a la espantosa realidad imperial y belicista de los Estados Unidos, las insoportables ilustraciones del argentino Copi que me hacían vomitar, las fotos de Witking consideradas humor hasta por el más puritano para no asumirlas, y en el Perú, modestamente, lo que hacíamos en Monos y Monadas, que poco audaz no era. Como sacar a Morales Bermúdez en carátula disfrazado de Miguel Grau en la edición de octubre, con una damajuana bajo el brazo y al lado el titular: Caballero de los Bares. Ejem. Y recientemente, Borat. Ejem. Sin embargo debo decir que la última edición del programa de Jaime Bayly me puso en el borde, no pensé honestamente que el Perú estuviera en una situación de tolerancia tal como para aguantar esa muestra de extremo humor negro que nos dio desde que comenzó el programa bromeando sobre Bolón y Paola Vargas, la muchacha asesinada por los pandilleros futboleros. Con cachita, dijo Bayly que ofrecía una recompensa a quien capture a Bolón, “asesino de Paola Vargas a quien la vez pasada confundí con Paola Ruiz y esta llamó por teléfono a aclararme”. Ya el hecho de bromear con la similitud de los nombres aludiendo a una persona que en su calidad de víctima total, ha pasado a ser un icono de la lucha contra la violencia en el Perú, es ir contra la corriente con hartos cojones, o con mayor inconsciencia, yo no lo sé. Pero el asunto llegó al paroxismo cuando apareció como invitada la vidente Rosa Chung, y se ofreció a hacer en el set una sesión de espiritismo en la que Jaime habría de ser el médium. Antes la Chung había hablado desde su privilegiado espacio sin tiempo ni lugar, sobre los crímenes que nos aseguran el diario yantar de morbo en la ciudad: Abencia, el estilista, Miryam Fefer. Confieso que me costaba creer que Bayly siguiera en ese juego, pero Jaime tiene esa cualidad de llegar hasta donde él decide, o esa inconsciencia, nunca lo sabré. Se inicia la sesión de espiritismo, Jaime con toda seriedad entra en trance, la Chung le pregunta si siente que alguien ha ingresado dentro suyo y el francotirador responde que ha sido invadido por un frío intenso y que sí, hay alguien dentro de su ser. “¿Es hombre o es mujer?” Dijo Jaime que era mujer. “¿Es Miryam Fefer’” “Sí” Se me cayó de las manos sobre las sábanas la taza de té que estaba tomando metido en mi cama, me pareció que estábamos llegando a un límite y mientras Jaime con los ojos cerrados continuaba siendo poseído por el espíritu de la empresaria asesinada, yo pensé, como se tiende a hacer en los momentos de angustia, en que alguien tenía que llevar la culpa de lo que estaba viendo por la televisión, tenía que haber responsables de que la memoria de una mujer asesinada con brutalidad se estuviera ridiculizando de tal manera, de que la vulgaridad total haya entrado a las casas sin filtro ni vaselina. “Son los hijos, con toda obviedad, Ariel y Eva, quienes han permitido ese extremo porque fueron los primeros en manosear públicamente la imagen de su madre”. Mientras lo pensaba me sentía un moralista: ¿no es que estamos en un mundo en el que domina lo mediático con una ética que no admite frenos? ¿No es que yo siempre he sostenido que eso es mejor que cualquier forma de censura o auto represión? Es cierto, lo he pensado, lo sigo pensando, creo que las personas deberíamos estar en capacidad de aguantarlo todo ante nuestros ojos para aprender que no somos dioses sino apenas unos animalejos instintivos y pulsionales. Pero Bayly seguía, y ahora hablando a través de él la señora Fefer, pedía que sus hijos se reconciliaran. No soporté, apagué el televisor. Al día siguiente, el lunes, me encontré de manera casual con un espiritista profesional a quien conozco de vista y no pude dejar de preguntarle su opinión. Reseño su respuesta: “…una farsa pues una persona que ha sido asesinada con tal grado de brutalidad, vive en un espíritu confundido y violento incapaz de ser evocado por lo menos en cinco años después de la muerte física, si de verdad hubiera acudido al llamado de la Cheng y a través de bayly, a este lo hubiera golpeado la Fefer, le habría sacado los dientes a golpes, lo habría desfigurado para siempre”. Dios, qué humor, qué buen humor, qué tal humor.
“Hay que ir dejando atrás el ruido turístico, la intrusión del color plástico, el ritmo acelerado del guiado y los lugares comunes de la cultura masiva, de a pocos, sin juzgar demasiado, asumiendo que las cosas son así y que, por eso, debemos usar bien la posibilidad de traspasarlas. Ir más allá de los pensamientos conocidos y cómodos, de las explicaciones históricas y arqueológicas a las que estamos acostumbrados. Hay que dejar que todo eso vaya quedándose en el camino y emprender la caminata hacia Kantupata. El sendero inca se inmiscuye en el bosque tropical y, de pronto, la ladera verde deja asomar una estructura de piedra, trabajada, una superficie cubierta con los tonos óxido de los líquenes y el rosa de los hongos. La veta natural parece haber guiado la mano que partió el granito. Hay que escuchar otras versiones, hipotéticas pero cimentadas aún en el presente, sobre cómo se hizo lo que parece imposible. “Para construir, se hace craquelar la roca con fuego intenso producido con troncos y con rocca, un espino aceitoso que crece en Cusco. La roca se parte así siguiendo su propia naturaleza. Yo he visto aplicar este proceso hace unos años en Sacsayhuamán”. Los investigadores de Poquen Kanchay ofrecen una mirada complementaria, creen y confían en una arqueología que sepa entender las uniones entre la ciencia y el desarrollo de la consciencia, con cimientos en lo real: el manejo de las energías, el agua, el fuego.
Desde Wiñaywayna se asciende a Intipata. Al amanecer, la oposición entre la arquitectura convexa de Wiñaywayna y la cóncava de Intipata nos hace ver que la ubicación de los andenes, su forma, su progresión, la relación de estas terrazas con la secuencia de fuentes, todo tiene un sentido que parece estar disperso en la inmensa naturaleza del contexto, hasta que recibimos una orientación: “allí está”, la h en torno a la cual se construyó cada uno de esos conjuntos. ¿Cómo seguir pensando en los términos habituales? Quizás haya que dejar que el lugar siga corriendo, escuchar a quienes están estudiándolo con otros modelos, respirar hondo el aire helado y limpísimo del bosque en la mañana y seguir subiendo hasta la puna. La huaca de Kantupata nos aclara las cosas: un símil en pequeño, una maqueta de la gran montaña sagrada. De ahí la idea de la representación para la ofrenda. Se paga a esta huaca como conexión con la montaña. Se paga con flores, con flores de kantu, apreciada por los antiguos hombres andinos también porque tiene propiedades que modifican el agua. El inca llevaba un tocado de kantu en la cabeza, los jóvenes que se iniciaban como guerreros en el ritual del Huarachicuy se adornaban con las mismas campanillas coloradas. Kantupata es el lugar de los kantus. ¿Qué esperar de este lugar?
La transición del bosque tropical al páramo combina helechos con ichu, ágaves, la ratarata, la mancapaqui, las plantas que dan salud se despliegan sin fin, los hombres y los animales se curan con unas y otras. Pasa volando un cóndor, alto, hace círculos en el aire azul, le sigue otro, el tercero. Y salta la huella humana. Sobre un barandal puesto en la nada, un costillar de vaca con trozos de carne cruda. La carnada para un puma, ¿para cazar un puma? ¿Para distraerlo? Debajo, un halcón en línea recta detiene el vuelo y esboza una especie de saludo con las plumas de la cola. El olor de la vegetación se fija en la memoria quizás por mucho tiempo. El camino se hace plano sobre la puna y luego, desciende montado sobre gradas de piedra otra vez en el bosque húmedo, para caminar en medio del velo de una bruma que es agua condensada. Neblina, un arroyo permanente, los nevados, la lluvia que cayó anoche, la humedad de las plantas. El agua se respira, suena, brilla. Es el elemento de Kantupata. ¿Cómo entender el lugar? Estamos en él, era la meta, los recintos azulados se abren en ingresos trapezoidales con vanos, se encaraman en la roca gigantesca, en la huaca. Un balcón se asoma al abismo de la cordillera con el Vilcanota al fondo. Hay que sentarse en una piedra, mirar hacia al fondo del vértigo y luego, darse frente a frente con un tenue geoglifo: un hombrecito. Luego las grandes escaleras, las terrazas y los andenes. Las líneas horizontales de estas estructuras se rompen, los troncos secos, los sano sano, los árboles jóvenes vivos caen en perpendicular. Se abre una plaza triangular con una cabeza de ofidio al centro: la segunda huaca, esta trabajada. ¿Cómo recordar el lugar? La experiencia de Kantupata parece estar inacabada, pero ¿para quién? Kantupata existe por sí misma, está allí desde antes que el turismo y las fotografías. Pero se abre, y es una experiencia que se debe tener para salir con interrogantes, ¿cómo se regresa de Kantupata?”.
Hace unos días, socios y compinches de una extraordinaria travesura, presentamos en Cusco un libro, al que titulamos Kantupata, Más Allá de Machu Picchu. Es que Kantupata se trata de un lugar en efecto situado más allá de la ya casi kitsch ciudad inca y no solo en términos de espacio, también en sul sentido. Porque fue descubierta por el arqueólogo Manuel Silva hace un par de décadas, cuando dirigía las investigaciones en el sitio de Intipata, una tarea que le demandó diez años de dedicación a un equipo nutrido de arqueólogos, biólogos, antropólogos y obreros. Manolo una tarde en la que descansaba porque la tormenta bloqueó toda posibilidad de continuar sumergiéndose en la tierra pedregosa del bosque de neblina, uno de los obreros –hombre mayor y dueño de una vaquería en una localidad cercana- le dijo que él conocía un lugar al que nadie nunca había llegado y que en medio de una vegetación feroz, él había visto escalinatas, fuentes, huacas trabajadas, muros, hornacinas, plazas. Manolo y el obrero fueron y ahí estaba todo lo descrito y mucho más. Silva reportó de inmediato el hallazgo y la cosa entró a la trituradora burocrática del INC de Cusco y luego, al de Lima. Mientras tanto y sin que hubiera mayor conexión, el arqueólogo y antropólogo cusqueño Theo Paredes ya había constituido la entidad Poquen Kanchay, dedicada a estudiar la medicina alternativa andina. Paredes, hijo y hermano de médicos y parte de la estirpe que fundó y maneja aún la clínica Paredes de la ciudad del Cusco, tenía razones para indagar en la otra medicina, la ancestral. Poquen Kanchay se acercó a Silva y Theo conoció Kantupata. Allí profundizó en el tema de las plantas medicinales porque la diversidad de pisos ecológicos entre Machu Picchu y Kantupata, a pesar de que la distancia no supera los nueve kilómetros, es inmensa y dota de medicina a hombres y animales. Pero Paredes también ya investigaba, desde la Física Quántica, el impacto de la vibración del agua en la transformación de la energía y a su vez, en los cambios que con ella se pueden producir en el entorno ecológico y en el organismo humano. No son historias de extraterrestres las de Theo sino reflexiones que forman parte de las neurociencias en el mundo civilizado, que están buscando mediante otros paradigmas científicos la respuesta a interrogantes que tienen que ver con el escaso y errático uso que hacemos los humanos de nuestra propia capacidad vital. Y entonces destruimos, cosa para la cual somos expertos. Muy bien, Paredes consiguió fondos internacionales y un convenio con el INC de 2005 para desarrollar durante un año una etapa de limpieza y consolidación de estructuras en el sitio. A medida que estas tareas fueron avanzando, aparecieron en medio de la magia algodonosa del bosque, los testimonios arquitectónicos inca más sorprendentes de las últimas décadas, diseminados en dos niveles, alto y bajo, el que a su vez se proyecta a la inmensa y profunda quebrada que termina en el Urubamba y que tiene como pared de frente los nevados del Pumasillo. Pasado el año se terminaron los fondos y el convenio, pero Paredes rápidamente agenció nuevos recursos sin contar con que un cambio de autoridades en el INC de Cusco ya no iba a significar que tan fácilmente se renovara el convenio, imprescindible para comenzar a excavar. La razón que da el INC para no dar la autorización no salta a la vista y se supone que más que conceptual sea simple y llanamente de corte burocrático. Mientras tanto, los dineros siguen esperando y confiemos en que no sea por mucho tiempo más, pues pueden perderse. De otro lado, Machu Picchu sufre por la sobre carga de turistas. Desde que fuera declarada una de las siete maravillas, casi a diario la cantidad de visitantes se acerca a los 2500 diarios que determina la capacidad de carga del santuario. Una medida urgente para contrarrestar esta situación consiste en abrir nuevos espacios de interés turístico en los que puedan diseminarse visitantes y así frenar la concentración en ciertos lugares frágiles. Ya el actual Jefe de Parque, el arqueólogo Fernando Astete, ha concretado una iniciativa en esa línea, con muy buenos resultados. Hace cosa de tres años mejoró el acceso al Huayna Picchu –antes reservado para aventureros y suicidas- de modo que hoy casi cualquier persona puede subir a ese maravilloso punto de observación. Ello determina que en la hora punta de las visitas turísticas, al mediodía, haya cuatrocientos turistas arriba, es decir, cuatrocientos turistas menos en la atiborrada parte inferior de la ciudad de Pachacutec. Algo similar podría representar, a otra escala, Kantupata. A otra escala porque el sitio es pequeño y frágil y jamás deberá recibir turismo masivo; pero en mucho puede ayudar si además su puesta en valor se suma a la de otros, incontables, sitios arqueológicos próximos al Camino Real de Machu Picchu. Poquen Kanchay acaba de publicar Kantupata, más Allá de Machu Picchu, escrito por su seguro servidor, con fotografías maravillosas de Billy Hare y una diagramación casi mística de Elena Gonzáles. En la publicación, uno de los breves capítulos, de nuestra mano y firma, rodea un tanto la experiencia, y lo reproducimos en el siguiente post. Es que he estado en Kantupata dos veces y me sobran las palabras.
La peor cosa en este mundo es la rigidez de pensamiento, son las convicciones blindadas y los principios de fundamento, una grata conclusión a la que he llegado llevado por los años y por las nietas. Cuando uno está cerca de los sesenta y observa todo desde un mirador que le significa a la vez cierta inamovilidad pero una honda capacidad de observación, quizás es cuando se puede dar cuenta de que el prurito por la coherencia, la univocidad de las ideas, la congruencia durante 24 horas al día son, o acné de juventud disconforme si es que se tiene dieciocho años, o dogmatismo estéril, si se es humalista, opusdeísta, senderista o cosas por el estilo. No hay nada más liberador que, valiendo la redundancia, llegar al momento en el que los años a uno lo liberan de cosas que durante medio siglo y más, lo torturaron hasta lo indecible. Tener un solo punto de vista que lo codifique todo es una de esas barbaridades que los seres humanos nos imponemos como un cepo. Pretender que las cosas son y deben ser de un solo tono incluyendo sus matices. Ejemplo: los políticos deberán ser personas honradas, con vocación de servicio, fieles a un ideario, transparentes. ¿De qué caverna platónica ha salido semejante idiotez? Nunca los políticos, ni aquí ni en Francia ni en Melanesia han respondido a ese molde por la sencilla razón de que el poder es el peso que más fácilmente tuerce la rama que carga un buen fruto. El poder corrompe y si no corrompe, vuelve al sujeto banal y narcisista. Entonces, ¿a qué desesperarse porque la realidad no coincida con nuestras convicciones? Que el político con su pan se la coma y si hay justicia divina, le caerá la suya y si no, caballero pues, al menos uno ha tenido su vida, propia, sin depender de prebendas ni de reflectores ni de elecciones ni de encuestadoras, madre mía. Otro ejemplo, y este directamente vinculado a mi historia. Siempre he pensado que la polémica entre Halloween y Día de la Canción Criolla es falsa, que reduce a la población a dos extremos que planteados uno frente al otro pierden por completo su sentido y se vuelven fruslería escandalosa. Desde luego, el Halloween siempre me resultó patético, por todos los lugares comunes que el navegante pueda imaginar: alienación, miserabilismo, mendicidad solapada, incremento de inseguridad ciudadana, falta de estética, consagración del sinsentido, versus un tipo de música que se supone nos corresponde porque nos retrata. Ya pues, puede que todo eso sea cierto pero es que hace año y medio yo aún no tenía nietas y menos, nietas trillizas ni sabía por lo tanto lo que significa querer sin limitaciones a niñas perdonándoles todo lo que de humano tienen y aplaudiéndolas allí donde chocan con lo más profundos de mis principios. Es que ayer las tres, Isabella, Catalina y Josefina, se fueron a una fiesta de Halloween y cada una estaba más bella y divertida que la otra. Lamentablemente solo tengo a la mano fotos de la Josefina, disfrazada ni más ni menos que de otoronga, o de Tigresa del Oriente, con un animal print de plástico que la cubría toda y una nariz de felino pintada sobre la suya propia. Entres mis convicciones están el odiar el animal print, el plástico y a los otorongos humanizados; en no entender y no apreciar nada a esa muchacha desquiciada que se ha hecho famosa en You Toube por su personaje de la Tigresa de Oriente y desde luego, al Halloween. Sin embargo, navegante, esa tarde –para decirlo con elegancia- me cagué en mis dichosos principios y disfruté como un cerdo de la alienación, la mendicidad y la inseguridad ciudadana. Le expongo una foto de Josefina-en-Halloween para que usted me cuente si sus principios se exacerban o mejor, se evaporan.
En Irán está ocurriendo algo absolutamente insólito y sobre todo, insoportable. Un joven de 19 años, Nemat Savafi, ha sido condenado a morir en la horca por el delito de sodomía, es decir, por ser gay en un país de mierda donde la intolerancia religiosa no admite nada fuera de los límites que establece un libro fundamentalista interpretado como se les dio la gana a un grupo de barbudos ignorantes y apestosos. El caso de Savafi no solo subleva por sí mismo sino porque yo sospecho que no han de faltar católicos seguidores de doña Benedicto, que estarían encantados de que muchos estados adoptaran leyes confesionales como la iraní. En el Perú el comportamiento de la iglesia oficial frente al aborto terapéutico y la PDS, matices más, matices menos, no anda muy lejos ideológicamente de esa salvajada mal entendida como musulmana. Reproduzco un buen artículo sobre el tema e invito a buscar información en Internet sobre la cantidad de redes sociales activas en este momento, apuntando a la suspensión de una sentencia tan retrógrada como estúpida.
Nemat Safavi, homosexualidad e intolerancia religiosa Autor: Gustavo Vidal Manzanares (jurista y escritor)
Mientras usted lee estas líneas, un joven de 19 años puede ser ahorcado. De momento permanece recluido en una mazmorra de dos metros de largo por uno y medio de ancho. Se llama Nemat Safavi. Nunca ha atentado contra bienes jurídicos ajenos. Entonces, ¿cuál es su “delito”?... ser homosexual en un país podrido de intolerancia religiosa.
Desgraciadamente, en su nación, Irán, impera la teocracia sobre la democracia; el desafuero de la “ley divina” sobre las leyes laicas y libres emanadas de un parlamento legítimo. Dentro de aquellos oscuros confines prevalece el fanatismo ante el librepensamiento, la superstición contra la razón, el dogma frente al relativismo, el Estado confesional sobre el Estado laico. Así, Nemat fue arrestado hace tres años. La intolerancia de los Ayatolás lo acusó de “sodomía”. En un juicio sin justicia un tribunal de Ardabil, en el polvoriento Azerbaiyán, lo condenó a muerte.
Si el Tribunal Supremo iraní no revoca la sentencia, el cuello de este joven se quebrará un amanecer pendiendo de una soga atada a una grúa, un árbol, un mástil… en algún lugar de aquella atormentada geografía, entre la mirada de hielo de soldados con el alma a sueldo. Y todo en nombre de la “ley divina”, como tantos a lo largo del tiempo.
Aquel régimen de teocracia, turbantes y muerte, incumpliría de este modo dos Acuerdos Internacionales por los que se prohíbe ejecutar a quienes fueran menores en el momento de la comisión del “delito”.
Pero nunca olvidemos que las leyes importan muy poco a quienes se consideran portadores del “verdades eternas”, ya sea la amenazante masa de los “seguidores del profeta”, los fieles del “vicario de Cristo en la tierra” o “el pueblo elegido de Dios”.
Desde siempre, la intolerancia religiosa escribe con sangre los renglones torcidos de la historia. Según la publicación francesa Tetu.com, en enero del año pasado, Hamzeh Chavi y Loghman Hamzehpour, dos muchachos homosexuales de 18 y 19 años fueron arrestados en Sardasht (Azerbaiyán). Tras interminables sesiones de correazos, puntapiés y puñetazos “confesaron su pecado de sodomía” por lo que, una vez declarados “enemigos de Alá”, la sombra bamboleante de la horca eclipsó sus vidas… nunca más se ha sabido más de ellos.
Con una sonrisa cínica, el dictador iraní Mahmud Ahmadineyah negó la existencia de homosexuales en Irán. Sin embargo, en enero de 2008 dos jóvenes fueron sentenciados a la pena capital y otros cuatro sufrieron suplicios físicos.
Sin embargo, a estas alturas de la historia, poco debe importarnos que la muerte y el fanatismo vistan turbante o mitra, que enarbolen el Corán, la Torá o el “magisterio de la Santa Madre Iglesia”. La esencia es la misma: el fanatismo y el dogmatismo frente al librepensamiento.
A la vista de lo anterior, el relativismo, el pensamiento libre, la razón, el antidogmatismo, el respeto a todas las ideas democráticas pero sin imponer la nuestra al prójimo… todo eso que tanto asusta a los fundamentalistas, se presenta como algo vital en cualquier sociedad ante las consecuencias funestas del fanatismo político o religioso de los Ayatolás de hoy y de los Ayatolás de ayer.
Cuando la gente me pregunta si no estoy cansado de viajar para hacer un programa de televisión, nunca me pone en dudas ni ante titubeos porque sé que la respuesta es “no”. Y a usted le consta, navegante, que tiendo a no ser cínico, demagogo ni mentiroso, en la medida de lo posible expreso lo que pienso y siento porque si a esta edad no se hace eso, ¿me puede decir entonces cuándo? Ahora, es cierto que visitar ruinas, piedras y restos arqueológicos, salvo que estén muy bien explicados por algún guía o exhiban además de su contenido cultural, una belleza excepcional, debo decir que me aburre un tanto. También me ponen de muy mal humor las autoridades locales, sobre todo cuando quieren aparecer en la foto hablando de sus obras y yo sé que están figureteando y mintiendo y buscando la reelección o simplemente son unos pobres diablos a la caza de sus quince minutos de gloria, que obviamente jamás se los concedo. Debo decir que la razón que me mantiene interesado en seguir viajando como lo hago hace diez años, es entrar en contacto con cierto tipo de personas. No voy a definirlas en abstracto sino a través de un caso, el caso de don René Loayza, a quien he conocido hace tres días en un fundo llamado Chacapampa, situado en la quebrada de Chaupihuaranga, a tres horas de la inhumana ciudad de Cerro de Pasco. La quebrada está formada por el río Yaru y es inmensamente profunda y larga, y en su vértice se diseminan decenas de pueblos muy tradicionales, interesantes, muchos de ellos sede de comunidades que mantienen enormes bosques de eucalipto. Resulta que todo esto fue parte del denuncio de la Cerro de Pasco Corporation hacia los inicios del siglo XX, y los ingleses que vinieron a entrenar a los gringos y los locales en la extracción del carbón, decidieron plantar decenas de miles de eucaliptos a fin de tener a la mano madera para los socavones, durmientes y otras construcciones mineras. Allí, cerca del poblado de Chacayán, existe un fundo llamado Chacapampa, que tiene una bonita casa rural de finales del siglo XIX y un bosque de cuarenta hectáreas de eucalipto, cuyos propietarios evitan talar porque tienen en mente un auspicioso proyecto de turismo de aventura y de campo, que dicho sea de paso aconsejo visitar (www.fundochacapampa.com). Don René, arequipeño de nacimiento, recaló en Chacayán hace casi cincuenta años después de haber trabajado haciendo un poco de todo en diferentes lugares del Perú. Se quedé acá, en Pasco, por una hermosa mujer llamada Gaby y un puesto de confianza en la Cerro. Administraba el club de tiro que tenían los gringos en Goyllarisquizga, donde también se desplegaba un campo de golf de doce hoyos. Cuando Velasco expropió la mina, don René se quedó trabajando para Centromin pero en otras faenas, hasta que se jubiló y los propietarios del fundo Chacapampa lo emplearon como guardián y administrador del gran bosque. Poca gente en el mundo debe saber tanto sobre eucaliptos como don René y también poca gente en el mundo debe mostrar una sobriedad y distinción como las suyas. Tiene 75 años y una marcada cojera producto de la artrosis. Como le contara que yo sufro de lo mismo me invitó a probar el remedio que a él al menos lo tiene en pie y le permite desempeñar sus funciones con relativa normalidad. Todos los días, en ayunas, se hace picar por dos abejas en la zona afectada por la disminución del tejido cartilaginoso. Sin dudarlo me sometí al tratamiento, no me dolió nada y me ha llevado a buscar en Lima quién me lo pueda continuar pero sobre todo, se estableció entre don René y yo una especie de inmediata amistad bastante cómplice. No solamente por la artrosis, también por los años vividos. En un momento en que estábamos conversando al lado de un horno de barro más que centenario, le pregunto a don René si no se siente demasiado aislado entre quince mil árboles de eucalipto. Ciertamente él vive con doña Gaby –que es maravillosa- y dos hermanas de ella pero aún así, el lugar es bellísimo pero tan silencioso que cuando cae la lluvia es como si bajara un ejército de tristezas a hacernos a todos la vida más humilde. Don René se limitó a responder: “la soledad, señor León, es el mejor juez de la conciencia”. Luego se levantó y se alejó, rengueando pero con la cabeza muy en alto. Volteó y me dirigió una sonrisa cargada de distancia pero también de afecto. Hace diez años don René y doña Gaby perdieron a su hijo menor, Lucho, en un accidente. El chico era zootecnista y el alma de la familia. Murió, dejó tres niños y en don René y doña Gaby dejó ese aire inconfundible de los padres que han pasado por una experiencia de ese calibre. Una mirada profundamente desolada, el derecho a ser ásperos y exigentes con los demás y a demandar ser respetados, sin que se les pida banalidades. Perdieron demasiado, no tiene gracia malbaratarse. A eso yo lo llamo dignidad. Me quedé pensando, ¿qué juicio a su propia conciencia hará don René mientras camina en el bosque buscando algún venado que reportar? ¿Hasta dónde lo llevará su soledad cuando está sacando miel de sus colmenas? ¿De qué hablará con Javier, su hijo mayor, cuando se encuentran frente a frente en el alfalfar y de pronto recuerdan los dos, al mismo tiempo, a Lucho cabalgando una yegua morochuca blanca? Por eso es que sigo viajando, para huir de la estupidez urbana que no deja entrar la soledad indispensable para ser dignos y exigentes con uno mismo.
Por supuesto que estoy de acuerdo con la despenalización del aborto, no solo en los casos de violación o de riesgo para la vida de la madre sino en cualquier circunstancia en la que una mujer o una pareja, deseen no tener a un hijo que no se ha buscado. Las razones de mi posición por sabidas se callan y no es sobre ese tema que quiero postear hoy. Se trata de algo parecido pero que no es igual. Pienso que muy mal hacen quienes están en mi misma línea pero que van a la puerta del Congreso a manifestar y si las cosas van como ellos quieren, saltan de gozo, aplauden y se abrazan como si en lugar de legislar sobre algo tan complicado como el aborto, se estuviera dando humo blanco a una ley que declarara la felicidad absoluta e irrestricta para todos los seres humanos. Vamos por partes. El aborto nunca es una solución feliz, se llega a él por defecto, porque falló un método, porque hubo violación o alguna clase de acoso o presión sobre la mujer, porque la gente está muy mal informada sobre las alternativas de anticoncepción o porque simplemente hubo un par de tragos de más y nadie lo pensó, así es la vida y no nos hagamos los melindrosos. Plateado así el aborto inevitablemente viene cargado de un contenido difícil de asimilar y si bien hubiera resultado peor –y de por vida- proseguir con el embarazo y hacerse de un hijo no querido o para el que no está preparada la madre o ambos padres, igual la intervención se mueve en el terreno impreciso de la vida y la no vida. Discutir si al mes el feto es un ser humano o no es algo bastante inútil pues de lo que se trata es de aplicar un criterio distinto que haga valer el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo y le ahorre a la humanidad un sufrimiento más. Que la iglesia, según Cipriani, se quiera hacer cargo de todos los hijos no deseados no pasa de ser una cantinflada de nuestro ilustre monseñor, aparte de que en lo personal preferiría entregarle un hijo a Susy Díaz que al cardenal, pero ese es otro tema. El asunto es que esa imagen de los manifestantes en el Congreso haciendo una fiesta, que a su vez genera la contra manifestación de monjas y unas señoras muy tristes con crucifijos en las manos exorcizando a los dichosos abortistas, lo único que produce es una distorsión absoluta y muy peligrosa en la opinión pública sobre la polémica. Hace pensar al común que de no cambiarse el Código Penal, entonces cualquier chica que tuvo su cuarto de ahora pues se va al médico como quien va a la peluquería, se hace el legrado y luego, a festejarlo con unas chelas en el Queirolo. Gravísimo error, no creo que nadie piense así, habría que ser psicópata o muy ignorante para asumir que abortar es un motivo de dicha. Conozco muchas mujeres que han pasado por eso y les tocó fatal, incluso en una oportunidad hace muchos años, ayudé a una amiga que vivía en Arequipa y salió embarazada de un hombre casado, a arreglar el asunto acá en Lima. La llevé donde un médico apellidado Accinelli, que tenía un consultorio por Quilca más parecido a una escenografía de Murnau que a un establecimiento de salud. El recuerdo de la espera afuera mientras mi amiga era operada fue tan negro y atroz como los sentimientos que ella sintió caer en su corazón en los meses siguientes. Pero si no lo hubiera hecho, su vida se habría convertido en un desastre total, arrastrando a madre, hermanas, hombre casado y familia. Es bien duro expresarse así, lo sé, pero la vida es una encrucijada que no deja demasiadas oportunidades y hay que saber aplicar cerebro y corazón en aquellos momentos en los que una decisión mal o bien tomada, arruinan o estimulan los años que siguen. Pero insisto, pésima la reacción de los pro aborto, inmadura, arrogante, estridente, lo peor de todo, estridente.
Una buena medida del subdesarrollo bananero es la desmesura de sus gobernantes, esa cualidad de desbordarse apoyados en su condición política y los bandazos que le imponga su voluntad. Alejandro Toledo era el epítome de esa actitud entre rastrera y omnipotente, que convertía en gigantesco lo diminuto. Sus relaciones con Bush, cuando declaraba que había hablado con los dueños de Lufthansa para que reanuden sus escalas en Lima, el chape a la reina Sofía. Alma tercermundista que llegó a su máxima expresión a la muerte de Juan Pablo II. Recordemos: Eliane Karp nunca tuvo buenas relaciones con la iglesia oficial (era lo único que me gustaba de ella) y las explicaciones habría que buscarlas en su cultura judía, quizás, no quiero parecer antisemita. Lo cierto es que entre las cartas de Popy, los exabruptos con Cipriani y todo eso, la pelirroja presionó al marido para que tuviera unas desafortunadas declaraciones a la muerte del papa. Ya no recuerdo qué fue lo que dijo, pero sí que escuchamos todos una chambonada de las grandes. Pero claro, meterse con la iglesia a ese nivel es asegurarse de que te pongan en tu sitio y te manden a comer a la cocina, que fue lo que ocurrió. Alguien le jaló las orejas al cholo tan pero tan fuerte… que declaró tres días de luto nacional ante la partida de Wotjila. El circo que acaba de armar Alan García con los funerales del Zambo Cavero ha dejado a Toledo cual Duque de Windsor. También tres días de duelo con banderas a media asta, velorio en el Museo de la Nación con filas de tres candelabros eléctricos, vigilia de húsares, banda sobre el ataúd. Luego, traslado a Nazarenas, otro más velorio en el patio de Palacio, una gigantesca gigantografía gigante con el retrato del Zambo cubriendo la puerta principal del edificio, cantos y desgarrones guitarreros y luego, traslado en carroza (tirada por un joven negro con bombín, el delirio total), crespones, terciopelos azabache y un entierro de canciller. Por supuesto, todo coherente con el desmondongue general de la personalidad de García, esa que lo lleva a cantar y a engordar porque mientras algo sale de la boca tiene que ser recompensado con lo que entra, como en los niños de siete años de edad, antes de que asuman su autonomía psíquica. Yo no conocí al Zambo Cavero y admitiendo que tuvo una gran voz, su repertorio no me mataba, es que no me gusta lo jaranero, prefiero el valse tipo “amor fino”, la romanza criolla, la voz de Carmen Flores. El Zambo era, creo yo, un estilo de ser cantante criollo, quizás gestado en el velascato. Los Zañartu, Polo Campos, Lucha Reyes, la misma Chabuca. Una proximidad a un poder populista que reivindicaba los valores de la peruanidad por el camino más fácil: la música. Un criollismo bastante estridente, en sus formas y en sus fondos, con clarinetes y con instrumentos eléctricos y con letras patrioteras que por igual ensalzaban a la selección de fútbol como a la reforma agraria. García tiene de eso, y mucho. En su primer gobierno hacía almuerzos en Palacio con las glorias del criollismo, cantaba con ellas, les ofrecía el oro y el moro y después se olvidada, se olvidaban los invitados también porque recordemos que hay una frase de valse que lo define todo: “…y que viva la jarana aunque no se coma nunca”. Me quedo con Acosta Ojeda, con Avilés, con Hayre, con Alicia Maguiña (de lejos), con César Lévano, con Escajadillo. No me quedo con el uso y abuso de la muerte de un artista popular por parte de un presidente, por más amigos y correligionarios que hayan sido. Tema delicado, por cierto: en el fondo los peruanos tenemos nuestro corazoncito populistón, y como sabiamente dijo Villa Stein hace unos días a la prensa, “esos corazoncitos hay que saber respetarlos”.
Sesentón y sigo idiota. No lo creí cuando hace unos años me lo contó una amiga, abogadísima de empresas súper poderosas. Después se lo creí un poco más porque había ocurrido en tiempos de Montesinos, donde todo estaba permitido (y ahora ya no, je). El estudio de abogados al que pertenece mi amiga había contratado a un apuesto muchacho y se lo había ofrecido, gratén, como chofer a la juez encargada de dictar sentencia en el caso de una minera que era su cliente principal. La tarea para el joven iba más allá de manejarle el auto a la magistrada: tenía que seducirla, de a pocos pero sin demorarse, sin prisa pero sin pausa porque no hay plazo que no se cumpla. Y ocurrió: el chico se tiró a la vieja y cobró, la vieja falló a favor de la minera, el estudio de abogados pasó por caja, y comida hecha amistad desecha: la vieja se quedó sin chofer ni monterrico. Por esos tiempos tocó el CADE en Ica y otra amiga me narró, con la risa bailándole en los ojos, cómo terminó la conversación que estaba teniendo en el bar del Mossone con una guapísima financista peruana de nivel cosmos. Dos whiskys dobles, la regia miró el reloj y se despidió: “Tengo que ir a tirarme al huevón de industrias, no sé de dónde voy a sacar estómago”. Pero lo sacó y sacó bien, según nos enteramos después. Aún así me costaba creerlo, será porque mi formación cristiana ha sellado en lo más profundo de mi moral personal la certeza de que las putas son las que trabajan en los burdeles y casas de masajes, mientras que las mujeres de negocios no son putas. O que los fletes paran en el Parque Kennedy y no trabajan como choferes de jueces. Sabe Dios. Lo cierto es que la historia de César Gutiérrez, el ex presidente de Petro, con la señora rubia representante de la petrolera noruega que ganó la buena pro de los cinco lotes del escándalo, me tiene alucinado. Dicen los mexicanos que dos tetas halan más que dos carretas. En Pacasmayo lo aseguraban con menos elegancia: “un pelo de la chucha jala más que una carreta de bueyes”. Don Gutiérrez, experto consultor independiente en temas energéticos, tenía su pareja y su familia bastante bien constituida, digamos. Hasta que le dieron el cargo en Petro y por ahí saltó la licitación de los lotes petroleros. Rómulo León y Don Bieto la tenían clarísima: había que sacar a Petrobras de la competencia y asegurarse el faenón. Gutiérrez era el hombre. Y la señora rubia, la mujer. La traductora. La que un día lo invitó a almorzar, después a un trago y zuacatán: jalaron más que dos carretas. Martha Silva, la ex pareja de Gutiérrez, apareció en los medios diciéndolo todo. Gutiérrez, desde NY, por supuesto que habló de despecho a la mañana siguiente. El chato tenía su gracia. Hoy que escribo esto, se especula que estaría pidiendo asilo en Venezuela ante la posibilidad de que le den arresto. Estoy leyendo un buen libro: “Guía secreta, barrios rojos y casas de prostitución en la historia de Lima”, de un arquitecto talentoso llamado Roberto Prieto Sánchez. En diversos momentos de la narración se consigna documentación en la que se clasifica a las prostitutas, sea en el siglo XVII o a inicios del XX, con la finalidad de controlarlas, excluirlas, hacerles chequeos médicos. Lo común a tres siglos o más es la existencia de las putas de prostíbulo, las de la calle, las de casa de citas y las de alto vuelo, esas que eligen con quién se acuestan y no negocian, cobran. Estoy tratando de ver en qué categoría entrarían estas señoras yuppies que donde ponen el ojo ponen la bala. Quizás en la cuarta categoría, aunque leyendo el texto de Prieto parecería que en el caso de esas horizontales de otros tiempos, había un pellizquito de placer, de autonomía, de goce en el hecho de tener a un hombre a sus pies. Misma Lola – Lola por Marlene Dietrich en El ángel azul. El caso del chofer es distinto: él puteó con la vieja por encargo de mi amiga, fue más instrumental aunque para el caso sigue valiendo pues se trata de sexo y negocio. Lo cierto es que, sesentón y sigo incauto, me cuesta pensar que una traductora o una financista o una lobista, se embarquen con alguien a cambio de un beneficio económico. O que mi amiga contrate al chofer para que seduzca a la juez a a favor de una sentencia. De pronto no le doy al sexo la importancia que tiene para otros. O al dinero, no lo sé. Pero es que hay que verla en las fotos a la traductora rubia, tan profesional, tan en su sitio. Y yo, tan lleno de prejuicios.
“José Antonio, José Antonio…”, José Antonio de Lavalle, conde, montado en su berebere alazán acriollado paseando sus campos de Villa y Chabuca Granda lo celebra en uno de sus valses más conocidos. El caballo de paso, ahora rebautizado como “caballo peruano de paso”, nunca me había entusiasmado por eso: su identificación con un criollismo de terrateniente, de abolengo (¡en el Perú!) y de coleccionismo retentivo en pos de la pura sangre. Además, Mamacona, los señorones de punta en blanco, las amazonas con blusas de puntilla y dormilonas de Catacaos, Eliane Karp (advenediza como la que más), las páginas sociales, el combo de caballo, pisco, gallos, cajón, toro y que viva el Perú de la calesita, el caballero de fina estampa y la Perricholi. Nunca fue lo mío aunque el caballo no haya tenido la culpa, ciertamente. Un caballo maravilloso, adaptado a las exigencias del arenal hasta crear la ambladura que le da el paso, se me perdía en el horizonte porque nunca me gustó ese entorno de estirpe hacendada y chau, lo saqué de mis intereses. Hasta hace diez días, que lo vi y lo viví de otro modo. La Universidad Científica del Sur, esa que está al final de los Pantanos de Villa, ha creado un Instituto del Caballo Peruano de Paso, con la idea de que exista un espacio para la investigación científica de esta raza, además de irradiar conocimiento que pueda ayudar a profesionalizar a zootecnistas, veterinarios, chalanes y todo tipo de trabajador que tiene algo que ver con el desarrollo y mantenimiento del caballo. Ojo, que la demanda de especialistas tecnificados es cada vez mayor y no solo aquí: se calcula que en el mundo hay no menos de veinte mil ejemplares criados a todo meter, y en el Perú tenemos unos diez mil registrados. El propietario de la universidad, Pepe Dextre, es aficionado al caballo de paso, conoce, le encanta, tiene un grupo de amigos que anda en lo mismo. No estoy hablando de gamonales costeros, de empresarios magnates ni de excéntricos mineros sino de gente de la clase media, profesionales, medianos empresarios, a quienes les encanta el caballo de paso y mantienen a uno, dos ó quizás tres en algún criadero de alquiler, que ya los hay en Lima, donde por una cantidad bastante decorosa (90 dólares al mes en promedio) cuidan, alimentan, entrenan y vigilan al animal. Los fines de semana estos aficionados van al criadero y se dedican a cabalgar, por las playas del sur, por los valles de Mala, Calango, Azpitia, Lurín, sin poncho blanco de lino ni huevadas. Muy bien, la universidad realizó hace poco una cabalgata entre Paracas y Lima, con la idea de promover esta nueva manera de mirar al caballo y también, de adelantarse a las celebraciones del bicentenario de la independencia, pues recordemos que San Martín desembarcó en 1820 en Paracas aunque no montó ni michi porque subió por mar hasta Végueta, en Huacho. Me invitó Pepe Dextre y participé durante los tres primeros días de los siete que duró la cabalgata. Debo decir que el placer de haber estado varias horas al día sobre el suave andar de algún ejemplar que dicho sea de paso, no cuestan miles de dólares -estos amigos buscan opciones mucho más económicas porque no aspiran a participar en concursos- bueno, ese placer es una verdadera epifanía, en las gigantescas dunas de la reserva paraqueña, llegando a la playa de Mendieta, frente a las parihuanas de Lagunilla levantando vuelo rosado. Luego, los playones de Pisco y Chicha, hasta llegar a huaca Centinela ahora ya sobre senderos de tierra entre chacras de pan llevar. Y al día siguiente la interminable pampa de Topará, el sol calcinante y los niños de colegitos inverosímiles saliendo a saludarnos. Realmente me felicito de haber participado de una cosa así, no solamente por el goce que da la experiencia sino que me demuestra que es posible variar puntos de vista que parecían rígidos e inamovibles, como lo era mi percepción acerca de la cultura que rodea al caballo de paso. Buenísimo, caballo de paso para la clase media, me anoto, compro
La derecha analiza a la izquierda como si se tratara de un fenómeno colocado al otro lado de la trinchera al que nada lo une y todo la separa. No sé si en otros países ocurra lo mismo, quizás en el Perú esa disociación excluyente se deba a que no se ha conseguido forjar un socialismo de centro y menos, acercarlo al poder, como ocurre en la nueva aparente utopía posible del Brasil de Lula. Lo cierto es que entre nosotros por ejemplo, la reciente división del Partido Socialista es descalificada por el sistema como un rasgo inherente al sectarismo y la incapacidad de la izquierda de convertirse en algo serio pero cuando logra convertirse en algo serio se le moteja tanto de terrorista que mejor es que se siga partiendo en pedazos. Por supuesto, Javier Diez Canseco no es ahora un líder, como lo pudo ser hace unos años, y pensar en aliarse en un frente con Olmedo Auris o con Alberto Moreno, es algo que le produce repeluzno al más curtido. Pero no veo que estas diferencias, fobias y filias políticas, no se estén dando de la misma manera en los partidos de derecha, en los de centro y en esa cosa bastante impresentable que es el Nacionalismo o el Humalismo o como quiera que se llame a nuestro fascismo de doble cara. Los mismos vicios políticos en el Partido Socialista son los que explican la existencia de un Castañeda Lossio en la posición que ocupa e incluso, la de un fujimorismo forjado a punta de corruptela y juego sucio entre sus propios militantes, que es mil veces peor que una ruptura por diferencias programáticas. Pero es que así es la vaina de la política, y mientras, por ejemplo, no se cambie el sistema de elección para parlamentarios, seguiremos conviviendo con partidos de una extrema fragilidad porque la famosa votación preferencial lo único que garantiza es que lleguen al Legislativo quienes tienen la plata para comprar su cupo y pagar su campaña: muy pocas veces los que realmente responden a una representación querida por el elector. Como me decía un buen amigo el otro día, “jamás ha llegado al Congreso mi candidato, y eso que era el mejor dentro de su agrupación, el que tenía preparación, propuesta, que era honrado y que hacía pensar en que es posible una casta política diferente a la que conocemos”. Es así, por eso en el Congreso están esos hampones de dos por medio que día a día desacreditan ante la opinión pública la composición de un Estado con poderes diferenciados y autónomos. ¿Para qué, si todos los que terminan allí son unos corruptos, sinvergüenzas y aprovechados? Yo, luego de darle vueltas y vueltas a estas ideas, he llegado a una conclusión: hay que jugárselas, no importa qué edad tenga uno ni a qué grado de cinismo y descreimiento haya llegado. Hay que enlodarse, meterse, no a congresista ni a alcalde, a militante. De la opción que uno sienta como la más cercana, aunque esté supurando de imperfección o sea todavía muy endeble como para conseguir algo serio en las próximas elecciones. Pero, digo yo, ¿acaso se acaba el mundo en el 2006? Por dios, si tu opción no agarra espacio considerable dentro de dos años, podrá hacerlo en el 2011 y tú tendrás mucha responsabilidad en ello. Me leo y siento que estoy regresando a un discurso ingenuo y elemental, parecido al que me guiaba en mis primeros años de universidad cuando necesitaba abrirme a un mundo más grande que el de mi casa y el de mi familia. Pero, ¿tiene eso algo de malo, ser ingenuo, no demasiado suspicaz y simple? Yo ya no sé, estoy bastante cansado de los alambicamientos, creo que actuar es bueno porque no hacerlo puede ocultar la verdad detrás de las palabras. ¿O no?
Después del VRAE y la región Puno, creo que el Valle Sagrado del Cusco es la zona potencialmente más explosiva y peligrosa en el Perú de ahorita. Lo del VRAE ya lo conocemos todo, mientras que lo que pasa en Puno se explica por un sancochado entre informalidad esencial en la economía, mafias de narcotraficantes y contrabandistas, lumpenización acelerada y humalismo/moralismo (de Evo) oportunista. El resultado es una bomba de tiempo con pronóstico reservado en cuanto a violencia. El asesinato de un joven estudiante en Juliaca por una masa enardecida que lo quiso confundir con un delincuente, define un estilo de poner orden en el caos, o caos en el orden, que al final es lo mismo. El escenario del valle tiene otros componentes, ligados al “desarrollo” turístico del lugar, y lo pongo entre comillas porque el tal desarrollo se ha convertido en una urbanización absolutamente descontrolada de los campos, debido a que los campesinos y propietarios tradicionales se ven ante sumas de dinero jamás imaginadas en sus vidas, a cambio de sus tierras. Después se dan cuenta de que por ejemplo, cincuenta mil dólares en el Cusco de hoy sirven para muy poco, pero ya es muy tarde, ya vendieron. Crecen como una metástasis hoteles, hotelitos y hotelotes que se cierran frente a sus paisajes privados o sus vistas al río sin importar lo que pase atrás, en los poblados que se van llenando de inmigrantes venidos en busca de oportunidades de trabajo, algunos, y muchos, directamente para delinquir. De otro lado, la contaminación del río avanza a la par que las construcciones de hoteles y negocios, pues muchos de estos siguen echando sus desechos al Urubamba mientras que los pocos responsables llevan su basura a la ciudad del Cusco, donde las autoridades municipales van y las echan al río. Lo grave es que hay una lectura paralela de esto que viene ocurriendo, una lectura completamente distorsionada –adrede- violentista y ciega. Es la que hace y difunde el humalismo, que tiene varios municipios del valle en sus manos. Según esta versión, todo inversionista foráneo que llega con dinero y proyecto al valle es un chileno, sin más. Una de las primeras y prioritarias tareas de esos inversionistas consiste en hacer road shows ante autoridades, gremios y organizaciones para demostrar algo tan ridículo como que no se es chileno. Porque además, si fueran chilenos, ¿qué? ¿Van a tirar más desagües al río por su nacionalidad, van a instalar bases secretas para apoderarse de nuestros territorios, van a poner satélites para hacer campaña ante el mundo promoviendo el pisco como un producto suyo? Lo cierto es que en el valle hay que probar que uno no es chileno, con prioridad. Existe una radio en Urubamba, radio La Salle, que con enorme irresponsabilidad emite el día entero mensajes en esa línea, “acusando” de chilenos con nombre y apellido a cualquiera que no sea de allí, que no sea pobre, que se acerque con alguna idea para invertir o que sea simple y llanamente blanco y recién conocido. Si esa emisora es de alguna congregación religiosa, la irresponsabilidad se multiplica de manera exponencial. Y encima, el cherry del pastel, en su último mitin en el sur Ollanta Humala, luego de haberles dichos cabrones a García y a Fujimori, se mandó con una de campeonato: “No sé qué esperan los reservistas del Valle Sagrado para saquear y botar a tanto chileno que se está llevando nuestros recursos agrícolas”. Buena, Ollanta, te ganaste el cielo con una cobardía de las de a verdad. ¿Qué pasará cuando te hagan caso? ¿Te harás el idiota diciendo que te mal entendieron? ¿Necesitarás un traductor? Si es así, me ofrezco para interpretarte ante la audiencia aclarando que lo que dijiste es lo que dijiste y compone una reacción de un grado de insensatez que te hará a pasar a la historia universal de la estulticia. Necesito entender qué ha pasado por la cabeza –coherente y generalmente limpia- de Javier Diez Canseco para pretender aliarse con Humala para las próximas presidenciales en el entendido de que no hacerlo es perder la oportunidad de que la izquierda llegue al poder. Alguien está muy mal en esta historia.
Cuando estudiaba Literatura en la Católica profesores y alumnos nos pasábamos la vida tratando de responder a una pregunta que Sartre y la Beauvoir se plantearon alguna vez, seguro que con varias botellas de vino adentro: ¿qué convierte a un mensaje cualquiera en mensaje poético? Han pasado casi cuarenta años desde entonces y la pregunta ya dejó, por supuesto, de inquietarme. Antes debo preocuparme por ejemplo de la próstata. Pero a veces encuentro hechos de lenguaje que por una cierta cualidad me hacen ver que nada convierte a un mensaje cualquiera en poético sino su propia esencia poética. Prueba al canto. Mario Polia, arqueólogo y antropólogo italiano especializado en el curanderismo de las sierras piuranas, en un maravilloso libro llamado La sangre del cóndor, registra un canto de curandero huarinjero que si no es poesía, me como mi sombrero, como escribió una anciana Greta Garbo en la página impresa de una revista al ver una foto de Michael Jackson bailando: “Si este no es maricón, me como mi sombrero”. Bueno, ahí va el fragmento de ese canto curandero que como me dijo mi querida amiga Alicia Delboy, parece sacado del Romancero Gitano de Lorca:
“Sanpedro lindo, con tu linda hierba concéntrate y que vea estos lindos señores que se encuentran acá con tu linda vista (…) Quita esta pena al cerebro y a la memoria, arroja los dolores de la frente, de los hombros, de los ojos (…) aquí los pongo de pie con mi lindo Sanpedro, con mis lagunas, con mi tabaco aquí los encanto (…) ay que vengo a trabajar/ ay por la noche ay por el día/ay que yo vengo a desencantar/ay que yo vengo ay a parar/ay que los vengo a levantar/(…) Ay con mi lindo ay tabaquito/ay tabaquito ay huarinjano/aquí los vengo a levantar/ay con mi lindo ay sanpedrito/ (…) Ay donde viene ay toda envidia/este dolor a estrujar/Anda quitando este dolor/ay al cerebro a la memoria/anda botando este dolor/ay al cerebro, a la cabeza/Ay a la frente ay a la espalda/A la mirada ay a la espina/por donde viene ay a trancar/ay esta ardencia ay a la vista/este dolor por donde viene (…) ay al cráneo, al orbital/ y malo viento a la cabeza/ ay los daños a la cabeza/ Aquí te vengo a levantar/ay con mi lindo ay sanpedrito/ ay con mis lindas ay lagunitas/ (…) ay con mi lindo ay tabaquito/aquí yo vengo a encantar/ (…) Ay donde viene ay a trancar/ ay el viento ay a la vista/ estos dolores ay al costado/ estas ardencias ay a la cara/ ay estas penas ay a las costillas/ anda botando todo dolor/Aquí los vengo a endulzar/aquí los vengo ay a parar7ay en mi banco ay curandero7ay en mi banco ay huarinjero/ (…) Ay con mis artes voy a entender/ay dónde vienen estos señores/ay con mi lindo ay tabaquito/ ay con mi lindo ay sanpedrito/ ay con mis lindos ay remeditos7 ay con mis lindas ay lagunitas/ ay donde viene a destrancar/ ay estos lindos ay caballeros7 ay estas lindas ay señoras/ (…) Aquí los vengo a levantar/aquí los vengo a destrancar/ aquí los vengo ay a parar/ ay con mi lindo ay tabaquito/ ay con mis artes ay curanderas/ ay con mis hierbas ay huarinjeras/ ay con mis toros ay curanderos/ Ay con la yerba del buen querer/ ay con la yerba ay del tesoro/ ay con la yerba ay del sol7 ay con la yerba ay de la luna/ ay con la yerba ay del lucero7 ay con la yerba del carpintero/ ay con la yerba del pegopego/ que donde pega no se despega/ Ay los vengo a destrancar/ ay los vengo a destraicionar/ Aquí los vengo a encantar/ Aquí los vengo a levantar/ ay con mi mesa ay curandera/ ay con mi arte ay huarinjera/ ay con la yerba ay del oro/ ay con la yerba ay de la plata/ ay con la yerba de la fortuna/ Desencantados deben de ir/ay en su casa ay en su hogar/ en su familia en su amistad/ (…) aquí los vengo a levantar/ de todo daño a la cabeza/ a la mirada, a la nariz/ Aquí los vengo a levantar/ aquí los vengo a encantar/ ay con mis lindas ay lagunitas/ en buenas horas a levantar/ ay donde vienen a destrancar/ Ay toda fiebre anda pasando/ay cada pena anda bajando…”
Castañeda Saco – Vértiz se jactaba de haber pertenecido a la banda de los Latin Kings. Pienso que eso era parte de su megalomanía, si integró esa poderosísima organización criminal que opera en los Estados Unidos, de seguro no habría terminado dirigiendo un centro de rehabilitación para drogadictos en Chosica. O lo habrían liquidado o estaría ocupando un cargo de pesado poder en el tráfico de drogas, de personas, en extorsiones, sicariatos, trata de blancas, violencia autárquica. ¿Por qué un hombre que consumía cocaína al extremo de sufrir de alucinaciones, puso un centro de tratamiento para adictos? Y encima lo bautizó como Creo en Ti. ¿A qué vino eso? Porque además el dichoso centro le sirvió no para intentar observar de manera proyectiva el drama de su propia adicción sino más bien para torturar a gente igual de metida que él, solo que indefensa y probablemente no psicopática. Así, violó a internas, golpeó brutalmente a otros, hay varios aún desaparecidos y se teme lo peor. Es así que José Walter Cabrera Rojas denunció la desaparición de su hermano José Luis, quien hasta el momento se encuentra como no habido. Óscar Alfonso, también dado como desaparecido, fue hallado el miércoles deambulando por un parque de San Martín de Porres.
La Policía presume que existan más de cinco personas desaparecidas de “Creo en ti”, por ello agentes del Departamento de Investigación Criminal y Apoyo a la Justicia de Chosica realizaron, hace algunos días, una intensa búsqueda dentro del local con la ayuda de perros amaestrados.
¿Por qué lo hizo? “Un joven que prefirió mantener su identidad en reserva denunció haberse infectado con el Virus de Inmunodeficiencia Adquirida (VIH) mientras estuvo internado en el centro de rehabilitación 'Creo en ti', dirigido por el fallecido Rafael Castañeda Saco-Vértiz, el llamado 'Monstruo de Chosica'.” (RPP). A su ex pareja, madre de su hija de tres años, casi la mata a puñetazos y patadas y todo esto ocurría bajo el manto encubridor de la ayuda a quienes habían caído en la desgracia del consumo de drogas. ¿Qué es esto? ¿Cómo pudo Castañeda manipular tanto a tanta gente? ¿Radica ahí la esencia del mal, en hacer y deshacer para terminar satisfaciendo la necesidad de placeres incomprensibles para la media de la especie humana? ¿Es eso lo que acerca a un hombre a la imagen de una bestia? ¿Y no es el demonio La Bestia desde los más arcaicos textos bíblicos? ¿Habrá que volver a la religión para responder a preguntas que ni la psiquiatría ni el psicoanálisis ni las neurociencias están en condiciones de absolver? “ El ex interno reveló que tuvo que hacerle "favores sexuales" a Castañeda Saco-Vértiz a cambio de comida. Incluso, dijo que varios pacientes del mentado centro de rehabilitación se prostituían a cambio de droga.
"Había gente promiscua, que eyaculaba sin preservativo y pueda que uno de ellos me haya contagiado", señaló el denunciante en el noticiero 90 segundos de Frecuencia Latina.
"Me decía 'tienes hambre, come esas galletas con gaseosa y aquí tengo crema' y se desnudó totalmente para luego ponerse cocaína en su glande. 'Si te haces una linda te levanto el castigo', me dijo y tuve que hacerle sexo oral para que me dé comida", agregó.” (RPP).
Yo creo que no hace falta retroceder hasta adoptar un credo religioso que nos explique qué germen en común tuvieron los Castañeda y los Saco – Vértiz de esta extraordinaria historia. Pienso que es suficiente con mirar al ser humano, observarlo en uno mismo, tasarlo en los demás. Tratar de hacerlo con la razón para explicarnos cada una de las cosas que vamos registrando y luego intentar, con el mismo mecanismo mental, darle un sentido a lo observado. Encontraremos que el odio, la rivalidad, la envidia, son fines superiores que se esconden detrás de decisiones y actos en apariencia encaminados a hacer el bien o de sacar adelante proyectos de trabajo o emprendimientos familiares o visiones de gobierno o de cualquier otra índole de ejercicio de poder. Lo que parece correcto, bien encaminado, hasta decente, por lo general está entramado en los peores sentimientos, esos que son propios de nuestra especie porque no se han hallado ni siquiera en los chimpancés, nuestros parientes más próximos. El mal existe, qué duda cabe, pero no en una cosmovisión integrada donde se contrapesa con el bien, que sería el marco de una religión. El mal lo llevamos dentro y ocupa mucho más espacio que su contrario. ¿Y Castañeda Saco Vértiz? Vistas las cosas así, fue más humano que usted o yo.
Su padre, marino, se dio un balazo que le reventó el cerebro. Su hermana al poco tiempo le siguió los pasos sin que se haya sabido hasta ahora cómo se suicidó. De la madre, Elena, nada se conocía hasta que hace unos días apareció su cadáver en el baño de la casa junto al del protagonista de esta historia absolutamente alucinante que la prensa ha desplegado bajo la identificación de El Monstruo de Chosica. Ambos murieron envenenados. “Una sobredosis de cocaína –y no una ingesta de raticida, como se había informado en un primer momento- causó la muerte de Rafael Castañeda Saco Vértiz (39), conocido como el “Monstruo de Chosica”, reveló el protocolo inicial de la necropsia. Fuentes de la Policía Nacional informaron al diario Trome que Luz Elena Saco Vertiz León Prado (73), madre del ex director del centro de rehabilitación “Creo en ti”, sí murió envenenada. No hay indicios de que a ella le haya inyectado droga, pero en cambio el varón sí presenta pinchazos en ambos brazos”, acotó la fuente.” (El Comercio). Rafael Castañeda Saco – Vértiz, de casi cuarenta años, tenía el aspecto exterior de un fortachón marine retirado y mucho de la psicopatía de esos combatientes. Este trastorno, la psicopatía, es una de las cosas sobre la que más se ignora y creo que es así porque los bordes de la patología se evaporan entre los de la moral. Es imposible describir solo clínicamente a un psicópata porque su principal rasgo consiste en carecer de auto observación, de sentido de responsabilidad, de culpa y por tanto, de cualquier cosa parecida a la moral. He conocido psicópatas que no tenían el menor remordimiento luego de haber masacrado a golpes a sus hijos y sin embargo, podían echarse a llorar ante un gorrión con el ala rota. Sus actos por lo general agreden la norma promedio que sustenta a una sociedad y generan por ello reacciones arcaicas y sed de venganza. A mí el caso de Castañeda me parece absolutamente fascinante porque me remite a las preguntas más hondas que uno puede hacerse en un momento en el que la razón ha sacado a la magia de la historia. Uno de esos interrogantes es sobre la existencia del mal. ¿Existe realmente o es una adaptación de la ética promedio de un grupo en un momento y por tanto, varía con la relatividad? Si no existe per se, ¿qué entonces puede llevar a una familia entera a terminar consigo misma luego de haber regado desdicha y locura a su paso? Si existe, ¿de dónde sale, cómo crece, en qué organismos, de quién es la culpa, a qué cielo sordo hay que clamar, cómo se hace un exorcismo? Vaya respondiendo, navegante, que hay más.
He visto en las tomas de la audiencia en la que se ha sentenciado a Antauro Humala las reacciones de este compadre y de sus coinculpados. Humala, lumpen de tomo y lomo, una vez más con su arrogancia apunta a despreciar el orden establecido y lanza un mensaje invisible salvo para cierto tipo de seguidores suyos para quienes la utopía está en la realización adolescente de la destrucción. Con su gorro de lana y su gesto de desprecio, agarra el micrófono cuando le da la gana, se levanta, se avienta sobre la silla, lee el periódico mientras se dicta su sentencia, se caga en el mundo. Como quisiera hacerlo un montón de gente que no tiene nada que perder en esta vida, por ejemplo, muchísimos reservistas o emigrantes jóvenes que fueron del campo a por ejemplo el Valle Sagrado del Cusco a buscar chamba y lo que encontraron no les acomodó porque exigía cumplimiento, esfuerzo, constancia, los he visto y a montones. Entonces, a cagarse en el mundo, total, la cagadera en el mundo ya tiene rostro y sale en la televisión y amedrenta a la policía y hasta se baja los pantalones y enseña los huevos mientras levanta un estúpido cartel en el que se pide justicia. ¿Lo vieron al gordo, al compañero de Humala, en la situación que describo? Patético el momento en el que un policía le arrancha el cartel y le tapa los genitales. Todo es para la cámara. Estas imágenes que propala la televisión, en las que la justicia pareciera imponer su reino sobre el mal, son en gran medida las que definen el código moral en el que andamos metidos. El rostro del inculpado o sentenciado habla mucho del rostro de quien los está mirando por la televisión. En ese juego de espejos se juega también el límite tan sutil e impreciso entre deseo de justicia y deseo de venganza. Estoy convencido de que mostrar violentamente la cara de un delincuente a una cámara es alimentar los deseos de venganza del ciudadano promedio. Es el instante en el que nos imaginamos todo lo que le haríamos si este estuviera, despojado de voluntad, en nuestras manos. A los pocos meses de que cayeran Guzmán y toda su camarilla tuve la oportunidad de conocer a un verdadero monstruo al que felizmente nunca más volví a ver. Es un médico que en ese entonces estaba asimilado a la Marina y tenía por tanto que hacer turnos de guardia con los terroristas apresados. Me contaba, ensalivándose los labios, ciertas cosas que él hacía para su propio placer y el de sus colegas. Por ejemplo, despertar a media noche a la Iparraguirre, sacarla al aire helado del Callao, hacerla desnudar, tirada sobre el suelo y él mismo regarla con manguerazos de agua fría. “Esa carne blanca me hacía imaginar a una judía en un campo de concentración”, adornó su relato con un comentario del calibre que usted está leyendo, navegante. Estas imágenes nunca vistas siguieron a las de los trajes a rayas y las jaulas y no fueron emitidas porque tampoco eran públicas aunque sí predecibles. Me leo y me pregunto, ¿cuántos de los navegantes se refocilarán de gusto al enterarse de que esa cruel mujer pasó por una situación como la que me relató el médico que la tenía a su cargo? Hablemos claro.
No le he prestado atención al fenómeno en la televisión de otros países, será interesante hacerlo por el cable o cuando viaje a ver si estamos ante una costumbre más o menos global, o una vez más, frente a una creación heroica de sabor nacional. Me refiero a algo que a diario vemos en la pantalla del televisor, en los llamados noticieros, cuando se muestra la nota sobre algún caso policial cuyo autor o autores han caído y están siendo encarcelados. El reportaje por lo general hace una síntesis de lo que ocurrió, entrevista a los familiares de la víctima, se las ingenia siempre para que una reportera semianalfabeta haga preguntas sin respuesta al intercomunicador de un edificio y culmina en la imagen que quiero comentar: la del supuesto autor del delito bajando de la camioneta de la policía para ser conducido a la carceleta del poder judicial o a la comisaría del lugar, si el asunto se desarrolló dentro del país. Nos hemos habituado a que ese plot de la narración televisiva se articule en la tensión entre una prensa reporteril que exige captar el rostro del detenido, los intentos de este por ocultarse y el actuar de una policía a favor del odio de la sociedad contra el delincuente, porque si nos fijamos bien lo que hace normalmente el guardia es forzar al sujeto, muchas veces con violencia, para que exhiba el rostro que este, a su vez, trata de esconder con una frazada, agachándose, usando lo que sea. Para la policía, para la prensa, para el televidente, no importa en absoluto que esta persona que está siendo detenida aún se encuentre bajo presunción de inocencia, si es que no fue hallada en delito flagrante. Ya se le condenó. Por supuesto, como todo en el Perú, esto tiene un marcado sesgo racista y clasista. Las víctimas de este ultraje al derecho y a la dignidad suelen ser pobres diablos insolventes y marginales, psicópatas, enfermos sexuales o delincuentes de banda cuya entereza hace mucho tiempo que se fue con las fumarolas de la PBC. Si hacemos memoria, Don Bieto se tapó la cara cuando fue detenido y apareció ante las cámaras sentado en una silla de ruedas y a ningún policía se le pasó por la cabeza la idea de arrancarle la frazada o lo que sea que haya usado en ese momento. La chica Bracamonte y su amiga Castro Manarelli se han permitido por su lado un ingreso absolutamente fashion a la cárcel, con todo y despedida de las amigas de la Católica, agitada de cabellera y serenidad cool ante todo. Veamos, por oposición, qué ocurre cuando detienen e ingresan a la cárcel a cualquier asaltante, violador, estafador o pandillero. En ese túnel de la muerte que es el momento que transcurre entre que es bajado de la tolva de la camioneta y conducido al establecimiento correspondiente, los policías lo agarrarán de los pelos para forzarlo a que muestre el rostro, sudoroso, extenuado, asqueado. Si el sujeto intenta soslayarse la violencia será mayor y todos quedaremos conformes cuando al fin se haya exhibido a toda pantalla la faz que odiamos, el retrato de lo que felizmente no somos, lo que queremos ver en la tele para no verlo en la realidad. Fujimori y Montesinos llevaron esta situación al límite, de manera calculada, cuando se inventaron lo de las rejas y los trajes a rayas para mostrar a los detenidos por terrorismo, en una parafernalia que incluía a los policía de civil con lentes de sol y al propio detenido vociferando consignas. Una puesta en escena absolutamente eficiente de la que todo el mundo salía ganando, menos la libertad, la discreción, el silencio que se necesita para reflexionar y no repetir. Ya seguimos.
David Irving es sin duda un hombre despreciable y no solamente porque haya dedicado su carrera de historiador y académico a tratar de desacreditar el Holocausto del Tercer Reich que acabó con millones de judíos, gitanos, homosexuales, disidentes y discapacitados; si no y sobre todo, por haber hecho de la manipulación de los datos históricos una suerte de metodología de investigación. Irving, inglés, fue detenido en Viena en el año 2005 y condenado a tres años de prisión por un delito que existe en la Unión Europea llamado negacionismo, que consiste en eso, en negar lo que ocurrió en los campos de concentración de Alemania, Polonia, Rumania. Completamente desprestigiado en universidades, editoriales y centros de investigación, la actividad de Irving está confinada ahora al círculo abyecto de grupos neonazi, xenófobos, homófonos, desquiciados. Y sin embargo, en mi opinión nada ni nadie debieron impedir que Irving siguiera libre haciendo lo que hacía. Ese historiador con pinta de carnicero y mirada de águila malhumorada, tiene el derecho que asiste a cualquier ser humano a expresar sus ideas por destructivas que estas nos puedan parecer. No reconocer ese derecho es identificar, como en la tribu, la palabra con el acto: segar el pensamiento porque este no puede mantener distancia con la cosa, el paleolítico. Lo que ha ocurrido con el libro de Abimael Guzmán me recuerda al caso Irving. Que se haya detenido al editor de De Puño y Letra por haber ordenado y publicado los delirios del viejo y decadente líder de Sendero Luminoso, es una barbaridad equiparable a la de la censura desterrante de Stalin en sus peores días. No he leído el libro de Guzmán, sí pienso hacerlo pero no espero demasiado. Este cruel, libidinoso y absurdo personaje, responsable de que el Perú se haya desfasado por veinte años o más de la marcha del mundo y haya introyectado el pánico como una emoción asociada a la rebeldía, no tiene cerebro ni capacidad más que para repetir los lugares comunes y las letanías que reiteradas como en una ceremonia de vudú, estupidizan a sus seguidores y los hacen cumplir órdenes irracionales y regresivas. Sin embargo, una cosa es Abimael Guzmán desde la clandestinidad dirigiendo los operativos de Sendero Luminoso y otra muy distinta, escribiendo mamarrachos en la celda que lo albergará de por vida. No existe ley alguna que impida a un recluso escribir. La hubo en tiempos del Marqués de Sade, cuando estaba en Charenton, pero la voluntad de este genio por plasmar sus fantasías era tal que llegó a graficarlas con sus excrementos sobre su propia piel. La única explicación que yo encuentro a una decisión tan atravesada del Poder Judicial, la de detener al editor y denunciar a Guzmán y a la Iparraguirre, va por el lado del rábano y las hojas. Ante la absoluta incapacidad del gobierno de García de enfrentar con estrategia, realismo y voluntad lo que está pasando en el VRAE, combatiendo la corrupción y desarrollando programas estatales de crecimiento en la zona, lo que se hace es meter bulla, agitar faramalla, decir “miren cuánto combatimos el terrorismo volviendo a juzgar a la camarilla de Sendero Luminoso”. De paso le meten miedo a la gente, con sutileza hacen sentir a quien está inconforme, que mejor es callar, no vaya a ser que. El libro de Guzmán se va a desacreditar solo, no se necesita un aparato represivo que lo niegue. Pero nuestra derecha sí requiere de la ablación como mecanismo de seguridad: la muerte, el napalm, el arrasamiento en nombre de la luz al final del túnel. Bueno pues, tal cual Abimael Guzmán.
Conozco a una economista que durante el gobierno de Toledo puso su notable talento al servicio de la promoción del turismo desde un alto cargo en una entidad pública que se encarga de eso. Cuando salió Toledo ella también se fue y pasó a trabajar, dentro del Estado mismo, a un programa de lucha contra la pobreza. Una noche, con unos tragos de más –que siempre son de menos- mi amiga me confesó que después de conocer a fondo cómo se comporta la pobreza en el Perú, no comprende que exista una cosa llama turismo, que pretende atraer gente para que venga a ver las maravillas del país. Michel Peissel, un asombroso antropólogo francés que ha dedicado su vida a estudiar el Tíbet y sobre todo, a descubrir las cabeceras del río Mekong, uno de los más extensos del planeta, escribe en Los Último Bárbaros una durísima sentencia sobre la llamada “industria sin chimeneas”, derivada de su admiración por los grupos nómadas Kanga y Golok. Más o menos lo dice así: “cuando el turismo entra, rompe la relación entre una pequeña vasija de greda y un mundo cultural completo. El turismo se sostiene en que con sus miserables contribuciones, repone los irreparables daños que produce cuando ingresa a trastocar la vida de comunidades humanas de cultura milenaria”. Estoy en este momento en Medellín, invitado por Promperu para dar unas charlas sobre Lima a empresarios de turismo colombianos a fin de motivarlos a que lleven viajeros a nuestra capital. No cobro un centavo por hacer esto que me saca de mis rutinas y de mis trabajos remunerados por una semana completa y a un ritmo de locos. Pero entonces, algo me debe gustar esto que estoy haciendo y que a la vez, discrepa tanto de mis puntos de vista sobre lo que es viajar, que para mí en esencia es zambullirse en la realidad, sin anestesia ni vaselina y rehuir cualquier clase de pastiche prefabricado o idealización. Y sin embargo, aquí me tienen, hablando de las maravillas de la gastronomía limeña (en las invasiones del arenal los niños comen trigor agusanado), de los estupendos monumentos coloniales recuperados y puestos en valor (en manos de una iglesia cada vez más enemiga de los pobres), de las huacas sanisidrinas y miraflorinas (hoy prácticamente privatizadas) y no hablando del tránsito de mierda de Lima, de los asaltos ni de las violaciones por parte de taxistas, de la contaminación ni de esa terrible sensación de desamparo que al menos a mí me deja cada día que paso en Lima, cuando me doy cuenta de que vivimos en el reino de la hostilidad y en el imperio del irrespeto. Y sin embargo, hoy estoy acá en Medellín y me creo lo que digo ante una audiencia cuando hago referencia a los diseños de vanguardia en ropa, joyería y decoración que se están desarrollando entre nosotros, cuando cuento entusiasmado cómo nuestra industria editorial de libros de mesa ya superó a la colombiana Villegas que parecía imbatible, cuando me escucho refiriendo maravillas de un aeropuerto como el Jorge Chávez que de verdad, está fantástico. Esquizofrenia pura, en apariencia. ¿Tendrá razón mi amiga la economista cuando señala que la pobreza y el turismo son dos polos que se excluyen? Ella, obviamente se refería en su comentario no a la mirada de otros sobre nuestro país sino a la suya propia, al cambio de registro que hubo de experimentar al pasar de un campo al de su extremo opuesto, de la maravilla a la miseria. ¿Y Peissel, qué hacer con una racionalidad malhumorada tan francesa y tan cargada de verdad? ¿Qué hago acá, sin ganar nada más que las sonrisas de alegría de los empresarios paisa que están escuchándome en el salón de convenciones del hotel, realmente animosos por empezar a hacer negocios con sus pares peruanos? ¿Por qué es tan carajomierda de complicada la vida? ¿A alguien se le ocurre algo, mientras esta noche me voy al Salón Málaga, en el centro de Medellín, a escuchar tangos? Que mañana me lo diga.
Seguimos charlando o mejor, yo continué escuchando al cura Arana darme una interpretación de la fiesta de Ramos de Porcón con una serie de entradas que relacionaban lo ideológico con las relaciones de los campesinos con la naturaleza, de una coherencia impecable que hablaba no solamente de un conocimiento directo de la realidad a la que se estaba remitiendo, sino también de un antecedente académico solvente. Es tradicional en Porcón que la velación a las cruces que saldrán por la mañana tome la noche entera. No llegamos a amanecernos Arana y yo conversando pero casi. Hacía frío, había que dormir y cada uno se fue a su casa, para poder regresar de madrugada y participar en el pasmoso espectáculo de decenas de cruces brillando al sol con el efecto de los espejos, desplazándose como mariposas de tierra gigantescas sobre una campiña llena de verdes acuosos que huelen a tierra mojada. Cuando me desperté, pocas horas después de haberme acostado, lo primero que recordé fue la conversación con el curita y las últimas frases, casi de despedida. Le había preguntado por qué en una fiesta de tanto arraigo en la zona, no se hacía presente pero ni para cumplir, ninguno de los ejecutivos de la minera. “Porque este es un asunto de cholos, me contestó sin ironía, en ese sentido las cosas no han cambiado demasiado en relación a la época de los terratenientes de horca y cuchillo. Chau Rafo, ya nos vemos”. Pero ya no nos vimos. Desde aquella vez he estado atento a toda información pública en la que Arana aparece, porque es obvio que el personaje me había parecido más que interesante. Lo leía en sus columnas de La República (mientras salieron, ya no), buscaba sus declaraciones cada vez que se agitaban los conflictos mineros en Cajamarca, estuve muy alerta a la denuncia sobre reglaje que apareció en los medios, un seguimiento mafioso que le habría hecho Yanacocha a través de la empresa de seguridad con que la minera trabaja. Mis coincidencias con Arana crecían a medida que iba conociendo su posición frente a la minería. Sobre todo, en eso de exigir que la actividad extractiva se ciña a los estándares de seguridad y responsabilidad social a que se aviene en países más exigentes que el nuestro, lo que sobreentiende que no hay en el pensamiento del cura una opción radical anti minera. Y eso sí se lo creo. Cuando Arana lideró la defensa del cerro Quilish y se le acusó, para mencionar el más suave de los epítetos, de estar apoyando el pensamiento mágico de campesinos desfasados de la historia, yo sabía que tarde o temprano iba a saltar la realidad, y así fue. Se comprobó que el temor a la contaminación del acuífero cajamarquino en caso se explotara el Quilish no tenía nada de mágico, era absolutamente probable, tanto que Yanacocha desistió de continuar con el proyecto pues la tensión con las poblaciones iba a llevar el asunto a un callejón sin salida con episodios de violencia previsiblemente bravos. En ese momento la seriedad de Arana acotó un nivel más alto en mi percepción, y empecé a verlo como a un potencial líder de los que no tenemos en el Perú desde hace décadas. El asunto es que, tal como yo ya lo suponía, Marcos Arana decidió saltar a la arena política y lanzarse a inscribir un partido, Tierra y Libertad, con el cual participar en las próximas elecciones generales, con el mismo Arana como candidato a la presidencia de la República. Para mí, en lugar de que la noticia sellara la coherencia de mi propia lógica y me creara entusiasmo, fue como si se bajara el soufflé en el horno, algo se aguó, algo se derrumbó como dice la balada. ¿Y qué fue eso que patinó a pesar de que de alguna manera yo lo había estado esperando? La desconfianza en la política. La posibilidad de encontrar a un personaje sumamente interesante, entreverado con la gentuza que desde hace demasiado tiempo define la clase política que nos gobierna. La certeza de que al verlo declarar en los medios desde ese momento en adelante, me iba a remitir a las leguleyadas y a las pendejadas de las que se valen los congresistas y los ministros y los oficialistas y los opositores para poder mantenerse lactando de la teta del poder. Debo confesar (si estamos hablando de un cura, además) que me ha preocupado este cambio de impresión mío frente a Arana. No tengo ningún elemento objetivo como para afirmar que el cura ya haya entrado a la cuchipanda politiquera y sin embargo, de alguna extraña manera ya lo estoy descalificando. De pronto el problema, antes que de él, es mío, por no atreverme a cambiar un punto de vista que en el fondo hasta me resulta cómodo, que consiste en alinearse con casi todo el país en el descrédito por la política. De repente lo que toca más bien es ensuciarse las manos y tomar el riesgo y meter las narices ahí donde más apesta, para quitarle las riendas a tanta gente corrupta, ignorante, improvisada y cortoplacista. No lo sé, son mares de dudas y cuando digo mares, relevo la magnitud y el tamaño de ellas. Pues no descartaría tener una segunda conversación con Marcos Arana, pero esta vez ya no sobre los rituales del agua sino sobre las bases de Tierra y Libertad, los espacios del partido para gente de pensamiento del todo independiente pero afín a la preocupación ambientalista. ¿Por qué no? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Habla, navegante.
Desde hace bastante tiempo que solo puedo confiar en una persona para cierto tipo de temas, una vez que la he mirado a los ojos y hemos intercambiado la cantidad suficiente de palabras como para darme cuenta de que no habla demasiado ni intenta convencerme de nada. Si se me perdona la arrogancia, el sacerdote cajamarquino Marcos Arana pasó la prueba, y muy bien, hace cosa de tres años, cuando nos conocimos durante la alucinada celebración del Domingo de Ramos en el pueblo de Porcón, un enclave quechua en la sierra norte compuesto por gentes reservadas y hostiles que ignoran su origen y por supuesto, su destino: ningún grupo “no moderno” en el Perú de hoy puede garantizarse siquiera unos años de continuidad con su propia vida, todos los ancestros, todos los patrimonios, todos los legados se están acabando a cambio de las miserables contribuciones de la industria extractiva y el turismo. Pero bueno, era de noche y en la casa del mayordomo de la celebración se adoraba un altar compuesto de infinidad de elementos cristianos y precolombinos. Un grupo de ancianos, que cumplen la función de “apostóles”, leía salmos manuscritos en libros centenarios escritos por otros ancianos como ellos, unas estrofas sin aparente sentido, en media lengua comprensible, con una unción intensa producida tanto por la fe como por el aguardiente. La habitación asfixiaba, el olor a cuerpo, a poncho, a tufo alcohólico, a velas ardiendo. Nos saludamos el padre Arana y yo, era demasiado obvio que nos conocíamos por foto, por televisión o lo que fuera como para hacernos los sobrados. Me contó que él había sido párroco de Porcón y que trataba de no faltar a las celebraciones de Semana Santa, también por una cuestión espiritual suya y no solo por acompañar a la que había sido su feligresía. Quise evitar en ese momento entrar a una conversación sobre el tema que lo venía identificando ante la opinión pública, como era el de su participación del lado de los campesinos frente a los avances de una minería depredadora, con nula capacidad de diálogo y a todas luces entramada con los gobiernos de turno para verse libre de cualquier tipo de freno. La minería de Choropampa y el cerro Quilish. No me parecía el momento para preguntarle cómo iba todo eso, a pesar de que es un tema en el que siempre he intentado detenerme porque estoy convencido que en las relaciones entre la industria extractiva y las poblaciones locales es que se jugará la viabilidad del Perú en los próximos años. La tensión dramática del momento era demasiado fuerte como para entrar a una cháchara política que bien podíamos pasarla para el día siguiente. Recuerdo que él y yo, en un rincón de la habitación, presenciábamos los acontecimientos rituales en silencio y –me parecía- con una necesaria distancia. Bastante rato más tarde lo invité a salir al patio de la casa para fumarnos un cigarrillo y me lo aceptó. El patio, empedrado, estaba rodeado por un pasadizo techado en forma ele donde por la tarde una inmensa cantidad de gente se había sentado a comer sobre el suelo, los platos de greda colocados sobre unas mantas larguísimas, coloridas, con toda seguridad el remanente de una costumbre anterior al cristianismo. Cuando salí con el cura Arana a fumar, el espacio nocturno bajo la luna reventaba de borrachos y de mujeres que sentadas por aquí y por allá, envueltas en rebozos, con sus niños colgando del cuerpo, esperaban algo. ¿Qué? No recuerdo si Arana fumó pero cuando yo di la primera chupada a mi pucho, ya le estaba preguntando por el sentido o sinsentido que él había encontrado durante su servicio en Porcón, en una celebración tan teñida de elementos prosaicos y a la vez, tan entramada en los arcanos viejísimos de una fe con pozos de profundidad pocas veces vistos por mí. Le pregunté el por qué de los espejos que adornan las enormes cruces de grandes hojas verdes que se sacan en procesión. Me habló del agua, de cómo en los espejos se refleja la realidad como en los cuerpos de agua naturales, de cómo al encuadrar y limitar el agua en el marco de madera de un espejo se le está también poniendo un encuadre al elemento para que no se vaya, para que siga acompañando al hombre en la tarea indispensable de cultivar la tierra y obtener frutos de ella de una manera que asegure la fertilidad, sin dañar, sin contaminar. Pasó de ahí Arana a una elaboración antropológica sobre la relación entre ecología y representación religiosa que tratar de resumir en estas líneas me resultaría imposible, por su complejidad. Tengo por ahí las anotaciones que iba haciendo a lo que escuchaba y también ciertas apostillas que iba añadiendo en las que reseñaba mi sorpresa ante la cultura y sofisticación de pensamiento del joven sacerdote a quien yo había visto como un activista católico hijo de la Teología de la Liberación y punto. Pero no, navegante, había mucho más que ese punto, ya lo descubrirá en la continuación de este post.
Muy bien, pido al navegante que lea el post anterior una vez más antes de continuar con este porque de otro modo no va a entender nada. Si ya lo hizo se dará cuenta de que en aquél yo había desarrollado toda una parrafada acerca de lo importante y decisivo de la noción de género como reemplazo a la de sexo en los tiempos que corren, y el correlato de cambio y transgresión que ello necesariamente implica en todos los aspectos de la vida social. Sin embargo, la magia del Internet me trae el desbarranco de mis ideas a través de una convocatoria al concurso Míster Gay Perú Mundo, brillando en la lista de mis correos recibidos con un iridiscente recutecu de extraña moral. Se trata en efecto de un aviso destinado a la comunidad gay peruana en el que se anuncia la unión de páginas Web como “…GAY COMO TU, DIARIO DE LIMA GAY, GAY RADIO Y GAYPERU.PE… para convocar al primer Concurso MISTER GAY PERU MUNDO ( Mr. Gay Peru World) , un certamen que es mucho más que un "concurso de belleza", pues tiene como propósito principal identificar líderes que puedan y quieran tomar la responsabilidad de hablar a favor de la igualdad de derechos para los hombres homosexuales y bisexuales frente a su propia comunidad y frente a todo el mundo”.
Primera gran sorpresa: para hacer visible la urgencia de contar con similares derechos que los heterosexuales, los homosexuales necesitan de un concurso que si bien se plantea como no solo de belleza, en el fondo recurre a lo que se dice para los certámenes de belleza femeninos más convencionales: acá lo que importa es la belleza interior. Sigue la convocatoria: “Mister GAY PERU WORLD es un concurso donde se busca un modelo positivo de hombre gay que se siente bien con su sexualidad y es consciente de sus derechos . Mister GAY PERU WORLD tendrá la misión de humanizar la imagen de la comunidad gay en los medios gay y en los medios de comunicación masivos”. Segunda sorpresa: los concursos de belleza humanizan. Es curioso porque desde que el feminismo arremetió contra ellos –y la liberación gay es también hija de ese movimiento de mujeres- estos eventos eran frecuentemente comparados con remates de vacas. Y ahora, humanizan. Lo que es la vida. Tercera sorpresa: “La final de la competencia internacional Mister GAY WOLRD se realizará el próximo año en Oslo (Noruega) , donde los participantes deberán enfrentar pruebas físicas y entrevistas tanto en espacios cerrados como frente al público. Estas pruebas servirán a los jueces para identificar al mejor vocero o embajador de los hombres gay frente al mundo. La competencia incluye pruebas de habilidad atlética e intensas entrevistas con un panel de jueces. Se tomarán en cuenta cualidades como carisma, liderazgo, personalidad, apariencia y facilidad de comunicación.” No tengo nada contra lo mediático pero la verdad que esto ya me está oliendo a una combinación entre El Baile de las Estrellas y el concurso para establecer Las Siete Maravillas del Mundo Moderno. Es decir, puro rating. La imagen puesta por delante. La confusión entre lo imaginado y lo genuino.
Cuarta gran sorpresa: la relación de valores que promueve el concurso, ligada a las condiciones que se exige a los postulantes. Invito al navegante a que lea con detenimiento el texto que sigue y me diga si no le hace acordar a las competencias que se hacían en el colegio Sophianum para representar a la Bernardita en la fiesta de la Virgen de Lourdes. Pero en fin, todo sea por la libertad, aunque pague tan mal. Lea navegante y comente con sangre ligera:
“Un Mr. Gay World debería...
1.Mostrar interés en el mundo y en la gente que lo rodea 2. Ser naturalemente paciente, compasivo y considerado. 3. Aceptar y adaptarse a los cambios en su entorno. 4. Poder articular sus pensamientos para una conversación inteligente. 5. Tener brillo y encanto naturales. 6. Ser seguro de si mismo pero no arrogante ni vanidoso. 7. Estar preparado para convertirse en embajador de su nación y comunidad local y estar orgulloso de serlo. 9. Saber ser diplomático. 10. Inspirar a sus pares y la gente que le rodea. 11. Estar dispuesto a arriesgarse y superarse en busca de la excelencia.
Si sientes que tines esas condiciones y
1. Eres mayor de 18 años. 2. Te identificas como un hombre gay y no temes reconocerlo públicamente. 3. Eres seguro de ti mismo y responsable. 4. Tienes visa o estas en condiciones para gestionar la visa europea para viajar a Oslo (Noruega) 5- Hablas inglés”
Me decía un psicoanalista amigo que a su modo de ver, la mayor revolución existencial por la que está pasando la humanidad quizás desde el Holocausto (que nos dejó con claridad meridiana la certeza de que el mal existe y que su hábitat es la especie humana), es el cambio de modelo para entender y vivir la sexualidad. De sexo a género. Es decir, lo que cuenta en la diferenciación entre los humanos ya no es lo que la naturaleza le pone entre las piernas (que daba solamente dos opciones consideradas naturales y por tanto normales y aceptadas) sino lo que el medio y la formación van determinando en la psiquis del sujeto. A eso se llama género, a la orientación determinada por el conjunto de facultades que posee el individuo, entre las que el sexo fisiológico es solo una y tiene un carácter instrumental, al servicio del deseo, un deseo independiente de la función originaria del órgano genital respectivo. Entendidas así las cosas, pues ya no hay ni remotamente solo dos alternativas sino una infinidad: hetero, gay, lesbiana, bi, trans, travesti, etc. Pero además, ninguna de estas puede considerarse idéntica a sí misma ni inmutable. Al contrario, se trata de un discontinuo en el que las salidas y entradas a una u otra manera son lo único cierto y seguro. Lo poderoso de este nuevo paradigma es que expresa el dominio total de lo cultural sobre lo natural, o más bien, la imposibilidad de aplicar al humano categorías de clasificación que pertenecen al reino de la naturaleza porque en este reino no juegan las variables de la socialización humana, cuya principal característica es el matiz, los grises contra el blanco y negro, las posibilidades de cambiar de identidad y retomar las antiguas sobre la base de otra condición que solo nosotros poseemos: la libertad. Doy en mucho la razón a mi amigo psicoanalista pero voy más allá que él. El tema del género es en esencia subversivo pues cuestiona la base del ícono macho sobre la que se ha articulado el poder en las civilizaciones desde hace cinco mil años. La falocracia articula la organización familiar, la unión matrimonial, las unidades productivas mínimas, la división del trabajo y la configuración del Estado. Plantear ahora que el falo lejos de ser un instrumento de opresión, viene a convertirse en algo tan prescindible y a la vez placentero como la vagina o la imaginación, es un concepto realmente revolucionario. No por gusto en la historia de la homosexualidad en Occidente hay tanta víctima de muerte mortal pero también psicológica y social. Todo lo anterior viene a cuento porque la enorme dimensión del discurso de género y específicamente la legitimidad del espacio gay, muestra un lado provocador a la altura de los cambios que viene produciendo en la configuración actual de la sociedad pero sobre todo, en su diseño futuro. Hay que pensar que se han articulado en la división entre sexos masculino y femenino cosas que van desde la señalética para identificar baños públicos hasta los sujetos aptos para el matrimonio, pasando por sistemas legales enteros escritos en gordos tomos llamados códigos civiles. Pues eso, en principio, estaría destinado a cambiar y a adaptarse a todas las fórmulas y combinaciones intermedias que la psiquis permita, creando así un campo de factores en juego mucho más diverso y complejo que el de la aporía y la dualidad. Pero esa gigantesca transformación tiene como todo un precio: debe renunciar a las imágenes de comodidad y seguridad que mal que bien solventan la sociedad patriarcal y falocrática. Quiero decir, la perspectiva de género no puede convivir con el modelo familiar heterosexual, ha de buscarse otro. Al partir del individuo y regresar a él, conlleva una condición de soledad muy grande pero imprescindible por estar asociada a un ejercicio de la libertad casi irrestricto únicamente soportable por quien lo detenta, reduciendo a muy poco las opciones de formar pareja duradera y menos familia. Lo “normal” se acaba. Los valores más acendrados en el discurso del bien y del mal, se pulverizan. La moral tradicional entra en un proceso de evaporación que no garantiza sino tupidas nubes en el ambiente sin muchas definiciones. Eso suena fascinante, le abre al ser humano una nueva vía de cambio, quizás la última antes de su extinción definitiva. Creo, sin exagerar, que estamos asistiendo a la ola de trastoque y contestación más grande y amenazante desde que se inventara la píldora anticonceptiva y con ella, la separación entre sexualidad y reproducción. Si el navegante está o no de acuerdo con lo que estoy planteando, le agradecería me lo hiciera saber, porque lo que continúa en el post siguiente pareciera desbaratar la lógica de mi razonamiento y volver a la familia Ingalls como modelo, solo que con sorpresa, ya lo verá.
Fue Irene quien hace más de veinte años me dijo: “no seas ridículo, si te estás yendo a Europa en lugar de pasar tanto tiempo en la pretenciosa Madrid, anda a Lisboa, verás cómo el alma se te baña de luz rosada y de…” un montón de cosas más me dijo mi amiga Irene esa tarde de noviembre en su saloncito, ese que daba a un parque grande en San Isidro que de vez en cuando era sobrevolado por aguiluchos y cernícalos, aves que nunca he vuelto a ver tan de cerca en Lima como en esos momentos de risa y de olvido donde Irene. Irene, que ayer murió cuando yo estaba escribiendo en mi casa y me llamaron a decírmelo. Irene había tenido su primer cáncer hace siete años, al ovario. La operaron, le dieron quimioterapia, la hicieron leña. Aparentemente se curó. A los seis meses, el seno. Se lo quitaron y le volvieron a dar la maldita quimioterapia y claro, en esos días ya no era tan sencillo hablar de Lisboa y de las diferencias entre el fado capitalino y el del interior. Cuando le vino el tercer cáncer a Irene, esta vez en el cerebro, yo ya le había hecho caso. Conocía Lisboa y algo más del territorio de Portugal, ya lo había visitado dos veces y jurado en el mirador de San Jorge –frente a una barcaza enorme que se iba por el Tejo al Atlántico en medio de una bruma lilácea como un copo de algodón de dulce o el peinado de alguna señora limeña perica- había jurado en ese mirador lleno de verdes que si volvía a nacer nacería en Lisboa pero como eso es una estupidez, regresaría cuantas veces pudiera. Ayer murió Irene después de estar agonizando más de diez días, a punta de morfina, suero y Diazepam. Entre viaje y viaje me di todo el tiempo posible para ir a verla, a su casa, y encontrarla más demacrada y amarillenta con un nuevo ronquido en la respiración. Pero sin rictus, nunca lo tuvo. Ella conocía mucho el canto de Amalia Rodríguez y nunca se hizo bolas porque esta mujer, considerada como la máxima intérprete de fado en toda la historia, hubiera puesto su arte al servicio del dictador Salazar, quien estuvo en el poder por más de cincuenta años y dirigió guerras y enormes empresas de corrupción y todo un aparato chauvinista y represivo que impidió a los portugueses registrar todo lo que su maravilloso país vale en cuanto a recursos naturales y de cultura. A mí sí me molestaba eso de la Aguilar además de su gesto arrogante, el mismo que lucía en cuanta premiación, homenaje o noche de jet setters la exhibía ante el mundo, a una portuguesa, a la ciudadana de un país cuyos signos son la discreción y la distancia. En fin, tampoco es que yo sea un erudito en fado ni que Irene lo haya sido. Simplemente que Irene era más inteligente que yo y sabía distinguir la artista del personaje y quedarse con la artista en cambio yo, como siempre, empelotado. Pero sí he escuchado en persona a Alcindo de Carvalho y a Maria da Fe y he entendido muchas cosas. Por ejemplo, que el fado nunca se baila, se bailó ni se bailará. Que para cantarlo basta con una columna o una pared donde apoyarse, una guitarra portuguesa, una viola y una voz lo suficientemente controlada como para soportar repertorios donde se conversa con la locura, con el miedo, con la lejanía, con la soledad y con la muerte como quien se toma un vaso de vino con un vecino al que ocasionalmente se le encuentra en la puerta de la casa. He escuchado a Antonio Zambujo en una fonda lisboeta, su grupo había incorporado un cello y el cabrón te metía una agarrada de cogote de la que no te librabas en varios días, cuando soltaba un sostenido para algún viejo fado fusionado con algo de alma brasileña. Y mis discos, los que alguna vez conseguí escuchar con Irene cuando ya estaba malita y no se concentraba pero sonreía y se reía: Cruz de Pedra, Fado das Horas, Meu Barrio Alto, voces viejas y muertas grabadas de las bakelitas que alguien guardó para que suenen ante Irene y Rafo cuando Irene estaba pronta a entrar en agonía. Y Marisa en ese concierto en Lisboa con la torre de Belem como escenario donde craqueló el cielo nocturno con un tema de Pessoa (y eso que a mí no me gustan los poemas musicalizados) y un fado nuevo dedicado a los inmigrantes, unas palabras de cariño y compasión para con estas personas que van a Europa desde el África negra a buscar una vida, un algo y no encuentran nada pero al menos en Portugal les cantan y en cambio los echan de Epaña, de Italia, de Alemania. Fado. Me pongo el saco y voy a velar a Irene. Mañana la entierran y yo no estaré.
Fado Menor em Re, Transponed from Fa menor and fingered by Ronald Louis Fernández from A. Guitarra Portuguesa Metodo Facil no date, anonymous.
¿Cuántos de los paisanos peruchos que militábamos en el hippismo internacional pudieron estar en vivo y en directo en el festival de Woodstock de hace cuarenta años? Yo solo conozco a un par y que habría que verlos ahora, panzones, de Audi, culifruncidos y culiparados con sus esposas de pellejo estirado en las fotos de Cosas y de Caras. Yo no fui, ni remotamente tenía los medios económicos y aún así si en lugar de un León de medio pelaje yo hubiera sido un De Aliaga, un Palacios Sosa o un Berckemeyer de esos con los que compartía salón en la Facultad de Letras de la Católica, mi respectivo padre no me habría financiado el viaje a la locura ni muerto. Pero como en el Perú siempre le encontramos una salida a todo –generalmente mediante la imitación y la ilusión- a meses del gran festival newyorkino en la Universidad de Lima se llevó a cabo un Woodstockcito de lo más divertido al que asistieron parejas envueltas en sleeping bags, cientos de chicas lindas con el pelo lleno de flores, otros cientos de muchachones trasegados de hierba y su acidito más y claro, en Lima no llueve pero en Woostock sí llovió y era memorable la escena de la película en la que decenas de miles de jóvenes embadurnados de paz y amor comienzan a gritarle a un cielo sordo: “No rain, no rain!!!” pero la lluvia, ay, siguió cayendo. Para no ser menos en nuestro Woodstockcito tenía que llover para lo cual los organizadores habían diseñado un sistema bastante sencillo consistente en unas grandes mangueras que a la orden de alguien, se echaban a regar generosos chorros de agua sobre los fumones en una época en la que la preocupación ecologista no existía y el agua se podía desperdiciar sin que a nadie se le ocurriera hacer drama. Igual fue muy divertido porque entre muchas razones, nuestra laya promedio sabía tomase las cosas muy poco en serio y actuar con la consciencia de que los hippies de clase media peruanos ni estábamos en Berkeley ni nos podíamos alinear con los Black Panters sin ser acusados de contundente huachafería, ni podíamos cantar las letras de las canciones de Pearl Joplin porque muchos masticábamos un inglés más bien tarzanesco, apenas útil para manejarse en el front desk de un hotel de malas pulgas en Florida. Esos clasemedieros estábamos jodidos por eso y porque en lo que al frente interno tocaba tampoco teníamos mucha suerte: la rebeldía en ese entonces, durante el velascato, era patrimonio de una izquierda muy radical que se desesperaba por encontrar el discurso que los militares le habían expropiado y comenzaba a plantearse desde el maoísmo posturas ya más contundentes y decisivas, que se llamaban Bandera Roja, Pukallacta y Sendero Luminoso. A los hippies clasemedieros los militantes de la izquierda radical nos miraban como a los más infectos de los insectos creados por la materia, pequeño burgueses, retardatarios, proyanquis, al paredón. Es decir, estábamos en nada, o en la mitad de un sánguche cuyas tapas no nos querían. Y sin embargo, a pesar de todo, esos clasemedieros terminamos conformando una suerte de masa crítica que con los años ha colocado buenos ejemplares en la literatura, el arte, la política, el periodismo, las ciencias sociales. Aunque no sirvamos para nada, ahí estamos. Claro, también están los panzones y sus esposas pero ya pues. Si asumimos el criterio de Aldo Mariátegui (por un ratito nomás) veremos que muchos de los clasemedieros a los que me refiero (y entre los que me incluyo) vendríamos a ser los denostados caviares de Aldo y de Giampietri. Bueno, si así fuera, qué viva el caviar porque de algo sí estoy seguro: las dificultades que pasábamos los hippies clasemedieros limeños de Los Grandes Días, fueron motores para analizar, debatir y vivir con intensidad, en términos de los que jamás al menos yo habré de arrepentirme. En cambio hoy, lo políticamente correcto…ah, navegante, que anodina que es su vida.
Si me dieran a escoger entre la devoción al aparatoso Señor de Luren y el cariño que el pueblo iqueño siente por el Padre Guatemala, no dudo en quedarme con lo segundo porque el franciscano fray José Ramón en el siglo XVIII al menos se dedicó a atender a los pobres y murió de pleuresía una noche en la que persistió en ayudar a una niña enferma descuidando su propia pulmonía. El Santuario de Luren corresponde más bien a esa otra iglesia, pomposa, milagrera y mandona, que si no tiene un opulento paquidermo arquitectónico que la defina, se siente a la altura del resto de los mortales, y eso ese es un lujo humano que cierto catolicismo no puede permitirse. Pues bien, el templo de Luren sufrió con el terremoto de hace dos años, y sufrió bastante. Sin embargo, no tanto como para que tenga que ser demolido. Ojo, para tirarse abajo esta iglesia hay que considerar que era Patrimonio Cultural de la Nación mediante Resolución Ministerial N° 1251-85-ED del Ministerio de Educación, en fecha 27 de noviembre de 1985. Una especie de Quijote de los templos de Ica es el arquitecto y restaurador Humberto Palacios Miró Quesada y por él nos enteramos de una serie de tejes y manejes en torno al problema desatado por la decisión del Arzobispado de Ica de derruir el Santuario de Luren para levantar en su lugar otro, que fue hasta ofrecido de manera absolutamente inopinada por Alan García en una de sus primeras visitas a la zona del desastre. Un nuevo templo que además, según una maqueta que al menos hasta hace un tiempo se exhibía cerca del propio santuario, tendría la forma de una especie de platillo volador gigantesco y rimbombante, hijo de un modernismo mal entendido y de una ideología religiosa opresiva como una lápida sobre el corazón. Las declaraciones presidenciales fueron seguidas de comentarios públicos hechos por monseñor Héctor Vera Colona en los que ha sugerido que la nueva propuesta debía seguir las pautas de monumentalidad… ¡del santuario de la Virgen de Guadalupe en el DF de México! Pero, ¿alguien se ha vuelto loco en este historieta? ¿Habrá visitado alguna vez monseñor Vera el monumento con el que hace la analogía? Si lo conoce, ¿justifica que en una zona donde hay tanto dinero como subdesarrollo, la educación es absolutamente deficitaria, los pueblos jóvenes dan el mensaje diario de la miseria, y la reconstrucción apenas se ha emprendido, se eleve una barbaridad como esa? Palacios Miró Quesada, quien no habla desde el punto de vista religioso sino de la valoración patrimonial, está en condiciones de demostrar cómo no hace ninguna falta demoler el templo sino que con un presupuesto infinitamente menor que el que maneja el Obispo, se podría devolver la fisonomía original de la construcción y así recuperar el carácter patrimonial que le fue quitado por el INC cuatro meses después de ocurrido el terremoto, quizás a partir de algún mejunje entre Estado e Iglesia que facilitara la demolición sin que nadie viniera a meterse a reclamar. Monseñor Vera apenas puede habla del asunto en cuanta tribuna se le aparece por delante y generalmente lo hace para reclamar fondos. ¿Fondos de quién? ¿Del Estado? Las huiflas, a mí que ni me miren. Pero entonces, ¿qué tuvo Alan García que meter su cuchara en lo que no le concernía, de no haber arreglado con Cipriani una ayudita para le mofostrólico despropósito? Pero además, todo esto se hace y deshace a espaldas de los feligreses. La gente de Ica no quiere que se tiren abajo su templo y para presionar se ha creado una cadena Pro Defensa del Santuario que se opone al proyecto, y según nos informa Palacios, “así como una serie de personas e instituciones, nacionales e internacionales versadas en la protección del Patrimonio Cultural, entre las que me incluyo, para evitar este impensable desenlace. El Centro del Patrimonio Mundial de la Organización de la Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura -UNESCO- ha tomado nota ya de esta situación y le está solicitando explicaciones al Instituto Nacional de Cultura y al Ministerio de Relaciones Exteriores, por intermedio del Jefe de la Delegación Peruana ante este organismo en París, a fin de que brinden explicaciones acerca de esta delicada situación creada en torno a nuestro patrimonio edificado.”. Ya van dos años de que la tierra tembló de manera tenebrosa y los agujeros de la incapacidad del gobierno para enfrentar el desastre, aparecen cada día como más grandes y oscuros. Lamentablemente un sector de la iglesia oficial, el que está en el poder, en lugar de contrapesar una pésima gestión pública frente a la emergencia y la reconstrucción, está reaccionando como en la época de la Colonia, con el rostro arrogante del desdén por la sensibilidad de la feligresía y con la urgencia de la pompa ante la disminución exponencial de su reino de este mundo.
¿Cuántas de las víctimas del terremoto que nos partió el alma hace dos años, murieron o quedaron heridas o discapacitadas de por vida cuando les cayeron encima los muros, los adobones o los ladrillos de los templos católicos de Pisco, Chincha y e Ica? ¿No fue en la Iglesia Matriz de la ciudad de Pisco donde el enorme cascarón de la construcción se vino abajo cuando en su interior había un buen número de personas, que tuvieron casi todas un trágico final? ¿Alguien le ha pedido explicaciones a la Iglesia Católica peruana por el pésimo mantenimiento de sus casas públicas? ¿Había actuado Defensa Civil en ellas, en su evaluación regular, con el mismo rigor que de pronto aplicaba a colegios y otros lugares de alta concentración humana? ¿Por qué los curas miran para otro lado cuando se les hace estas preguntas? Que tienen corona los curas católicos en el Perú, la tienen, corona tributaria, preferencial, no se les puede pedir cuentas ni tratar como a ciudadanos comunes y corrientes porque no se sienten ciudadanos comunes y corrientes y por eso les paran los pelos la posibilidad de que se legisle –como parece que va a ocurrir- para dar el mismo trato a todas las iglesias institucionales existentes en el Perú. Pero volviendo al terremoto, y a dos años de su impacto, cualquiera que haya pasado por la zona afectada se habrá dado cuenta de que en ciertos pueblos y pequeñas ciudades hay gente que aún vive en carpas en medio de la calle, o asiste a la cola de la distribución de alimentos… ¡de emergencia! ¡A dos años!; pero eso sí, donde estuvieron las iglesias originales y que se hicieron polvo, ahora relucen unas nuevitas, brillantes y relucientes como la dentadura de Carlos Cacho. Yo supongo que esas edificaciones se hayan hecho con fondos de la propia institución, o en todo caso, recolectados para tal fin entre creyentes y mecenas, porque si el Estado ha tenido que poner recursos para levantar mamotretos que no tienen la menor prioridad, es que hay algo que anda muy mal. Tampoco me parecería del todo sensato que habiendo usado la institución sus propios recursos, en lugar de atender las demandas elementales de una población que en buena parte no ha pasado de la emergencia a la reconstrucción, haya preferido elevar torres y cúpulas y bóvedas que cuestan fortunas y ayudan tanto a un feligrés como una rústica y sencilla capilla de buenas esteras y altar de palo. ¿O es que aún estamos en los tiempos en los que la Iglesia Católica debía erguirse por encima de cualquier otra creación humana, marcando esa diferencia con la vista de sus torres dominando al resto de una ciudad y de una sociedad? Pero el asunto en la zona del terremoto es más complejo que un tema tan opinable como el que estoy planteando, y voy a entrar a este por otro ángulo: el de los bienes patrimoniales del Perú y estas dichosas iglesias. La Catedral de Ica, que data del siglo XVIII, fue patrimonializada alguna vez aún cuando su principal valor es más histórico que arquitectónico, pues en este aspecto debido a los daños sufridos por antiguos terremotos, el templo había llegado al 15 de agosto de 2007 en una versión parchada entre manos y estilos que le habían ido quitando todo interés monumental. En realidad, su verdadero valor está en los documentos de su historia pues en ellos es posible leer detalles únicos acerca del poder de los jesuitas en el sur chico debido a las haciendas que poseían, y detalles únicos que nos ilustran sobre la expulsión de la Compañía de Jesús del Virreinato del Perú y de toda América. Y sin embargo, se ha invertido un mundo de dinero en hacer una reconstrucción de ese elefante amarillo en la que además no se ha puesto el menor criterio de innovación arquitectónica sino que a punta de ladrillo y concreto, el resultado que se nos muestra es el mismo que el templo lucía antes del sismo. Es decir, para los curas de Ica el terremoto no ocurrió, o si ocurrió, no fue sino la expresión de un malhumor divino que había que contrarrestar mediante una ofrenda, tal como ocurría en el Paleolítico. ¿Y la gente que no tiene casa o es estafada por los traficantes de terrenos? Que se jodan por humanos. Ya sigo y como dicen los españoles, espero a partir de este post un poco de tomate; es decir, salsa, insulto, descalificación: hace tiempo que nadie me trata mal y lo estoy echando de menos.
Gastón tiene clase, no hay nada que hacer. Clase es una cosa indefinible que consiste en impedir que las emociones personales lo desborden a uno al punto de contaminar el espacio de los congéneres. Llora con clase cierta gente cuando pierde un ser querido, en su velorio o entierro; llora queda, con lentes oscuros y sonríe con sutileza a quienes vienen a darle el pésame. Tiene clase quien responde a la ofensa o a la difamación con el silencio y le sobra clase al que demuestra que sabe perdonar aunque por dentro los deseos de venganza le estrujen la panza. Gastón tiene clase porque nunca se le mueve un pelo y no se le movió cuando, luego del asalto de que fue víctima con su familia y otros turistas entrando a la Reserva de Pacaya Samiria, declaró que eso le podía pasar a cualquiera y que había que pasar la página y seguir viajando. Al día siguiente de las declaraciones de Gastón el mismo crucero fue asaltado con veintitrés turistas y un poco más de violencia, como diciendo que medio Perú se zurra en la clase de Gastón. No sé con cuánta clase habrá reaccionado la gente de Nacional Geographic que fue asaltada en el hotel Don Agucho de Nasca: ciento cincuenta mil dólares en equipos y una oportunidad perdida para la difusión internacional de lugares como Cahuachi o Estaquería. Sumando estos asaltos a los sucesos de Bagua, las tomas de vía entre Cusco y Aguas Calientes, los accidentes de carretera y un par de cosillas más, el reporte de ingresos de turistas al Perú por el Jorge Chávez durante el mes de julio, da un descenso de 3.1 en relación al año pasado en el mismo mes. El quiñe es fuerte porque si se analizan los números con mayor detalle, estos revelan que los que a pesar de todo decidieron venir, turistearon en Cusco, el Valle y Machu Picchu. Pero cero más cero en la amazonía. Bagua y el Aqua acabaron con la selva más rápido que Alan García. Toda América muestra gravísimas cifras en cuanto a inseguridad ciudadana y nos llevan harta ventaja los invivibles México, Guatemala y Venezuela. Colombia había mejorado, Medellín incluso parecía haber sido recuperada pero han reaparecido hechos muy graves entre bandas de narcos y sicarios que hablan de un retroceso exponencial. Buenos Aires es la muerte calata, y la colonia peruana allá afincada ha puesto sus pinceladas en el paisaje. Las grandes ciudades del Brasil son alegres y coloridas versiones del infierno. Santiago de Chile se salva pero es tan aburrido que prefiero jugarme la vida en San Salvador y sus maras. Pero la estadística no me interesa, mal de muchos es pañuelo de estúpidos. Me detengo en lo que podría ser privativo del Perú en este escenario de balazos, matanzas, secuestros y decapitaciones. Que me fusilen los humalistas, reservistas, nacionalistas y fujimoristas, pero estoy convencido de que nuestra delincuencia más reciente, aquella que mata desmoralizando y violando y humillando, es un derivado natural de las tendencias políticas esgrimidas por el humalismo desde las calles y el Congreso, y heredadas del fujimorismo en el poder. Son los varios y plásticos rostros del antisistema. No sé qué piense el navegante pero cada vez que leo la noticia de un ataque de esos que impactan ferozmente a la imagen de nuestro país y traen como consecuencia la reducción del turismo o las inversiones, concluyo en que parte del foco del acto delincuencial tenía a ese también como objetivo: demoler, destruir y no solamente quitar. Lo de Gastón es muy claro. El líder que el Perú no conoce desde no sé cuándo, el hombre intachable que arrastra positivamente el consenso de cholo, chino, negro y blanco, el que cocina y genera escuelas y gana premios y suena en el mundo como una voz creativa a la altura de la calidad de nuestra culinaria tradicional, recibe su estátequieto: “si alguien se creyó el cuento de que Gastón era distinto, pues que aprenda: es peruano como todos y por tanto, está sujeto a lo que te puede pasar a ti”. El mal existe y tiene una base militar en terreno peruano.
Plácido Domingo ha declarado que le gusta mucho el fado pero a la vez, le tiene respeto; es decir, no se atreve aún a cantarlo. Curioso, uno de los más grandes tenores del mundo se amilana frente a esta expresión de la cultura popular portuguesa; pero yo hace menos de dos años estuve en una taberna en el barrio de Alfama en Lisboa, y vi y escuché cantar fados a cualquier vecino que quisiera hacerlo y compartir un vaso de vino corriente. Una anciana entró al local –minúsculo y viejísimo, lleno de olor a croquetas de bacalao- fue a una esquina, cruzó una mano sobre la otra delante de su vientre y apenas dio una indicación con la cabeza a los dos guitarristas del lugar: el que tocaba la guitarra portuguesa y el intérprete de la viola. El silencio era absoluto, se cortaba con tijera. A nadie se le ocurría meter bulla con los cubiertos y menos cruzar la sala. La vieja empezó a cantar, algo relacionado con una tal María. El fado era alegrón y rítmico, probablemente de Coimbra (no lo sé la verdad) pero en todo caso, muy distinto de la versión desgarrada y arrastrada que hasta ese momento yo venía escuchando como quien se imanta a una sustancia que ya no lo dejará libre más en su vida. Cantaba mal la mujer, con voz débil y quebrada y sin embargo, cantaba y nadie le perdía el respeto y en un estribillo se le fue sumando la cocinera desde las hornillas, otra mujer que servía platos y luego, todos los concurrentes. Si alguna vez estuve desanimado de todo, ese momento le dio vuelta a mi propia necedad, hay que vivir de lleno para dejar de lado el vacío. Hay que descubrir cómo lo popular puede engastarse en los sentimientos de todo el mundo mediante una emotividad conectada con la historia y la cultura. Como ocurre con los huaynos ayacuchanos o con ciertas piezas del criollismo costero. Un lisboeta me explicó un día que los portugueses a lo largo de su historia han vivido de espaldas a un territorio hostil, el español, y frente al gran Atlántico. Y que esa España imperial y pagada de sí misma los llevó a mirar al mar infinito como símbolo de su destino y de su ser. De los puertos portugueses salían los jóvenes, a guerrear, a descubrir, a conquistar. Desde siempre hasta las guerras coloniales de los sesenta y ochenta. Nadie sabía si habrían de regresar de esas causas bélicas que les eran ajenas a los muchachos del campo y de la pesca que eran reclutados para morir, en manos de ejércitos improvisados en el África, o en los territorios desconocidos de esas Indias que terminaron siendo nuestros países. Ese no saber qué habrá de pasar, ese destino incierto, ese hado, ese fado. Las mujeres en los puertos despedían a sus hijos, a sus maridos, a sus hermanos, a sus novios. Observando cómo los barcos se perdían en el horizonte, llegaban a la conclusión de que ya ellas sabían cómo terminan las cosas y que la felicidad es una excepción que dura minutos. Dicen que el fado surge como tal en el siglo XIX, desde esos lamentos susurrados en el borde de los muelles pero con el alimento de los ritmos y cantos que habían estado viniendo de los desiertos de los moros, de las sabanas africanas, de las selvas de la América. Como el flamenco pero sin esa España antipática y creída. Acá me detengo, voy a escribir un poco más sobre el fado, cansado de transmitir mi malhumor a los navegantes. Es que el fado es como una reconciliación con la tristeza y me devuelve a lo mismo pero con el rasgado y el punteo de la guitarra portuguesa que es más que un instrumento, un barco, para partir.
Me amoldo al enorme asiento del bus de dos pisos que en diez horas me dejará en Pacasmayo, donde tomaré un taxi de diez soles y diez minutos, hasta San Pedro de Lloc. Son las ocho de la noche, en Lima la llovizna dura ya demasiadas horas, hay quien dice que el quiñe que le hizo un meteorito a Saturno ha cambiado nuestro clima aún más que el calentamiento global; cuando se da esa explicación generalmente el tono revela en quien la enuncia el secreto de una venganza de la naturaleza. Hoy todo parece medio apocalíptico con una cortina helada de gotas diminutas ante la cara y no me puedo excluir de ese sentimiento. He dejado a toda mi familia tomando lonche en casa de mi hijo, cuantas veces pude abracé a mis nietas, que son tres y trillizas y sentí el olor a colonia endomingada y a vinagrillo de sus cabecitas, ya les tocaba el baño. Josefina me tendió los brazos a la hora que me despedí de ellas. Sus ojos dormidos. Me quedé de pronto completamente solo en el terminal de Cruz del Sur, con el olor de las niñitas en mi chompa gris, el terminal, un lugar limpio, ordenado, bien atendido, los buses salen a la hora exacta, la seguridad parece férrea. No es el país que yo conozco ni reconozco, o sí, eso ahora no interesa. Sino mis presentimientos. En la cabina de Internet del terminal estuve cerca de escribirle un mensaje a mi esposa en el que le habría dicho, “Pilar, lo que hago está mal, decirte que estoy lleno de malos augurios, quizás me mate en un accidente en este viaje, de pronto nos asaltan y me liquidan de un balazo o, sabe dios, en San Pedro de Lloc el atavismo de los cojones suicidas me marca la hora exacta y el lugar. Adiós”. I´m empty, I´m eaching but I don´t know why. Habría sido estúpido y cruel escribir ese mail, histérico, solo para alarmar a quien me quiere porque de presagios no vive nadie, un accidente, un asalto, un suicidio. No me ocurrirían solo a mí sino a una multitud de seres como yo, quizás huidizos, agónicos, desgastados. O también a la gente que dichosa, se embarca para ir a ver a la familia, total son Fiestas Patrias. Es que este viaje tiene una razón, fundante o final, como se la quiera ver. Mi amigo Jimmy Mejía ha construido sobre el garaje de su caserón sampedrano un pequeño departamento. Lo he financiado yo, con la idea de alquilárselo de manera perpetua. Es decir, en la tierra de mi padre voy a tener un lugar para mí, con puerta a la calle, con ventanales desde los que podré ver las torres de la iglesia, con kitchenette y baño con ducha eléctrica, y una cama (dura), una mesa para escribir, una cocinilla de dos hornillas a gas. De Lima me habré de llevar mis muebles de mimbre, tres piezas, que son la única herencia de mi familia paterna, aparte de un abrigo de lana, madrileño, que ahora ya parece ropa de clochard. Adoro esos dos sillones gráciles de color habano claro y la mesilla, cuadrada, perfecta. También cargaré con dos cruces de zafa casa que compré en el mercado de Abancay el año pasado. Un bonito grabado de Polanco, el Puente de los Suspiros de Barranco con la ermita incendiada en rojos sanguinolentos. Otro grabado, este de Dare, muy divertido, un collage que representa a un antropólogo europeo de levita y sombrero rodeado de nativas amazónicas desnudas. La vegetación selvática no es sino el pasto de un jardín limeño, ampliado fotográficamente, hasta con dientes de león florecidos. Trasladaré a mi casa de San Pedro un florero transparente, unos moldes para hornear suflés (tendré que comprar un hornillo), cubiertos, platos, vasos, servilletas de tela y un par de manteles de esos que bordó mi suegra cuando era niña, amarillitos, con guardillas y glicinias. Toallas, jabonera, piso para el baño, cuánta cosa. Pastillas para dormir, antidepresivos (los que tomo no los venden sino en Lima, es ridículo, yo viajo). Glucosamina para mi rodilla artrósica. ¿Y yo? Ya lo veré mañana cuando me ubique en el avance de mi departamentito y entienda las proporciones y los espacios. Y entonces estas ganas de llorar que en este momento me están arrinconando contra el asiento del bus, quizás se hayan disipado porque Jimmy tiene cuarenta canarios que cantan a la vez y habitan unas jaulas que están justo debajo de la que imagino será la ventana más grande de mi estudio. Y sí que aprecio el canto de los canarios y el cielo celestón de las mañanas liberteñas. ¿Y yo? Fundante, si consigo desenrollar y sentarme a escribir que ya es tarde para tantas cosas pero que aún eso vale decirlo y que otros se enteren y que lo lean en un libro que editaré y que será fuente de satisfacciones y de dolores, como cuando uno mira para adentro y pone las cosas en su lugar para que no se desordenen tanto ni duelan. Final, porque todo se evapora detrás de las puertas y las quinchas caen sobre la cabeza y asfixian a pesar de que uno quiere que no, que no se acabe, que todavía hay tela para cortar y que se puede recibir y hasta hay lágrimas que corren dulces si se sabe hacer el llanto. Virginia Woolf decía que el gran gato ya venía a jugar con ella como si ella fuera un ovillo, a destrozarla. El gran gato existe en los cuatro puntos cardinales y yo me voy al Norte, esta noche.
Son vainas, existe gente a la que es natural respetar así piense lo que piensa y vis a vis, la otra gente, la que no merece más que ser mirada un poquito desde lo alto a la espera de una reacción espuria, traicionera, de mal gusto, taimada. Puedo estar en total desacuerdo con una serie de ideas fundamentalistas de Mario Vargas Llosa pero el mérito de sobrellevarlas sin concesiones, con coherencia y de expresarlas en todos los aspectos de su vida pública, me obligan no solamente a respetarlo como persona y como intelectual sino a considerarlo como un referente obligado en mis reflexiones así sea para definirme por oposición. Yo nunca había conversado con el novelista arequipeño hasta hace unos meses, cuando tuve la oportunidad de entrevistarlo para Tiempo de Viaje, una edición dedicada a su Lima, a la de Los jefes, Los cachorros, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral. Vargas Llosa me recibió en su estudio de Barranco a las seis de la tarde. La conversación sobre una Lima que en los cincuenta y sesenta era un archipiélago de barrios que no se tocaban entre ellos porque la movilidad social era mínima, me ilustraba a la par que me hacía intervenir en ella con entusiasmo. Su visión de un centro de Lima cosmopolita y rico, cuando nuestra moneda era fuerte y las principales empresas internacionales casi de cualquier cosa tenían sus oficinas en La Colmena y alrededores y cómo ese momento coincide con Paco Moncloa, Salazar Bondy, Zsyzslo, Westhphalen, Blanca Varela y otros integrantes de una generación muy conectada con el Buenos Aires o el DF de esos tiempos, con el jazz flotando en las medianoches y la incomodidad existencialista entramada con la preocupación por el destino propio de un país que nunca lo fue ni lo iría a ser. Habla claro, Vargas Llosa, por eso sus ideas fluyen y están al alcance de cualquiera incluso para desbaratarlas y descartarlas por extremistas y blindadas. Pero son y ahí están y él no las niega y para rebatirlas hay que saber de qué se está hablando. Me hubiera gustado mucho espiar la reunión que hace poco sostuvieron en Madrid Vargas Llosa y Ollanta Humala. El Comandante, lo siento, pertenece a esa otra categoría de seres humanos, a la que se le mira desde arriba a la espera de un mordida a la mano que se le extiende. Es tan obvio Humala en su afán de acceder y de llegar. Es tan patética su manera de situarse con el culo en dos sillas porque habiendo tenido la oportunidad (casi gana las últimas elecciones presidenciales en Perú) no pudo, careció del talento para cuajar una doctrina, un cuerpo de principios y un liderazgo. Ahora quiere estar con Dios y con el Diablo y termina quedándose con una gavilla de cutreros mentirosos en la bancada nacionalista del Congreso, y con una manada de salvajes desadaptados sueltos en plaza, ahítos de resentimiento y de amargura, como es el caudal de reservistas con el que aporta su hermano Antauro a la refundación de la República. Vistas las cosas así, a veces me da lástima que Vargas Llosa, con ideas irritantemente cerradas, no tenga un contrapeso en la opinión pública que le llegue a los talones. Si Ollanta pretendió con esa cita de Madrid ponerse a la altura del escritor, terminó como su lacayo. Era para decirle, “te bajas que no vas, no te vistas que la fiesta no es para ti, ubícate”. Ollanta vuelve racista y excluyente al más demócrata; irrita con su treponería al mejor intencionado y con su cachacismo, delata el rechazo de los bienpensantes y tolerantes. Porque desde su pobrediablez promete la traición y la taima como respuesta política, el zarpazo, el chavismo y el recorte de todo lo que le moleste. Son incomparables Vargas Llosa y Humala, y se sentaron a hablar. Los sordos a veces hablan pero jamás se escuchan.
Juan Acevedo ha presentado en la FIL la edición aumentada de un libro gráfico que marca época en lo que a sátira social se refiere: Ciudad de los Reyes. Porque supera al panfleto siendo panfletario. Porque integra expresión y contenido en la mejor tradición de los dibujantes satíricos españoles de las finales de Franco y se empata por el mismo camino con los genios del Monos y Monadas original, Málaga Grenet y compañía, circa años veinte del siglo que pasó. Porque toma posición frente a una Lima que nunca se fue, y el hecho de que la mayoría de ilustraciones tengan una vigencia absoluta a casi treinta años después de haber sido realizadas, es solo una prueba de que la Lima estúpida, excluyente y atávica no ha desaparecido como le gustaría a Martín Tanaka sino que guarda un espacio importantísimo, quizás más cualitativo que cuantitativo pero con la piel renovada y las uñas afiladitas. Ante la publicación de este libro no puedo dejar de recordar los tiempos de Monos y Monadas, segunda etapa, menos por un prurito nostálgico que por la constatación de que el humor y la irreverencia que practicábamos al alimón con nuestros lectores en esos tiempos, es algo que se ha extinguido a partir de la mediocre década de los ochentas y con el advenimiento de esa coronación de la estulticia que es lo políticamente correcto. Cuando yo leo un titular de la agencia de noticias oficial del Vaticano donde dice: “Su Santidad se está acostumbrando a dormir con una muñeca enyesada” (resulta que don Benedicto se fracturó esa parte del cuerpo… ¡tenía cuerpo!... y le pusieron férula), no puedo dejar de pensar en lo que habrían interpretado del enunciado el mismo Juan, o Carlín (¡dios!), o Dare, o Lorenzo o Alonsito Núñez, quizás para una carátula que seguramente habría merecido los peores refunfuños de una iglesia que no era lo fascista que es hoy, pero también tenía que cuidar su imagen. Una imagen que nos importaba un cuerno, ciertamente. Como dos cuernos nos importaba la imagen del gobierno militar, que nos dio carátulas memorables como Paro General, ¿Golpeo o robo? O la que casi desquicia a Morales Bermúdez cuando apareció –dibujado por Lalo Morel- caracterizado como Miguel Grau (esa edición aparecía el 8 de octubre), con un garrafón de pisco debajo del brazo y un titular de este calibre: Caballero de los bares. El entonces presidente/dictadorzuelo de Morales Bermúdez mostró esa primera plana ante las agencias de noticias internacionales en rueda, para demostrar que en el Perú la libertad de prensa no se tocaba ni con el pétalo de una rosa. Se me hace impensable un humor como el de esos tiempos, fines de los setentas, hasta Belaunde, en nuestros idiotas aburridos días. Hoy todo aquel que se siente crítico o satírico, tiene que apelar a una gran idea para sustentar su humor: la denuncia del racismo, las violaciones a los derechos humanos, al estilo chavista, la homofobia, la misoginia y sabe dios cuál otro gran pilar de la sabiduría de las buenas ideas post yuppismo. Me aburre todo eso como la puta madre. Los lavados de bandera. Los plantones. Las performances. Las embasuradas. Las instalaciones, los foros, las plataformas de bloggers, los twitters vicariantes.. Contenidistas, sometidos a sistemas de pensamiento porque si no los tienen se caen. Y sobre todo, borregos de la opinión ajena. Eso es lo más grave. De ahí que haya tanta intolerancia y agresividad desubicada en la correspondencia bloguera. Es que nadie aguanta la libertad del otro, como en una religión de fundamento. El talento de los humoristas mencionados, a los que habría que añadir a Toño Cisneros, a Yerovi, a Lucho Freire, a León y a una lista un tanto más larga si consideramos otras publicaciones de la época, se cimentaba en la obligación de ser fieles únicamente a nosotros mismos. Por ahí nos agarraban las veleidades izquierdizantes y las expresábamos. Pero no como los zapatos de hierro que nos impedían escribir o dibujar ciertas cosas. A mí lo que más me alarma es ver cómo gente de esa generación y que incluso militó activa o pasivamente en esa maravillosa iconoclasia, hoy ha madurado y se ha vuelto burro solemne, como lo habría calificado el gran Jacques Prevert, otro cronopio de los grandes. Me refiero a los que votan por el mal menor, que cuidan su lenguaje para no herir susceptibilidades, que vigilan la coherencia propia y ajena, que se expresan en general en un tono bajo, medio e inocuo; que van a comiditas limeñas a referirse a todo sin tocar nada y se aburren y me aburren y nos aburren y nada enseñan a las siguientes generaciones sobre lo que sí supieron y supimos hacer sin límites: romper. Ahora todo el mundo anda con un objeto de plástico irrompible o con un tubito de Soldimix en el bolsillo.
Estoy desde hace dos días en Jauja por una de esas razones que hacen de mi vida una mezcla de vacaciones, trabajo durísimo y pasmo ante la irrealidad de mi propia vida profesional. No venía a Jauja desde hace años y la he encontrado muy caótica, achichada y podría decir que hasta hostil. En la ciudad, pequeña –no sé cuántos habitantes tenga, la verdad- circulan mil quinientas moto taxis agresivas y bullangueras, cuesta un Sol la carrera de cualquier sitio a cualquier sitio. La cultura chicha ha explosionado en la plaza de armas, en las calles estrechas y en los bulevares provincianísimos que se construyó para sí misma la pequeñísima burguesía acomodada de inicios del siglo XX, que acá hizo dinero gracias a un buen momento comercial y a la cantidad de tísicos que venían a hacer turismo de sanación. De ese entonces quedan en pie el hospital Olavegoya, algunos edificios públicos y una buena cantidad de casonas muy bien hechas, cómodas y elegantes, afrancesadas, en un estilo que se replica en ciertas construcciones ahora en ruinas, que eran obviamente grandes tiendas de abarrotes, o ultramarinos, como se dice en las novelas de estilo. El maltrato a la ciudad, los basurales en las afueras, la bulla, la tala de los bosques de aliso en las quebradas próximas, para la leña, esa vocación por arrasar con los bosques. Hoy pensaba que hace mucho tiempo dejé de sentir compasión por la llamada gente pobre. Yo no sé si los pobres siempre fueron así, individualistas y depredadores como somos los no pobres, pero ahora los veo así: igual de rapaces a cualquier otro ser humano, sin límites a la hora de agenciarse algún beneficio material, inescrupulosos y mendaces si hay que ganarse alguito. A la vez, personas que manejan sus afectos, sus relaciones familiares, sus amistades, con coherencia y con afán de perdurarse a través de estos. Pero en esencia dominan el escepticismo y la sonrisa cachacienta y hasta la violencia potencial ante cualquier obstáculo que recorte la posibilidad de acercarse a la consecución de algo en el menor tiempo posible. Por supuesto, esto no es monopolio de Jauja y tampoco tengo derecho a sacar conclusiones de una estadía tan breve. Estoy hablando de lo que siento en mis viajes por todo el Perú a lo largo de una década. En diez años, creo, las cosas han cambiado tanto que ahora me resulta muy difícil identificar en otros –en los pobres también- la defensa de alguna buena razón para vivir en un determinado lugar. Ya sea la protección de la naturaleza, o de algún valor cultural o de alguna práctica sana y saludable a favor de la Tierra y los demás. Estoy seguro que nuestros políticos nos enseñan a diario que la vida es una mierda por exprimir. Que pensar con pensamientos grandes es estúpido. Que las ideas de cambio, de armonía, de hermandad, de horizonte son pavadas de caviar. Esos mensajes han calado rápido y hondo. No sé si son las enseñanzas de nuestros líderes políticos o si ellos nos representan porque así somos. O las dos cosas: la dialéctica existe y es eso. ¡Qué tal parrafada, dios! Es que ayer, en una calle blanca jaujina, una moto taxi casi me atropella y el chofer, un jovencito mal encarado, me tocó la bocina con mucha virulencia y me gritó gringo zonzo. En fin, así será.
Cuando amanecí en un hotel del siglo XIX en Estocolmo sentí que pisaba por primera vez el Reino del Silencio. Había viajado por más de 48 horas desde Lima en unas escalas malditas que no me dieron tiempo para descansar de verdad ni en Caracas ni en Madrid, era 1991 y no sé porqué los vuelos hacían tantas escalas. Había bebido mucho durante el viaje, no encontré otra forma de soportarlo, de manera que mi despertar en el viejo hotel del centro de Estocolmo fue con resaca y con olvido: directamente no sabía dónde estaba. La ventana más grande de mi habitación dejaba entrar una luz blancuzca y helada, en octubre Suecia ya es invernal, blancuzca y helada. El silencio se escuchaba como con amplificador y en medio de sus ráfagas yo conseguía detectar otros sonidos; mejor, ruidos. Levísimos contactos de cucharillas de plata contra piezas de porcelana, roces de la mantequilla desplegándose sobre la miga tierna de un brioche. Me moría de hambre, volé a la ventana. Daba a un gran patio techado con cristal que había sido transformado en cafetería y era la hora del desayuno. El espacio estaba repleto de gente y sin embargo los únicos ruidos que los huéspedes emitían eran los de la manequilla y la porcelana. Adoré de inmediato esa experiencia, tan nueva para una persona que dos días antes había dejado un territorio como el peruano, como cualquier otro territorio subdesarrollado, donde la gente para sentirse viva necesita llenar el aire de ruido humano del más bajo calibre: alarmas de autos, tubos de escape, musicanga barata e insensata. Para verificar que lo que estaba sintiendo no era solo cosa del hotel sino rasgo nacional, encendí el televisor y sintonicé un noticiero local. Aluciné, no entendía nada. En un set, igual que acá y en todas partes, un par de conductores leían las noticias pero con voces muy suaves y carentes de entonación. Luego se pasaba a los reportajes. Estos podían durar, fácilmente, veinte minutos. No estaban editados, se emitían en el tiempo real del registro de los hechos, como en la tragedia griega. Tampoco llevaban música y menos, recreaciones. Más tarde, preguntando, me enteré de que la ley sueca protegía (no sé si hasta hoy) al ciudadano de toda manipulación por parte de los medios masivos de comunicación. Así, estaba reglamentado que los informes sobre hechos ocurridos no pasaran por edición en el entendido –correcto ciertamente- de que el montaje implica un sesgo por parte del emisor. Por otro lado, la música estaba prohibida como acompañamiento de las imágenes, sobre la base del mismo principio: ningún elemento manejado por el emisor podía trastornar la verdad del reportaje, y la verdad no tiene música, es desnuda y está hecha para que cada quien saque sus propias conclusiones. Igualmente, las recreaciones eran impensables. ¿Qué es eso de endilgarle al televidente una representación de los hechos según la interpretación de un periodista? ¿Qué corona tiene el periodista para que le demos ese derecho? Por supuesto, era la televisión más soporífera del planeta. Pero la más objetiva y quizás, la menos estupidizante. Suecia cambió mucho, la derecha –como en toda Europa- ganó poder en los noventa y llegó para quedarse, el Estado de bienestar exigió que se limitaran muchísimo las oportunidades que el país desde siempre había ofrecido a desplazados y asilados políticos. Basta leer las maravillosas novelas de Henning Mankell o de Stieg Larsson para descubrir cómo el maldito mundo real ha permeado a la sociedad sueca al punto de que esta viene sufriendo dramas impensados hace no más de una década: xenofobia, drogadicción, racismo, maltrato intrafamiliar, abandono de ancianos. La proximidad sueca con los países bálticos, donde las mafias post-caída-del-muro tienen sus mejores cuarteles, ha contaminado a un país como Suecia que siempre, por su decencia, parecía componer un paraíso en la Tierra. Pero no he escrito todo esto para analizar qué ha pasado con Suecia sino para que el navegante haga el ejercicio mental de imaginar cómo sería un reportaje en cualquier programa dominical nuestro sobre Marco Antonio y Glenni, siguiendo las reglas de la televisión sueca de ese entonces: sin editar, sin música, sin recreaciones. Con seguridad que el crimen no habría ocurrido.
Mi primo Christian Arbaiza me había enviado por e mail hace unos meses la reseña biográfica de un antepasado común, el vasco Enrique Dupuy nacido en 1835. Recién hoy, limpiando correspondencia, me detuve en este mensaje y leí con detenimiento su contenido. La historia del migrante Dupuy, algo así como un tatarabuelo mío, tiene de apasionante lo que cualquier historia humana tiene de apasionante: lo sagrado y lo profano. Lo sagrado es esa ciudad de Labort en la provincia vasco francesa de Bayonne donde nace Dupuy. Napoleónica, marina y rocosa, gótica y helada, ahuyentó a Dupuy en alianza con un padre que lo quiso meter a militar. Muy joven llega a Lima como comerciante y extiende sus labores a Tarapacá y al norte de Chile. Así, haciendo negocios, llega como administrador de la hacienda Faclo Grande ubicada en San Pedro de Lloc y allí empieza su relación familiar con lo que de mi familia ya existía, un de la Fuente Moreyra con el que entabla una profunda amistad y una Juana Elisa Goyburu, su futura e inmediata esposa. Lo sagrado es una ciudad como Pacasmayo que tenía un malecón cubierto con listones de madera en vez de veredas de cemento, una importante capacidad exportadora de tabaco y una reducidísima población; mientras que San Pedro de Lloc, lorquiana ciudad de solares enormes, de portones cerrados hechos de cuero, de mujeres vestidas de negro que iban de madrugada a escuchar la misa en el templo agustino de factura renacentista, esa ciudad imaginada a la vez por Rulfo y García Márquez, tenía una población muy grande, solo que invisible, salvo los aguateros en burro, las tamaleras o las beatas enfardeladas en gasa de color entierro. Lo profano: hacer negocios, urbanizar, enfrentar a las tropas chilenas durante la ocupación, negociar consulados norteamericanos y europeos para establecer algún régimen de protección contra el invasor, o poder pagar cupos menores. Lo profano, las ciénagas de Pacasmayo, las calles llenas de ratas, el cementerio podrido. Entre lo sagrado y lo profano, los suicidios escritos en los rostros. Ricardo Dupuy, por espiritista enloquecido. Enrique León de la Quintana, mi abuelo paterno, por desengañado de la vida y por haberse metido antes del balazo, una inmensa mentira autodestructiva. Es curioso, mientras voy leyendo el texto redactado de manera impecable por mi primo con ayuda de su hermano Felipe, comienzo a sentir una inquietud interior no del todo desconocida. El navegante pensará que qué diablos le importa esto y bueno, si es así que no siga, que pase la página y me deje en paz, porque yo sí quiero escribir sobre esta inquietud que me hace salivar y me reseca la garganta. ¿Qué pasa? Creo que sé lo que pasa. Esta historia en el relato de Christian y Felipe comienza en 1835, apenas catorce años después de haberse proclamado la independencia del Perú, a muy poco tiempo de haber sido colonia española. Luego, los nombres y apellidos: Cayetano, Valdemaro, Enrique, Ricardo, Abelardo, Nicanor, Mateo, Elisa, Julia, Marisabel, Elena, Pepa, María, Carmen, José del Carmen, Rafael. Los apellidos, Goyburu, Dupuy, de la Fuente, Rázuri, León, Salcedo, Rojas, Mendoza, Montenegro, Ruiz. Identidades que se han ido repitiendo a lo largo de los años y que me han alcanzado en las imágenes de tías adoradas, tíos severos, tíos de cariño casquivanos y tías abuela avaras y roñosas. Los rostros, los nombres, los apodos, las tardes adormecidas en poltronas balanceándose sobre el piso picado de la galería de cualquier caserón con patio ajardinado al centro y pajarera de malla dentro de la que dormitan tordos atontados por el calor y chiscos desplumados. Y de pronto, me descubro, a mí, jugando en esa tarde calcinada con los gallos de pelea enjaulados en la casa de Irene Guanilo, una de las cocineras de mi abuela que vive al costado de nuestra inmensa casona de inicios de la República, esquinada. Es decir, yo soy parte de ese pasado ya. Hace cincuenta años. O para decirlo con mayor contundencia: formo parte de la historia de Enrique Dupuy más que de la historia de Alan García, de Abencia Mesa, de la Chola Chabuca y de Marco Antonio, el estilista. Llevo viviendo más tiempo muerto del que está vivo, más de dos tercios de mi historia componen un pretérito un tanto remoto pero aún vigente en el San Pedro de Lloc de hoy, donde he estado hace un par de meses en la mesa de don Marco, un curandero de ojos que no pestañean y vozarrón de río desbocado. Cuidado, no es cosa de contar años y darse cuenta de que son muchos, eso es fácil y lo puede hacer cualquiera. Me refiero a integrar dos tiempos incompatibles, que no cuajan en la noción de presente: el pasado remoto y el pasado hecho presente sin que lo sea, porque el presente no existe. Entre el nacimiento de Enrique Dupuy y el café que me estoy tomando en este momento median 174 años y yo acá, con el aroma del café, aspiro el polvo del salón de mi abuela donde un piano alemán se deja picar el clavijero y un suicida espera la hora exacta para darse el balazo, las seis de la tarde, la seis de la tarde en San Pedro de Lloc y acá, en el Miraflores de Larcomar y la 73.
No Entiendo, No Sé Si Estoy De Acuerdo, No Sé Nada
Cosas que no entiendo. Que me agarran viejo y flojo de pensamiento. A ver. Crímenes espantosos los de Alicia Delgado y Marco Antonio Gallegos. Asesinatos muy crueles que se hacen más crueles cuando se amplifican en unos medios de comunicación que parecerían diseñados a la medida de los cuchillazos y estrangulamientos que decidieron sobre la vida de dos personas muy conocidas en la cultura popular peruana: Chollywood. En común, algo que Beto Ortiz de manera muy lúcida ha analizado en su programa tanto como en sus columnas de Perú 21. Me refiero al poso homofóbico que late detrás del crimen tanto como en las bambalinas del discurso público. No puedo sino estar de acuerdo con lo que Beto, la gente del MOHL y otros líderes de opinión han planteado al respecto. Pero a la vez, no entiendo. No entiendo este tema de la violencia de género. Es decir, sí lo entiendo pero no lo compagino. Creo que ya van más de quinientas las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, en México, a lo largo de una década de horror, mujeres pobres, maquilas, y todo parece indicar que sus muertes responden a un ritual de machos narcos que consiste en asesinar a una para ascender en la escala de poder de la mafia respectiva. Todas son mujeres. Como mujeres son las víctimas de una violencia doméstica en España que se ensaña brutalmente contra la debilidad, la pasividad y el sometimiento tradicionales de la latina en su rol convencional. El tema del llamado feminicidio crece en el mundo, como delito y como consciencia, una dura paradoja. Pero no entiendo. No entiendo la razón por la cual habría que segmentar los asesinatos de mujeres y de gays y analizarlos, prevenirlos y combatirlos desde la perspectiva específica de los géneros correspondientes. El crimen es el crimen. Desde luego, es necesario conocer las condiciones contextuales de cada caso y abstraer conclusiones. Vistas las cosas así aparecerán el machismo y la homofobia como actitudes nada impredecibles detrás de unos y otros casos. Pero no entiendo y sobre todo, no sé para qué sirve eso. Y además, veo que estos sesgos dejan fuera a la masa mayor de asesinados de manera criminal: los hombres heterosexuales. Asaltados y muertos, si son taxistas. Asaltados y acuchillados si son obreros de turno de amanecida. Baleados con bala perdida si les toca estar cerca de una juerga de barra brava. Envenenados por putas peperas. Matados por rivales de amor, por parejas celosas, por hijos o nietos drogadictos que ya no les pueden sacar más plata. Por policías borrachos. Por microbuseros fumados y omnipotentes. Por militares en Estado de Sitio. Por compañeros de prisión en batallas de gremio. Por ajustes de cuentas. Por error. Por lo que fuese, a los hombres heterosexuales se les mata como moscas por razones que explican mil y una variables sociales y culturales a la que nadie presta atención como rasgo específico de género. ¿Y quiénes los subsidian ideológicamente? En cambio, el asesinato de mujeres y de gays sí recibe ese reconocimiento que al menos le da una reivindicación ante la sociedad y un ángulo de interpretación pública que llama al alerta y a la solidaridad y la consciencia. Pero, ¿y los pepeados, acuchillados, baleados, atropellados, cuyo único delito original fue haber nacido varones? Varones, en un momento en el que nuestra condición de género está muy devaluada y conforma una especie de telón de fondo contra el cual se definen estas nuevas identidades privilegiadas por la revisión cultural posmoderna, posfeminista y pos cualquier cosa. No entiendo porque la perspectiva de género aplicada al crimen, específicamente al asesinato, lo que produce en nuestro medio es básicamente escándalo, confusión y bulla. Y a la vejez creo que el no escándalo, el relativo silencio, la pausa y la discreción son las mejores bases para comprender esto y cualquier otra cosa, salvo mejor opinión. Que la espero.
Muy bien. Estuve en Puno en los días previos al Paro Nacional convocado por la CGTP. Cubría para la televisión dos proyectos de comunidades campesinas orientados a recibir turistas y así complementar los escasos ingresos que estas obtienen mediante las actividades tradicionales de la agricultura, la ganadería y la pesca en el lago. Gente esforzada que despliega el sentido comercial más o menos proverbial del hombre altiplánico en propuestas de lo que se llama turismo vivencial comunitario bastante bien estructuradas, y encima exitosas. Por ejemplo, una de estas comunidades, la de Luquina Chico en la península de Chuchito, en menos de dos años de operaciones ya ha recibido a más de dos mil viajeros, personas sensibles y cultas del hemisferio norte, que pagan – y pagan bien- por conocer de cerca la forma de vida de los campesinos andinos, compartir experiencias con ellos y entablar relaciones que se cultivan mediante correspondencia postal y por supuesto, recomendaciones a amistades para que repitan la ruta, y así hacer crecer un mercado sumamente promisorio para el turismo en el Perú. Claro, la inminencia del paro produjo que los grupos que habían hecho sus reservas para quedarse en esas comunidades por estos días, cancelaran y decidieran pasar de frente a Bolivia. No iba a arriesgarse a tener que quedarse tres días botados en Puno, en condiciones de caos y violencia. Yo observaba y deducía cosas. Trataré de explicarme lo mejor posible para no ser malentendido. Desde hace décadas los analistas de los problemas peruanos, sobre todo los académicos de la izquierda, sostienen que estas dificultades que traban la gobernabilidad y prometen un futuro cada vez más difícil, se originan en la ausencia de Estado. Esta falencia determina que la demanda social insatisfecha se oriente de manera primero reivindicativa y luego, violenta. Como no hay partidos políticos que la canalicen, y como los gobiernos no tienen capacidad para satisfacerla, viene la movilización y sigue el enfrentamiento directo. Pero la base, según estos analistas, hay que buscarla en algo que la población desea, necesita y reclama y que nadie atiende: salud, educación, servicios básicos, justicia, institucionalidad. No lo sé: si volvemos a lo que yo iba viendo en Puno, mis amigos analistas de izquierda tendrían que abrir bien los ojos y ponerse palitos de fósforos en los párpados para no enceguecer. Creo, precisamente, que lo que ese magisterio, los tranportistas y los mineros informales –las principales bases del paro- lo que menos quieren es que haya Estado. Son los defensores del statu quo más recalcitrantes y reaccionarios. No exigen servicios ni educación ni salud ni justicia ni instituciones. Los maestros presionan para que no haya una normatividad que mejore su calificación y produzca cambios en los cuadros del magisterio, que romperían con las actuales estructuras de poder. Los transportistas –ya lo trabajé en otro post- no están dispuestos a conceder a que ningún reglamento les recorte su libertad de seguir actuando sobre las pistas como mejor les convenga, en una versión grotesca del capitalismo salvaje que deja muertos y heridos de los que nadie se hace cargo. Los mineros informales lo último que desean es la formalización. Para ellos la esencia de su actividad es el ejercicio individual, anónimo, inmediatista de la extracción de oro, sin registro, sin planilla, sin seguridad social, sin tributación. Mayor o menor de edad, voy a la mina, me saco el alma extrayendo oro, salgo, me pagan, me voy a la chingana a chupar y termino con una puta en el burdel de Ananea. ¿Son estas bases las que rememoran y celebran el paro que en 1979 remeció el gobierno de Morales Bemúdez? ¿Es este el proletariado que demanda la revocatoria de Alan García? ¿Son estas masas las que pretenden refundar la República y diseñar una visión de poder basada en la democracia directa? Quedan las preguntas en el aire esperando respuesta. Yo tengo la impresión de que la aparición súbita del caso de Abencia Mesa en el imaginario de la gente tiene que ver con el fracaso del paro en tanto esta movilización no tenía mayor sustento que el interés de grupos específicos y aislados por mantenerse al margen del sistema. Cualquier cosa iba a hacer fracasar la medida porque no estaba enraizada en ninguna argumentación reivindicativa, democrática, justa, comprensible. Lumpen, es lo que hay. Lo lamento, soy el primero en hacerlo, porque creo que el gobierno de García es una derrota nacional. Pero no hay contrapeso y que nadie me diga que la protesta barraconera es el balance que nuestro país realmente necesita. Opiniones.
Es difícil siquiera de ver, mucho más de entender y muchísimo más, de comprender. Hablo de la acumulación de fuerzas para sacar adelante un paro nacional de tres días en un país donde los partidos políticos no juegan en el tablero, los frentes de defensa tampoco influyen mucho y la entidad que convoca, la CGTP, opera como la entidad burocrática que se necesita para detener el país dentro de los márgenes que la legislación supuestamente permite. Me he enredado un poco, yo lo único que quería era contar lo que he visto en Puno ayer, 6 de julio, cuando he tenido que escapar de la ciudad siete horas antes de la partida de mi vuelo a Lima, ante el riesgo de quedarme varado porque la toma de la carretera de Juliaca a Puno y del aeropuerto mismo, estaba cantada como un adelanto de lo que luego sería el paro mismo. Puno es, en mi opinión, el lugar que resume la informalidad delincuencial que define gran parte de la economía en el Perú. Ojo, ya no hablo solo de informal, añado delincuencial porque no se trata ya solamente de desarrollar prácticas fuera del sistema sino de asegurarse mediante la violencia, su estabilidad e impunidad. Al lado de actividades productivas de mínima escala como la agricultura de minifundio, la pesca, la ganadería de corralito y ahora la crianza de truchas y el turismo, una gigantesca masa de sistemas productivos fuera de la ley componen el escenario de la poderosa economía quechua y aymara de la región. El contrabando sostiene el abundante comercio local, mueve fortunas y paraliza dos días a la semana la carretera Huancané – Juliaca mediante la llamada “culebra”, una hilera de cincuenta, ochenta, cien camiones repletos de contrabando que vienen de Bolivia y van a Juliaca. Los camiones circulan precedidos de vehículos ligeros llamados “liebres”, que les van abriendo camino. Nadie se mete con la culebra en gran medida porque va acompañada por gente armada con metralletas y AKM; pero además, porque la cantidad de familias que viven de eso compone una parte considerable del PBI puneño y encima, porque se ha investigado que un policía destinado a vigilar esa carretera, merced a la culebra aumenta su sueldo en un promedio de 1500 soles al mes.. El tráfico de drogas no es tímido tampoco en Puno. El poblado de Cachipucara, por ejemplo, situado al sur de la capital, es una zona liberada íntegramente, ocupada por familias que lavan pasta y cocinan coca. Ahí no entra la policía ni ningún foráneo, es simplemente otro país con su propio puesto de migraciones. El que no se le somete, muere. La minería informal, centrada en la zona de Ananea y específicamente en La Rinconada, ha creado un mundo aparte donde no hay ley ni respeto por la vida ni el menor cuidado en cuanto a calidad de la existencia. Miles de mineros, niños, adolescentes, jóvenes y gente que no pasa los 45 años porque se mueren ahí, sacan mineral de veta en unos socavones situados a 5000 msnm en plena nieve, y lo procesan hasta extraer oro en buenas cantidades. Lo que se obtiene se gasta de inmediato, Ananea debe ser uno de los lugares donde más cerveza se vende en el Perú. Y donde más putas per capita trabajan en el Perú. Los cerros de basura acumulada, el caos de muladar, la extrema violencia que rige las relaciones entre la gente, la brutal contaminación ambiental que baja por los ríos hacia Puno, han vuelto a este lugar una sucursal del infierno. Los transportistas de Puno no son tampoco los ángeles de Charly. El día de mi llegada –el 3 de julio- dos buses chocaron frente a frente en la carretera a Moquegua y murieron 27 personas, a la vez que una combi atropellaba hasta matar a un ciclista argentino que recorría Latinoamérica sobre dos pedales. Muy bien, el día de ayer veinte mil mineros informales bajaron en contados doscientos camiones y buses a la ciudad de Puno y se concentraron en la Plaza de Armas. En realidad, tomaron la ciudad. Se desplazaron desde La Rinconada para participar en el paro nacional de la GCTP: no quieren que se los formalice y argumentan que de hacerlo, el gobierno concesionará sus minas a las transnacionales. Los transportistas paran el 8 y el 9. Un chofer de combi turística me dijo, “¿porqué será, caballero, que los peruanos manejamos tan mal? Pero eso sí, no vamos a aceptar un reglamento que lo único que busca es subirle el sueldo a la policía a nuestras costas”. Es decir, paran contra los reglamentos de tránsito en discusión. El magisterio puneño es uno de los más infiltrados por lo que queda de Sendero Luminoso, eso lo sabe y lo comenta cualquier puneño con ganas de hablar. Y los que más conocen el fenómeno, sostienen que esa infiltración viene de una célula senderista de Sicuani que nunca llegó a desactivarse y que se extiende de manera exponencial por el sur andino, con especial foco en Puno. Seguimos.
Más carne para los que me acusan de ser un aristócrata miraflorino. Pero es que hay algo que no entiendo en esta euforia por que todo sea democrático que tanto se defiende en los canales virtuales de comunicación. Eso que no entiendo es la presión tiránica para que todo el mundo adopte una sola forma de pensamiento, en el entendido de que así se combaten el racismo, la exclusión, la homofobia y el largo etcétera de taras que se están haciendo más visibles a medida que las fronteras del universo se caen y todos podemos opinar y saber y argumentar. No estoy de acuerdo y no lo estoy porque asesinaron a Alicia Delgado y el escándalo que se ha desatado me ha permitido atisbar el tipo de música y de espectáculo que estas princesas del folclore practican. Desde afuera, desde mi posición, tengo la impresión de que se trata de un fenómeno musical y de entretenimiento basado mucho más en la emotividad que en la calidad. Todas las cantantes lo hacen igual, las voces son bien bajetonas, las letras bastante elementales y los pasitos de baile no significan nada, al menos para mí. Y es que tampoco me siento obligado a torcer mis gustos de una manera tal que deba valorar esas expresiones de cultura popular. Lo siento, no me gustan, no me representan nada y me agota eso de andar por la vida haciendo interpretaciones antropológicas de todo, suplantando el disfrute estético por la investigación de campo. Eso no es aristocracia, fronterizo navegante que así opinó, es simplemente la exigencia de respeto a la que todo ser humano tiene derecho, respeto para que nadie lo lleve ideológicamente de las narices hacia el terreno de la corrección. Se murió Alicia Delgado, pero a los pocos días se murió Pina Bausch y ahí sí tengo mucha pena porque con esta maravillosa bailarina y coreógrafa se ha ido un intento universal por hacer arte. Yo la vi danzar hace unos veinte años o más, en Madrid, con los bailarines de su célebre compañía, Wuppertal. Hacía unas mezclas llenas de libertad entre el tango y la disonante canción de café concert de Kurt Weil. Puso esa noche fragmentos de Café Müller, de Danzón, de Palermo Palermo. La onda de su figura diminuta y perfecta hacía un viaje por toda la ruta recorrida por occidente desde que se abrió el siglo XX. Los ritmos de la calle de la gran ciudad se expresaban en cada movimiento de sus manos y brazos mientras que la urgencia de la intimidad hablaba en sus pies, en su pelvis, en sus caderas. Pocas veces he sentido en un espectáculo lo que pude desplegar dentro de mí esa noche. Quizás cuando escuché a Piazzolla en vivo, o a Máximo Damián, o a García Zárate, o a Angelo Branduardi, o a Alicia Maguiña, que es extraordinaria. Pina Bausch hizo cine, con Win Wender, con Almodóvar: ligas mayores. Hace una semana le detectaron un cáncer que la mató en cinco días. El anuncio de su desaparición no ocupó ni un octavo de página en el diario que mejor informa en el Perú sobre cultura nacional e internacional. En cambio, Alicia y Abencia, en el mismo diario, vienen ocupando los titulares de primera plana desde hace por lo menos cuatro días. Cada quien vale lo que vale en este mundo, y eso lo sabe uno y lo sabe también su entorno. Si además se es figura pública, hay una natural segmentación por gustos, simpatías y antipatías. Sería ridículo comprar a Abencia Meza con Pina Bausch, no es lo que estoy haciendo. Pero que nadie venga a imponerme el gusto por lo que sea en nombre de la democracia y la inclusión, basta de demagogia barata, ¿no es cierto, navegante?
Se les dijo salvajes, retrógradas, enemigos del desarrollo y la modernidad, no calificados como ciudadanos de primera categoría. El entorno ideológico puso las condiciones para que se pudiera expresar una visión de ese calibre desde el nivel más elevado del poder político. La presidencia de la República. Y una vez que lo lanzó Alan García, agarró legitimidad para que cierta prensa acogiera ese discurso al punto de que en esa misma prensa es que se multiplican las ideas de García como en una metástasis descocada: el domingo pasado fue en Expreso. Pero no voy a eso, ya se habló bastante sobre la tozudez presidencial y sobre la esquizofrenia entre un Presidente que quiere matar y ver conspiraciones hasta al costado de su bacinilla y un Premier que vuelto un Cristo de chacra, va pregonando la paz con una faltriquera tan generosa como vacía. Voy a otra cosa. Los transportistas. Estoy convencido de que encarnan a lo más odiado y despreciado de nuestra sociedad, al menos en su versión cotidiana y corriente. El usuario de la combi y el Tico sabe que se pone en manos de un asesino que puede decidir sobre su vida y su muerte. Por una extraña complicidad derivada de la pobreza, del hábito de la falta de respeto y de la sobre vivencia, el pasajero calla y otorga. No protesta cuando el chofer se pasa las luces rojas o hace maniobras temerarias. Es que también al pasajero le conviene que la combi haga lo que le da la gana porque así él camina menos, con levantar el brazo ya tiene un sitio, de mierda, arriesgado, potencialmente mortal pero tiene un sitio que le va a costar una miseria. En la combi recibe maltrato, es sujeto de la total arbitrariedad de un sistema primitivo y discrecional al punto que si la ruta que el chofer está haciendo deja de resultarle rentable, pues la detiene y el pasajero debe bajarse. Y pagar, por supuesto. Ya estamos habituados a enterarnos de cuántas papeletas impagas tenía el chofer que asesinó a un peatón o que se empotró contra una fachada, acabando con la vida de equis. Muy bien. Se intenta un reglamento que contiene un criterio de orden y las sanciones respectivas. Los transportistas deciden hacer un paro nacional, lo llevan a cabo con gran violencia y es seguro que conseguirán lo que quieren. Pero la pregunta de fondo es, ¿qué quieren los transportistas? La respuesta de fondo es, quieren el orden establecido, si es que se puede llamar orden a las condiciones actuales del transporte público. Que nadie los toque ni los vigile, que ninguna norma ni sanción afecte esa libertad absoluta de la que goza una combi en una calle. Patente de pirata para transitar por donde le salga del forro, recogiendo y dejando pasajeros ahí donde hay un espacio libre, insultando, agrediendo, apestando, porque encima, apestan a pezuña, a pasta básica, a fundillos. Los transportistas desean que nada cambie, que las cifras de muertos no disminuyan si es que eso es necesario para seguir trabajando como ahora lo hacen. La noche anterior al día del paro entrevistaban en la televisión a los dirigentes del gremio, dijeron cosas que no pensé en mi vida escuchar: “Esos reglamentos no son para el Perú pe, son para Europa pe, para Estados Unidos pe porque ahí tienen billete pe”. Digo yo, ¿quiénes son entonces los salvajes, los que se oponen al desarrollo y a la modernidad, los retrógradas, los que no califican para ciudadanos de primera categoría? Los nativos amazónicos tienen una base ética y cultural, defienden lo suyo porque hay detrás una historia y adelante, un porvenir. No son ángeles porque en la Tierra no hay ángeles, pero como grupos o pueblos, componen alternativas a un modelo socioeconómico deshumanizado y depredador. Los transportistas, en cambio, representan el rostro más degradado de ese modelo, el que no admite réplicas ni regulaciones, el que somete la vida de los otros a sus propios intereses. Imagino que este post puede traer reacciones airadas de ciertos navegantes que quizás quieran leer racismo y exclusión en mis palabras. Si así fuera, bienvenidos, pero para discutir, no para que me juzguen de aristócrata miraflorino, como algún fronterizo ha escrito por ahí.
Es falso que los seres humanos seamos iguales al momento de morir: “en el fondo de la fosa todos tenemos la misma vestidura”, no es verdad. Una de las medidas que se le impone a la vida es el grado de significado que se tiene ante los demás y eso alcanza un clímax, el instante de la muerte. Segundos antes de expirar ya Michael Jackson había muerto y en fracciones de tiempo los twitters, fecebooks y anticuados e mail del planeta entero coincidieron en anunciar un hecho que para muchos marca el cambio de una era, más que la crisis financiera que nos ahoga. El caso de Farrah Fawcett es más estándar: la prensa estaba esperando el inicio de la ronquera de la agonía para presionar el play / record de las videocámaras y cuando ocurrió ya todo estaba lo suficientemente preparado como para actuar a la manera de un ritual tribal pero global. La muerte de Alicia Delgado sí que nos agarró a todos los peruanos de sorpresa. A muchos, porque no tenían idea de que existiera un personaje tan popular; a otros, por lo contrario. Pero Alicia era uno de esos personajes que daban de qué hablar en vida, su inmediatez, su realismo, aún frenaban el nivel existencial. Muy difícilmente alguien podía imaginar el sacrificio de un tótem nacional y menos, polleruda y menos, sórdida como solo puede ser sórdida una historia chichera contada con el fondo sonoro de los balazos de Abencia. Sin embargo, lo común a Jackson, Fawcett y Delgado es el significado post morten que siguen transmitiendo y que al ser grande y masivo, descarta el dolor. Creo que la madre de Alicia sí debe haber llorado mucho pero decididamente descarto que algún fan de Jackson, por excesivo que fuere, esté con algo parecido a un infarto en el alma. El espectáculo es una anestesia para los sentimientos. Por eso aburre rápido y pasa. Y cuando pasa, los personajes vuelven a ser personas y ahí sí que están muertos. Eso será lo que siga al momento de gloria que aún ahora siguen viviendo los cadáveres de los tres muertos del show. En medio de todo este luto de alfombra roja, recibo una llamada telefónica a la once de la noche. Solo puede ser una mala noticia, y lo es: “Estamos entrando a Diana a la sala de operaciones pero temo que en vano, no creo que salga viva…” La voz del médico se rompió, era tan amigo de Diana como yo. Diana salió viva de la sala de operaciones pero en cuidados intensivos murió a las dos de la madrugada del día siguiente. Nadie ajeno a su familia más cercana estuvo cerca de Diana cuando entró en agonía, sus hijos y su ex esposo sí pudieron escuchar el estertor que es el heraldo del fin, ese ronquido arrastrado al que el bandoneón de Néstor Marconi me hace tanto acordar cuando escucho Lluvia, un tango parecido al túnel que conduce al paro del corazón. La madre de Diana se daba de cabezazos contra la pared verde de un cuarto ruidoso en la clínica, en su estado nervioso no le permitían entrar a ver cómo su hija se apagaba. Nadie esperaba nada, lo único que sonaba era el zumbido monótono de alguna de esas máquinas de última generación diseñadas para que respiren por quien no puede solo. Ya no se usa ese aparato que antes marcaba la línea final: bip, bip, bip, piiiiiiii. Se murió. Ese que ha aparecido en la narración de tantas películas pero que se le reemplazó por otro equipo que es más seguro, rápido y callado a la hora de anunciar que Diana, sin que nadie lo esperase, murió. El mundo entero debe andar pendiente de cómo se comienzan a descomponer los cuerpos de Jackson y de Fawcett. Dicen que los músculos se vuelven gelatina, que se suda una grasa maloliente y luego, que aparecen los tonos de la podredumbre, el morado, el verde. Lo demás es tarea para unos gusanitos con alas, que se encargan primero de los ojos y de las mucosas. Los huesos duran a veces milenios pero ahí sí, todos los esqueletos resultan siendo iguales. Medio Perú debe estar al tanto de cómo revientan los ojos en el cadáver de Alicia Delgado y de la forma en la que las bastillas de sus mangas blancas empiezan a colorearse de carmesí. No creo que nadie piense qué está pasando con el cuerpo de Diana, ni sus hijos, ni su ex marido, ni sus amigos ni yo. Ni su médico amigo. La recordamos a Diana, sus últimos meses de paloma enloquecida, de fiera suelta, de pelícano que se comía su propio buche pero no para alimentar a polluelos sino para hacerse daño. Al final, murió. No por mano propia pero casi. De cualquier manera, eso a nadie le importa porque como cada uno es quien es a la hora de su muerte, no hubo flashes ni entrevistas cuando Diana expiró, apenas el sonido parejo de una máquina que respira por el muerto.
Un importante investigador y promotor de las formas virtuales de comunicación - a las que se supone pertenece este blog- me dice que la mediocridad, la grosería, la vacuidad y la ausencia de ideas que caracterizan al mayor porcentaje de mensajes dominantes en estos sistemas, se dan porque se ha abierto la opción de expresarse a todos y que de esta manera se ha solucionado un severo atoro antidemocrático que impedía la inclusión en el campo de la opinión pública. Que si la calidad de la mente de la gente que se manifiesta es ínfima, es otro asunto: con expresarse está zanjado el tema, lo demás es subjetivo. Sabe qué, navegante, sé que debo creerle a quien eso me dice y que también debo aceptar la democratización de la comunicación vía Internet. Pero eso no significa que aplauda la mediocridad del pensamiento de tanta gente que entra a opinar, con el argumento de que la vida es así. Si mal no recuerdo, algo parecido es lo que esgrime Laura Bozzo en su defensa: “yo solo muestro la realidad que no aparece en otros programas de la televisión”. Para no parecer especulativo, voy a un ejemplo sacado precisamente de este, mi blog. Si usted revisa las dos últimas entregas – Apuntes sobre una comunidad amazónica- verá que en ellas relato mi experiencia de haber pasado unos días en Mushuk Lamas, comunidad lamista de San Martín, y cómo a partir de una extensa conversación con el apu Miguel Ishuisa, planteo que la condición de comunidad, teniendo elementos tradicionales y ancestrales, es básicamente una entidad moderna, que se define y se recicla según las exigencias de la realidad social, cultural, económica y política por la que estas colectividades pasan, y que esos mecanismos adaptativos no difieren en el fondo de los que usamos usted, yo y cualquiera, en el medio en el que nos desempeñamos. Mi intención con estos post s es la de restar mistificación a tanta argumentación esencialista y culturalista que se ha esgrimido en relación al baguazo. Demasiada vieja antropología que no ha hecho sino ampliar la brecha existente entre los pueblos amazónicos y el resto del país. Una idea así como la mía, basada en una experiencia, pienso yo que resulta un punto de partida por lo menos desafiante como para iniciar un debate. En efecto, un buen número de navegantes (número relativo ciertamente porque a este blog escribe muy poca gente) ha dado su punto de vista, concordante o discordante con el propuesto, y bacán. Pero yo quiero que alguien me explique qué significan dos comentarios, uno vertido en dos partes por alguien que firma como Miguel, y el otro por Ramón. Miguel, lleno de una suerte de ira santa, escribe:
“Que linda tu cosmovision , hasta parece Macondo; un poco mas de la cosmovision de los pobres selvaticos “
Horas más tarde, quizás todavía saturado de una bilis que lo podía envenenar, el mismo Miguel añade:
“Que lindos los chunchitos Carajo!!!! “
¿Qué pasa, navegante, por la cabeza de Miguel, que lo hace comentar –es un decir- mi propuesta de debate con frases como las que usa? ¿Qué le jode tanto, por qué no lo dice con mayor claridad, por qué solo expresa el síntoma de lo que piensa y no lo que piensa? ¿A qué viene tanto signo de admiración y esa lisura aumentada al máximo? No estoy criticando a Miguel, estoy intrigadísimo con sus líneas, no solo porque son crípticas e incomprensibles sino porque al revisar cientos de blogs y de foros y de cosas así, posiciones como las de Miguel son las que dominan: la bilis, la descalificación, la ironía amarga… pero sin argumentación alguna. ¿Cuánto hay de eso en el Perú, en el mundo, soterrado, entramado en la vida diaria, que distancia, resiente, avinagra, miente, desconfía y malogra, porque no se atreve a decir lo que hay detrás? Lo de este Miguel es muy parecido al argumento de una pedrada: toma porque no me gustas, pero no dice por qué no le gusto. Otra incógnita es el comentario de Ramón, que también comienza con la descalificación de rigor: “pituco de Miraflores”. ¿Cuántas veces me habrán tildado de lo mismo desde que tengo este blog? ¿Y para qué ha servido, digo yo, sino para confirmar una falsedad y alimentar un prejuicio? Ramón, que parece haber entendido las cosas como quería entenderlas (es decir, venidas de un “pituco de Miraflores”), termina, con malas maneras y con frases gruesas, más o menos dándome la razón en cuanto a la idealización de la comunidad que yo he planteado como tema de discusión. Y si no, lea su comentario, navegante:
“Rafito, tienes que abrir los ojos y la mente a la realidad, todavia tus ideas son un pituco de Miraflores que no va de compras al centro de Lima porque tiene miedo que le peguen. Las comunidades nativas no existen en el Peru, eso es un invento de los comunistas del 60. Lo que se llaman comunidades andinas, por ejemplo, son pueblos o villas con costumbres occidentales, incluyendo el idioma. Pero a los comunistas se les ocurrio que debian "proteger" a las comunidades, como si nosotros fueramos retardados mentales, y no tuviesemos aspiraciones de atender la universidad y ser profesionales con buen trabajo. Inclusive crearon un moviento indigenista de blancos educados en Europa estudiando al vecino indio. Que tal cojudez. Los mestizos somos parte del Peru, tenemos nuestro cultura propia, y estamos incertados al mundo global. No necesitamos que los pitucos de Lima nos "estudien" ni nos "protejan" no soy invalidos. “ Yo les pido a Miguel y a Ramón una segunda rueda de argumentación pero sería interesante que además de lo que quieran decir, nos den sus nombres porque el anonimato es parte del desconcierto y ya estamos bastante desconcertados en el Perú como para seguir dándole a lo mismo. Y también pido a todo aquel que quiera insultar y descalificar, que lo haga a fin de poder analizar por qué lo hace, qué le pasa, a quién odia, y por último, por qué no se toma el trabajo de crear su propio blog para desplegar en él lo que se le dé la gana. Yo, la verdad, tengo derecho a saber. Usted también, navegante.
Los jóvenes que migraron de Lamas a Panchita Collpa ya tenían sus hijos. Entre ellos la costumbre determina que el muchacho rapte a la chica –de quince años o por ahí- se la lleve un par de semanas y luego regresen ya como una pareja formada. Un viejo ritual establece que un anciano del pueblo como escarmiento les dé unos buenos carahuascazos por el rapto y fuga, es decir, una latiguera con la carahuasca, que está hecha de cuero de venado y duele como el carajo. La cantidad de latigazos la decide la comunidad. Este sistema disciplinario se extiende de la familia a la colectividad y sentencia cualquier comportamiento que atente contra la tranquilidad de todos. Muy bien, Miguel Ishuiza regresó del ejército, miró, reparó en que se había dejado de producir coca debido a que un programa de erradicación y cultivos alternativos había primero, fumigado los campos con veneno y luego capacitado a sus paisanos para que aprendieran a sembrar café. Fue por eso que Miguel había visto a Yorvill, a Samuel, a otros de sus primos subir y bajar los tres kilómetros que hay entre Mushuk Lamas y la carretera, tres veces al día, cargando costales con setenta, ochenta kilos de café. Era su turno de hacer lo propio. Se construyó su casa, se unió con una chica, comenzó a sembrar café. En paralelo el Gobierno Regional creaba el Área de Conservación Cerro Escalera, un espacio protegido para evitar la depredación de enormes extensiones de bosque que de no haberse zonificado, fácilmente estarían ahora en manos de madereros y petroleros. El problema fue que al categorizarse como área protegida Cerro Escalera, Nuevo Lamas quedaba en su zona de amortiguamiento y por ley no está permitida la presencia humana en una franja con esas características. Salvo que se trate de una comunidad nativa. Ahí la cabeza de los muchachos de Mushuk Lamas empezó a funcionar como la de usted, navegante, o la mía o la de un dentista alemán. Es decir, si la ley me daba una alternativa para quedarme, ya que como propietario individual eso era imposible, pues a estudiarla y a tomarla. La comunidad pidió asesoría a una ONG (que para estas cosas sirven de mucho) y se vio que por los lazos étnicos y culturales, las actividades productivas, el tipo de asentamiento, la lengua, Nuevo Lamas reunía las condiciones como para ser una comunidad nativa. Solo le faltaba elegir autoridades comunales. Así, se juntaron todos y democráticamente eligieron un consejo presidido por un apu, el primero en la historia de esta comunidad, cargo que recayó sobre Miguel Ishuiza. Cuando le pido que me defina qué es un apu Miguel ríe y me contesta que antes de ocupar el cargo él pensaba que un apu era un bacán que tenía un montón de mujeres pero ya aprendió que se trata de otra cosa, de un líder “que pone límites y dice hasta acá, como una quebrada, una montaña o un río”. Miguel es apu desde hace dos años, que fue cuando Mushuk Lamas recibió reconocimiento como comunidad nativa. El precio del café ha bajado pero lo siguen produciendo. Mediante un amigo catalán que está instalado cerca de sus tierras, se ha conseguido formar un entidad que ha captado fondos para hacer agroforestería, es decir, producir café pero asociado con árboles maderables: cedro, caoba, shaina, paliperro, entre otras especies. Todo eso vi en unos días, pocos, en los que permanecí en Nuevo Lamas, aparte de unos paisajes de opio. Y cuando bajaba los tres kilómetros hasta la carretera me preguntaba si la lógica que late detrás de la reciente historia de esta comunidad no es una lógica tan moderna como la de cualquier otro grupo humano en el mundo de hoy, basada en gestiones, en aprovechamiento de oportunidades, en procesos rápidos de adaptación. ¿Dónde está entonces lo mágico ancestral de todo este asunto? Quizás en rituales, costumbres y convicciones, pero en nada que ponga a estos amigos de Nuevo Lamas en otro mundo, un mundo de museo etnográfico o de película de Tarzán. Opiniones, navegante.
Hasta ayer estuve en la comunidad amazónica de Nuevo Lamas, situada en un territorio alto que pertenece (es un decir porque eso poco significa) al distrito de Shapaja, en la provincia de Tarapoto. Muy cerca y lejísimos. El origen de esta comunidad es interesante porque demuestra la coexistencia de tiempos y modos de ser absolutamente diversos dentro de un territorio que se llama Perú porque en fin, alguien alguna vez así lo decidió. Existe la antigua provincia de Lamas en San Martín, muy antigua, ocupada por un pueblo amazónico quechuahablante con costumbres muy fuertes y un orgullo indígena que los hace ser hasta un tanto duros con el foráneo. Es que la historia no ha sido muy amable con ellos. Fueron un grupo ancestral hasta que llegaron los españoles, los metieron en una reserva, les impusieron el quechua –que era la lingua franca de los misioneros-, los mezclaron con quechuas serranos que vinieron con los curas y así terminaron hablando esa lengua. Esa es una versión entre muchas, a mí la apariencia, la vestimenta y me atrevería a decir que el mismo quechua de los lamistas (y esto habría que buscarlo en las investigaciones de Gerald Taylor), corresponden más a la cultura de los cañaris ecuatorianos que a los hombres del sur andino. Pero en fin, Lamas fue creciendo por la migración de mestizos, lo que determinó que la caza se hiciera cada vez más difícil. A más gente, menos animales. Así, hace treinta años, un grupo de jóvenes decidió partir buscando un territorio con animales en el que poder practicar el semi nomadismo que en Lamas ya habían abandonado. Salieron dos hermanos y caminaron varios días en el monte, a la búsqueda de un lugar que de oídas se conocía como Panchita Collpa, esta última una palabra de oro para cazadores pues la colpa es el lugar al que van los animales a nutrirse de sales minerales. Un paraíso para cazadores. Encontraron Panchita Colpa, investigaron la zona, había manante para el agua, había tierra no demasiado ácida para cultivar maíz y frijol, era un buen sitio para regresar con las familias. Así lo hicieron, llegaron, construyeron casas que se hacen en un par de días, con tapial de arcilla ocre, palos para el cerco y techo de shapaja. Miguel Ishuisa tenía quince años cuando esto ocurría, y su tío era uno de los líderes de la migración. Miguel también fue al lugar pero no se animó de inmediato, no entendía bien el proyecto y además tenía pensado entrar voluntariamente al ejército porque solo tenía primaria y quería aprender más cosas. Fue así que partió como conscripto a una base lejana. Allá se enteró por una carta de su madre que su hermano había muerto: “quería tener alas para volar donde ella”, me dijo, cuando estábamos sentados descansando al lado de un manante que se llama Dementeyaccu, agua loca, porque suele cambiar de lugar, en la subida a Nuevo Lamas, que toma un par de horas y hay que tener buenas piernas pues en ese lapso se pasa de 250 a 1000 metros sobre el nivel del mar, poca cosa no es bajo un sol de plomo. Cuando salió del ejército Miguel Ishuisa tenía 18 años, sus hermanos y su madre ya estaban en el nuevo poblado, al que habían bautizado como Mushuk Lamas, Nuevo Lamas. ¿Qué había pasado que durante su ausencia una colpa se había convertido en un caserío en el que vivía su familia y hasta nombre tenía? Miguel decidió instalarse también allí. Llegaron los nuevos tiempos, con ellos unos compradores de hoja de coca que pagaban mucha plata y si encima se les vendía la pasta ya procesada, el futuro venía a lo grande: toda la comunidad estaba dedicada a producir coca y a lavar pasta. De eso no se habla mucho hoy pero ahí está aún presente en el recuerdo inmediato. Las chacras llenas de coca, las pozas de maceración. Pero también los operativos policiales y la sensación de estar colocándose en un ángulo abismal, tan fuera de la ley que a Miguel le costaba imaginar que así pudiera ser legítimo, por ejemplo, formar una familia. Acá detengo el relato, lo seguiré en otro post. Fui a Nuevo Lamas porque quería ver una comunidad amazónica desde dentro, aunque fuera por unos días, en estos días en los que todos las han mirado desde fuera, ¿qué dice navegante?
Hoy es domingo, domingo 14 de junio de 2009; como todos los domingos hoy he leído tres diarios en edición impresa (Comercio, República, Perú 21) y la versión virtual de La Primera. Más allá mi horizonte no da para más, no podría leer ni siquiera en pantalla Correo, Expreso o La Razón, el navegante sabrá disculpar mi falta de interés en la imparcialidad pero sepa que se trata de un concepto en el cual suelo cagarme. He escuchado la radio mientras me duchaba y no prometo dar cuenta de los llamados “programas políticos” de la noche porque hoy estreno una edición de Tiempo de Viaje y debo verla en el aire, aparte de que estaré en Tarapoto en unas horas y esa es una ciudad en la que no dan ganas de ver televisión sino de salir a la calle a conversar. Voy a que no recuerdo haber asistido jamás a un interés tal en la opinión pública como por el tema del baguazo. Desde distintas tiendas y sucuchos políticos, con argumentos convincentes o solo con cháchara ideológica, con más o menos mentiras en el soporte periodístico, la cantidad de información y opinión emitidas sobre este episodio solo se compara a los momentos estelares del gobierno del Chino, léase el video Kouri, la cowboyada detrás de Montesinos, la huida con fax. Y si nos fijamos bien, estamos ante un hecho que no digrede demasiado una recurrencia en la conflictividad social y política de la vida peruana presente. Los ingredientes no sorprenden, es más, califican el comportamiento de los conflictos sociales peruanos de los últimos años: un proyecto para introducir la inversión en una zona de interés comunal, una reacción de los personajes locales afectados, la indiferencia del gobierno ante el crecimiento día a día del problema, la intervención oportunista de partidos terroristones en aparente favor a los rebeldes, la explosión y un baño de sangre derivado de una pésima gestión de las autoridades del Interior y Defensa. Esa ha sido más o menos la secuencia del arequipazo, del andahuaylazo, del ilavazo, del moqueguazo, del bosquedepomacazo, solo por citar los que me vienen rápidamente a la cabeza. La cantidad de policías muertos sí que marca una diferencia con los anteriores casos, se considera que desde ese punto de vista el baguazo es el peor episodio en la historia de esta fuerza. Pero igual, sigue siendo para mí una interrogante el que haya tanta reacción en la opinión pública frente a lo que estamos viviendo. Y no solo en la opinión pública. Yo no sé cómo se sientan ustedes, navegantes, pero yo tengo la impresión de que algo importante se ha movido dentro de mi pensamiento habitual sobre la política peruana, una pieza ha quedado suelta, o se ha roto y no hay repuesto. No sé bien cómo definirlo. Puede ser que estoy casi convencido de que Bagua es solo el comienzo de algo que durante varias semanas nos va a tener a todos en vilo y que podría incluso poner al gobierno de García al borde de un abismo bien pero bien hondo. Y eso hace que la manera habitual como uno evalúa los conflictos – esa que incluye una fase de dilusión y de pase de página para comenzar con el siguiente- no vaya más. Esto que está pasando agarra pista y puede desembocar en un cambiazo mucho más contundente que cualquier cosa predecible. Hace dos noches agarré de casualidad una entrevista que le hacían en un canal venezolano de Tv a Raúl Wiener, editorializa de La primera. Allí el periodista se despacha comparando esta situación con la etapa terminal del gobierno de Fujimori, desatada a partir del video de Kouri. Sostenía Wiener que en este momento están corriendo por debajo destapes periodísticos sobre casos de corrupción del régimen lo suficientemente poderosos como para darle el puntillazo final a Alan y de ahí en adelante, ya se verá. Eso, según el mismo Wiener, explicaría la arrogancia de los dos mayores responsables del baguazo dentro del Ejecutivo: el presidente y la Mercedes Cabanillas, que dicho sea de paso, está más loca que una manada de cabras agarradas de la mano. Seguimos en el próximo post y esperamos sus comentarios, ¿cómo se siente?.
Yo escucho tango y el resto, cuando escucho tango, no va más. Escucho tango cuando me ducho, cuando voy en mi auto, cuando hago esas rutas polvorientas y descolgadas por carreteras peruanas, a veces de otros países. Es lo único, quizás, que me sigue entusiasmando porque un buen tango siempre abre un pliegue desconocido al oído, un acorde zumbón en el abismo trágico de una jalada de bandoneón, o la farsa que se esconde detrás de un lamento agitado por la voz de la gata Varela. Escucho viejos tangos en guitarra y piano, grabados con estática de alguna radio a tubos. Escucho tangos de orquesta típica, esas especies de corzos que entre los gringos fueron los big bands y entre los cubanos las matanceras y que acá no tuvimos porque los instrumentos de esos grupos fueron absorbidos por la banda serrana y se asimilaron a otro concepto de música, recién urbana pero de manera tradicional asociada al ritual colectivo, a la procesión, al entierro, a la fiesta patronal, al desfile militar mas no al baile libre, suelto, emparejado solo de a dos y sin gregarismo, más bien con arrechura. Como en el tango, el fox o la guaracha. Escucho las grandes voces del tango clásico con acompañamientos de cámara, de conjunto, de camerata, de orquestón. Escucho, escuché y escucharé de por vida todo lo que hizo Piazzolla y que se sigue haciendo, porque a Piazzolla lo canta Milva con vibrato de campanilla y con histeria brechtiana, lo toca Gary Burton como quien pasa la mano entre una cortina de lluvia, lo alucina Gidon Kremer, lo destroza Fernández Fierro tirando un piano desde el viejo puente, lo huachafea el chillout de Bajofondo porque gentita hay en todas partes. Pero yo escucho tango y es ahí que los lectores y los navegantes y los televidentes desaparecen y me quedo yo como recién parido, caminando de mañana brumosa sobre el asfalto y el cielo va cubierto de ángeles de aluminio mientras el valsecito criollo, dale, toma, echa, le canta a la Lima virreinal con su tapada, su virrey y su calesa. Escucho tango y aprendo usos de lenguaje que después ya nunca olvido: “más la busco y más la nombro”, “alondra gris, tu dolor me conmueve, tu pena es de nieve”,
“¡Qué noche llena de hastío y de frío! El viento trae un extraño lamento. ¡Parece un pozo de sombras la noche y yo en la sombra camino muy lento.! Mientras tanto la garúa se acentúa con sus púas en mi corazón...”
Bórrate navegante, que estoy con la Suite Troileana de Piazzolla y en su movimiento Zita la amistad whiskera del Tano y el Pichuco es una lección de silencio y discreción para toda la parrafada insoportable del Internet y su corrección política y su metejonería y esa ambición necia del anónimo por sacar la cara y ser alguien, como si ser alguien fuera posible después de Goyeneche o Cadícamo. Perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón, dice Malevo cantado con el cinismo que a Chino Laborde se le resbala por las comisuras de la boca como un trago de ron que ya no se puede empujar para adentro. Escucho tango y estoy como borracho, ya no bebo pero estoy como borracho, no tomo más (“abuelo deje el vino”) y estoy borracho de tango, llevo seis horas porque escucho tango por horas de horas y debo decir, perdona navegante pero como a todo borracho, el ser humano le importa un pucho. Ahora, escucho tango.
No tenemos un gobierno ni unos congresistas ni una derecha ni una prensa promedio capaz de entender los matices indispensables para encarar con lucidez la crisis de Bagua. Hay demasiado prejuicio, estupidez y cerrazón, lo prueba un Alan García tan herido en su ego ante lo que está sintiendo como una derrota –el que se esté planteando la posibilidad de revisar y eventualmente revocar el Decreto 1090- que como en los peores discursos que encargó Leguía a su funcionario Carlos Rey de Castro en la época del caucho, se habla y se vuelve sobre el salvajismo de los nativos y su escasa representatividad numérica en relación con el total de la población del Perú. Por eso intentar que les entre el tema de la cosmovisión de los pueblos amazónicos en la que no encaja el principio de la propiedad privada, en la que subyace un fundus guerrero que responde con muerte a la muerte, donde el animismo dota de vida a los elementos naturales que podrán cobrarse venganza si petroleros o agricultores se meten a agredir sus espíritus; intentar ese camino creo que es como darle alfajores a las vacas. Son demasiado brutos y pueden, con el aplauso de la canalla, responder con argumentos como “Ah, si es así entonces hay que respetar la cosmogonía de los narcotraficantes, de los violadores y de los secuestradores y se instala el caos en el país, ahora que tan bien nos va”. Lo he escuchado decir y con menor sofisticación. Por eso me gusta más la argumentación pública que la antropóloga Margarita Benavides está empleando, y que anoche (9-06-09) usó de manera magistral en la entrevista que el hizo de Althaus, en la que la especialista en amazonía le pone una piedra en la boca al periodista y lo deja mudo, con las cejas más enarcadas que nunca. Benavides propone analizar el tema dentro de lo estrictamente legal, en el entendido de que las leyes están dadas para todos y para que sean entendidas por todos. En esa lógica, el Decreto 1090 hay que entenderlo en el conjunto de decretos de urgencia que se dieron para ajustar la legislación peruana a los acuerdos tomados para el TLC. Vistos los decretos en conjunto demuestran que la finalidad del nuevo sistema legal para el manejo de tierra- y no solo en la amazonía, en todo el territorio nacional- busca dotar al gobierno de argumentos para declarar como eriazas o abandonadas cada vez más cantidad de tierras, ya que estas son las que se entregarán en concesión privada previo cambio el uso, de modo que si estamos frente a un bosque depredado, pueda ser reforestado para madera, o convertido en campo para el cultivo de insumos para etanol. Lo que no se establece en ese conjunto de decretos es quién y con qué criterios determina la condición de tierra abandonada o eriaza. Porque en un caso puede estar en efecto, hablándose de un bosque depredado. Pero en otro, de una restinga, una porción entre la orilla y el agua del río que en temporada de lluvias se inunda pero que después queda como la mejor tierra, y es ahí que los nativos la usan. O simplemente bosques que no tienen circunscripción ni titulación alguna pero que sirven para la sobre vivencia de los nativos porque allí está su cacería y su pesca, actividades que no pueden ser delimitadas tan fácilmente y menos cuando hay una ocupación humana creciente, que aleja a los animales y por tanto demanda más distancias para encontrar las piezas de caza. Planteadas las cosas así, se entiende mejor por qué García se pasó por alto el requisito del consentimiento libre, previo e informado por parte de los pueblos amazónicos. De haberse sometido los decretos a consulta, esto habría saltado, dejando sin argumento al perro del hortelano. Ahora, en la historia del cinismo García ha reincidido en el primer puesto con lo que ha repetido respecto a este punto: “la gente habla sin estar informada sobre los decretos”. A ver, ¿cómo va a estar informada si precisamente no se hizo el esfuerzo para que lo estuviera? Y dos: que agradezca a diosito que la gente no haya estado tan informada como Margarita Benavides, sus decretos no hubieran resistido cinco minutos de debate. Tremenda situación, muertos de todos lados, mentiras, decepción, y Alan García sigue sacando pecho cuando lo que debería hacer es zafar culantro.
Un buen correo recibido esta mañana me libera de idear un post completo para enviarlo hoy. El remitente, Pep, es un amigo catalán que con su esposa Celia vive en Barcelona. Ambos son periodistas, gente cultivada y sensible que luchó durante el franquismo por la identidad catalana. Cuando hablan, saben de lo que hablan. Han venido varias veces al Perú, y tienen un especial aprecio por nuestro país… hasta que leen cosas en la prensa, como ahora. A veces resulta muy importante que una mirada externa nos ponga delante de los ojos ciertas barbaridades a las que ya nos hemos habituado: en este caso la muerte de más de 150 niños por algo que es absolutamente evitable mediante prevención; pero también la actitud del periodista, que como sostiene Pep, remarca el agradecimiento de los niños por recibir ayuda del Estado. Ahí van, primero el comentario de mi amigo y luego parte de la noticia que lo llevó a escribirlo. Luego de leer ambos textos a uno le queda la sensación de que en el Perú, África ya se queda corta y no solo por la miseria y la exclusión sino básicamente porque se ha instalado el reino de la caridad discrecional como reemplazo a las responsabilidades del Estado. Y encima, hay que agradecerlo. “Recordados Pilar y Rafo, he de deciros que he sentido un doble dolor (y fuerte) al leer la noticia que os envío. Dolor y rabia, mucha rabia en ver que esas cosas tremendas ocurren todavía ahora en Perú " cuya economía está alcanzando óptimos niveles". Rabia e impotencia de no saber qué hacer o adónde mandar a los administradores del Estado.¿Para qué necesitan un "elevador" en Machu Picchu si sus niños se mueren de frío ? No sigo, la lista de agravios es interminable. El otro punto de mi indignación es periodístico: ¿por qué estaban agradecidos los niños de Mazocruz ? Lo que estaban recibiendo era suyo: tienen derecho a ser atendidos y el Estado la obligación de cuidarlos. ¿Alguien les ha dicho que las cosas son o deben de ser de esta manera y no al revés como en las dictaduras militares? El periodista perdió la oportunidad de hacer pedagogía, explicar las cosas y poner a cada uno en su sitio (o ... ¿tal vez nuestro amigo Carlos no sabe de lo que escribo . Saludos.” PEP Ya son más de 150 los niños muertos por frío Las regiones más afectadas son Puno, Arequipa, Cusco y Huancavelica. Pronaa recién llevó abrigo y alimentos a niños de Mazocruz Por: Carlos Fernández
Más de 150 niños menores de 5 años han fallecido de neumonía entre enero y mayo de este año como consecuencia de las bajas temperaturas y la ola de frío que soportan los pobladores de las regiones de la sierra, informó ayer el Ministerio de Salud. “Las muertes notificadas por neumonía, en menores de 5 años, son 154”, indicó el ministerio mediante un boletín epidemiológico. El reporte señala que la mayoría de los niños (75) fallecieron en sus casas por la lejanía a un puesto de salud. La región más afectada por el frío es Puno, donde han muerto 30 personas en lo que va del año. Entre enero y mayo, el Ministerio de Salud ha atendido 1’300.000 casos de infecciones respiratorias agudas en niños menores de 5 años en todo el país, así como 16.419 casos de neumonía. La mayor cantidad de víctimas se registra en Arequipa, Puno, Huancavelica y Cusco, donde las temperaturas cayeron hasta 10 grados centígrados bajo cero en zonas superiores a 3.500 m.s.n.m. Los casos y muertes por neumonía superan ampliamente los de la gripe AH1N1. El Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci) ha iniciado una campaña de ayuda para enviar ropa y alimentos a las familias afectadas por la ola de frío en las zonas altoandinas.
Ayuda para los niños Las caritas felices de los niños de Mazocruz lo decían todo. Estaban agradecidos al ver que funcionarios del Programa Nacional de Asistencia Alimentaria (Pronaa) les llevaron ayer alimentos, casacas y medias tejidas artesanalmente con lana de ovino. Las casacas fueron entregadas a los alumnos del primer grado del colegio 70343 de la localidad de Mazocruz, distrito de la provincia El Collao. Las medias de lana fueron repartidas entre los 240 niños de la misma escuela. Los funcionarios del Pronaa prometieron llevarles más ayuda en los próximos días. Simultáneamente se dio inicio al programa de almuerzos escolares, mediante el cual fueron entregados arroz, habas, aceite, conservas de pescado, así como una mezcla fortificada de cereales y leguminosas. El jefe de la institución, Wilber Cerpa Quispe, señaló que la dotación de alimentos será entregada mensualmente durante todo el año escolar. Dijo que este apoyo también ha sido programado para otras 1.065 escuelas primarias de la región. Serán beneficiados 77 mil alumnos. La preparación de los almuerzos escolares, que se brindan por primera vez, estará a cargo de los comités de padres de familia. El objetivo es combatir la desnutrición crónica de los estudiantes. El médico Henry Mamani Tito, encargado del hospital de Mazocruz, refirió que felizmente por ahora no se ha registrado ningún caso de neumonía. Mamani Tito informó que recién la próxima semana se iniciarán las campañas de vacunación contra la neumonía entre la población infantil y los adultos de la tercera edad. Lamentó la falta de personal médico.
Mire, navegante, la foto que sigue a este post. Esa especie de momia envuelta en satén rojo con sonrisa de peinadora, no está posando en ninguna fiesta gay del Hotel Bolívar ni es ninguna performer contra la discriminación sexual. Se trata ni más ni menos que del cardenal Antonio Cañizares, purpurado Arzobispo de Toledo, Prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y cabeza de decenas de cargos más, todos bien sonoros y todos bien otorgados, gracias a sus méritos, por el mismísimo don Benedicto, el mismo de las ojeras de mapache y las infalibles metidas de pata con todo y zapatilla de terciopelo rosa. Si el navegante hace memoria, hace no más de un mes se develó en Irlanda un tremendo caso guardado por la cultura del secreto que el Vaticano ya no ha podido cultivar más: veinticinco mil casos de abuso sexual contra menores por parte de curas, hermanos y personal cercano a estos, en colegios católicos del país. ¿No que esto de la pedofilia y los curas era un “problema norteamericano”, Wotjila y que descanses en paz?. Muy bien, una de las buenas cosas de la híper modernidad es que estas aficiones eclesiásticas ya no se pueden callar. Claro, tampoco se puede callar a la cardenala Cañizares, como cuando al día siguiente del destape, bien envuelta en la capa roja y sin una gota de sangre en la cara, salió a los medios con esta perla africana: “No es tan importante lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios como las vidas destruidas por el aborto”. Es decir, mejor se malograba. No voy a desatar una jeremiada sobre las palabras de la arzobispa toledana, simplemente –ayudado por el trabajo de un magnífico blog español (http://granogrueso.blogspot.com/)- contrasto a Cañizares con el testimonio de Mick Waters, uno de los irlandeses que impulsó la denuncia. Waters, hijo de la Irlanda pobrísima de mediados del siglo XX, hijo de una familia pobrísima en todo y también en calidad de religión, fue internado en un colegio para niños miserables en Artane y recontra violado, por años, como muchos de sus compañeros: “Nunca hablabas con los demás de lo que te pasaba. Tenías miedo de que viniera el hermano y tú fueras el siguiente. Una vez se lo mencioné a un sacerdote muy joven que estaba en su primer destino. Se quedó sorprendido y en su inocencia les preguntó qué pasaba. Le trasladaron y ese día me pegaron hasta dejarme inconsciente. Estuve seis semanas en el hospital. Nunca te veían como a un niño pequeño. Te enfrentabas a todo tipo de castigos corporales. Te golpeaban en las manos o en el trasero, te retorcían el cuello, había todo tipo de castigos. Te pegaban con cualquier cosa. Aquellos enormes dormitorios con 250 niños tenían una habitación de castigo y se oían los gritos de los niños llorando de horror y dolor. Los gritos se extendían por todo el dormitorio y eran otra forma de meternos el miedo en el cuerpo. Y abusaban sexualmente de los niños, les degradaban sexualmente delante de los otros niños. De mí también abusaron sexualmente. Oh, sí. Yo era una persona fuerte. Aún lo soy. Y a la gente con carácter siempre la llevaban a la habitación de castigo y ahí dos o tres hermanos hacían lo que querían contigo, para satisfacer sus costumbres más sucias. Cuando eres un niño no comprendes los abusos sexuales. No sabes lo que es el sexo. Pero en el fondo del corazón sabías que era algo malo. Hay cosas que no comprendes pero sabes que son algo terrible. Muchos niños estaban como muertos. En realidad nunca tuvieron vida. Fueron, fuimos todos, destruidos allí. Sin nadie que les cuidara, que les enseñara qué hacer, cómo coger un autobús, pagar un alquiler o preparar la comida. Cómo vivir”. Waters tiene hoy más de sesenta años y se dedica a la pedagogía, quizás con la idea –utópica, imposible- de reparar en algo lo que a él le hicieron. En su vida ocurrieron muchas cosas desde que salió de ese infierno de colegio en Artane: “Me casé joven. Pero no podía explicarle a mi esposa lo que me había ocurrido. Simplemente no podía. Lo intenté muchas veces, pero tenía miedo de que me dejara. Con el paso del tiempo se lo acabé explicando. Y ella me dijo: ‘Sabía que había algo, lo sabía, pero no podía preguntártelo; tenía que esperar a que tú me lo dijeras a mí’. Y todo salió bien”. A ver, Antonia Cañizares, ventílate bien el rostro con el bies de tu capa roja, toma aire, sácate los ruleros y dime, si tienes un pedazo de corazón entre las tetillas, dime si realmente estás seguro de lo que has declarado, o mejor, si cuando lo decías, recordabas que en 1970, en la ceremonia en la que te consagraste como cura, juraste en nombre de un justo personaje que se llamó Cristo.
Entiendo a los padres de familia del colegio José Olaya cuando rechazan a la prensa con tanta virulencia. No puedo imaginar nada peor para estas personas: estar una situación tan incómoda para ellos y sus hijos y encima tener que soplarse a la reporterita que micro en mano viene a acorralarla con un “¿qué opinión le merece que su hijo pueda haber sido violado por el sátiro Bueno y usted no esté enterado?”. Yo, en una circunstancia así, hago una sola cosa: mato. El caso destapado por Lúcar es absolutamente espantoso pero contiene ingredientes que en términos sociales son muy importantes. El primero, la denuncia: parece que se sabía sotto voce que Armando Bueno era pedófilo y hacía de las suyas con niños de ese colegio que dirigía; pero el tabú, la cultura del secreto y la presión por el silencio pudieron más, por tres, por cuatro décadas. Increíble. Por otra parte, considero crucial que los hermanos Echevarría hayan decidido dar la cara y hablar claro, como viene ocurriendo en el mundo civilizado desde hace años con casos de pederastia y abuso, sobre todo por parte de curas. Es que si no es así, las cosas se repiten. No hay que recurrir al viejo cliché freudiano para entenderlo: lo que se reprime se perpetúa y ya hemos avanzado bastante como para permitir que se siga violentando la intimidad de los niños, uno de los peores daños que se puede hacer a un ser humano y que nadie que no lo haya sufrido está en condiciones siquiera de intuirlo. Hay que leer y releer la extraordinaria metáfora desarrollada por Mario Vargas Llosa en Los cachorros para tener un atisbo del impacto que la brutalidad genital reporta en la psiquis de un niño. Una buena, paradójicamente buena consecuencia del destape “Bueno” fue que a los pocos días una joven de 23 años se animó a denunciar a su padre, un policía en servicio, por haberla abusado desde los siete años de edad. La chica plantó el rostro ante el público porque, estoy seguro, ya no pudo soportar más esa sensación de tener una aguja atravesada en las paredes del estómago sin saber quién la puso ni cuándo ni por qué, esa culpa revertida, esa confusión mareante de la que no se sale nunca, pero que se puede paliar con la justicia y la reparación. Es probable que el caso Bueno haya animado a la hija del maldito policía a, por fin, hablar. Lamentablemente un juez incalificable ha absuelto al policía merced a una leguleyada subalterna. Así estamos. Pero volviendo al punto de inicio, es comprensible que los padres de familia del José Olaya estén furiosos con la prensa, es que el límite entre la necesaria denuncia y el jaleo Chollywood hace tiempo que desapareció entre nosotros. Pienso, sin embargo, que estos padres y madres tienen que imaginar qué habría pasado si el informe sobre Bueno no salía publicado: ¿más casos de pedofilia tapados, más repugnantes manoseos y felatios hasta que el anciano Bueno se fuera a la tumba cargado de inocencias rotas? Así como la peor democracia es mejor que la mejor dictadura, hay que pensar también que la peor prensa es mejor que la mejor reprimida. Tenemos que aprender a jugar con las reglas a veces terribles que nos da la libertad a cambio de su gozo. Una de estas reglas consiste en lidiar con gente de última categoría que muchas veces trabaja y/o tiene cargos decisivos en los medios de comunicación. Repito, ¿qué ocurría si se mantenía el silencio? Siendo el tema sotto voce, ¿no iban estos padres y madres a cargar para siempre con la sombra de la sospecha, que es mil veces más angustiante que la verdad? Tema para su opinión, navegante.
Lo que viene me lo contó un médico de esos que cada vez hay menos. Un médico que pone por encima de todo la cura de su paciente. Que puede diagnosticar –como se ha venido haciendo por siglos- en base a técnicas sencillas de observación y ojo clínico, cuya mayor complejidad es una radiografía que cuesta veinte soles. Casi nunca ve necesario mandar a hacer resonancias magnéticas ni escáners, que valen doscientas veces más. Mi amigo médico me habla, ciertamente escandalizado, de los vínculos cada vez más estrechos entre los laboratorios que producen fármacos, y los profesionales que los recetan. Se sabe que desde hace mucho tiempo abundan los doctores financiados por esas empresas para que prescriban solo sus productos. Pero lo del Club de Tobi es para pasarse de vueltas. Resulta que una de esas fábricas de iatrogenia que son los laboratorios (iatrogenia es toda terapia que termina enfermando más al paciente, el remedio es peor que la enfermedad), ha creado un sistema de puntos para estimular entre los médicos la prescripción de sus marcas. Mismo Bonus. Por cien recetas de no sé qué, te dan un microondas, por el doble un televisor y por el triple, la membresía en el Club de Tobi. ¿Recuerda el navegante quién era Tobi en las entrañables historietas de la Pequeña Lulú? Sí, el gordito con gorra, misógino, que había formado una asociación en la que solo se admitía niños varones. Muy bien, el Club de Tobi con el que premia al médico que más vende no es sino una fiesta a la que acuden todos los galardonados pero ojo, sin sus esposas. Porque el plato principal de la noche es una retahíla de putas categoría A Uno, que a uno le hacen hasta el sillón de peluquero con tal de justificar el jornalazo ganado. Yo no sé si ese método de marketing es en sí mismo bueno o malo. Lo que sí sé es que durante más de cinco años un médico que era agente de Merck, me recetó Vioxx para una lesión de mi rodilla, hasta que un día el medicamento tuvo que salir del mercado porque se demostró que precipitaba infartos en organismo predispuestos. “No puedes tener todo en la vida, una por otra”, me respondió el carnicero traumatólogo cuando le fui a reclamar con el recorte del periódico en la mano. Bajo el mismo principio es que estos médicos, felipillos de los laboratorios, recetan anfetaminas a las anoréxicas (porque se siguen viendo gordísimas a sí mismas), imponen vacunas que tienen como preservante el polémico Thimerosal, del que se comenta que puede causar autismo en ciertos niños; recomiendan antidepresivos incompatibles con la hipertensión, sin decírselo al paciente. O les dan Ritalín a los niños como si fueran caramelos, porque supuestamente sufren de déficit de atención, cuando lo que realmente ocurre es que los padres no tienen tiempo ni ganas de hacerse cargo de las energías de sus hijos. El tal Ritalín antes estaba estrictamente limitado al tratamiento de la epilepsia, por la magnitud y gravedad de sus efectos secundarios. “Con las cosas así, yo a la humanidad no le doy más de trescientos años”, concluye mi amigo médico. Supongo que se refiere al desmoronamiento de toda forma de ética en toda forma de ejercicio profesional. Por mi parte, que los médicos se dediquen a ir a orgías me tiene sin cuidado, siempre y cuando el precio de las mismas no lo terminemos pagando los pacientes con el deterioro de nuestra salud, o con nuestras vidas. ¿Trescientos años? De pronto no hay que esperar tanto.
“Acuérdate de la infinita soledad en el hotel, incógnito”, escribió Gabrielle D’anunzio en París, una noche de 1910, la noche en la que estrenaba una obra de teatro suya basada en la vida imaginada de la Gioconda. Eso del “hotel, incógnito” me resulta fascinante. La relación que puede establecer un hombre con un hotel, o mejor, con la realidad vivida desde las cuatro paredes de un cuarto de hotel, se parece a pocas cosas en cuanto a intimidad. Es como si el mundo personal se desmoldara en el cuadrado cercado por los muros, de modo que todo lo que queda adentro es mío y solo mío. Cesare Pavese eligió un hotelucho para tomar una cantidad suficiente de somníferos que se lo llevó. Martín Adán y el hotel Comercio, frente a la puerta de palacio de Gobierno que da a Pescadería, mantuvieron una relación emblemática: cada paso, cada cosa no dicha o escrita en el viaje alcohólico de Rafael de la Fuente, debe estar registrada en el aire sofocado de ese cubículo sórdido y casi en ruinas, lleno de teatinas para iluminar la quincha. El vínculo de Humareda con el hotel de La Parada donde vivió sus últimos años, entre apuntes de Marilyn y sillones desfondados, ha sido registrado con maestría por Herman Schwartz, el fotógrafo. Proust vivía por temporadas en un cuarto de hotel cuyas paredes hizo revestir con planchas de corcho, para no escuchar los ruidos de la realidad. Sin ser D’anunzio, Martín Adán, Pavese, Humareda ni Proust, debo decir que mis momentos de mayor y mejor relación conmigo mismo se dan en la soledad infinita de un cuarto de hotel. Y en el Perú, me he quedado en centenares de ellos. Cochambrosos, chicha, clásicos, pretenciosos, imposibles, lujosísimos. Para mí es suficiente que la habitación tenga una lámpara de velador, un gancho para colgar ropa, una cama con frazada y una mesa para mi lap top. Aparte de eso me dejan indiferentes los artefactos para climatizar, los sillones bergere para leer, los televisores, los frigobares, los cortinajes y los teléfonos internos. Solo quiero, además de lo indicado, una ventana a la calle y que afuera no haya un clima demasiado extremo, para poder ver gente caminando, familias de paseo, borrachos en lo suyo, parejitas en lo suyo también. Me instalo y siento que en mí se instala la sensación de pertenencia dentro de los límites de mi cuerpo. Sé que allá afuera hay un mundo, seguramente feo, seguramente interesante, seguramente agotador, que comenzaré a explorar recién mañana. Hoy, déjenme en mi cuarto de hotel, no me hace falta nada más que eso. Permítanme que abra un libro, o la lap top, y que me acomode en mi armazón. O simplemente, quiero echarme en la cama y mirar el techo, pensando en las horas que he venido viajando, en la ducha que no voy a tomar, en lo que debe haber imaginado Pavese en un momento así, para él en otro mundo, si es que se lo creía. Entiendo perfectamente que haya muchos suicidas que escogieron un cuarto de hotel para partir antes de que la fiesta termine. Ese espacio es para ser coherente, didáctico con uno mismo, exigente en cuanto a la pureza de las decisiones. Una habitación de hotel es, en realidad, el anticipo de un ataúd y de un nicho. O de pronto, solo un cuarto con una cama para dormir rico y al día siguiente, seguir. ¿Quién no ha tenido, navegante, una noche así en un hotel, incógnito? Si la recuerda, escríbala.
Hoy voy a gorrearle espacio a Caretas, porque este post tiene como finalidad que el navegante me dé sus opiniones acerca de una decisión profesional que estoy a punto de tomar. Es decir, no estaremos ante un comentario periodístico sino frente a un tema que me concierne estrictamente en lo personal y que si yo se lo hubiera dado a una empresa especializada en estudios de mercado, me estaría cobrando un huevo sí y el otro también. Pero como con Caretas tengo una relación más vieja que la hostess de Jorge Chávez, creo que me puedo permitir esta mermelada sin que se sienta como un aprovechamiento de la circunstancia. De cualquier manera si los editores del blog notaran acá un exceso de conchudez, me lo dirán. Voy al punto. Me han ofrecido asociarme con una persona que está en el tema de turismo sostenible para poner una empresa, una agencia digamos, orientada básicamente al mercado nacional, para operar en una zona determinada del Perú con circuitos y productos muy afines con la conservación, la naturaleza y las culturas locales. Es un área del Perú poco visitada y repleta de recursos arqueológicos, históricos, ecológicos, de cultura viva, gastronómicos, vivenciales, etc. Hay en la zona algunos buenos servicios turísticos, es decir hoteles y restaurantes pero nosotros nos ocuparíamos de trabajar únicamente con aquellos que no sean masivos, que garanticen tranquilidad al huésped, armonía y buena relación con el entorno, a precios cómodos. Nada de altoparlantes con Grupo 5 ni televisores por todas partes. De hecho los hay y se muestran sus dueños muy interesados en el proyecto. Esto, hay que decirlo sin falsa modestia, me lo han propuesto partiendo de la base de que mi nombre puede ser para el público peruano un buen referente, un aval y por tanto, un detonante para tomar la decisión de usar los servicios de nuestra empresa. Es decir, en la promoción que se haga aparecería mi humilde persona con todo y foto haciendo crónicas, dando tips, aconsejando cosas. No acompañaría a la gente a los viajes, pero sí sería el responsable de los mismos. Para la logística, el guiado y todo eso, los socios potenciales garantizan calidad muy buena. Suena todo muy bien pero me cago de miedo de, a la vejez, incursionar en una aventura así. Temo quemarme, fracasar, no estar a la altura de lo que la gente quiera y peor, poner las energías de unos años (no me quedan muchos por delante) en algo que de pronto no tiene el sentido que pensamos porque resulta que el turista peruano potencial lo que quiere es pachanga, piscina con tragos de colores, video pub y putas, cosas contra las que nada tengo pero que no corresponden a mi concepto elemental de lo que es viajar. Mi consulta, navegantes, va por ahí. Les pido respondan a esto con lo que se les ocurra, total, siempre lo hacen: les juro que no me voy a resentir si me sueltan en la cara verdades duras, para eso se hacen los focus group. De modo que aquí estoy, ansioso, esperando sus comentarios y les prometo que si me vuelvo millonario, los invitaré a todos a emborracharnos a Punta Cana para luego irnos a bailar merengue con las putas. Mil gracias.
¿Por qué les gusta Castañeda Lossio a los limeños? Es una pregunta que me asalta cada vez que veo los resultados de las encuestas y me entero de que casi el 20% de los encuestados en Lima quiere que ese señor sea presidente del Perú. ¿Por qué? Como alcalde es de lo peor que le ha podido pasar a la ciudad. Estamos más expuestos que nunca a la inseguridad ciudadana, el tránsito es absolutamente salvaje; la contaminación visual, auditiva y ambiental da los más graves indicadores de la subregión, la plata se la gasta en adefesios como las piletas bailarinas; en fin, las revisiones técnicas, las zonificaciones cambian según la curva de las coimas con los constructores, el célebre sistema de transporte que unirá el centro con el sur es según los que saben una improvisación nada sostenible en el tiempo, está probado que con ese sistema no se va a eliminar el actual que se basa en unidades pequeñas porque el costo de los pasajes lo va a determinar así, lo de la Costa Verde sigue siendo un negociado, Marco Parra tiene en el apellido la rr de testaferro, me acabo de enterar de que para destrozar Barranco con su vía expresa Castañeda ni siquiera presentó el Estudio de Impacto Ambiental que el MTC le exigía y que al Banco Mundial le metió cabeza para que desembolse el crédito, en fin, la lista de deméritos es larga y la de méritos, calata. Entonces, ¿por qué los limeños quieren que este sujeto sea el próximo presidente del Perú? Tengo una hipótesis al respecto: es porque no se expone a los medios a rendir cuentas. Fujimori, en versión Chiclayo. A la gente lo que le gusta no es una autoridad que lidere, que ejecute, que diseñe, que ponga orden sino un personaje en el cual proyectarse, y en este caso Castañeda simboliza lo que muchos peruanos quieren ser, el tipo que tiene su propia agenda, que primero hace y después habla, que no da explicaciones de sus actos ante nadie, que se caga en los reclamos y denuncias, que llega a donde quiere a punta de pragmatismo. Estamos entonces en tiempos tribales, cuando la mesnada, o la horda, no aspiraba a que su vida mejorase mediante el ejercicio de su condición de ciudadano, porque esta sencillamente no existía. Lo que requería del poder ese sujeto medio animal medio hombre, era un ejemplo a seguir, un referente inequívoco que justifique lo que él hace o quiere hacer en su propia vida. Carta blanca para Castañeda Lossio (o para Fujimori) ya ni siquiera para que hagan aunque roben, sino para que no hagan, roben, destruyan, deshagan y mientan porque es así como yo soy y que nadie me venga a imponer una ética y mucho menos una ley que obstaculice mi llegada al éxito. Esa visión, por cierto, creo que es compartida por blancos, negros, chinos, cholos, pobres y ricos a condición de compartir la cualidad de peruanos. Peruanos a la manera de Fujimori, peruanos mercenarios e irresponsables, que saben ganarse la vida al día y no tienen banderas. Ese es Castañeda Lossio, el hombre que durante su gestión en ESSALUD descontaba dinero de la planilla de sus empleados para financiar su campaña política, tan sencillo como eso, pero además con la cómplice alegría de estos despojados quienes hipotecaban cuotas de sus ingresos confiando en que Castañeda les habría de devolver el favor una vez en el trono de Rivera El Viejo. ¿Devolver? Por atrás, y si te vi no me acuerdo. Por eso gusta Castañeda Lossio.
¿Tirar o no tirar?, that’s the question. Creo que el planteamiento no está bien afinado y me refiero a todo el bolondrón desatado por los polvoretes de los curetes Lugo y Cutié. Pensar las cosas en términos de si se debe o no reglamentar la posibilidad de tener relaciones sexuales, es una posición totalmente represiva y reaccionaria, sea cual fuere su respuesta. A estas alturas del partido estoy convencido –y ojo, no es una cuestión solo de calendario- que tan represivo es obligar a alguien a comprometerse a no tener relaciones sexuales, como presionar compulsivamente a la gente a tenerlas. Pero vamos por partes. Para comenzar, el punto de vista de quienes piensan que Cutié y Lugo poseen todo el derecho del mundo a vivir su sexualidad, por alguna razón no se hace extensivo a las pobres monjitas. ¿Qué pasa con ellas, acaso no tienen deseos? Así, se repite en versión bien caricaturesca el modelo según el cual los hombres tenemos unos impulsos irrefrenables y que cuando Parodi toca la puerta no hay nada que hacer sino el dale – dale, mientras que con las mujeres ocurriría algo distinto: como ellas están hechas para ser madres, bueno, que se las riegue cuando vayan a florecer y que el resto del tiempo se la aguanten. Eso ya vicia de saque esa posición a favor de la libre tiradera del clero. Pero el otro argumento es más pesado todavía. Sostiene que para vivir plena y sanamente, es indispensable llevar una vida sexual activa. ¿Ah si? ¿Y quién ha mndado eso? Es como sostener que las exportaciones aseguran la felicidad. ¿Por qué la plenitud humana obliga al coito? ¿No existe la masturbación acaso? ¿O la simple abstinencia? Hay un montón de gente que sin ser cura ni monja ni hacer votos de ninguna especie, vive sin tirar y no anda babeando de frustración, simplemente lo ha elegido y es su asunto, no creo que por eso estadísticamente sea más o menos feliz que el resto de la infeliz humanidad. Siguiendo ese estúpido razonamiento habría entonces que concluir en que las prostitutas y los fletes y las actrices y los actores porno son los seres con 20 de nota en el rubro “realización”, y no me vengan con el cuento que ya todos sabemos de qué va el asunto. El otro día leía a Rocío Silva –siempre es un placer- comentando estos mismos temas y en una parte de su excelente texto de La República comentaba que el Viagra es el non plus ultra de esta presión obsesiva por ejercer la sexualidad, pues la pastilla te da un mensaje tan monstruoso como este: “ya no tienes excusa”. No me vengan con vainas, la dimensión humana es muy compleja como para reducirla a recetas de Cosmpolitan. A mí me divierte mucho ese chiste del inglés que a la mañana siguiente de su noche de bodas le dice a la esposa: “espero que hayas salido embarazada porque no pienso repetir los ridículos movimientos de hace unas horas”. Es una alternativa, qué duda cabe. El asunto de los curas yo lo veo por otro lado: ¿qué puede saber de la vida cotidiana alguien que no lleva la vida cotidiana del promedio? Es así de simple. Y en el promedio hay casados, solteros, gay, viudos, bestialistas, pedófilos (de eso sí saben bastante los curas), anglófilos, filósofos, filatélicos y gente común y corriente. Eso le falta al cura, ser un qualunque, un ser cualquiera y no sentirse un elegido porque cuando se siente un elegido es que adquiere el derecho a perdonar el pecado ajeno y entonces sí que entramos en la peor de la estafas, porque de ahí a la infalibilidad del papa, hay solo una nube que saltar.
Tiene los ojos grandes, cosa rara porque con los años el tamaño de los ojos se reduce, y él marca 81 años. Sus cejas son pobladas y desordenadas por silvestres. Su mirada, pocas veces recibida y devuelta, es la de quien manda sentirse bien, desea el bien, asoma desde las entrañas la pelea entre saber que el mal existe con la concreción de una piedra cualquiera y que ahí está para caerle encima a cualquiera, y que él tiene las herramientas para contrarrestarlo pero no son suficientes para tanta gente que sufre enfermedades, no surgidas del propios organismo por cruces de chicotes entre nuestros tejidos, órganos o células sino por la acción mental y simbólica de otros: la brujería, el daño, el “tiro”, como le dicen al mal hecho intencionalmente por medio de un malero allá en San Pedro de Lloc. Hago una mesa espléndida con don Marcos Carvajal, a las tres de la mañana, mientras él cantaba con un vozarrón de vendaval en un bosque de rocas, su alzador me llamó, “mira, mira”. Me señaló el cielo, estábamos en el espacio en el que Carvajal trabaja desde siempre, una casa con piso de tierra en la calle Zepita, a la entrada de San Pedro. El techo solo existe hasta la mitad del corral donde se ha armado la mesa, el resto es una trama de vigas de algarrobo que con el contraluz de la noche parecen trazos negros hechos al carbón contra un cielo azul claro porque la Luna está inmensa y recuerda un plato moche bruñido. Miro hacia donde me señala el alzador: seis lechuzas pasan volando en círculo, dos veces y luego se van, en total silencio. “Tu tiro está fuerte, Rafael, me dice don Marcos, pero de acá sales fuerte con mis lindas huacas y mi lindo banco ganadero. Repite conmigo, fuera envidias, fueras brujerías, fuera cementerios, fuera mortajas, fuera ataúdes, fuera vendas, fuera máscaras, mar adentro”. Le pregunto por qué “mar adentro”. Me explica que todo lo que expulso esa noche él lo echará al mar, al mar adentro, y que por eso mañana no debo comer pescado porque el tiro me podría regresar. Siento que mis piernas se han vuelto sólidas, que ese viejo mensaje paterno “patas de lana” ya se fue mar adentro. Siento que mis rodillas están secas y lubricadas y que ese viejo mensaje paterno que atacaba mis rodillas porque acumulaban grasa, ya se fue mar adentro. Siento que mis muslos, mi pelvis, mi bajo vientre, mi sexo, mi pecho, mis hombros, mi espalda, mi cuello, mi cabeza, se arman y conforman el esquema de un caballero sesentón que se conserva bien y tiene energías como para seguir por unos años más con lucidez y con menos miedo porque el atávico mensaje paterno de que yo existía solo de rostro para arriba, como esos putti renacentistas que adornan a las inmaculadas concepciones, porque el resto de mi cuerpo era un desastre frágil y sin forma, ya partió y se hundió mar adentro. Pasan las lechuzas, se va el tiro. El tiro, me dice don Marcos, viene de una mujer que se resintió conmigo por algo que ni yo mismo conozco. “Es un buen tiro, muy fuerte, muy malo”. Es una mujer de senos grandes, bastante perturbada, que no entiende por qué yo recibo trabajos que a ella le hacen falta siendo yo un frívolo figuretti superficial y ella una profunda conocedora del Perú profundo. Entonces, me mandó el tiro, me enemistó con gente querida, me quiso secar hasta enfermarme y de pronto, hacerme morir, quién sabe. Se van las seis lechuzas, comienza a amanecer, don Marcos me cuenta cómo consiguió hace sesenta años los elementos que componen su mesa, una mesa completamente moche, sin elementos cristianos ni modernos. Yo sollozo de alegría al recibir el agua de trigo fresco sobre el rostro de manos del alzador. Ocurrió hace una semana. ¿Quiere alguien sabe cómo consiguió don Marcos los elementos de su mesa?
Este post es un impromptu producto de haber escuchado esta mañana (6 de mayo) una entrevista radial que le hace Víctor Andrés Ponce en CPN a Carlos Tapia, el científico social que está en el grupo más selecto de Humala desde que este entró a la política. Debo decir que desde que yo estaba en la universidad seguía con atención particular los trabajos y las ideas de Tapia y este interés se hizo más grande cuando Tapia se convirtió en el estudioso más informado y objetivo sobre los fenómenos terroristas de los últimos cuarenta años, especialmente el actuar de Sendero Luminoso en las distintas regiones de Ayacucho. Los vínculos académicos e ideológicos de Carlos Tapia con las universidades más sólidas del Perú y con entidades imbatibles, como el Instituto de Estudios Peruanos, siempre han respaldado y legitimado las investigaciones, publicaciones y declaraciones de este peculiar personaje. Cuando salta a la política en el core más íntimo de Humala no me sorprendió, Tapia es bastante loco, pero –así pensaba yo- en el buen sentido de la palabra, como loco es Ricardo Letts. Es decir, personajes brillantes cuyas mentes y conocimientos dan la vuelta completa a la racionalidad de lo establecido y no les queda entonces sino la cuneta de la marginalidad, a la que terminan entrando con mucha coherencia, dignidad y transmisión de principios, algo no muy frecuente en nuestros tiempos modernos. He continuado leyendo con atención a Tapia en diversos medios, sobre todo en La Primera, y si chapo una entrevista suya en la tele pues me detengo y me pego. Lamento admitir que después de haberlo oído hoy en la radio, todo lo anterior deberé afirmarlo en adelante en tiempo pasado. La entrevista que le hace Ponce trata sobre una denuncia o algo así que saca el diario Correo, según la cual Nadine Heredia, la esposa de Ollanta, gana 4000 dólares mensuales trabajando para un diario venezolano que ya no existe, y 5,500 dólares asesorando a una empresa arequipeña. Si yo representara al partido de Humala y me invitan a un medio a explicar una cosa así, con mucho respeto habría respondido que la señora Heredia tiene todo el derecho del mundo de trabajar donde le dé la gana siempre y cuando sus honorarios no salgan de los bolsillos de ningún contribuyente y punto, a otra cosa mariposa. Pero, no me lo van a creer, Tapia salió en defensa de Nadine diciendo que era una mujer no solamente muy calificada como profesional en comunicaciones sino que además “es muy guapa”, y que la conjunción entre belleza física y talento en un mundo tan competitivo como el actual, es un gran punto a favor para agarrar trabajos tan bien pagados que solo pueden generar envidia en los demás. No contento con semejante estupidez al cubo, Tapia remató apuntando que Nadine, “no solo es una guapa ama de casa, es además una excelente profesional”. Tapia, lo siento, cagaste verde sin ser loro. Has borrado de un plumazo más de treinta años de una brillante carrera pública como científico social y exegeta de un Perú que muy pocos conocen. Con esas declaraciones te has delatado como un machista, sexista y atorrante peruanito oprimido, cacherín, arrechito y trolaloca, de esos que en una oficina pública cuando están del otro lado del mostrador a la mujer que espera atención le dicen “mamacita” o “corazón”, o como Berlusconi en la foto que se tomó cuando fue a ver los daños del terremoto en El Abruzo y mientras posaba le metió mano a una voluntaria, eso sí, pidiéndole permiso antes, “¿puedo palpar a la señora?”. ¿Qué te pasó, Tapia, estás carretón, reblandecido, te has vuelto trepón y huachafo a estas alturas de la vida? Dicen los mexicanos que dos tetas jalan más que dos carretas, y no quiero sugerir que te guste Nadine pero sí, que al hablar de esa manera has querido, con seguridad y deliberadamente, enganchar con la peor tara del varón peruano, el machismo, el sexismo, quizás pensando en que como Humala está en 5% en intención de votos, tú lo puedes ayudar a subir hablando cojudeces. Lo siento, Tapia, por ti y por mí porque eres uno más que me hace desacreditar a la especie humana.
A ver, si estuviéramos en el Perú de hace treinta años, cuando en la Libreta Militar había que llenar un cuadrito que decía “raza”, al inscribirme yo tendría que haber puesto “blanca”, pues bajo ese concepto, inexistente, de “raza” se supone que pertenezco al grupo de los blancos, así como otros al de los negros, los amarillos y los cobrizos. El color de mi piel tira al rosado jamón de York, más que al blanco, tengo ojos claros heredados de mi madre, pelo (escaso) castaño oscuro, barba cana, mido 1.76. Mi forma de expresarme, mi cultura, mis modales, corresponden al de un individuo cercano a los sesenta años que pertenece a la clase media urbana peruana típica. Eso soy, al menos hacia fuera. Pues bien, quiero decir que por ser así en el Perú de hoy, soy discriminado, tanto como quienes resultan impedidos de ingresar a las discotecas de Larcomar por ser cholos o quienes siendo congresistas con todo derecho, reciben insultos y agravios de fascistas impenitentes, por su condición de indígenas quechuahablantes. Ejemplos. Estoy en un terminal de bus en Trujillo comprando en la ventanilla mi boleto para viajar a San Pedro de Lloc. De pronto una señora bien trujillana me saca de un codazo de mi lugar y empieza a reclamar por no sé qué historia del ticket que acaba de adquirir. Yo, de manera educada, le pido que se ponga en la cola, que el turno es mío. La respuesta que recibo, en el tono más achorado y desagradable que pueda existir es, “y a mí qué mierda me importas, gringo”, y siguió con su griterío y su reclamo, y por supuesto la señorita ventanillera actuó en alianza con ella pues pasó de inmediato a atenderla. ¿Es eso o no discriminación racista? Otro ejemplo: quiero comprar un terreno en un lugar de provincia, empiezo a tocar puertas y a preguntar precios, todo me parece muy caro y se lo comento a un amigo del lugar. Su explicación: “no pues hermano, búscate un testa porque con tu pinta todo el mundo te va a querer ganar el doble”. Pregunto a los colectivos de Derechos Humanos, ¿debo o no debo sentirme excluido en una situación así? Otro caso, que no me ha pasado a mí directamente pero sí a varias personas que me lo han contado. Te choca un Tico o un taxista de station blanca. Te bajas a reclamar, el taxista desde el asiento y sin apagar el motor, te lanza, “ya pe compare, tú tienes seguro y yo no”, y se arranca y cuando vas donde el policía a explicarle, placa anotada en mano, de manera resignada este sentencia, “ya siga nomás caballero”. Le pregunto a Ardito, ¿estamos ante casos aberrantes de discriminación y violación de derechos humanos por causa del aspecto físico y el color de la piel, o no? ¿Una forma de racismo y clasismo combinada, equivalente a la que se ejerce contra cholos, negros, chinos, mulatos, mestizos, indios y pobres en el Perú, o no? Debo decir también que además de estos episodios de flagrante discriminación por prejuicio, debo soportar atmósferas agresivas y hostiles en ciertos lugares por el simple hecho de ser yo y haber ingresado. Ayer entré a un Topitop del Jirón de la Unión a comprarme polos en oferta, y la gente me miraba feo, sobre todo las dependientas, como diciendo “y este qué hace acá”. Ir a una comisaría para hacer algún trámite es exponerse a un trato discriminatorio peor que el que recibe un ciudadano con otro fenotipo por la sencilla razón de que el policía ve en el “blanco” a la víctima potencial de un pique, cosa que no ocurre necesariamente con personas de otro color, a las que con maltratar será suficiente. Vistas las cosas así, hay que sincerar el tema del racismo e incorporar este otro, del que soy víctima. Y no es broma. Porque se trata, creo yo, de un prejuicio derivado del otro racismo, del tradicional, del que se acepta en el habla coloquial. Es derivado, es vindicativo y es tan dañino y venenoso como el otro. Estas combinaciones, exquisitas, de racismos que conviven en nuestro territorio y se alimentan unas de otras, son las que hacen la vida en el Perú cada día más difícil, a todos.
No me gustan las teorías conspirativas, las asocio con el pensamiento fanático, con la paranoia, con la incapacidad de cada quien de aplicar su propio criterio para explicarse el devenir de las cosas. No puedo negar, sin embargo, que un mundo a la vez sobresaturado de información, pendular entre la secularización y el fundamentalismo, preñado de estrés y de miedo, desigual y mal enrumbado, solo puede ser entendido a veces como el plan de algún polo de poder ubicado en todas partes y en ninguna, capaz de controlarlo todo y de recurrir a herramientas de manipulación de una sofisticación tal que ya tienen incluso contempladas las líneas que estoy escribiendo en contra de las teorías conspirativas. El tema viene a cuento porque a la misma vez que se comenzaron a dar a conocer los primeros casos de la llamada “gripe porcina” en México, por Internet debutaban las especulaciones que explican el origen de una epidemia con rasgos apocalípticos. Una epidemia es más amenazante que una guerra porque no respeta fronteras, peor aún en un mundo en el que el desplazamiento espacial está en la base del trabajo de miles de millones de personas y la migración es un proyecto de vida, casi profesional. La influenza mexicana nos cae meses después de declarada otra pandemia, tan mortal como aquella solo que no viral sino humana, en el sentido que tiene sus causas en males privativos del ser humano, como son la avaricia y la corrupción, pero que se extiende mediante los circuitos de vida cotidiana: compras, ventas, hipotecas, ahorros, bonos, acciones, tal como la fiebre chancha se expande exponencialmente en el día a día de las personas, por eso asusta tanto. La teoría conspirativa que ha comenzado a dominar en Internet sostiene que hay una relación entre ambas pandemias, es decir que la influenza podría ser una estrategia derivada de la crisis financiera mundial. ¿Promovida por quién? Bueno, ¿quién promueve todos los males del mundo desde sus laboratorios secretos, sus kitchen cabinets, sus premio Nobel a sueldo y sus experimentos inconfesables?: los gringos. Los gringos habrían creado un virus destinado a generar en la humanidad un terror de tal magnitud que la crisis económica como amenaza tendría que pasar a un segundo plano y, sobre todo, las reflexiones críticas al sistema capitalista derivadas del crack, pasarían a ser vistas como lujos de onanista, al costado de la posibilidad de que en la escuela de tus hijos los niños empiecen a morirse como moscas o mejor, como cerdos. Más que una cortina de humo, se trataría de crear un escenario con un mal tan grande e ingobernable, que al lado suyo el descalabro económico del capital se convierte en una circunstancia capaz de ser arreglada casi con criterio de maestrito gasfitero. Los grandes esfuerzos hay que ponerlos en el Gran Mal. Lo demás queda en manos de los que saben: los economistas, los financistas, los jugadores de bolsa. Me parece muy interesante, no creo ni suscribo algo que mientras no se compruebe, solo será delirante. Pero justamente una de las cosas que más confunden en el actuar de un paranoico es que sus persecuciones fantasiosas guardan un esquema de coherencia de hierro, por eso llegan al poder personajes como Hitler, Stalin o Fujimori, porque las amenazas a la integridad de una nación terminan siendo tan reales que no combatirlas a partir de la unidad y la indiferenciación sería un delito contra la especie. Cuando surgió el SIDA de inmediato aparecieron también explicaciones conspirativas que – de paso- nunca fueron aclaradas ni desmetidas. Se decía, por ejemplo, que el síndrome existía de manera endémica entre grupos de ancianos del África Central que aún practicaban rituales en los que bebía sangre de ciertas especies de mono, y que en ese proceso habíase mutado un virus de un ser al otro. Y que los gringos descubrieron eso, lo comenzaron a estudiar en sus laboratorios y lo aplicaron en poblaciones de Haití de manera experimental, a ver cuánto tenía de hábitat negro el bicho infecto. Claro, no contaron con que muchos gays de San Francisco y California iban a pasar sus week end a Haití donde la carne humana vale muy poco y es suculenta, y entonces comenzó esta transmisión descomunal primero entre la comunidad “rosa” y luego, bueno, luego todo lo que ya sabemos. Lo cierto es que en un mundo con tantas dotas para la circulación de información, se sostiene en el terror igual que en la Edad Media, y que de nada sirve la razón frente a la amenaza de la catástrofe. Si la vida empieza a depender del uso de un condón o de una mascarilla, ¿con qué cabeza vas a pensar en los cabrones de Wall Streeet que se están chupando tus ahorros para pagarse bonos millonarios?
Alguna vez leí en Caretas si no me equivoco, un reportaje sobre la prostitución de alto vuelo en Lima, esa que emplea a mujeres jóvenes que no podrían ganar lo que ganan en ningún otro trabajo. Una chica, ante la pregunta del periodista de qué era lo que más me molestaba de su chamba, respondió: “que un cliente que te ha tomado a las cinco de la mañana te pida que se le chupes”. En Perú 21 de hoy (22/04/09), en la leída página de Esther Vargas donde se mete con todo al tema de nuestros barrios bajos, sus tabúes y sus delicias, encuentro extractos de un libro publicado por una prostituta brasileña. En varios momentos ella señala que lo que más la irrita es el cliente y que el mayor placer lo obtiene cuando un gordo grasiento se baja de cabalgarla, y que la pose que más practica es la del perrito (a tergo) porque así los hombres nos vamos con mayor rapidez. La prostitución tal como la entendemos ahora, ha sido para mí siempre motivo que grandes ambivalencias. Cuando yo era estudiante universitario íbamos en collerón al Troca y al Botecito los sábados por la noche pero nuestro bacilón era bailar salsa con las chicas (consumir harta cerveza para ello) y luego, si te quedaban energías, pasar a atenderte o si no sentarte a comer huevo duro con ají en el ambulante de la puerta esperando a que el resto del grupo termine para regresar en la madrugada lechosa del Callao a tu camita suave de San Isidro. Recuerdo de esas juergas el humor desenfrenado e inclemente de las chicas, capaces de dejar el piso de la casa de los títeres lleno de cabezas cortadas. No puedo decir que hayan sido tiernas, ni siquiera amables, pero hacían gala de eso que los franceses llaman rage de vivre (rabia de vivir) que es una expresión de energía y aguante envidiable sobre todo cuando tu hábitat es un mundo de mierda. He tenido otros contactos menos salseros y más carnales con chicas del oficio y la verdad, no he encontrado en ellas nada de ese mito un tanto machista, ingenuo y literario que las idealiza como seres puros que hacen lo que hacen porque así es la vida. Al único a quien le respeto el cliché es al imbatible Fellini con su Cabiria, pero ni a García Márquez con sus putas tristes ni a Shirley Mclaine con su Irma la Douce ni a Ampuero con su puta linda se lo creo ni se lo banco. Es que me cuesta mucho trabajo imaginar que una mujer o un hombre esté dispuesto a poner su cuerpo en el contacto más estrecho e íntimo que se pueda tener con otra persona sin ninguna otra motivación que el intercambio monetario. Disculpen si soy moralista, pero se me erizan un poco los pelos de pensarlo. Pero por otra parte, como dijo una chica ampayada por Magaly haciendo precisamente “eso”, chamba es chamba y cuando hay que comer, mantener hijos, pagar colegios, tener algo en el bolsillo para divertirte y cumplir con las cuentas mensuales, somos muy pocos quienes nos ponemos a hacerle ascos al trabajo que realizamos aún cuando muchas, muchísimas veces este bordee la indignidad en cualquiera de sus formas y sin necesidad de que medie una penetración al paso para hacer de esa labor, algo un tanto despreciable. Miremos las cosas de otro ángulo. Supongamos que yo me empleo sellando papeletas de salida de mercadería en un depósito de maquinaria y me paso ocho horas al día haciendo tap con un sellito de madera, sin hablar con nadie, todo el tiempo con luz artificial, sin aire fresco que respirar. Un miserable infiernillo que ni siquiera califica para infierno. Conociendo la naturaleza humana, estoy convencido de que aún odiando ese trabajo vil, algún placer he de encontrar en retomarlo cada mañana y en imaginar que hasta los 65 años de edad haré lo mismo antes de que me manden a mi casa a mirar televisión rodeado de desamor e incomprensión. Un buen recuerdo por imposible que parezca, un cierto amor a los catálogos de facturas, a las máquinas que veo salir. De no ser así, no aguantaría, me habría buscado otra cosa, o estaría muerto por mano propia desde hace mucho tiempo. Con la gente que se prostituye algo así tiene que ocurrir, quizás hay un amor hacia la noche que quienes nos acostamos temprano no conocemos, o hay un olor en el cuerpo ajeno que por más que este sea cada de vez el de alguien distinto, nos da el mismo mensaje de contacto y de gusto, o el trago, que es tan rico, y está asociado a ese oficio. Hasta entendería que pudiera ser fuente de gratificación mirarse al espejo una mañana después de haber atendido a diez clientes y descubrir en las ojeras, en los rasgos demacrados y en el rictus de la boca, las huellas de la verdadera vida, por más que joda. He encontrado un buen texto, que comparto con el navegante. Se trata del fragmento de una novela, El sol de la decadencia, del español Luis Antonio de Villena. Ahí va, para que me lo comenten. “¿Qué es un prostituto? ¿Seguro que alguien puede querer vivir de su cuerpo? El buen burgués, la gente de bien, ni se plantea tales cosas horribles, pero si llegara a hacerlo cree tener más que sabida la respuesta. La sociedad cristiana estorba y condena todo lo que tiene que ver con el sexo, y más aun si ese sexo es masculino. A lo mejor no es posible hablar de vocación, pero seguro que puede hablarse en muchos casos de voluntad. ¿Tiene vocación un albañil? ¿O el portero de un hotel? ¿Tiene vocación el picador de una mina, sucio y con los pulmones destruidos, negro de por vida? Vivir del cuerpo puede ser más libre. Pocos se atreverían a decirlo. Con hipocresía singularmente perversa, los cristianos han dividido el cuerpo humano en zonas de valor, según su ridícula y puritana axiología. El que trabaja con las manos es santo y hombre honrado. El que trabaja con su cabeza (y a menudo la alquila, como el periodista o el guionista) puede incluso ser una eminencia. Todos son nobles, aunque no se perciba la santa corona. Pero el que trabaja con el sexo es un ser abyecto, alguien que cae sin remisión en el mal y en él se enfanga. Un ser putrefacto”.
Ya fui a ver, por fin, La teta asustada y lo primero que quiero decir es que la sala 8 de Larcomar ya parece cine de barrio, incluso –en mis recuerdos al menos- el Broadway de la avenida Brasil apestaba menos a pila que esta salita de lo más prettyfull. Además, las hileras de butacas están medio desprendidas del piso de modo que si te mueves mucho, como si fuera un tren se moviliza toda la fila y comienzan los refunfuños y los malos humores de los asistentes. La copia, ¡un desastre! Por momentos había que hacer un esfuerzo muy grande para distinguir si lo que estábamos viendo era un efecto estético buscado por Llosa o el desgaste del film, y siempre era lo segundo. Por lo demás, no voy a comentar la película y no lo voy a hacer porque me resisto a volver a meterme en una polémica onanista, faruca y bipolarizada como la que se desencadenó a raíz del estreno de Madinusa. En esa oportunidad yo publiqué un comentario en Somos que me costó el escasísimo prestigio del que gozaba entre académicos y críticos de arte, cosa que no me importa mucho, la verdad sea dicha, pero que no pienso repetir porque eso cansa. Sí me apunto en la línea de quienes piensan que es muy importante el triunfo de la película de Llosa en las principales vitrinas del mundo, más allá o más acá de su calidad. Eso solo puede hacernos bien porque de hecho será una locomotora que comenzará a tirar para que de verdad nos propongamos hacer cine, industrial, comercial, de elegidos, abstracto, de sala ensayo, concreto, estúpido, porno, serio, o el que sea, pero cine. Y en cuanto a los debates antes mencionados, solo quiero recomendarles a quienes me crucificaron en ese entonces por escribir lo que pienso acerca de Madinusa, que busquen en Internet lo que Salman Rusdie opinó al día siguiente de que la celebrada Slumdod Millionaire se llevara una camionada de oscares. El perseguido escritor indio/británico salió a los medios a calificar de “ridícula” a la película. ¿Sus argumentos? Ojo, muchachos de la peruanidad oprimida, mucho ojo; según Rusdie el cine per se es independiente de lo real, como todo arte, sin embargo, cuando esa autonomía se usa para manipular, falsear y crear imágenes estereotipadas que garantizan taquilla, estamos ante algo de muy mala factura, “ridículo”. A ver, ¿cuál de los muchachones que me sacó la cresta porque estaba yo juzgando, según ellos, un producto de arte con “criterios extra cinematográficos”, se atrevería a decir lo mismo sobre el cañonazo de Rusdie? La teta asustada ha marcado un hito en la historia del cine peruano, y yo la veo desde ese ángulo, o al menos, ese es el límite de lo que voy a expresar públicamente acerca de esta producción. En relación a la cita de Rusdie, por favor, no quiero que algún huevas tristes tome las cosas como que yo estoy aludiendo a La teta… como una película que manipula, falsea o estereotipa. Que quede bien claro: no califico en absoluto a la segunda película de Llosa más que en mi fuerito interno. Pero hablando de cuestiones extra cinematográficas, sí me parecería muy importante que tanta gente que ha visto La teta… y la ha elogiado –en algún caso hasta comprándola con ciertas películas de Buñuel- tanta masa crítica, sea igual de enérgica para pronunciarse frente al caso concretísimo de una mujer andina de carne y hueso, Hilaria Supa, excluida, discriminada por un sector de fascistas para quienes la complejidad cultural es un estorbo y la diferencia, un handicap. A propósito de este desagradable caso, no puedo dejar de recordar aquella vez en la que la erudita Martha Hildebrandt, durante el gobierno de su gurú Fujimori, afirmó que este manejaba un perfecto castellano, considerando que su lengua materna había sido el japonés. Bueno pues, ahora resulta que Hilaria Supa, según esta congresista que ya suena a piano viejo, no ha sido desdeñada por Aldo Mariátegui en su condición de quechua hablante sino por usar mal el castellano. Es decir, lo mismo que para Fuji solo que al revés: ¿para eso sirve tanta erudición, digo yo? Hay que ver La teta asustada, de todas maneras, pero busquen una sala que no sea la 8 de Larcomar, se sentirán sentados en la silla de un país que no sabe siquiera mirarse en el espejo.
La iglesia Católica es una institución humana, eso ya por sabido se debería callar; sin embargo, se trata de un rasgo que no resulta tan perogrullesco para muchas personas, sea que militan ciegamente en esa fe o que – quizás lo que fue mi caso por muchos años- se quedaron con huellas traumáticas en el inconsciente que impedían dudar sobre lo obvio. Lo que pasa es que en los tiempos que nos ha tocado vivir, cuando como escribió Marx, “todo lo sólido se pulveriza en el aire”, ese rasgo de imperfección que es la humanidad se hace absolutamente innegable en la iglesia Católica y en cualquier otra agrupación de fundamentos. Una medida de esa pulverización en el aire está en la diversidad de tendencias, actitudes y visiones que ahora mismo se juegan a la mala dentro del catolicismo y que yo no sé hacia adónde conducen a la burocracia más antigua de la historia, en vigencia. Vayamos, para comenzar, al Vaticano, y cito acá ideas y datos que da el periodista español Juan José Tamayo en un excelente artículo publicado en El País, de España, el pasado martes 21. Tamayo señala que Ratzinger en cuatro años, ha enemistado a la iglesia oficial con los colectivos sociales más sensibles del mundo. Pruebas al canto. En 2007, cuando viajó a Brasil, a Aparecida, soltó una burrada de campeonato. Dijo que la reflexión sobre las religiones precolombinas era un retroceso, que la conquista con la cruz y la espada no fue lo sanguinaria que algunos quieren hacer creer y atacó con cierta ferocidad a la teología de la liberación, en su territorio de mayor expansión. No contento con así haberse tirado en contra al 10% de la población latinoamericana, Benedicto achoró a trece millones de judíos cuando perdonó al obispo Williamson, censurado años atrás por haber negado el Holocausto. Hasta Angela Merkel tuvo que intervenir para poner paños fríos a esta torpeza. Mil trescientos millones de musulmanes se sintieron ofendidos cuando en septiembre de 2006, en la vieja universidad de Ratisbona, este papa de agrio gesto dijo sin frenos que el islamismo ha traído al mundo grandes males, irracionalidad, guerra santa, violencia. Justo cuando Bush, oh casualidad, emprendía la mayor cruzada contra el Mal Mahometano desde la Edad Media. En julio de 2007 separó a 650 millones de protestantes de 250 millones de católicos, al proclamar ex catedra (es decir, sin riesgo de error) que la iglesia Católica es la única verdadera, las ortodoxas son imperfectas y las reformadas simplemente no son. La cristiandad conciliar –de la que me he sentido parte por mucho tiempo- se quedó sin habla cuando este anciano de pantuflas rosadas de terciopelo y anillos de Cleopatra, instauró la celebración de la misa en latín según el rito tridentino y reintegró al seno (teta asustada) de la iglesia a monseñor Lefevre, un fascista de tomo y lomo que había estado a punto de crear un cisma de polendas unos años atrás. Y ahorita nomás, en Angola y Camerún, cuando la vida en ese continente ya se juega en las últimas partidas y nada parece indicar que pueda haber esperanza, se dio el lujo de soltar en la cara de 856 millones de africanos que el uso del condón no solo agrava el problema del SIDA sino que es un aparato que engendra muerte. ¿Con quién le falta pelearse a don Benedicto? ¿Con las Viudas de Naím? ¿Con los Alcohólicos Anónimos? ¿Con los rotarios? Por su parte el ex monseñor Fernando Lugo, ahora presidente electo de Paraguay, en una semana ha puesto en primer plano nuevamente el debate sobre el celibato sacerdotal pero no en abstracto ni mucho menos. Un hijo reconocido y otro por reconocer, son evidencias contundentes, injustas, machistas y esquizofrénicas de que el trolaloquismo es en el clero una práctica más frecuente que prosternarse ante el Divino Copón.. Pero como hay de todo en la viña del Señor, recibo regularmente por Internet información sobre el trabajo de ciertos grupos de curas y monjas afincados en diferentes lugares del planeta, que al margen de lo que haga y diga el enjoyado papa, o de los polvorones de los obispos, se sacan el alma trabajando con los pobres y desgraciados, que cada día los hay más. Curando, asistiendo, consolando, haciendo gestiones, confiando en los pobres en un momento de la historia en la que los mismos pobres se están ocupando de desacreditarse a sí mismos, cuando demandan tantas cosas que no sirven para vivir sino para imaginarse estar viviendo, como celulares, televisores, bijouterie barata. Pero ahí están estos curitas y monjas y eso yo lo sé, me consta, me los encuentro en los pueblos, en las comunidades y me pregunto si no serán estos los reales depositarios del mensaje evangélico y que si así fuera, pues estamos cagados porque Benedicto y Cipriani y toda esta corte de enfaldonados arrogantes, autosuficientes, infalibles y caraduras, les han arrebatado la palabra. Y hablando de palabra, ¿qué dice usted sobre esto, navegante?
Ofenden y afean al Perú. Gente como Ántero Florez Araos o ese aprista cuyo nombre he olvidado, ah Núñez, el de las hijas negadas y el traslado misterioso del anciano Camana de un hospital a otro antes de una muerte llena de misterios, y tan parecida a las maniobras cachacas de contrainsurgencia en tiempos de Montesinos. Ofenden, me llevan a pensar que muy pronto el spot de promoción turística que nos corresponda, será el de Lourdes Alcorta en la ducha. Flores Araos ha resultado siendo el más impresentable en un concurso de trogloditas. Esa manera de referirse al soldado menor de edad que murió en Vizcatán, ya se ganó su lugar en la siempre abierta historia universal de la infamia. Recordemos. Luego de sus pésames de cocodrilo a los familiares del chico y sus compromisos de investigar caiga quien caiga, cambia de tonito y se pregunta: “Pero, ¿qué fue de los padres del soldado durante el tiempo que estuvo sirviendo? ¿Por qué no lo buscaron? ¿Por qué han tenido que esperar su muerte para salir a declarar?”. A ver, Gato Gordo, vayamos por partes, ¿ya? Y a ver si nos entendemos y comienzas a morigerar las bestialidades con que agredes a la inteligencia nacional porque si sigues así, me vas a obligar a contar en este blog una fea historia relacionada con un cuadro de un pintor peruano que cuelga en una pared de tu sala y que no te gustaría que se hiciera pública, así que sométete al chantaje y pórtate bonito. Muy bien. Pongámonos en el caso de la familia pucallpina Macedo, campesinos miserables, semianalfabetos, sin ninguna posibilidad de mejorar su situación. Así hay millones en el Perú y ocurre que en muchos casos meter a un hijo al ejército es lo único que queda: una boca menos que alimentar, un muchacho ocupado aunque sea a la fuerza, con su rancho asegurado, su educación, sus posibilidades de ascenso. Peor es la vida que le correspondería, para decirlo con la crudeza que el caso merece. Una tía del joven Robinson Macedo ha declarado que este chico se presentó de manera voluntaria al ejército, y no lo dudo. Parece que no hubo leva ni forzamiento: solo miseria y subdesarrollo. Pero imaginemos que a los padres de Robinson se les avisó que su muchacho iba a ser enviado a combatir a Vizcatán, a Oreja de Perro, mal armado, mal entrenado, sin alimentación adecuada, contra un enemigo invisible que lleva todas las de ganar. ¿Qué hubieran tenido que hacer? Pues de pronto ir al cuartel donde se enroló Robinson y pedirle al general correspondiente que libere su hijo, que nadie se imaginó algo así, que lo van a matar y es menor de edad. ¿Habrían pasado de la garita de ingreso del cuartel este par de seres de segunda categoría para la estadística oficial peruana? ¿Qué les habría dicho el soldado de la garita del cuartel? ¿Alguien lo puede imaginar? Muy bien, los Macedo, desesperados ante la pared de silencio empiezan a preguntar por aquí y por allá, hasta que se dan con gente de una ONG dedicada a vigilar los Derechos Humanos de los menores y a esta acuden. La institución acoge el pedido y comienza un trámite, engorroso, extenuante, por momentos insoportable de desesperanzador. De pronto los funcionarios de la ONG llegan a la conclusión de que no queda otra que recurrir a los medios de comunicación, en escala: locales, regionales, nacionales. Y se da el mensaje y se arma la pampa. Una gran primera plana de algún diario serio registra el caso, la posta la toma un informe de programa dominical. ¿Cómo habrían reaccionado Flores Araos y su club de impresentables militaristas y fascistoides? Pues echándole la culpa a la ONG y valiéndose del episodio para reforzar esa mierdada según la cual estas organizaciones solo trabajan del lado de los terroristas: “¡vean cómo desmoralizan a nuestros jóvenes y valientes soldados que están dispuestos a dar la vida por la estabilidad y el porvenir de nuestro país!”. Entonces, Gato Gordo, deja de hacerte el suspicaz y sincérate: estás culpando de la muerte del menor a una familia que para el Perú oficial no existe y a la que, si la suerte la acompaña, no le queda sino el camino de esa institucionalidad tan satanizada por los de tu laya, como es la de las ONG. Ofendes, Flores Araos, como escribió Vargas Llosa, eres inculto, ignorante, intolerante y subdesarrollado. Peor aún, eres todo eso y encima civil, porque si fueras militar estaríamos ante un pleonasmo. Pero no, eres civil, bien comido, de apellido compuesto, has sido embajador ante OEA, vistes ternos de marca y tienes ojos claros. Pero ofendes. Y te lo advierto, el chisme del cuadro te puede dejar muy mal parado, así que ya sabes, antes de hablar piensa, piensa dos veces, tres, varias veces.
Hay que escribir sobre esto, ¿no? y discutirlo aunque dé pereza y es que luego de la sensación de liberación y confianza que muchos peruanos pudimos sentir al escuchar la sentencia dada a Fujimori, desde el día siguiente comenzaron a sonar unos extraños tambores, los crujidos de placas tectónicas dispuestas a destruir, el óxido de bisagras que abren a lo oscuro. Un científico social egresado de La Cantuta llamó “indignado” a Jaime de Althaus para contarle que oñoñoy, los estudiantes asesinados por Colina sí habían sido senderistas y ni qué decir el profesor. ¡Dónde estamos! ¡El mundo al revés! ¡Condenamos al presidente que nos liberó del terrorismo y hacemos de los terroristas unas víctimas! Cierta prensa impresa comenzó a tomar distancia respecto de la contundencia del fallo. “San Martín fue asesor de Montesinos”, tituló en primera página Perú 21 citando a Santiago Fujimori en una entrevista llena de afirmaciones dudosas por decirlo con elegancia, y Correo, bastante pezuñento, sacó también en primera los resultados amañados de unas encuentas en las que nadie cree pero son formadoras de opinión, anda entiende. Durante Semana Santa me quedé en Lima como otra gente, que hay alguna gente que como yo fue al gimnasio, al café, al cajero automático, a comidas y en esos ámbitos privados se permitió lo que de Althaus tiene en la punta de la lengua, y ciertos conductores de noticiarios y millones de viejas de mierda: que los estudiantes de La Cantuta asesinados pudieron haber sido o no terrucos y qué, toda guerra tiene su costo. Igual lo de Barrios Altos: ¿Una pollada? ¿En un tugurio del centro? ¿Qué valor pudo haber tenido esa gentuza al lado de los banqueros, empresarios, ejecutivos, que apostaron a que solo una lucha frontal y sin cuartel nos iba a librar de esa lacra apocalíptica? La ultimita –porque en esto de racionalizar el fujimorismo el que no corre vuela- es que si ahora no fortalecemos a Keiko, pues ganará Humala en el 2006. Lo he leído hasta en publicaciones de las más respetables y decentes y lo he escuchado decir con un poco de sangre entre los dientes en conversaciones cerradas. O sea, estamos atados de manos y solo se nos soltará una para votar por la hija del condenado. Porque si no se acaba el mundo. Este pensamiento mágico, por no decir cínico, según el cual vivimos bajo la amenaza de un cataclismo social desde siempre, de un desborde al que solo contendremos eligiendo lo peor porque eso es lo que nos asegura mano dura, control, orden y ortodoxia, suena bastante cobarde. Quienes no queremos ni por asomo una opción como la de Humala –en tanto nos remite a Chávez y su desastre- no somos mancos, usaremos nuestra mano para votar por quien creamos el candidato más adecuado y si la cosa se pone fuerte, pues usaremos manos y brazos y piernas y el pecho contra lo que intente reducir la libertad individual y económica, la transparencia política, la objetividad judicial, la división de poderes, la democracia. Pero a mí no me vengan otra vez con el cuento de que por “esa cojudez” de los Derechos Humanos (Cipriani dixit) estamos poniendo en juego nuestra viabilidad como país, estamos perdiendo la oportunidad que nos da la vida de que junto con Colombia seamos los hijos predilectos de los Estados Unidos, con lo que me gustaría llevar a mis nietas a Disneyworld. Ya estamos grandes. Alan García, desde otro ángulo, nos quiere agarrar con la misma pinza. Nuestra privilegiada posición económica en un contexto de crisis no nos permite ciertos lujos excesivamente democráticos, ni ecologistas, ni protectores de patrimonio cultural. Pragmatismo es la voz. Estemos alertas porque siento esta reacción reaccionaria –y me cago en la redundancia- crece y se hace fuerte porque a la gente ignorante, comodona, mercantilista y necia, le da seguridad. A mí no, todo lo contrario. Fujimori y Montesinos fueron una sola cosa y esa cosa se repetirá en el poder con otros nombres si gana la Keiko. Cabeza fría hay que tener para poner a la wantán en su lugar y al facho de Humala y su horda primitiva en el suyo. Y ahora sigo con mis turbulencias chamánicas, si es que el navegante me lo permite.
La enormidad redonda de la Luna era tal que lanzaba mi sombra contra la figura voluminosa de Orlando Vera sentado en la parte trasera de la ermita, sobre una roca. La presencia del segurito en el baño de mi hotel empezó a torturarme, no quería pasar un segundo más de mi vida sometido al poder de ese objeto engendrado en el mal. No creo que la ingesta del San Pedro hubiera añadido nada a mis sentimientos de ese momento. Acabo de leer un estudio sobre pacientes de mesa de curanderismo donde se emplea este cactus y el porcentaje de quienes dicen haber sentido alteraciones o haber visto cosas que su percepción normal les negaría, es insignificante, casi un error de la estadística. El San Pedro, creo yo, funciona como una conexión con el maestro, quien sí, gracias a un complejo y largo proceso de experimentación e introspección, es capaz de romper las vallas de lo tangible y pasar a universos que nos están vedados a los no iniciados. Eso es así, estoy seguro. Porque él, Orlando Vera, veía cosas en mí que ni siquiera yo era capaz de percibir. Comencé a sentir una enorme desazón, inexplicable, un velo que amenazaba con opacar la belleza del momento. Y yo no quería perder ese estar intermedio en la terrosa superficie que piso todos los días, cubierta de deshechos humanos pero también de rutinas y de pequeños goces y a la vez, sobre las fuerzas comunes, bajo la Luna mochica, contra los brazos flacos y agudos de los algarrobos y entre los zorros grises y silenciosos de un desierto boscoso donde nada parece estar definido del todo más que la anuencia del misterio, que esa noche me abría sus puertas para compensar años y años de aburrimiento y monotonía. Vera la chapó en el aire: “Está bien bonito tu libro, ah, bien grande, ¿no?”. Dos días antes de partir hacia ese viaje yo había presentado en La Huaca de Miraflores, un libro que edité para una AFP, un hermoso volumen coffee table dedicado a la cultura Chachapoyas, a sus escenarios naturales, sus testimonios arqueológicos, sus momias, sus mausoleos pintados, su gente austera, pobre, callada. El libro en verdad es bueno, tiene textos de Adriana Von Hagen, de Sonia Guillén, uno mío, y prólogo de John Hemming, ni más ni menos, más fotos de Jorge Esquiroz y diagramación de Elena Gonzáles, un lujo editorial en todo el sentido de la palabra. No creo que Vera se hubiera enterado de que el libro ya estaba circulando, aunque quizás sí; en todo caso, no es la capacidad adivinatoria lo que yo busco en los chamanes sino la transmisión de una fuerza vital de él a mí, pues con demasiada frecuencia me caigo y me hundo por la falta de una confianza básica en mis propios cojones y en mi propio corazón y en mi propia existencia. Repitió, “muy bonito tu libro”… se puso de pie, caminó hacia mí y puso su rostro contra el mío, casi pegado, “pero ¿sabes qué Rafaelito’”, se apartó, “tienes que escribir el libro que te salga a ti de adentro, ya basta de hacer las cosas para otros … ¡carajo!... ¡escribe tu libro, no seas cobarde!”. Ardía la Luna, en mi garganta se ajustó un lazo, no sabía hacia adónde pensar, por dónde salir, de qué manera cercar mi angustia. Vera volvió a entenderme, tres veces en una noche. Me abrazó como un oso abraza a otro oso, con todo. Luego se separó y con sus manos sobre mis hombros me dijo lo último que habría de escuchar directamente sobre mí en esa sesión: “Rafael.. ¿Rafael te llamas no?... Mira, hermano, tú eres un hombre bueno y de esos no hay muchos, ya me di cuenta… tú sigue nomás en la vida con las buenas huacas, con las buenas lagunas, con los buenos cerros, con las buenas flores… tú sigue nomás Rafaelito y no tengas miedo ya, que te voy a llevar en mi corazón y te voy a proteger en mi corazón hasta el último día de tu vida”. Y se fue a seguir trabajando con los otros pacientes. Yo, en mi lugar, petrificado, comencé a disolverme como un hielo expuesto al calor de la Luna y por primera vez en muchos años tuve eso que se llama un diálogo interior: “¿Te animas a escribir? Claro que sí, mañana boto el segurito, mañana abro la lap top, mañana cuando la Luna salga nuevamente, que me agarre escribiendo lo que salga de mi corazón”. Si lo hice o no, es otro asunto. Pero a Orlando le debo la posibilidad y se la agradeceré, en efecto, hasta el último día de mi vida. Cuando amaneció y cantaban los chiscos y las putillas y Orlando y sus alzadores nos asperjaban agua fresca de trigo sobre la cabeza, reparé en las diferencias entre el día y la noche, en las grandes diferencias entre el día y la noche.
El hombre flaco y de piel verdosa en un sonsonete desesperante comenzó a contar la interminable historia de sus desgracias, ni Job. Había perdido su tienda en un embargo bancario, la mujer se fue con otro, el hijo estaba en drogas y él solo tenía fuerzas para quejarse de un dolor imperecedero en los huesos. La campesina no tuvo mucho qué relatar: la evidencia de su niña estupidizada, mirando al vacío y la boca abierta regando babas hablaba por sí misma. La putorra lo dijo sin anestesia: “vengo de Trujillo, soy amante de un médico que no quiere dejar a la esposa. Quiero que usted maestro me la saque del camino como sea, acabando con ella si usted lo ve necesario”. Yo no supe qué decir, me limité a susurrar que estaba allí para ver qué pasaba y que si algo bueno podía sacar lo iba a agradecer. Era el momento de la mesa en el que se habla colectivamente de las demandas de cada quien, todo esto dentro de una franja intermedia entre la realidad y el sueño, menos determinada por el San Pedro que por la atmósfera alucinada del bosque seco iluminado por la Luna, el sonido de los animales nocturnos, la iluminación de las velas y los peculiares ruidos que hacía Vera con la garganta, gemidos, eructos, pasadas de saliva, breves sollozos. De pronto el maestro se puso de pie, los últimos rasgos de timidez habían desaparecido de su cuerpo y ahora sus movimientos eran ágiles, seguros, como si hubiera perdido peso o caminara a un palmo del suelo. Con una voz honda y sentida se dirigió a la mujer de las sandalias de taco y solo a ella le respondió: “te has equivocado amiga, si tú quieres conseguir a ese hombre tienes que competir con su esposa y si no puedes ganar entonces resígnate, yo no puedo deshacer lo que no he amarrado y no me meto en la ley de dios, así que llévate la foto de tu amante y por favor retírate”. La mujerona en silencio se sacó las sandalias y partió caminando cabizbaja entre los algarrobos hasta perderse en el sendero que la habría de llevar a la trocha por la que podía regresar a Túcume, las sandalis en las manos. Lo que siguió fue una larga secuencia de rezos, cantos, frotadas con espadas, varas, piedras de huaca y otros objetos a cada uno de nosotros. Orlando, ayudado por los alzadores, nos soplaba en el rostro, en la nuca y en ciertas partes del cuerpo, Agua Florida y Agua de Kananga, y nos hacía singar tabaco y aguardiente por las fosas nasales, algo por momentos insoportable porque llega a arder dentro de los oídos pero hay que aguantarlo. Volvimos a beber San Pedro, wachuma, remedio, y a esas alturas, probablemente siendo ya las dos de la mañana, Orlando, muy pasado comenzó a hablar a los gritos consigo mismo sobre las fuerzas que jugaban en el bosque en ese momento, encontradas, antagónicas, negras, blancas, espinosas, malévolas y buenas y santas. De pronto sin más ni más se detuvo, me llamó y me indicó que lo siguiera. Nos fuimos a la parte trasera de la ermita, él tomó asiento sobre una piedra y me ordenó que me pusiera de pie al frente, de modo que la Luna se centraba exactamente encima de mi cabeza. “Ummmm, Rafael, ¿no?, Rafaelito, cómo haces eso pues hermano, cómo cargas tantos años con un seguro que te dieron para dañarte, hermano, cómo no te has dado cuenta, ah si la gente hace cada huevada. Dime, ¿tú tienes un seguro que te regaló alguien que decía ser tu amigo hace más de diez años? ¡Contesta carajo!” Yo apenas podía creer lo que estaba escuchando. En efecto, unos quince años atrás yo tenía lo que se dice un puestazo en un organismo de Naciones Unidas y me iba bien hasta que cambiaron al representante y vino un italiano con el que de saque me di cuenta que no iba a pasar nada por falta de química. Este señor ya traía la idea de cambiar a su hombre de comunicaciones, sacarme a mí del cargo y poner en mi lugar a LGL, a quien fue metiendo de a pocos en la institución, como consultor. Un día LGL vino a mi oficina y me regaló uno de esos seguritos de chamán, esos frascos pequeños que contienen una serie de objetos destinados a darte suerte, “es para que todo te salga bien”. A las pocas semanas LGL tomaba posesión de mi puesto y yo me internaba en una clínica con un cuadro de depresión que me quitó el habla y hasta la capacidad de escuchar y de moverme. Pero como todo en esta vida sigue un cauce, terminé recuperándome de esa barbaridad inhumana y retomé mis fueros y seguía buscando, trabajando, existiendo, fornicando, ganando y perdiendo. Sin asociar nada con el segurito, lo conservé conmigo y lo llevaba a donde iba junto con mi cepillo de dientes y mi peine, en un pequeño estuche de plástico negro. En el exacto momento en el que Orlando me lo mencionaba, el segurito descansaba entre mis cosas en el hotel. Si el internauta me da permiso, le puedo hacer una entrega más, solo una más, de este relato real de cuento.
La preparación de una mesa de curandero puede ser una de las cosas más tediosas del mundo para el paciente, si es que la enfermedad de la que sufre es la impaciencia. Se trata de un proceso de varias horas que no tiene mayor encanto, salvo que uno sepa qué significa cada delimitación espacial, cuál es la parte “ganadera” de la mesa y cuál la “curandera”, por qué ciertos objetos van a la derecha mientras que otros se les enfrentan desde la izquierda, de qué madera están hechas las varas y por qué, cuál es la razón para clavar espadas en la tierra, y esa calavera de quién fue, y esos caracoles… Pero no todo el mundo, ni mucho menos, es un antropólogo y lo que generalmente está buscando con desesperación quien acude a un chamán es el alivio a una tortura, la curación de una enfermedad o la solución de un problema afectivo que no encuentra cauce por la vía de la razón oficial. Orlando me había autorizado a grabar el montaje de la mesa, el que se lleva a cabo con ayuda de los alzadores que son como asistentes del chamán sin que necesariamente tengan que ser aprendices. He conocido campesinos que se recursean haciendo de alzadores y aunque respetan la creencia no les interesa convertirse ellos en maestros, su vida va por otro lado. En el post anterior sobre este relato había reseñado la negativa de Orlando a grabar la sesión en parte por respeto al anonimato de sus pacientes. Los pacientes de esa noche estaban allí, esperando. Había un hombre de unos cuarenta años muy delgado, vestido pobremente. Había una señora de aspecto campesino con una adolescente atontada colgada del regazo. Había una mujer con pinta de puta, muy alta, la cabellera negra y crespa suelta hasta la cintura, falda corta, blusa de tigre y un par de sandalias de taco veinte sobre las que hacía malabares (ojo Josefina) para mantenerse firme sobre el piso arenoso. El camarógrafo de mi equipo grababa cada detalle del armado de la mesa e iba alternando con tomas de la capilla, obviamente levantada sobre una huaca moche, pero sobre todo, con planos de la Luna, que esa noche parecía un platón pulido por manos mochica hasta en sus imperfecciones. No había necesidad de usar esa fea luz artificial que a veces es imprescindible en las tomas nocturnas, la Luna cubría con un halo plateado la totalidad de esa parte de la Tierra definiendo y diferenciando los objetos, sus junturas y sus distancias. De pronto Orlando dijo “basta”. El camarógrafo de inmediato apagó el equipo y en silencio se retiró. Yo me quedé dentro del grupo de pacientes sin saber bien de qué mal me quería librar. La primera parte de la sesión comenzaba ahora con la ingesta de unos tragos de San Pedro, “el que no quiere que no tome”, advirtió Orlando y eso me dio buena espina: cada quien tiene que aprender a manejarse en el límite de su conciencia y si se tiene temor a la alucinación, pues hay que hacerle caso a ese mensaje. Sin embargo, tomos bebimos menos la niña alelada. Vera y los alzadores tomaron una cantidad mucho mayor, y así fue comenzando el canto del maestro al compás de la maraca, una salmodia que yo he escuchado centenares de veces y siempre me remite a algo que está muy atrás, no sé si incluso detrás de mí y de mi historia. Ignoro si de niño –soy un ser de tierras norteñas- mi abuela Elena me llevaría a algún curandero para que me trate de esa melancolía que me postraba por días enteros dentro de la cama, puede que ante la insuficiencia de la Virgen del Socorro y de santa Elena madre de Constantino y descubridora de la cruz de Cristo mediante un sueño, mi abuela del mismo nombre haya sido guiada por la desazón hasta la mesa de un curandero porque este angelito se la pasa sin comer y no duerme y llora y cuando le digo que mejor regrese entonces a Lima con sus padres y sus hermanos voltea la carita y se pone a mirar por la ventana la pajarera llena de tordos que sabe Dios cómo todavía se mantiene en pie en este jardín que la humedad del desagüe del vecino está acabando. Seguiré, internauta, con este cuento real pero le voy a poner una condición: que escriba un comentario. Necesito raiting, soy como Magaly.
Las cosas saltan por donde uno menos las espera, si yo estaba en Túcume era tan solo para cumplir con la rutina de grabar para un programa de Tiempo de Viaje, porque aunque parezca mentira hasta eso termina adquiriendo su norma, su mecánica, su repetición: su rutina. Solo que en Túcume está el cerro Purgatorio y al pie del cerro Purgatorio, el albergue Los Horcones, el lugar que más me gusta en el Perú, con su arquitectura alta y olorosa entre cuyas columnas de algarrobo corre el viento suave de la campiña arrocera y del bosque seco y cantan las choznas y los tordos a las libélulas cuando brillan las alas de estos helicópteros insectívoros en el espejismo del mediodía, de la cocina se acerca el olor del cabrito en su guisado y allá atrás las 26 pirámides que ahora parecen 26 cerros erosionados por los fenómenos de El Niño. Y yo ahí me encuentro con Lucho Millones, mi amigo antropólogo, haciendo trabajo de campo para una investigación apoyada por una entidad japonesa sobre las curanderas norteñas, no los curanderos, las curanderas, que las hay y yo no sabía. Es viernes, día de mesa, de sesión, de trabajo de maestro, Lucho me sugiere grabar una si Orlando Vera lo permite. Orlando Vera es un curandero joven, cuarentón, hijo de Santos, el grande, el temido, el poderoso Santos Vera, tanto que hoy es parte de los convocados en las noches de huaca y baja vestido de colores, un rasgo de enorme altura y reconocimiento en el Parnaso de santos cristianos, cerros andinos, selvas amazónicas, piedras que son huacas, lagunas sagradas buenas y malas y espíritus de humanos que se murieron porque dejaron acá un cuerpo pero siguen viviendo y haciendo lo suyo en algún otro lugar detrás de la bóveda celeste, adonde se les llama los viernes por la noche. Otro indicio de la omnipotencia de Santos: su cabeza fue cercenada de su cuerpo en su tumba y el cráneo debió haber sido vendido en cientos de miles de dólares a algún otro curandero, quizás norteño, o mexicano, o sioux, o mapuche, o de Gabón. A las diez nos vamos con Lucho a la chacra donde Orlando trabaja, en el terral se levanta un cerrito y sobre este una capilla dedicada a la Virgen del Carmen y santa Rosa: una ermita casi mexicana, blanca de entrada en arco y cruz de dos palos como coronación. Orlando no acepta que lo grabe: “a mi papacito no le habría gustado, además que yo tengo que preservar el anonimato de mis pacientes”. Pero Lucho dale, que Rafo es un hombre serio, que su programa, que su conocimiento del Perú, que su. Orlando termina aceptando pero solo durante la preparación de la mesa, no aparecerá ninguno de los pacientes y cuando comience realmente el trabajo terapéutico, la cámara se va por donde vino. Le pregunto si yo me puedo quedar y lo acepta también, pero le debo pagar como cualquier paciente. Hasta el momento Orlando me ha dado la impresión de ser un hombre tímido y un tanto hosco. Tímido es y tiene pánico escénico; aún así, postuló para alcalde de Túcume. Su mitin de cierre seguía al del candidato aprista que se imaginará el navegante, habló del cóndor indo americano, el pan con libertad y la puta madre. Orlando sufría como un condenado sabiendo que pronto tendría que subir al mismo estrado y prometer y encandilar y convencer. Al final se bajó el aprista y Orlando subió a enfrentar a la misma masa que esperaba, sádica, sabedora de su terror a hablar en público. Orlando Vera, el gordito medio chuncho, se mantuvo en silencio, paneó a la audiencia con la mirada, tomó aire y dijo: “Paisanos, buenas tardes, estoy acá porque anoche la Virgen del Carmen vino a mi sueño y me dijo que voy a ganar y voy a ser el alcalde de Túcume. Muchas gracias”. El pueblo polvoriento explotó de tanto aplauso, las huacas temblaron. Orlando Vera fue alcalde y además, bueno, honrado, discreto, cuidadoso. Esa noche de viernes en Túcume, que comenzó con una gentileza de Lucho Millones, habría de ponerme la vida patas arriba. Debo a Orlando Vera, en mucho, el estar aquí en medio de todo confiando en mí y amando con desgarro las pleamares de la vida. Autoríceme el ínter nauta a seguir con este cuento, real cuento.
La planta me habla por boca de Mae West (3 y final)
Dicen los que saben que las experiencias con ayahuasca son más dolorosas e involucran con mayor intensidad el fondo psicológico del paciente cuanto menos entrenado se encuentre éste, y que a medida que se consume con acelerada frecuencia el bejuco, con la buena orientación de un maestro, uno va acercándose y entrando al plano de los arquetipos universales, quizás los tipificados por Jung como parte del inconsciente colectivo, quizás los que desconocemos del todo aún llevándolos dentro. Yo no soy un habitué ni un erudito en ayahuasca, simplemente a veces me he mandado y una de esas veces es la que vengo contando en estos posts que al leerlos, publicados, siempre me arrepiento de haberlos colgado. Son dramáticos, pero mal mirados pueden ser leídos como la aproximación de un foráneo a un mundo idealizado, llevado a él por la presión del vacío y la angustia en su vida diaria. Y claro, todo puede ser cierto en la dimensión desconocida. Lo que nadie me va a discutir es la mirada de Antanas, el hecho de haberme soltado en mi cara un estructurado trauma infantil al que no había ni remotamente olfateado en casi treinta años de experiencia psicoanalítico. Pero eso no fue nada. Cuando yo pensaba que la ola de la chuma ya estaba bajando, Antanas me volvió a cuadrar, a oscuras, yo vomitando ante el rostro de Mae West y el mío propio colocado como en un cartel de feria en el retrato de mi tío Rafael vestido con su mono de piloto al pie del bimotor en el que habría de matarse unas horas más tarde. “¿Qué te ha pasado con la hermana de Raúl Alayza?”, me preguntó Antanas con el ceño fruncido en forma de signo de interrogación. Alayza es alguien a quien conozco pero no sabía que Antanas lo conociera también. Y mucho menos a su hermana, una estudiosa de ciertas cosas que yo anduve trabajando. Alguna vez la convoqué para un proyecto pero no hubo ninguna química entre nosotros y todo salió de lo peor. Ella, sin tener por qué, se vengó de mí, se robó un material de trabajo valioso que me habían prestado, solo para indisponerme con una persona importante en mi vida profesional. Pero esa noche Antanas me hacía ver que la inexplicable revancha había ido mucho más allá. “Esa hija de puta te ha querido matar, autorízame y ahorita le devolvemos el daño”.
- Antanas, no, yo no practico la venganza, no tengo derecho a acabar con ella…
- ¿Y ella sí tiene derecho a acabar contigo?
- No, de ninguna manera, que las cosas se resuelvan solas, no pienso devolverle ningún daño.
Dentro de mis intestinos sentí un movimiento al que absurdamente califiqué como “en sentido contrario a las agujas del reloj”. Era como un remolino, como un ser desesperado por emerger, como algo que cobra vida desde el fondo de una ciénaga. Comencé a vomitar nuevamente, la penumbra no me permitía ver el color de lo que salía de mí pero el sabor que sentí era inédito en mis papilas: acre, reseco y a la vez putrefacto, como a agua termal pero estancada, como a cadáver exhumado, supongo que la muerte. Cuando ya no tuve más que expulsar Lucho me cargó, debimos parecer una pietá, él sentado y mi cuerpo extendido sobre su regazo, desmayado. Antanas empezó a desmontar la sesión, una hora más tarde yo me estaba duchando y desde los pies subía hasta mi cabeza la sensación de haber nacido de nuevo, o de haber nacido a algo nuevo, o de haber dejado nacer lo que la muerte estaba matando. Me acosté en mi cama, el albergue estaba completamente silencioso. Solo pensaba en el desayuno que al día siguiente iba a tomar, antes de empezar mi largo viaje de regreso a Lima. No recuerdo haber soñando con nada en especial, ya no hacía falta.
Lucho, detrás de mí, me agarra las pantorrillas y comenta con Antanas, “están muy negras sus piernas, parecen un nido de comején. Ya está viniendo alguien… ¿qué mierda quieres, mierda? ¡Deja en paz a este buen hombre que se equivoca como nos equivocamos todos pero no tiene la entraña mala y su leche es fértil aún y es buena, este no es un mal hombre al que tengas derecho a resecar”. Luis me toma de los hombros, “¿tú tienes un sacón gris de lana hasta las rodillas, que te lo pones en sitios muy fríos?”. Yo, vomitando, me veo fragmentado metido en el sacón gris de el Corte Inglés que mi padre se compró alguna vez en Madrid, un buen saco que no pesa mucho y abriga perfecto en el invierno europeo y a pesar que me da un cierto aspecto de clochard, no tengo problema en ponérmelo cada vez que voy al hemisferio norte en invierno. Pero resulta que ese sacón, esa noche. Pero entonces por qué. Era su antaño y ya pues. Lo único que heredé y hay quien no. No entiendo lo que. Cada fin de oración se salía de mi pensamiento y se enredaba como la serpiente en el árbol del bien y del mal. Antanas se pone grave, algo está ocurriendo, deja de cantar, me ordena, “párate frente a mí, Lucho tú detrás y alerta. Rafo, ¿por qué te veo vestido con un mameluco de aviador a punto de emprender el último vuelo de tu vida?” El vómito me jala las lágrimas, me las suelta como quien abre una compuerta y tengo entonces que contarle a Antanas una historia en la que nunca antes había pensado y no sé si pueda, si tenga ilación. Y comienzo: Yo me llamo Rafael León, mi padre tenía un hermano menor llamado Rafael León de la Fuente, que según dicen , era el ser más bueno, seductor, bello y generoso que existió nunca en Lima. Era piloto de Fauccett y siete días después de haberse casado con una hermana de mi madre, unos cuatro años antes de que yo naciera, su avión se perdió en la selva, con una familia Saco Miro Quesada de pasajeros. El tiempo pasó, los bosques se tragaron la nave y a sus tripulantes, nunca aparecieron los cadáveres y en mi familia –por los dos lados- se instaló la demencia del dolor. Odios nuevos y viejos, reproches, mi abuela Elena se encerró por años en un cuarto negro, vestida de negro y se ponía a rezar el rosario, y la primera parte del Avemaría la decía ella pero la segunda se la contestaban muchas voces de personas que no existían pero que ahí estaban rezando por el alma del hombre más bello y bueno del mundo, porque a medida que pasaba el tiempo Miraflores y Lima le comenzaron a quedar chicos. Lucho toma unas varas de chonta y empieza a liberarme de presiones, de adentro para afuera, en los brazos, en las piernas, en el cuello. “Tu sacón gris es la mortaja que te dejó tu papacito de herencia, pero no te dejes morir, te quiso llevar por amor y acá está por amor pero tienes que entender, tú como padre, que por amor hacemos a los hijos las peores cosas”. Antanas comienza a cantar más fuerte, me da una taza más de bebida y yo la tomo del todo entregado. “El cuerpo de tu tío Rafael nunca apareció y ¿sabes entonces lo que fuiste para tu abuela, tus tías, tus padres? Fuiste el cuerpo que no apareció y que por tanto, daba esperanzas de que podía en cualquier momento revivir”. Y entonces Mae West se fue transformando en una paccha para beber chicha de manera ceremonial, pero hecha de plástico BASA y comprada en Metro. Un recipiente plástico color feo verde piscina con unos canales en laberinto adentro y mi sustancia, mi simiente, mi leche, mis entrañas licuadas caían dentro de la paccha y por todos lados se encontraban los chorros y componían un solo estanque de líquidos esenciales míos: la vida que fue discontinua ahora parecía enfangarse en una pequeña ciénaga en la que aparecía el cadáver vivo de Rafael León de la Fuente pero en su sobrinito Rafael León, y todas las viejas y viejos, la viuda, la madre, mi madre, mi padre, me rodeaban diciendo “esta vez no te vas a ir, eres muy bonito, eres muy bueno, eres un ángel viviendo en la Tierra y no nos vas a dejar, Rafaco León”. ¿Quiere que siga, internauta?
Ya ni sé cómo es que se entera uno de la muerte de la gente. Lo de Thorndike lo supe por el noticiero de la mañana, nadie entendía bien cómo referirse a Guillermo, ya muerto. Los periodistas se llenaron la boca hablando de su producción literaria, de su talento periodístico pero se sentía que mucho cuete no le podían reventar por razones que aparentemente todos ya conocemos pero en verdad nadie conoce. ¿Quién carajos somos los vivos para hacer el balance de alguien que se murió? Recuerdo que el año pasado cuando se fue de la fiesta el abogado, mi amigo, Alberto Bustamante, Luis Pásara escribió en un diario un artículo bastante petulante en el que sostenía que Alberto pudo haber sido mejor de lo que fue y que el fujimorismo, la megalomanía, etc. etc. ¿De dónde sacó Pásara autoridad para juzgar a alguien que ya no estaba acá para defenderse? ¿Hay algo más conchudo que sentenciar la vida de otro diciendo que pudo haber sido mejor? Parecido es lo que ha sucedido con Thorndike. Acuciosos, culifruncidos, catones, pontífices, instalan su balanza como placeras y comienzan a distribuir sobre los platillos las virtudes, los defectos, las grandezas y las barbaridades del personaje. Qué arrogancia, cuánta desubicación. ¿Alguien sabe en verdad algo sobre la vida ajena? Yo, no. Fui amigo de Thorndike, trabajé un año continuo con él en Pájina Libre, el diario que creó Alan García. Pero como yo tenía mis reparos con el origen de la planilla de la empresa, me las ingenié para que fuera una ONG sueca la que me pagara mis honorarios, a cambio de editar y distribuir con el diario un suplemento sobre derechos del niño. Así, yo trabajaba el doble pero dormía en paz. Y no me andaba quejando de tener que trabajar en un diario de estirpe espuria, eso se lo dejé a los imbéciles. Thorndike no era de este mundo en ciertas cosas; en otras lo era demasiado. Tenía un escáner único para detectar el núcleo de podredumbre que tenemos los seres humanos al momento de enterarnos de lo que pasa en la realidad. Es decir, para la noticia. Guillermo fue el creador de ese titular irremplazable, “¿Dónde está el útero de Marita?”, que daba cuenta de la desaparición del órgano matriz de Marita Alpaca, chica de ligue que había sido lanzada desde un balcón del Sheraton por el exitoso abogado limeño Leandro Reaño, primero su cliente, luego su enamorado y finalmente el padre del hijo que la chica llevaba en ese receptáculo que alguien se robó en la morgue de Lima. Ese mismo escáner olfateó en una encuesta de IMASEN que un candidatucho de cuarta, medio japonés, crecía exponencialmente en las encuestas pre electorales, y lo puso en los titulares. La bola creció y creció y a los pocos meses Fujimori se colgaba la banda presidencial. Guillermo no inventó el fenómeno Fujimori, este cabrón iba a salir presidente de todas maneras porque el destino del Perú está escrito para que siempre nos ocurra lo peor dentro de lo posible. Pero el pantagruélico Thorndike sí tuvo la capacidad de estructurar algo que parecía milagroso y real maravilloso: la derrota de Vargas Llosa por un marginal de baja estofa. Todas las mañanas yo iba al diario temprano, a una hora en la que los periodistas dormían, en sus camas o en camas ajenas. En medio del relativo silencio de la avenida Javier Prado y torturado por los escobazos y estropajazos de los limpiadores del local, yo escribía mis columnas en paz. Al mediodía comenzaba a llegar la gente y luego aparecía Thorndike, con la ceja levantada, la sutileza de un ciclón y una sonrisa siempre cachacienta, y desde esa hora hasta muy tarde, noche, se arrancaba esa máquina imparable a dar cuenta del útero de Marita, de las boletas de los pollos a la brasa para la gente que se amaneció, de lo último en libros, de los suplementos que había que repensar. Nos cagábamos de la risa, nos peleábamos, en la oficina –absurdamente chica- del director de Pájina Libre se reunía la gente más brillante de Lima a chismear con una maledicencia deliciosa. Hasta que un día todo se acabó, la empresa dejó de pagar sueldos, cada quien dejó el barco para buscarse otro y Guillermo cerró la tienda. Dieciocho años más tarde ha entregado el equipo y a mí me da pena y nada más. No tengo derecho alguno a contrapesar lo bien que hizo y lo mal que hizo o dejó de hacer. Farucada, hipocresía. Y ayer se murió Blanca Varela. Su velorio, su entierro, no los vio nadie, como correspondía. Cuando me enteré, por una especie de pop up personal del que dispongo y que sería muy largo explicar, pensé que las personas en realidad deberíamos vivir el tiempo que la calidad de nuestras obras nos lo hiciera merecer. Según eso, Varela tendría para un par de siglos más y Vladimiro Montesinos no habría pasado del destete.
Segmentación Cruza la araña de sueño a sueño, invisible puente del día a la rama.
Torpeza de la mosca, cristal sin alma. El abejorro bebe, la flor sangra.
Frente a mí tenía una ventana rectangular, grande y alta, cubierta con una cortina partida por la mitad. Mientras en la habitación la luz de los focos se mantenía encendida, esa ventana estaba cargada con la vulgaridad de ser lo que era, una ventana fea tapada con una cortina de tela ordinaria. Media hora más tarde, o más, o menos –el tiempo con la mareación pasa a flexibilizarse como en la manida metáfora de los relojes de Dalí, una década transcurre en un segundo o simplemente no transcurre nada y sabes que te puedes quedar joven o viejo sin mirar para adelante. Más tarde, no sabré nunca cuánto más, yo estaba sentado frente a la fea ventana, sosteniendo mi batea plástica para empezar a vomitar en cualquier momento y sentir que la planta me reconciliaba con mis interiores en ese acto de plegar y replegar y desplegar las tripas que solo puede terminar por expulsar lo comido y lo bebido. La cortina rosa, permeada por la luz que venía del jardín de afuera, se instaló como el retrato de Mae West de Dalí, una instalación que no me gusta y es que Dalí no me gusta, no me gustó su casa museo de Figueras ni sus amaneramientos franquistas ni su famosa Gala, y sin embargo, ya iban dos veces que lo rememoraba en esa noche que esta dedicada a mí y a nadie más que a mí, donde Antanas me había dicho que ya no me escapaba de esta cura porque mi daño ya llevaba demasiado tiempo dentro de mi corazón y que si no lo sacaba ya pero ya, me iba a empezar a resecar los fluidos del cuerpo, mi aliento se adelantaría al hecho de morir y el resto era solo un breve tramo por recorrer hacia una eternidad tan maldita como mi vida de los últimos meses, mal dañada, mala mirada, mal deseada por una tipa de tetas rechonchas que no sabemos muy bien qué quiere pero esta noche sale, y cuando salga, se lo devolvemos y verás cómo será ella quien comenzará a resecarse y dependerá de ti, Rafo, hacerla volver un viejo tronco devorado por el comején o dejarla libre a condición de que jure por estos santos que no te joderá más, que no tuvo derecho, que nadie puede hacerle a nadie una barbaridad así y seguir viviendo como las huevas. Era la boca de Maes West la que me transmitía el mensaje de Antanas, quien se mantenía sentado en su cojín rodeado con los elementos de su mesa, hierático, de cuando en cuando dándole una orden a Luis, su asistente, hasta ese momento un carnerito de bondad y serenidad pero dios, que lo iba a ver esa noche envalentonado como un toro joven, rabioso como un perro defendiendo mi integridad contra los ojos que me pusieron encima quienes amaron a un muerto y pretendieron que ese muerto siguiera viviendo en mí, o como esa mujer tetona, desquiciada, incapaz de recibir una crítica de buena leche, saqueadora de afectos, que simplemente porque yo tenía los trabajos que ella perdía por complicada, me lanzó un daño que ya me estaba dando reflujo durante todo el día, una subida de mis jugos gástricos hasta la campanilla que me anulaban el hambre y me tiraban a la cama porque de pie no podía ya mantenerme mucho tiempo. Cuando Mae West terminó de hablar siguieron los icaros de Antanas, suaves cantos en quechua, en castellano, quizás en alguna otra lengua inexistente. El “efecto vitral” es uno de los universales en la visión del ayahuasca y a mí me suele venir cuando la pista de decolaje ya se ha disuelto y hay que aprender a ascender sin ruedas solo confiando en la voluntad del aire y entonces el espacio, el aire, se fragmente en mil trozos de colores que como en un caleidoscopio, van tomando formas nuevas, abstractas pero a ratos, definidas, como el cuerpo de un puma parecido a esos animales de papier marché que se sacan a la calles en los carnavales del trópico caribeño. Antanas me pregunta cómo me siento, no bien lo pregunta empiezo a vomitar algo marrón de sabor acre, en grandes cantidades. Luego me pregunta por la fecha: 26 de julio”, le digo, muy seguro. “¿Y hoy de quién era el santo?” La voz de Antanas es serena pero tensa, espera algo demoledor. “De mi padre”. Antanas habla perentoriamente con Luis: “Lucho, ponte detrás suyo porque ha venido el viejo pero con otros y acá hay que poner todo el cuidado”. Así fueron los ¿diez, cien, mil millones? de primeros minutos de mi última sesión de ayahuasca. Si el internauta desea, puedo seguir con el relato, pero no se burle, nunca se burle de mí por esto.
Cualquier cosa ha pasado por mi cabeza a lo largo de mi larga vida pero hasta hoy no se me había ocurrido que uno podía tomarse una foto en pelotas con el celular y sin más, colgarla en Internet. Estoy alucinado, de casualidad y como se llega a los puertos más inverosímiles –navegando- terminé en una red enorme de webs y blogs y qué sé yo qué más sistemas de comunicación virtuales, que tienen en común eso: recibir y emitir fotos y videos de gente común y corriente que se refleja a sí misma en imágenes quietas o en movimiento y luego las pone y llegan los cometarios, que si el paquete está bueno o si la cara no le va a la pija o si la teta izquierda está más gorda que la derecha. A mí lo que me intriga por sobre todo es la motivación, no de quien busca, mira y comenta (eso es vulgar y conocido) sino de quien se hace la foto. Supongo que en muchos casos hay algo de exhibicionismo elemental: tengo buen cuerpo, ergo quiero mostrarlo y que me lo halaguen. Eso explicaría por qué, en efecto, hay gente en verdad muy guapa, sin rollos, joven, de piel tersa, que aparece allí cámara o celular en mano, haciéndose el clic (que ya ni suena clic). Ahí también hay que buscar la razón de que en una gran proporción, los caballeros que se ponen en vitrina ostenten unas herramientas bastante dotadas de tamaño y que se hayan tomado el trabajo de producirse una erección simplemente para la toma. Ese exhibicionismo primario, por llamarlo de alguna manera, justifica una parte del material que comento; queda en el aire otro porcentaje, alto, compuesto por imágenes de gente fea, gorda, vieja, maltratada por la vida, ordinaria como pocas, como usted y como yo, doméstica y hasta repugnante. Que muestra el rostro y todo lo demás, pero también el rostro y con éste, la desfachatez y la provocación contra la estética habitualmente endiosada en los medios de comunicación. ¿Por qué un ama de casa alcohólica de Nebraska un día se calatea ante el espejo, se toma una foto con el teléfono y la cuelga en un blog especializado? O ese profesor universitario del DF, pequeñito, sesentón, que se sienta sobre la tapa del water con las piernas separadas y ofrece a la lente sobre la mano un capullo rosado más pequeño que el corsage de una quinceañera. O esos adolescentes con los cachetes preñados de acné, cuerpilarlos, aún no formados, que hasta huelen a hormonas a través de la pantalla, ¿por qué la faena de fotografiarse y enviar la imagen, sabiendo que en su medio se van a enterar de inmediato y la mamá, la abuela, los compañeros de colegio, los vecinos, sabe Dios qué irán a decir? Sin duda, los sistema virtuales son el vehículo para la máxima humanidad, tanto que por momentos el mensaje se vuelve apocalíptico y a mí me hace pensar en que al igual que en la trama El Nombre de la Rosa la iglesia católica no puede tolerar un origen aristotélico basado en la risa y el buen humor, la sociedad que crea estos sistemas terminará por destruirlos y con ellos, a sí misma, calata, ante el espejo.
Yo estudié en la Universidad Católica entre 1967 y 1973, cuando sus facultades de Humanidades y Letras estaban aún en el centro de Lima, en locales vetustos pero llenos de historia académica y de cultura culta. Por esos años ya se sentía con fuerza la presión del cambio dentro de la institución y se notaban con cierta obviedad las posiciones en juego. Autoridades y profesores que seguían el modelo rivagüerino de interpretación de la realidad –elitista, ultraconservador- se mal saludaban en los patios con otros decanos y catedráticos que suscribían posiciones más bien social cristianas, para no mencionar a los que de frente exploraban públicamente las alternativas de la izquierda marxista. Eso era bueno y malo, porque generaba una cierta incoherencia de pensamiento que a la vez, componía una extraordinaria fuente de debate, en un clima de libertad que no he vuelto a encontrar en ninguna otra universidad, me refiero a aquellas en las que posteriormente he dictado cursos y que corresponden a esa huevada estafa bobos llamada “las universidades modernas”. No voy a olvidar jamás el curso de Teología que llevé con Gustavo Gutiérrez, todo cimentado en películas de Buñuel. Ni mi descubrimiento de la Lingüística desde el humor socarrón, antimilitarista y misógino de Luis Jaime Cisneros. Carlos Gatti, finísimo profesor, abrió en mi horizonte una zona ilimitada: Carducci, Leopardi, Pedro Salinas, Cernuda, los otros. Enrique Ballón desahuevó a medio mundo y nos metió a esa pastrulada de genios que era la Semiótica, heredada directamente del linaje de Greimas y Roland Barthes, sus maestros. Claro, también llevé cuatro años de Latín con una monjita que se llamaba Purificación, y Ética con un curo medio mariconete que hablaba bajísimo y dictaba los sábados por la mañana. No importa: el balance es extraordinario, la Católica me hizo ver que el mundo era tan grande como uno quisiera que fuese a cambio de pensarlo de manera abierta y libérrima. Por eso no me cabe en la cabeza que 45 años más tarde, cuando se supone que la humanidad ha evolucionado al ritmo de una globalización que no admite más intolerancias, capillas ni sectarismos, la Católica esté embarcada en un proceso judicial absolutamente penoso, ni más ni menos que con el cardenal Cipriani. La historia de este rollo es muy complicada, imposible de resumir en un post. Recomiendo buscar la información completa en www.pucp.edu.pe. Mediante una tinterillada de opereta, monseñor quiere tomar el control de los bienes de la universidad y a la vez, imponer un órgano de decisión por encima de los niveles estrictamente académicos de la institución. Por supuesto, no se trata solamente de la ambición personal del purpurado –que de tener, la tiene- sino más bien de una estrategia del sector más cavernario de la iglesia, para apoderarse y controlar la universidad privada peruana de mayor prestigio en nuestro país. El estreñimiento del Opus Dei no puede soportar la pluralidad de ideas que circula hasta en el último rincón de la PUCP, tampoco resiste que haya profesores y profesoras cuyas vidas privadas estén “fuera del plan de Dios”. Léase, divorciados, gay, lesbianas, librepensadores. Yo desde acá invito sobre todo a quienes han pasado por la Católica, a informarnos y a exhibir una posición pública mediante blogs, para que esta maracachafa que está armando el representante de Dios en la tierra, se resuelva con corrección, con la razón en la mano, con el mundo moderno delante de los ojos. Opiniones.
García, el presidente, sufre de algo más exquisito que una bipolaridad común, ya que hay demasiados bipolares que no llegan a ser presidentes de la república, por un lado, y por otro, no hay bipolares que en su compleja patología pasen por una involución como la que parece estar sufriendo nuestro mandatario, cuesta abajo en la rodada, con el costo de perder lo que de culto, estadista y cosmopolita exhibía en otras fases de su vida pública incluida aquella en la que cumplió el rol de peor presidente peruano del siglo XX. La reacción de García ante el ofrecimiento del gobierno alemán de financiar el Museo de la Memoria es de un bananerismo solo comparable a cuando Melgarejo, presidente de Bolivia, declaró la guerra al Vaticano y alineó los cañones del altiplano en dirección a Roma, y todo porque el Papa de turno se negó a anular el matrimonio de la máxima autoridad política de nuestro vecino país, un procedimiento que el interesado estaba apurado en sacar adelante para casarse con todas las de la ley –humana y divina- con una querida sacada de las tierras bajas y calientes del Beni. Cuánto le arrastrará a García el rabo de paja en temas de violencia de Estado que ha hablado como emperador africano y sobre todo, ha hecho hablar a su Ministro de Defensa como segundo de emperador africano. Porque lo de Ántero, me van a perdonar, ni Bokassa haciendo la digestión de su platillo favorito: el último intrigante de la corte. Decir que Alemania debería reprogramar su oferta de donar un museo para alinearse con las prioridades del gobierno, que son según él la nutrición y la salud, demuestra, entre muchas cosas, que en la cartera de Defensa es legítimo reprogramar por ejemplo la compra de uniformes militares y a cambio de ellos llenar las oficinas de whisky, sin que eso se considere una malversación. Es que hay tanta delegación extranjera que atender… Flórez Araos tiene apellido compuesto por gusto, pocos políticos tan ordinarios hemos visto en la palestra, lo que ya es decir bastante. A mí me hace acordar a esos viejos de banco de plaza que resuelven todo con un par de carajos y mano dura, lo cual no estaría mal si se tratara en efecto de un jubilado de banco de plaza y no del Ministro de Defensa. Entre la mala conciencia de los crímenes de Estado cometidos durante el primer gobierno de García y la presión del fujimorismo para que no se hable de lo que no se debe hablar, este episodio se está coronando como una de las expresiones más y mejor logradas de lo que es el subdesarrollo en el poder. Y me llama la atención mucho lo del tío Ántero, yo creía que él era muy aficionado a los museos y al arte. Se sabe por lo pronto, que es el feliz propietario de un gran cuadro de Herskowitz, sobre cuyo origen mejor es no preguntar, porque estamos en un momento en el que no tiene sentido recordar sino mirar para adelante.
Primero lea este post, ínter nauta, lea con detalle la información que difunde WWF – Capítulo Perú, en relación con uno de los temas de mayor gravedad en lo que concierne a la desaparición de nuestros bosques. Lea extractos del reporte que yo he seleccionado, un documento riguroso, pulcro, austero pero cargado de data. Luego, escuche el audio que se adjunta, se trata de la Cumbia del Maderero, el tema que ahorita hace furor en Puerto Maldonado, donde no hay quien no se desmelene bailándolo. Preste atención a la letra e incluso a algunos rasgos de la musicalización y dígame si no le recuerda a los narcocorridos de las zonas duras de México, ahí donde ahora se cortan más cabezas que uñas. Y luego, si le queda aliento luego de haberse zangoloteado con la cumbia, pónganos un comentario.
“La tala y el tráfico ilegal de madera es un negocio multimillonario presente en todas las clases de bosques en más de 70 países del mundo desde Brasil hasta Canadá, de Camerún a Indonesia, de Perú a Rusia. WWF define a la tala y tráfico ilegal y los crímenes forestales a la corta, transporte, compra o venta de madera en violación de las leyes nacionales. Esta actividad convive con otros crímenes como la corrupción de funcionarios públicos, el terrorismo y el tráfico de drogas. Sólo con la pérdida de ingresos fiscales la tala y el comercio ilegal ocasiona un gran impacto económico y social sobretodo en los países en vías de desarrollo. El Perú pierde al año 8.5 millones de dólares en la forma de pago de impuestos…. Los crímenes forestales impactan particularmente a los más pobres. Mientras que las actividades ilícitas pueden ser un medio de subsistencia a corto plazo, a largo plazo se traducen en un pobre desarrollo económico y una baja recaudación de impuestos que impactan en el decline de la salud y la educación. La deforestación causada por la tala ilegal conduce también a la perdida de alimentos, de medicinas tradicionales y de leña vitales para la subsistencia de las poblaciones locales. Los taladores ilegales suelen desarrollar sus actividades en bosques que concentran una gran riqueza biológica. Las pérdidas de animales y plantas son altísimas. A nivel nacional ya hemos perdido 10 millones de hectáreas de bosques que antes eran el hogar de numerosas especies. La pérdida de habitats y la creciente demanda de carne, debido a la presencia de campamentos ilegales, ha ocasionado que especies como el mono araña (Ateles belzebuth), el mono aullador (Allouata seniculus), el tapir (Tapirus terrestris), entre otros se encuentren en peligro de extinción".
Jimmy Weisskopf es un gringo sesentón de origen judío, escritor y periodista, que desde hace años vive en Colombia haciendo traducciones de poesía, escribiendo libros para la enorme editorial Villegas pero sobre todo, experimentando con el yajé, algo parecido a nuestra ayahuasca sin ser exactamente lo mismo pues una y otra suponen distintas combinaciones del bejuco Banisteropsis caapi con otras especies de flora amazónica para conseguir determinados efectos suprasensoriales. En realidad, yajé o ayahuasca no son en sentido estricto los nombres de las plantas que producen las visiones terapéuticas sino la designación de la experiencia asociada a estas, algo difícil de explicar y entender si es que uno no comparte la idea de los pobladores amazónicos para quienes las plantas son seres vivos y tienen un espíritu como el suyo, ínter nauta, o el mío, bloguero. El Nuevo Purgatorio es el título de un excepcional libro escrito por Weisskopf, en el que relata su prolongado y complejísimo proceso de inserción en el mundo del yajé, primero con los nativos y taitas del Putumayo y luego, con un chamán de distinto origen, en la ciudad de Bogotá. Lo genial de esta publicación está en que el autor es lo más lejano posible a toda la estupidez new age que busca caminos idealizados al vacío en el que vivimos los seres humanos en el mundo de ahora. Se idealiza a los indígenas en tanto se los considera los depositarios de valores y sabidurías que el mundo del capital olvidó y borró por la inminencia de la mercancía. De ahí todas las huevadas de Shirley Mc Laine, el mismo Carlos Castaneda y no voy a hablar de Paulo Coelho porque eso es un delito con agravantes, premeditación y alevosía. Weisskopf es una persona absolutamente consciente de su lugar en el mundo, lleno de neurosis pero valiente, pues está dispuesto a ingresar a ella sin escudos ni armaduras, solo a través de la pinta, la chuma y la visión. En su experiencia, el viaje interior es espiritual y es corporal; se dirige a ningún lado a través de los meandros del alma humana pero vehiculizado en el tracto digestivo. Somos lo que sentimos en ese aparato que nos hace doler de angustia o explosionar de dicha. Por eso en la experiencia del yajé, vomitar y cagar son parte esencial del proceso, pues son actos que nos ponen en contacto con nuestros flujos interiores más profundos y sensibles. Otra enorme lejanía con el new age, que purifica todo a punta de velas perfumadas pero deja afuera lo esencial del hombre, que son sus entrañas. Las sesiones en “la casita del yajé” son, en el libro, momentos de excepcional tensión y liberación, pues estas se desarrollan en un ambiente absolutamente prosaico, en una maloca de piso de tierra por la que transcurre la gente mientras se da la pinta y los participantes entran y salen a vomitar y a cagar a un ambiente anexo, donde van los perros, lamen lo buitreado y también entran en trance. Recomiendo este libro a fierrazos, exige del lector un desahueve intenso y sobre todo, una posición en la realidad capaz de admitirlo todo: lo sagrado, lo profano, los ángeles, la mierda, la luz divina, el vómito, el cielo y el olor acre a podrido de la pócima selvática. Weisskopf sigue un proceso que no tiene rumbo y en esa pérdida de sí mismo –en algo similar al desapego budista- da con ciertas claves que le permiten, momentáneamente, hacer consciencia de cuán cínico y aburrido es el mundo de las grandes ciudades pero a la vez, de cuán manipulador, miserable y frustrado se va volviendo el mundo indígena a medida que llegan los taladores, los contrabandistas, los guerrilleros, los militares, los paramilitares… y los universitarios interesados en las experiencias psicotrópicas. Manipulador, miserable y frustrado porque en esos malos contactos los indígenas sacan, como los invasores, sus peores lados. Como usted y como yo. El ser humano es un pedazo de escoria que ocasionalmente, si se lo propone, puede hacer el malabar de la bondad y amar a otros bajo el manto de la ilusión. Dice Weisskopf que su relación con el yajé se parece a una vela encendida cercana al viento, que por momentos tiene una llama enhiesta y firme pero en otros parece declinar al punto de apagarse hasta que de pronto cobra nueva fuerza y así, confiando, desconfiando, creyendo y descreyendo, va construyéndose un universo personal roto por la fatiga existencial. Tengo algunas experiencias de ayahuasca, buenas, malas, de todo. Propongo al ínter nauta compartirlas con las suyas. En la segunda fila de imágenes van algunas de las pinturas del célebre maestro pucallpino Pablo Amaringo, maestro de maestros, ahora dedicado solamente al arte de pintar.
En mi familia paterna había una tía, soltera y envarada como si se hubiera comido una adarga, que había asesinado a una hermana de su madre que quedó a su cargo cuando todo el resto de la familia se había muerto. Mi tía, a la que llamaré Florencia, no desestimó el bulto porque la anciana era un joyero andando, tenía tiaras, aretes, collares, prendedores, camafeos venidos de la Francia prerrevolucionaria, aparte de un buen par de haciendas en el Norte que daban y daban y daban y nadie sabía quién se ocupaba de ellas. La vieja tía de mi tía Florencia se pasaba el día y la noche sentada en una mecedora de Viena mirando por la ventana, el mar. Y quizás escuchándolo. No hablaba casi, no molestaba en absoluto. Lo incómodo era su existencia, que impedía a Florencia gozar del pago que le correspondía por haber emparedado su juventud a cambio de una especie de cadáver dulce y sonriente, que se mecía y se mecía. No se sabe bien cómo, pero Florencia un día mató a su tía, lo más probable es que la haya envenenado porque la vieja amaneció muerta en su cama, la boca llena de espuma y la piel de todo el cuerpo color púrpura. ¿Qué veneno usaría Florencia? Nadie lo supo nunca. Por supuesto, ni la Policía, que fue la última en enterarse del asesinato y la primera en decidir no meterse en asuntos de “esos señores”. Florencia vivió sesenta años más, hasta hace no mucho tiempo, arrogante como una serpiente y malhablada como dos serpientes conversando. Cuando yo estaba cerca de ella en algún cumpleaños o velorio, no podía dejar de sentir que tenía a mi lado a una asesina y que así como tía Florencia se había hecho de un personaje altivo y distante para evitar que alguien le enrostrara el pasado, cualquiera de los otros presentes en la reunión podría estar en el mismo caso. En buena cuenta, la posibilidad de vivir rodeados de criminales es muy alta, incluyéndose a uno mismo. He recordado a Florencia a raíz del caso que se ha desatado en Pachacamac, el de la señora Susana Chocano, quien con la complicidad de sus tres hijos mayores, asesinó a su esposo hace once años y enterró el cadáver en el jardín de la casa, con la caña de pescar que él usaba, pues la explicación pública que la familia habría de dar era que el pobre Vladimir Muñiz había salido temprano de pesca y no apareció nunca más. El año pasado yo fui a hacer un Tiempo de Viaje a Pachacamac y en una ocasión me atendió como guía municipal, una señora fornida, rubia, muy vital, con chaleco de exploradora y me paseó por las rutas de pisco del distrito. Recuerdo que la mujer respondía correctamente a mis preguntas y hacía gala de un considerable profesionalismo. Se desempeñaba en ese entonces como asesora o algo así del alcalde, y este confiaba mucho en ella y en su capacidad organizativa. Recuerdo haber escuchado que en todo evento municipal dedicado a los niños, la especialidad de la señora Chocano era disfrazarse de Fresita y cantar dando saltos como una Dalina de edad madura. No incluí su imagen en la edición del programa porque el día que grabamos había estado gris, casi negro, y el material no sirvió. Pero no puedo dejar de pensar que mientras Susana me explicaba cómo los jesuitas vendieron la hacienda a un privado en el siglo XVI, con falca y alambique incluidos, el marido se pudría bajo tierra, en una zona del jardín de la casa familiar marcada con una estaca. Todo hace pensar que la vida de Susana y sus hijos era un infierno, que Vladimir los masacraba a golpes, que la locura cotidiana se había constituido en una moral de demonios y dementes. Pero el sentido común lleva a preguntarse por qué una mujer es capaz de aguantar tanto tiempo de tortura y un día, dejar de aguantar y obliterar la realidad mediante la desaparición del objeto enloquecedor. ¿Cuántas veces más habré estado en el mismo espacio con otro asesino? Sí, acabo de recordar otra oportunidad. Cuando fui como observador a una de las audiencias del juicio a Fujimori.
Si no entendí mal, un comentarista apellidado de Piérola hizo una especie de precisión en anterior post al castigo que se le habría impuesto al cura inglés Williamson por haber negado la existencia del Holocausto, y por tanto, al reciente levantamiento de la tal sanción. De Piérola sostiene –luego de tildarme de burro ignorante- que Benedicto no ha perdonado a Williamson sino que le ha retirado la excomunión, y que esta pena solo se mantiene vigente si el excomulgado continúa en la situación que ameritó su aplicación. En buen romance, Williamson, según De Piérola, tendría que haber declarado públicamente que sus palabras sobre la Noah fueron, por lo menos, un error. Pero ahora resulta que el ya-no-excomulgado-Williamson, libre de polvo y paja y vuelto al redil, acaba de declarar a Der Spiegel que no va retractarse de sus opiniones sobre el exterminio nazi: “Si encuentro pruebas, entonces rectificaré, pero todo esto llevará tiempo”, declaró con una arrogancia que solo puede ostentar quien se siente respaldado por la más alta autoridad de la institución a la que pertenece y representa. ¿Y quién es el más elevado y perínclito Totem de la sacrosanta? Pues ni más ni menos que Raztzinger, por si alguien no lo sabía. Entonces, hablemos claro, acá hay ropa tendida, no es que Williamson agachó la cabeza y el Papa por humanidad lo devolvió al clero. Todo lo contrario, esta es una jugada muy sucia y direccionada con algún objetivo político escondido por ahí pero que a los mortales comunes y corrientes nos deja en Babia. Y sobre todo, a los creyentes miembros de la iglesia católica. Porque los coloca en un disparadero. Seguir respetando a su máximo jerarca y a la vez, enterarse con vergüenza de la manera como viene manejando un tema tan delicado como es el de las relaciones con las otras iglesias institucionales del mundo. Otra cosa. Varios comentaristas a los posteos sobre este tema pretenden confundir lo específico del caso Williamson con el contexto de lo que viene ocurriendo en la franja de Gaza y algunos, bastante mal enlechados, me acusan poco menos que de ser un agente del sionismo internacional por no mencionar otros holocaustos que se producen constantemente en el mundo de hoy. Momentito compañeros, una cosa es la realidad y otra la verdad, como sostenía el genial Antonin Artaud. La realidad es que Israel está actuando con un salvajismo brutal en Gaza, y que la pepa de todo se va aclarando a medida que pasan los días: más que un tema de territorio o de creencia, se trata del control sobre el petróleo de las costas hoy en posesión de los palestinos. Pero la verdad, que siempre es reveladora y más amplia que la realidad inmediata, nos sigue diciendo que en el siglo pasado llegó a su clímax uno de los sentimientos paranoicos más primarios en la historia humana, el antisemitismo del Tercer Reich. Incompresible, visceral, cruel, maldad gratuita, locura. Esa misma verdad nos dice que el hombre es una bestia con una inagotable capacidad para repetir sus propios horrores, y que ahí están para demostrarlo los genocidios de Turquía, de Ucrania, de Rodesia, del Congo y una interminable lista de condición humana nauseabunda, que para mayor abundamiento, compartimos todos. Entonces, navegantes, no confundamos la mierda con la pomada, casa cosa en su lugar y el cura Williamson y su padrino Ratzinger, también.
Esta es una confesión dura y franca, acerca de algo que ha latido en ciertas ocasiones dentro de mis fantasías. Por mucho tiempo para mí el “oficio” de burrier venía cargado de connotaciones al menos no negativas, ya que no puedo decir que eran buenas o bonitas. Quizás porque en los reportajes de Tv y en los diarios, los burriers – sobre todo los del del primer mundo- solían ser personas a todas luces varadas por la vida, gente que se quedó en la cuneta y que no tuvo otra opción que la de transportar droga y recibir a cambio una cantidad de dinero exigua, al menos en relación al riesgo que habían corrido. Y estaban presos, en cárceles atroces como las nuestras, o, en una imagen insoportable, desnudados en el aeropuerto hasta quedar como momias envueltos en las tiras de esparadrapo que protegían la droga. No era que me produjeran pena, quizás algo parecido a la solidaridad: hay veces en que a los pobres diablos no nos queda sino la práctica de ese maravilloso sentimiento. Además, el hecho de saber que estos burrier son siempre la parte más delgada de la pita y que quienes de verdad se benefician del negocio jamás van a caer porque componen los soportes más sólidos del sistema, alimentaba ideológicamente esta delirante manera de ver las cosas, que incluso me llevó alguna vez a pensar en que yo no me detendría ante una oferta de hacer de burrier, que tomaría el desafío y que si me agarraban, qué mierda, la vida siempre puede ser peor. Claro, quien me conoce y lee esto se carcajeará de la risa porque con un kilo de coca en cápsulas dentro del estómago, yo mismo iría a Migraciones a delatarme, de lo puro culposo que soy. Pero igual, la solidaridad con el burrier estaba ahí, hasta que comenzaron a aparecer otras formas de burrierismo, crueles hasta la inhumanidad, como la de llenar cadáveres de niños con coca, o el caso de este chibolo peruano de trece años que cayó en el aeropuerto de Milán con un cuadro cuyo marco estaba repleto de polvo blanco, y todo mediante un operativo montado por sus propios padres. El tráfico de drogas se me apareció así como una expresión de esa maldad de la que es capaz el ser humano, derivada de la desesperación patológica por obtener dinero a cualquier precio. En fin, la fantasía se fue, igual me apena que haya tanta gente jodida –peruana, gringa, asesina, paquetera o lo que sea- en los penales, cuando las empresas, los partidos políticos, el Congreso, el Poder Judicial, siguen boyantes como naves de locos transportando por las aguas del éxito a semejantes cocodrilos.
En la breve historia de este blog –que ni tan breve, ya lleva un año- las mayores pasiones que se han desatado entre este su servidor y una buena cantidad de navegantes, han estado relacionadas con mis comentarios y puntos de vista sobre la Iglesia Católica. Bajen el cursor y revisen posteos anteriores para comprobarlo. Por lo general los que han reaccionado de manera más virulenta a aquellos textos han sido quienes se muestran ideológicamente favorables a la iglesia, una elegante manera de decir que un huevo de lectores ha perdido todos los modales que la civilización exige a la hora de discutir y se ha mandado a insultarme, descalificarme, agredirme y hasta a mandarme al infierno, como si no supiera yo desde que tenía cinco años, que el cielo no me iba a admitir y que el peor infierno ya lo estamos viviendo en la Tierra, así que a qué tanta bravata. Muy bien, a esos mismo comentaristas, y por supuesto a todos los que se toman el trabajo de entrar a este blog, les pido ahora me expliquen qué bicho le ha picado a don Benedicto para empezar a perdonar a esos curas infames e inhumanos, ultraderechistas y fascistoides seguidores del excomulgado Lefevre, peor aún en un momento como este en el que conflictos como el de la franja de Gaza lo que más demandan a las personas e instituciones es moderación, serenidad y discreción. Pero es que Ratzinger parece Toledo por su torpeza, tiene una capacidad para cagarla solo comparable a su buen gusto, ese que lo ha llevado a rescatar las pantuflas moradas de terciopelo que me ha sacado al aire y esos anillos de viuda de mafioso con los que nos enrostra la bendición Urbi et Orbi todos los domingos desde su balcón de Cucarachita Martina en la Plaza de San Pedro. Para quien no lo sabe, ese cura inglés ahora absuelto por Fürer Benedicto, fue quien cuestionó la existencia histórica del Holocausto y dijo que las cámaras de gas en realidad se habían usado para desinfectar galpones y no para exterminar judíos. Pero esa astracanada es poco al lado de otras lindezas que ha venido escribiendo el cura desde su parroquia en Argentina, en forma de cartas pastorales. En alguna ha sostenido que las mujeres que usan pantalones están condenadas al fuego eterno por atentar contra el plan de Dios (¿y los curas no usan polleras, digo yo?). Piensa que toda mujer es en sí misma una abortista y que por tanto necesita estar sujeta a la autoridad de un hombre de bien que la controle, y de una entidad como la iglesia, que la vigile. Hablando de eso, en una de sus cartas perfumadas saca la cara por la Santa Inquisición y dice que si no hubiera sido por este tribunal quemador de personas vivas, el mundo se hubiera poblado de infieles y judíos solapados. Defiende, con la misma virulencia, al terrorista Unabomber, de quien dice que siendo asesino compulsivo, tuvo el mérito de señalar –muy a su manera- el vacío de la vida humana basada solo en la satisfacción de las necesidades materiales. Hay más perlas de ese cura impresentable cuyo nombre no recuerdo ni me interesa recordar. Es que tampoco me importa mucho ese cura, la verdad sea dicha, lo que me inquieta es la salud mental del Papa: o está senil, o se ha enamorado de la monja que le lleva la jofaina de agua de malvas en las mañanas o simplemente perdió sopló empaquetaduras, y cualquiera de las tres posibles causas es motivo para que deje el cargo, tal como ha señalado con la lucidez y valentía de siempre el gran teólogo Has Kün, prohibido de dar cátedra universitaria por el Vaticano debido a que puso en tela de juicio la infalibilidad papal. Claro, si borras del mapa al que te cuestiona cómo no vas a ser infalible, cuál es la gracia. Muy bien amigos lectores y comentaristas, los invito a que me ayuden a entender esta última gema de Su Santidad y que siga la pachanga, porque al final de cuentas nadie se va a morir por que estos virginales purpurados se pongan a hacer sus enjuagues entre ellos. Felizmente hay otros curitas en el mundo que hacen su trabajo y lo hacen bien.
¿Y usted qué hacia, Su Santidad, durante el Holocausto?
Si hay un tema rejodidamente polémico en el mundo, desde mediados del siglo XX hasta hoy, es el del área de responsabilidad de las sociedades europeas –sobre todo la alemana- en el Holocausto que mató a millones de judíos, gitanos, discapacitados, homosexuales. La versión inicial, oficial y más generalizada nos ha dicho por décadas que este espantoso fenómeno-del cual la humanidad no se repondrá nunca- fue la creación de un Estado Mayor de locos alucinados, crueles y mesiánicos, que supieron movilizar a una Alemania estragada por la crisis económica y moral, hacia una utopía de renacimiento. En esta versión, Hitler, la persona, vendría a haber sido un endemoniado predicador, quien formó un equipo en el que la propaganda era el elemento axial. El pueblo alemán parecería haberse mantenido ignorante y pasivo frente al avance del nazismo, y fue recién finalizada la guerra cuando hizo conciencia de lo que había ocurrido, cuando los hornos de los campos de concentración comenzaron a apestar. Diversos historiadores contemporáneos, también alemanes y muchos de ellos vinculados a la psicoanalítica Escuela de Frankfurt, empezaron a cambiar este paradigma de interpretación, tratando de abrir los ojos frente a una realidad bastante más grave que la de los locos de la svástica. Estoy leyendo a uno de ellos, Daniel Jonah Goldhagen, joven catedrático de Harvard, autor de libros tan polémicos como Los verdugos voluntarios de Hitler, o La Iglesia Católica y el Holocausto. Goldhagen sostiene que el ciudadano promedio alemán, el austriaco, en parte el francés, el italiano, el húngaro, se comprometieron con el nazismo con toda la tradición antisemita que signa a occidente desde que en las Cruzadas los guerreros cristianos encontraran en los judíos el perfecto chivo expiatorio para arrasar con las riquezas de oriente, y comenzaron con las masacres y las expulsiones de las que el Holocausto fue solo una más, aunque bastante aparatosa. El autor sostiene la inviabilidad de usar un paradigma que explique un fenómeno tan complejo como el del nazismo, psicologizándolo en la persona de unos cuantos desquiciados. Para él hay allí dos elementos interdependientes: una sociedad lista a desplegar su antisemitismo, y unos líderes capaces de liberar este sentimiento, sin culpa, por el camino del horror. Líder sin masa no consigue nada; masa sin líder tampoco llega a ningún lado. Muy bien, ¿pero qué institución, en la lectura de Goldhagen, es la que ha mantenido vivo el fuego del antisemitismo desde el siglo III de nuestra era hasta hoy? La Iglesia Católica, ni más ni menos. A lo largo de trescientas cincuenta paginas, el autor nos da pruebas bastante concluyentes de cuál ha sido históricamente la lógica vaticana contra los judíos y sobre todo, qué rol jugaron, ya no solo el Vaticano y Pío XII en la negación de la Noah, sino el clero en su mayoría, salvo excepciones vistas en Francia, en Hungría y sobre todo en los Estados Unidos. Depende de cómo se le mire, un texto publicado en Civilitá Cattolica, revista casi oficial del Vaticano, en 1890, podría ser una de esas excepciones o una de esos compromisos con el horror. Dice así: “No todos los judíos son ladrones, agitadores, impostores, usureros, masones, sinvergüenzas y corruptores de la moral. En todas partes hay algunos que no son cómplices de las malvadas acciones de los demás (incluso Hitler creía que había habido un buen judío, uno que había sido antisemita y se había suicidado)”. Lea, navegante a Goldhagen, lea a Yallop, y no por hacer campaña contra la iglesia Católica, como muchos me acusan aquí, sino para despegarse de la piel esa religión institucionalizada que después de haber intentado en los años sesenta enmendar rumbos y volver al Evangelio, recae ahora en eso de ponerse sus tiaras, joyas y mitras como si el mundo no hubiera vivido un Holocausto en el que Hitler y Pio XII lideraron lo que la masa crítica pedía rompiendo cristales a pedradas.
El stablishment, el sistema, el statu quo, esa cosa pegajosa y amelcochante que estrangula, parasita, reseca, mata y desecha es a la vez esa cosa sólida como el hielo y plástica como el mercurio, que no se puede romper y se mete por donde hay campito, aún en los resquicios en los que se le quiere destruir. Política, religión, medios masivos, entretenimiento, vida cotidiana, familia, crianza, educación, pareciera no haber manera de escapar salvo cruzando el foso y pasándose del todo al otro lado de la trinchera y aún así, el riesgo de caer en otro sistema igual pero peor es muy grande. Sirva esta introducción tan dramática para contar lo que he vivido en las últimas semanas, algo en verdad estúpido, con verdadera rabia contra mí mismo. Hace unos meses dejé de fumar, radicalmente. No lo había intentado antes, a pesar de que lo deseaba y necesitaba, solo por el miedo a subir de peso, tan simple como eso. Claro, tengo dos coartadas perfectas para justificar una fobia tan frívola y descolgada de mi propia realidad. En primer lugar, conduzco un programa de TV que me demanda trepar cerros y desplegar una actividad física exigente. Debo mantenerme en forma. Pero además, debo guardar las formas, lo que en TV significa no aumentar los volúmenes ni mostrar rollos ni producir nada que haga que al televidente lo desprograme de lo que está habituado a ver. Sería fatal, por ejemplo, que un día la gente dejara de decir, “qué interesante lugar ese en Sañayaca que ha aparecido en Tiempo de Viaje, mañana mismo empiezo a buscar info para ir”, y pasara a comentar: “¿Viste que a León le ha salido un michelín en la cintura? Ay qué horror”. La otra razón de peso para no aumentarlo es que soy víctima de una artrosis bastante seria, que ha acabado con el cartílago de mi rodilla derecha, y lo peor en esos casos es sobre cargar la articulación con más kilos de los que ya normalmente debe soportar. Excusas, alibis, pretextos. Lo que pasó es que me fui un mes de vacaciones a Colombia, había dejado de fumar y me sentía dichoso porque no sumaba ni un gramo adicional pero en mi viaje me desbandé comiendo. Es que en Colombia, sobre todo en el Oriente, el plátano (en mil variedades) se prepara en formas absolutamente exquisitas, combinado con carnes y eso es muy rico pero es también un inflador garantizado. Como resultado de esa combinación entre abstinencia de tabaco y patacón pisado, regresé a Lima con dos kilos y medio de más. Lo noté en los pantalones que me esperaban y luego en la balanza del gimnasio. Hasta ahí, la historia normal y corriente de un sesentón que sube de peso y adiós. Pero no, la noticia que me daba mi cuerpo se transformó rápidamente en el reporte de una tortura. Comenzó la obsesión a rumiar, bajo la amenaza de que esa ganancia de gramos recién comenzaba y nunca iba a parar, que el fantasma del descontrol corporal había ganado ya suficiente terreno como para hacer de mí un obeso insalubre, inútil e impresentable. Como si fuera una especie de Ricky Martin con panza, se me dio por buscar información en Internet sobre los lugares para hacerse la lipo a más bajo precio, las dietas garantizadas con nutricionista, los métodos de hipnosis para dejar de comer. Poco más y me iba a una botica sanisidrina célebre por los preparados de anfetamina que le vende a la pituquería, buenísimos para quitar el hambre pero sobre todo, para ponerte la licuadora en high. Felizmente no caí tan bajo. Fue en ese momento que hice conciencia de la omnipresencia del sistema. Porque si en algo esta mierda de estructura tortura a la gente es en la obsesión por la perfección corporal. Pero ojo, no estoy hablando de yuppies de treinta años que necesitan estar bellos para conseguir trabajo y hembrita, ni de chicas que si no son anoréxicas no consiguen emplearse como impulsadoras. Me estoy refiriendo a mí, una persona que se precia de estar bastante lejos de esas huevadas y que además tiene un estilo de vida alejado – hasta donde es posible-de los marcos y patrones que no son sino frusilería y anzuelos para sacarle plata al consumidor. Y sin embargo, pasé por esa infame presión, pensando en tomar los caminos más irracionales y comerciales para aliviarla, desde la tijera hasta las dietas del doctor Pum. Felizmente la cordura volvió a mí e hice lo que tenía que haber hecho desde que empezó el edema: dejar de comer de noche por unos días, retomar mi rutina en el gimnasio, cerrar los ojos cuando pasa la señora que vende alfajores en Miraflores, serenarme y regresar a mis zapatos. Lo conseguí, estoy en mi peso de siempre para alivio de mi rodilla y mis televidentes y bueno, la vida sigue. Pero qué bestia, el sistema, es una adicción a lo peor de nosotros mismos. De paso, si algún navegante tiene experiencia con la artrosis, que me lo cuente, por ahí que hacemos un club, sería también una plataforma para denunciar las prácticas de los laboratorios transnacionales que tienen amarrada la medicación para la regeneración del tejido cartilaginoso. Es el sistema.
Muy interesante artículo venido de España, según la referencia que figura al final del mismo. Estas empresas, las florero, que obscenamente trafican con la solidaridad son las que vamos a tener metidas hasta en el caldo con el TLC. El artículo demuestra que el sistema tiene una capacidad inagotable de absorberlo todo con tal de seguir tragando dinero y humanidad. Pero también nos dice que los consumidores tenemos la opción de decir no a lo que nos mata, física y moralmente. Reproduzco el artículo completo con la referencia respectiva para que nadie me venga a joder con que es otro plagio.
¿Sembrando vida o recolectando euros?
La transnacional Danone ha iniciado en España una presumida maniobra de marketing denominada "Juntos Sembramos Vida" (JSV), que pretende reducir la solidaridad al simple hecho de comprar yogures y natillas. Por cada producto Danone que se logre vender en las próximas semanas, la multinacional francesa regalará una semilla para diversos proyectos de Cruz Roja en África. Antes se hacía la digestión con Actimel. Ahora, al mismo precio, se logra cambiar el mundo, o al menos, así se anuncia en la web de la campaña, en letras bien grandes y entre signos de exclamación. Sin embargo, la crisis alimentaria que pretende combatir JSV, no nace de una falta de producción de alimentos, sino entre otras causas del gran poder corporativo, que en el mundo de la alimentación controla todas las etapas productivas y que poco a poco va eliminando a los pequeños competidores. Y aquí tenemos a Danone, la primera industria lechera intensiva del planeta, la segunda mundial de aguas embotelladas y la segunda en "nutrición infantil", entre otros "liderazgos", como el de destruir la ganadería campesina del mundo, asfixiando económicamente a los pequeños productores.
Danone, una multinacional con ventas por 14.000 millones de euros anuales, aportará 550.000 euros en tres años a JSV, o sea, 183.000 al año, lo que representa un 0,0013% de sus ventas. En el mundo de la cooperación al desarrollo, un proyecto de 183.000 euros es un proyecto diminuto, que en este caso ha sido engrandecido a través de una campaña publicitaria que con toda seguridad resultará mucho más cara que su aportación a JSV, ya que sólo en 2006, Danone gastó 1000 millones de euros en publicidad en todo el mundo, 80 de ellos en España. Hay otra forma de valorar el esfuerzo económico que supone para Danone este proyecto solidario. Nos hemos tomado la molestia de hacer unos cuantos cálculos a partir de los 3 céntimos aproximados que gana por cada yogur, natilla, etc. ¿Saben ustedes cuánto tarda Danone en obtener el dinero necesario para financiar los 183.000 euros?... Pues requerirá vender 6 millones de unidades, lo que logrará en las próximas ¡¡14 horas!! Visto desde otra perspectiva, Danone rentabilizará la inversión humanitaria si incrementa sus ventas un 0,6% en los tres meses de duración de su campaña. Y seguro que lo hará en mucho más, a pesar de la crisis por la que pasan las familias españolas. En Navidad lo dimos todo. Danone opera en los países empobrecidos, donde como sabemos es fundamental apoyar a los pequeños agricultores. No obstante sus negocios se orientan a comprar la leche necesaria para sus productos a las macrogranjas de sociedades y magnates. La mejor manera de acabar con la agricultura y ganadería familiar, como se viene haciendo en España. En el ámbito ecológico destacar que el costo energético y ambiental de sus actividades es brutal. En Arabia Saudí es socio de la mayor granja del mundo, donde sus decenas de miles de vacas comen en un solo día la harina de más semillas que las destinadas a los proyectos de África. Granja intensiva al límite, donde una vaca, sin ver nunca el pasto, vive la mitad del tiempo que otra en Galicia, a pesar de ser duchadas a diario con la escasa agua de estos países. Sólo en las distintas fases en el campo y la granja, se requieren decenas de litros de agua por cada futuro yogur. Además Danone proyecta amplias granjas intensivas en países del sur, que requerirán mucha más tierra y semillas para alimentar a las vacas, que las que se podrían destinar para alimentar a humanos en decenas de campañas JSV. En España, Danone no ha garantizado la ausencia de ingredientes transgénicos en los productos de alimentación infantil Nutricia, Milupa, Dumex, Mellin, Cow&Gate y Blédina. En México tampoco ha negado su presencia en varios productos lácteos, según investigaciones de Greenpeace. Que el jurado del premio "Mejor Empresa Alimentaria Española" (organizado por el MAPA), concediera a Danone en 2006 el premio en la modalidad de medio ambiente, es sólo una muestra más de la ceguera y torpeza que reina en el ministerio desde donde se permite la extinción de cientos de miles de agricultores y ganaderos.
En América Latina tiene negocios en México, Brasil, Chile, Uruguay, Argentina y recientemente penetró en Colombia a la que ve como puerta de entrada hacia otras naciones como Ecuador, Perú y Bolivia. En Uruguay adquirió -con la brasileña AmBev- la empresa de agua embotellada Salus, produciéndose poco después numerosos despidos. En Brasil obtuvo la Companhia Campineira de Alimentos y dos años después se había reducido la plantilla un 30%.8 En agosto de 2007, la planta de Danone en Longchamps (Argentina), tuvo que ser temporalmente clausurada debido a los problemas en los acumuladores de amoniaco que situaban en riesgo a empleados y vecinos. En dicho continente, Danone ha invertido mucho capital para acaparar (junto a Nestle, Coca Cola y Pepsi Cola), un recurso tan vital como es el agua. Numerosas organizaciones sociales han criticado duramente su privatización porque en algunos casos se puede anteponer el negocio a las necesidades básicas de la población. Publicidad Danone: El fin justifica los medios A Danone se le atribuye la violación en numerosas ocasiones del "Código Internacional de Comercialización de Sucedáneos de la Leche Materna", que fue aprobado en 1981 por la Organización Mundial de la Salud, para proteger la lactancia materna y garantizar una comercialización adecuada de los sustitutos de la leche materna, biberones, etc. El Código tiene disposiciones en materia de publicidad y etiquetado, que Danone habría violado según la Red Mundial de Grupos pro Alimentación Infantil (IBFAN por sus siglas en inglés). Esta organización trabaja por la reducción de la mortalidad infantil a través de la promoción de la lactancia materna y las prácticas óptimas de alimentación infantil. En 2003, el British Medical Journal reportó que más de 20 productos sucedáneos de la leche materna elaborados por Danone y comercializados en Togo y Burkina Faso, violaban las disposiciones sobre etiquetado del Código. IBFAN reveló varios casos más en diversos países del mundo donde el Código se había quebrantado. Textos enfocados a comparar la leche materna con sus sucedáneos y recomendaciones de ciertos productos a bebés de menos de 6 meses. Incluso IBFAN ha denunciado publicidad tendenciosa y compuesta con mensajes hábilmente hilvanados que subliminalmente desprestigiaban la lactancia materna. Si grave es cualquier violación del Código, lo es más aún cuando se intentan publicitar sucedáneos de la leche materna que habrá que comprar, en países donde las mujeres tienen pocos recursos económicos o donde el agua es escasa o de baja calidad.
Estos casos de publicidad confusa no son aislados. En España, en el año 2004, la organización de consumidores FACUA denunció que Font Vella -el agua del grupo Danone- no procedía del manantial del mismo nombre. En septiembre de 2008, esta organización solicitó a Danone la retirada de su publicidad de natillas al considerarla "engañosa". El anuncio argumentaba que dos natillas tenían el mismo porcentaje de grasas que un vaso de leche, pero prescindió de otras comparaciones como que "las dos natillas aportan hasta el cuádruple de hidratos de carbono y casi el doble de calorías."
Regresando a JSV, hay una peculiaridad que merece ser comentada. El contacto en la web del proyecto no remite a nadie de Danone y sólo a un miembro de Cruz Roja. Sin embargo se indican dos correos electrónicos que pertenecen a dos personas de la multinacional de relaciones públicas Weber Sandwick (WS), lo que hace pensar que JSV podría estar total o parcialmente organizada o gestionada por esta compañía. Según el Observatorio Europeo de las Corporaciones, WS es una de las cinco mayores firmas que actúan como lobby en Bruselas y que son contratadas para presionar a los funcionarios de la UE y asesorar a sus clientes.
WS ya ha sido señalada anteriormente de difundir y orquestar una campaña publicitaria de carácter humanitario para lograr beneficios