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Gustavo Gorriti:

El Auto Rojo y la Revista

La edad, el tiempo de la vida, lleva caminos diversos. Un entrenador y pesista de larguísima trayectoria, Javier Talavera, lo describió alguna vez muy bien: los años lo hacen a uno viejo o lo hacen antiguo. Lo hacen carcocha o lo hacen clásico. Como con los hombres y los autos, igual con las revistas.

CARETAS va a cumplir 60 años y por eso no está mal que un sexagenario como este servidor perpetre algunos apuntes sobre la inminente sexagenaria.

Pero antes veamos de nuevo la diferencia entre ser viejo y ser antiguo. ¿Han visto esos Mustang de los años sesenta del siglo pasado, moviéndose en bajas revoluciones con la fuerza implícita de sus ocho cilindros? ¿El Ford Torino de Clint Eastwood, con el motor poderoso ronroneando al lado del ruido irritado de los motores hipercomprimidos de ahora? Aquellos, el Mustang, el Torino, han viajado hasta hoy desde otras épocas, pero si se presenta la ocasión aún podrán comerse la pista a puro músculo, a potente pistonazo, casi como en los años de gloria. Claro que después de eso hay que llevarlos al taller. Nadie dijo que la duración no tiene costo, si tiene tanto beneficio.

Los periódicos y revistas con una larga relación con sus lectores tienden a simbolizarse en formas concretas. El New York Times, por ejemplo, es apodado The Gray Lady, la dama gris. Una señora con la que, empero, todos, o casi todos, quisieran salir.

Le pregunté a Enrique Zileri con qué símbolo imaginan los lectores a CARETAS. Un auto rojo, me dijo. Audaz, destacado, partidario del riesgo y la aventura. Pero de cuatro puertas. Para que la familia entera tenga parte en la emoción.

El otro día, en la casa O’Higgins, me puse a mirar un rato la selección de portadas de Caretas que cubría una pared alta. Y sí, se veía rodar el auto rojo entre ellas. Desde la carátula de Manuel Prado cubierto de medallas y el anuncio que volvió el circo, hasta aquellas que yo podía recordar como si hubieran pasado una hora antes y no como la ominosa predicción que fueron: Sendero en el Frontón, en 1982; el escurridizo y amenazante Montesinos, en 1983. En el mural, bajo el mismo logo por 60 años, había cuerpazos y había payasos; salvo los temas trágicos, había ironía, desenfado, picardía; y tras ella –eso lo supimos todos los que trabajamos ahí– un enorme trabajo por traer y publicar lo que nadie más había logrado: la exclusiva, la revelación, la primicia, que eran sobre todo una manera más honda, más fresca y a veces más leve cuanto más grave, de ver y de descubrir quincena tras quincena primero; semana tras semana después.

Salvo en unos pocos lugares del mundo (aunque nadie negará que la India es populosa), los periódicos están en crisis y las revistas también. Semanarios noticiosos tan importantes antaño, como Newsweek, ya entierran el pico; o hacen a veces esfuerzos involuntariamente patéticos por atraer a lectores renuentes como sucede por ejemplo, con Time.

Pero donde muchas revistas caen en circulación e influencia, o dejan de imprimirse y pasan a editarse en internet (como ocurre, por ejemplo, con el U.S. News and World Report), hay otras que siguen creciendo.

The Economist es quizá el caso más notable. Ha duplicado su circulación durante la última década yendo en mucho a contracorriente de la desesperada modernidad, la adaptación fallida, de tantas revistas.

The Economist se llama periódico aunque sea revista; desdeña fotos e infografías; cultiva el anonimato de sus corresponsales y editores; opina mientras informa e informa mientras opina; sostiene a veces posiciones diferentes a la mayoría de sus lectores; parecía muy contenta antaño con una circulación limitada a un público elitista... y sin embargo creció robustamente mientras tantas otras publicaciones se deslizaban a la entropía.

¿Qué la ha hecho crecer? La revista se declara “enemiga del privilegio, la pomposidad y la predictibilidad”; sabe sorprender y desafiar intelectualmente a sus lectores mientras les informa. Es irónica y no teme llegar a veces hasta la frontera de lo permisible. Aquella ilustración de portada, de dos camellos en trabajosa copulación, para graficar “el problema de las fusiones” empresariales, es uno de los varios casos en los que hasta la protesta se da en los términos de un club de debates y genera a la postre un público fiel.

Hay otros casos de éxito de revistas que se deben a un factor primordial: la publicación de primicias relevantes, de investigaciones de importancia que ningún otro medio principal ha podido (o ha querido) desarrollar. El caso de la revista Semana en Colombia y su serie de investigaciones y reportajes sobre los paramilitares, es uno de los más claros.

Uno identifica esas características de revistas no solo sobrevivientes sino exitosas y encuentra que CARETAS ha tenido casi todas a lo largo de su historia: la ironía y la desenvoltura; la investigación y la primicia; el gozo de vivir y la apreciación de lo erótico y lo sexual.

Tiene otras cosas que ni The Economist posee: el periodismo como arte operático, sobre todo en cierres y cuando se revisa la edición. El trabajo (de nuevo, en cierres especialmente) como una forma de bohemia, o de deporte extremo en las maratones de neuronas fatigadas hasta el filo de la catatonia.

Y además creo que no es ninguna exageración decir que CARETAS ha sido la más importante escuela de periodismo en el Perú. Lo mejor es que lo fue sin proponérselo, pero en tanto Doris Gibson y, luego, Enrique Zileri, buscaron el talento, a veces la extravagancia y siempre la capacidad de trabajo, terminaron consiguiendo lo uno, lo otro o todo junto en varios casos, modos y tamaños a lo largo del tiempo.

El hecho es que un porcentaje mayoritario de los periodistas que han destacado o destacan en el Perú, se hizo, formó o cuajó en CARETAS. La diversidad que hay entre ellos, heterogéneos y hasta famosamente enemistados en más de un caso, muestra que la laboriosa vida en CARETAS a la par que los hizo periodistas los hizo también, a su manera, libres.

Sesenta años así cumplidos son, claro, una antigüedad robusta, plena de historias y de tradiciones junto a un espíritu más bien post adolescente. Nada mal para empezar los próximos sesenta años de CARETAS, sabiendo que aunque mucho cambiará en el periodismo, todas las revoluciones que lo remecen ahora y las que vendrán harán más necesarias la imaginación para reportar la realidad, la primicia, la inteligencia y la ironía.


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