| Inicio | 09/Feb/2010 |
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Gustavo Gorriti: Insurrecciones con Fines de Lucro ¿Cuánto cuesta una fiesta de cumpleaños? Depende. En Ciudad Juárez, el otro día, costó dieciséis muertos y doce heridos, varios en la frontera de la vida. Eran muy jóvenes, ninguno era violento, todos estaban inermes, pero los verdugos atacaron como en la guerra. En su despacho periodístico, que describe las horas y los llantos que sucedieron a la matanza, Joaquim Ibarz, el decano de los corresponsales extranjeros en América Latina, recuerda que Ciudad Juárez, precaria residencia de un millón y medio de habitantes, es ahora “considerada la ciudad más violenta del mundo”. En 2006, recuerda Ibarz, hubo 253 asesinatos relacionados con el crimen organizado. En 2007, hubo 320. En 2008, 1,623. Y en 2009, 2,661. Esta masacre fue en una fiesta de cumpleaños para un muchacho que cumplía 17 años. La celebraron en casa para no arriesgar encuentros letales en una discoteca. Los asesinos, sin embargo, los buscaron. Llegaron en siete camionetas, bajaron encapuchados, rodearon el lugar y asaltaron la fiesta disparando a los jóvenes inermes y cazando a los que huían desesperados. Ni la policía federal ni el ejército llegaron a tiempo, pese a tener contingentes no lejos del lugar, que debieron haber escuchado los balazos. De hecho, como reporta Ibarz, los asesinos se retiraron sin apuro, “en fila, sin temor, sin que nadie les dijera nada”. ¿Por qué el despliegue brutal de gratuita violencia? Según una periodista de Juárez, se trata de un mensaje de intimidación a la población en general. Para los capos, sugiere el mensaje, el derecho de matar es discrecional, estridente, inestable. Basta con que alguna feculencia en las tripas les tuerza el ánimo para que poco después revienten las detonaciones y un cuerpo vivo –o muchos– se haga cadáver. Tras esa demencia feral hay una cierta lógica. La violencia indiscriminada multiplica su efecto de intimidación por lo imprevisible que es. Ni siquiera implica que nadie es inocente, sino que no importa que se sea inocente o no. Pocas cosas desarman tanto la voluntad de la población y sojuzgan por el puro terror como esa violencia. Terror, terrorismo, guerrilla urbana y suburbana. El narcotráfico ha sido analizado desde muchos ángulos, pero poco o nada desde la perspectiva de la insurgencia y la contrainsurgencia. Ha habido, por supuesto, etiquetamientos de “narcoterrorismo” dirigidos sobre todo a describir y descalificar la intersección, confluencia o colaboración entre organizaciones guerrilleras, terroristas (o ambas cosas) de izquierda, con el narcotráfico. Las FARC, Sendero, los sandinistas, han sido acusados en diversos momentos de proveerse recursos y de lucrar con el narcotráfico. Desde el otro lado de la verja, se ha acusado exactamente de lo mismo a la contra nicaragüense, a los paramilitares colombianos y a muchos jefes militares y policiales en América Latina. En ese intercambio de diagnósticos acusatorios, el narcotráfico es descrito como el negocio vil, nefando pero fabulosamente lucrativo, que tienta, corrompe y compra a la gente armada y la pone circunstancialmente a su servicio. La contrainsurgencia que la enfrentó tuvo también matices, y, siendo fundamentalmente militarista y antidemocrática, definió sin embargo el conflicto en casi todos los casos como una guerra política. Es posible que eso haya inhibido el análisis del crimen organizado vinculado con el narcotráfico como una forma de insurrección armada. Pareciera, en principio, una forma de análisis contraintuitiva. ¿Hay guerrillas capitalistas? Porque el narcotráfico es capitalismo sin diluciones. Eclosionó en los 70, en un continente todavía cepaliano y fue en la práctica un precursor de la corriente neoliberal, del libre comercio, el énfasis exportador. Como quiere el capitalismo, movilizó enormes energías, inventiva y recursos en la búsqueda del lucro. Ese febril movimiento económico, que cambió regiones y países, fue afectado por su creciente ilegalidad. El riesgo del comercio creció, transaccional y físicamente y llevó a la predominancia de los empresarios más capaces de enfrentar el peligro. A la vez, el tipo de bien que vendían: la droga, los condicionó ante la sociedad y ellos mismos. Su producto representa una parábola moral de lucro destructivo. Es la tentación, el intenso placer seguido de la angustia, el sufrimiento, la eventual degradación. Sociedades, Estados y ejércitos se lanzaron a luchar, sin frentes, contra esa psicotropía de la perdición en lo que se describe mejor como guerras eróticas: las campañas contra el placer que tienta, conquista y destruye. Y así, los empresarios de la droga acumularon a su destreza comercial y su capacidad de enfrentar el peligro, esa otra condición de ruptura de mandamientos, abolición de restricciones y soberbia sin freno que describen, en sus formas extremas, al que arrebata las almas y a sus acólitos. La equívoca “guerra contra las drogas” provocó varias insurrecciones armadas de plutócratas del narcotráfico contra el Estado. Hay tres principales. La primera fue la que llevó a cabo sobre todo Pablo Escobar, en Colombia. Fueron ataques terroristas que buscaron avasallar, mediante su gran impacto y virulenta intensidad, a la sociedad colombiana, lo que no estuvo tan lejos de lograr. En Brasil ocurrió un fenómeno diferente. Las bandas criminales en los barrios pobres de Rio y Sao Paulo, utilizan las formas de organización y las tácticas de lucha aprendidas de los guerrilleros de izquierda, en la cárcel, y las adaptaron al control de sus barrios y el comercio controlado de la droga. Ahí no hay grandes capos ni desmesurados plutócratas (por lo menos no se los ve), sino jóvenes jefes de banda de vidas efímeras que han llegado, sin embargo, a tener un considerable poder, a haber podido paralizar Sao Paulo y hasta derribar un helicóptero de la Policía en Rio. Pero que los dos países más poderosos de América Latina, Brasil y México, hayan estado semiparalizados y sin duda intimidados por el crimen organizado, primariamente vinculado con el narcotráfico, sin que sus fuerzas de seguridad pudieran prevenirlo o combatirlo, indica la fuerza y capacidad de golpear de éste. ¿Cuál es la mejor estrategia de contrainsurgencia frente al narcotráfico armado? En semanas recientes, tanto Mario Vargas Llosa como el recientemente fallecido escritor Tomás Eloy Martínez adelantaron su propuesta: Despenalizar o legalizar, para arrebatarle al narcotraficante el poder de la sombra y del lucro. Hay alternativas, diferentes o complementarias, pero esa es una propuesta seria, que debe ser discutida y debatida, junto con las estrategias dirigidas a lograr un combate más eficaz contra el crimen organizado. Concentrar energías en combatir a la plutocracia del narcotráfico antes que al proletariado de la coca, es el tipo de cambios de estrategia que hay que hacer para vencer horrores como los de Ciudad Juárez y evitar que multipliquen latitudes. << Anterior | Siguiente >> |